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JOSÉ SARAMAGO

José Saramago
(1922/...), periodista, poeta y escritor portugués
nació en Ribetejo, Azinhaga, el 16 de noviembre de
1922. Proviene de una familia de labradores y
artesanos. Fue, cerrajero, mecánico y desempeñó
otros oficios hasta llegar a editor.
Su apellido, Meirinho Souza, cambia a Saramago
(apodo familiar) por error del Registro Civil.
Tierra de pecado (1947) fue su
primera novela. A la buena crítica siguieron
veinte años de silencio donde “no tenía nada que
decir”. A fines de los sesenta volvió con dos
poemarios, Os poemas possiveis y Provavelmente alegría.
Manual de pintura y caligrafía (1977) y Alzado del suelo
(1980) lo revelaron como el gran novelista
portugués y con Memorial del convento
(1982), adquiere relieve internacional.
Siguieron El año de la muerte de
Ricardo Reis (1984), La balsa de piedra
(1986), Historia del cerco de Lisboa
(1989), El evangelio según Jesucristo
(1991), Casi un objeto (1994), Viaje a
Portugal (1995) y Ensayo sobre la ceguera
(1996).
Fue miembro del Partido Comunista
Portugués, censurado y perseguido durante la
dictadura de Salazar. Se sumó a la "Revolución de
los Claveles" que llevó la democracia a Portugal,
en el año 1974. Su vida está marcado por el
compromiso y una fuerte coherencia entre la idea y
la acción.
Escéptico e intelectual mantuvo y
mantiene una postura ética y estética por encima
de partidismos políticos, y comprometido con el
género humano. En la actualidad, consagrado como
escritor universal, divide su residencia entre
Lisboa y la isla española de Lanzarote (Canarias).
Su novela, Todos los nombres
(1998), ha figurado en las listas de los libros
más vendidos. Continuaron La Caverna
(2001), El hombre duplicado (2002) y Las intermitencias de la muerte (2005).
En 1998 recibió el Premio Nobel de
Literatura, siendo el primer escritor portugués en
conseguirlo. Fue distinguido con diversos
galardones y doctorados honoris causa
(Universidades de Turín, Sevilla, Manchester,
Castilla-La Mancha y Brasilia) y recibió el Premio
Camoes (equivalente al Cervantes de habla
hispana).
En Cuadernos de Lanzarote
(1993/95), verdadera autobiografía espiritual,
subraya las líneas maestras que guían su
escritura. Ha sido traducido a numerosos idiomas.
Su prosa original y entretenida sigue sumando
admiradores en todas las latitudes.
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EL CUENTO DE LA ISLA DESCONOCIDA |
Un hombre
llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La
casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la
de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo
sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los
obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que
alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el
desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la
aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio,
escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las
personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no
atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a
ver lo que quería el impetrante, que no había manera de
que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al
segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba
al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así
hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo a
quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y
preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El
suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía
que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta,
a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en
uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado
como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la
respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al
bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe
fundamentado por escrito al primer secretario que,
excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo
secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar
otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de
acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.
Sin
embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las
cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le
preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres,
el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de
todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero,
respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey
no puede venir, está en la puerta de los obsequios,
respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré
de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que
quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era
en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío.
Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien,
esto suponía un enorme problema, si tenemos en
consideración que, de acuerdo con la pragmática de las
puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez,
de donde resulta que mientras haya alguien esperando una
respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para
exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista,
quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey,
puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a
incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego,
para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A
segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque
las protestas públicas, al notarse que la respuesta
tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el
descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y
negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el
caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación
entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al
cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la
puerta de las peticiones, para saber lo que quería el
entrometido que se había negado a encaminar el
requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre
la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella
preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey
dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba
mucho exponerse a los aires de la calle, pero después
reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su
majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija,
como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al
coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí
diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre
que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a
oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso
a esperar. Estas señales de que finalmente alguien
atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría
desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos
cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban
por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase
vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa
había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó
una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos,
sino también entre la vecindad que, atraída por el
alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas,
en el otro lado de la calle. La única persona que no se
sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco.
Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque
tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver
la cara de quien, nada más y nada menos, con notable
atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la
curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas
personas juntas, el rey, con el peor de los modos,
preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué
no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más
que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera
pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey
hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza
se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en
que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo
y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la
responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el
palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado,
porque la silla de enea era mucho más baja que el trono,
el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas,
ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados,
mientras el hombre que quería un barco esperaba con
paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres
un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó
cuando finalmente se dio por instalado con sufrible
comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para
buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla
desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si
tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen
manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar
así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre,
Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho,
rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los
mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué
isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese
decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído
hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie,
En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe,
Simplemente porque es imposible que no exista una isla
desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí,
vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que
yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey
de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos,
Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué
quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos
nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre,
Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te
pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa
isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti,
rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me
interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez
ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco,
Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila
firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en
quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la
conversación iba creciendo la impaciencia, más por
librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron
intervenir en favor del hombre que quería el barco,
comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey
abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que
llamara a la guardia del palacio para que estableciera
inmediatamente el orden público e impusiera disciplina,
pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena
desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo,
gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco.
Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y
preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en
la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha
imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la
tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me
son precisos para las islas conocidas. Los gritos de
aplauso del público no dejaron que se percibiese el
agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por
el movimiento de los labios tanto podría haber dicho
Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que
nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey,
Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le
dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi
tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la
tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del
rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre
el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador
un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue
bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la
conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre
levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer
la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la
mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias.
El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los
otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será
explicar que la confusión fue indescriptible, todos
queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan
mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La
aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la
limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la
vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la
de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es,
lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara
de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo
mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la
decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al
puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba
de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado
la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era
su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le
faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a
reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura
responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es
de este modo como el destino acostumbra a comportarse con
nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la
mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos
murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es
igual.
Andando,
andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle,
preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a
adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban,
el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta
de visita del rey era muy clara en este punto, por
consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los
cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan
pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los
rigores del mar, en este punto también había sido
categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron
éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente
los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos
navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición,
no nacieron para surcar los océanos, que es donde se
encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de
allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la
limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi
gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni
siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que
dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la
tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la
pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes
navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre
respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo
aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier
barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no,
uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda
respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no
eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese.
El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después
preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para
ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas
desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de
islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo
hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas
desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que
todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas
mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien
entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya
desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí,
a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre,
deberás escribir en los anales del puerto que el punto
adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega
siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El
capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te
conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía
del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas
desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas,
Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para
dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de
los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que
perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo
título abusiva, el barco era aquel que le había gustado,
simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o
menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela,
después pasó por arreglos y adaptaciones que la
modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela,
Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene
mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas
desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la
limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres
tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo
idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del
palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones,
No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey,
limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo
quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo
limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en
busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la
puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela,
mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe
precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las
gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a
conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo,
Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es
probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser
la peor manera de gustar. El capitán del puerto
interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves
al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí
tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre,
Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los
pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a
bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la
tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer
de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger
las llaves, después entró en el barco, dos cosas le
valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las
gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la
pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las
malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas,
con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí
mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la
limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno,
plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la
escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos,
consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo
cuando entró en el barco comprendió la ira de las
gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos
abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con
gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues
sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va
en busca de la isla desconocida no puede tener este
aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua
los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos.
Después se remangó las mangas y se puso a lavar la
cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de
las velas y procedió a un examen minucioso del estado de
las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber
soportado los estirones saludables del viento. Las velas
son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan
cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los
músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se
ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios
de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por
aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró
deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con
señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la
aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes
antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles,
enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora
estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el
fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón,
no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna
ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de
la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla
desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de
guerra. Pero le enfadó, y mucho, la falta absoluta de
municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella,
que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del
palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no
tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando
que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres
apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen
estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si
trae marineros para la tripulación, que son unos ogros
comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo
la mujer de la limpieza.
No merecía
la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el
océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el
extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía
solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo
a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse
de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo,
Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los
marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino
ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a
preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas
desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar
el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de
línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda
de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo
del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es
siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla
desconocida, Cómo podría hablarles de una isla
desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de
que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este
momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y
el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro
nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces
parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué
piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo
sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para
lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás
un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve,
tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla
desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en
ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber
quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que
hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias
de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que
todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo,
visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees,
Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no
nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de
nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio
del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió
un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría
de que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a
ciertas horas.
Dijo el
hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey,
que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer
no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco,
sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay
algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo,
Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo
hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que
es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste
esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al
capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar,
Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua,
Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay
dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el
barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el
cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos
de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el
barco, una carabela, incluso transformada, no da para
grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no
consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré
que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas
a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue
esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras
marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los
dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de
gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre
al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura,
Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo
de popa, el hombre todavía protestando contra lo que
llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el
fardel que él había traído, un pan, queso curado, de
cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a
medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del
mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente
bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó
enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía
por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la
carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar
una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un
momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía
que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era
marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has
dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas
necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde
nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que
esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea
buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje,
Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo
salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no
volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de
la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es
bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez
no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada,
lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando
entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél
aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de
pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las
aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio
como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el
último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la
mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los
del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez,
haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior
del muelle, el agua se onduló un poco al paso del
paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho
más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un
rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir.
No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo,
después se callaron otra vez, la luna subió y continuó
subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas
abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se
levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer
dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre
respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor
o estribor, probablemente porque todavía están practicando
en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se
sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando
limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el
hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él
encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la
cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado
a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente
como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la
limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es
bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene
ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan
las personas interpretando miradas, sobre todo al
principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana,
duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que
tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro
de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le
ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más
insinuantes, como se espera que sean las de un hombre
cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella
dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después
imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún
sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el
sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones
de las cosas y sus distancias, separa a las personas y
ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a
otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo
alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le
había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó
toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por
alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente
hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él
manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a
la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que
en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar
con él para buscar la isla desconocida, probablemente se
arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron.
Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos,
gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando
los granos de millo o royendo las hojas de col que un
marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían
traído para el barco, fuese como fuese, era natural que
estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es,
como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta,
lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir
la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las
orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y
valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de
caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las
voces de los nobles animales necesarios para el trabajo
pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una
carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar,
de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se
movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un
grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba
que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus
cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de
ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un
sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre
del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y
no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor,
descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue
un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa
cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que
saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós,
adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida,
me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él
pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se
cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido,
principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de
sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no
están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante
en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo,
el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los
árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas
cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con
las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del
timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta
si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que
no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando
desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca,
siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna
donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede,
con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó
el hombre del timón, La isla desconocida es cosa
inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los
geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon
que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho
tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de
venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un
lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No
son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de
gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo
al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del
timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer
cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una
imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el
espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros
protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían
desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te
mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la
carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el
puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden
irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en
orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no
se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los
conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos
y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra,
levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando
en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían
acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El
hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no
hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos
le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con
las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían
de la amurada como festones. Debido al atropello de la
salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de
modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado,
sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un
buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla
desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del
timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y
si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una
manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de
los árboles están penetrando en el armazón del barco, no
tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser
necesarias, bastará que el viento sople en las copas y
vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque
que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en
donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros,
estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la
luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora
de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y
bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había
segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su
sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y
ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las
literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de
estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre
y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un
lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía
le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con
la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a
la búsqueda de sí misma.
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