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CÉSAR TIRAFERRI

César Augusto Tiraferri
(1979 / ...), escritor argentino nacido en Buenos
Aires el 24 de Junio de 1979. Hijo de padres nada
cercanos a las artes, comenzó a escribir a los
seis años, golpeando con esfuerzo las teclas de
una Olivetti. Pero no fue hasta mediada su
educación secundaria que su pasión por escribir
encontró cause.
Su primer libro, El viaje y
otros cuentos (1999), está compuesto por
relatos cortos, sin llegar al microrelato pero de
marcada síntesis. Convencido de que la vida
moderna no permite el tiempo de leer largos
relatos, e impedido él mismo de escribirlos por la
misma razón, desarrolló una técnica que lograba al
mismo tiempo desembarazarse rápidamente de los
detalles superfluos a la vez que, para alcanzar el
final de la historia, el lector no debía
permanecer anclado frente al papel. Varios
miembros de la S.A.D.E concluyeron en que se
trataba de “un libro cerrado, listo para el
público”.
Luego inició un proyecto de una
nouvelle,
La vida de Cronemberg (2001),
integrada por capítulos cortos, cuenta la historia
de un hombre influido por la muerte de su mejor
amigo —víctima de una disfunción cerebral—, que
decide escribir su vida. Cuando llega al punto de
relatar su muerte, decide continuar escribiendo
como si nada hubiera pasado; para él y su ficción
Cronemberg aun está vivo.
También incursionó en el guión cinematográfico,
luego de concluidos varios cursos. Surgieron
entonces “La Victoria” (2002) y “La belleza”
(2005).
En el 2003 publica
El mundo y otros
cuentos.
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LA
REALIDAD
Es
interesante observar manchas de humedad en las paredes.
Pero más interesante es descorporizarse. Claro que,
además de vencer las leyes de la física, y quizás alguna
penal, tendríamos que encontrar un cuarto del que no se
pudiera salir por la puerta o ventana y, hoy en día,
cualquier habitación posee al menos una puerta. Nada
tiene que ver con esto el hecho de que la puerta nos
lleve a un lugar al que no queremos ir. Si uno se
descorporiza es para, justamente, abandonar prisiones o
lugares en los que uno está atrapado. Puede darse un
caso como el del hombre que, feliz de permanecer en su
celda, nunca quiso descorporizarse. También se sabe de
una mujer que abandonó a su marido descorporizándose y
llevándose consigo, flotando en el aire, dos maletas con
su ropa. Los mejores resultados los obtienen los
oprimidos serios. Aquellos que no soportan su vida y sus
lugares corrientes no son más que una inmolación. Las
personas descontentas con su vida aman descorporizarse.
Claro que, nada puede hacerse contra los efectos
colaterales que el exceso de la práctica conlleva. Con
el tiempo, y las repetidas sesiones, uno va perdiendo la
capacidad de volver en sí, de retornar a su estado
físico normal. El sujeto tiende a volarse, o en el peor
de los casos, nunca llega a completar plenamente su
figura. Un servidor ha tenido conversaciones con
personas con un profundo vacío en su interior, y no
hablo figurativamente. He conocido a un hombre, al cual
le faltaba la mitad de su corazón. Esto le provocaba una
seria confusión a su sangre a la hora de ser bombeada.
Es fácil reconocerlo en la calle, pues es el único ser
humano rojo carmín que puede cruzar algún día la Avenida
Corrientes a la altura del Abasto, u otro caminar por
Avenida del Libertador hacia el Centro Cultural
Recoleta. También tuve el agrado de cruzar palabras con
una persona a la que su ojo derecho le había fallado en
el momento de materializarse. Esto, además del trastorno
visual previsible, le provocaba mucha vergüenza. La
gente que se encontraba por la calle hablaba a través de
ella. Los días de mucho viento se podía percibir un
silbido proveniente del orificio en su cabeza, al cual,
luego de años de padecerlo, tapó con un parche. En
cierta forma, los que llevan la mejor parte son aquellos
que ya no pueden volver al terreno material. Ya no se
teme a los cruces peligrosos, ni a las puertas con
vaivén, ni a los aeropuertos. Uno se desliga de los
espejos, de la ropa, de los peines, del buen gusto, de
su casa, etc. Es innegable que se vive más despreocupado
cuando no se tiene cuerpo. Uno ya no tiene que cuidarlo,
ya que tampoco puede descuidarlo. Claro que hay un
inconveniente para aquellos que, a sabiendas busquen la
inmaterialidad como forma de vida. Una cosa puede
perjudicarlos, y con ese perjuicio, obligarlos a morir
para siempre. Algo terrible e
inesperado
ocurre y es allí cua
LA
VELETA
No se
preciaba de ser un hombre romántico, y en los últimos
días de su esposa fue más enfermero que marido. Tarde
comprendió que debía ponerse en contacto con sus
emociones; ya no había nadie con quien compartirlas.
Durante todo el mes que siguió al entierro, previo
velatorio a cajón abierto bajo un verano tan árido y
seco como Mendoza puede ofrecer, Pagola lloró en
soledad. Lloró para sí. El llanto lo golpeaba de
repente, mientras tendía la cama o lavaba los platos
luego de la cena. De noche despertaba abruptamente, su
rostro hacia el techo, arrugado en un puchero de niño;
sus arrugas encausaban las lágrimas que salían sin
esfuerzo, empapando la almohada larga para dos. Las
plumas se apelmazaban y cuando no podían contener más la
pena de Pagola dejaban correr el agua salada hacia las
sábanas y el colchón. Luego de dos horas así, en medio
de la noche, tiritaba de frío. Por las mañanas lo
despertaba el cortante olor a salitre que manaba de su
lecho.
Su hijo
mayor no había vuelto de Europa cuando Pagola enviudó.
Nunca habían dado con él. Así es como en la cochería los
vecinos fueron su única compañía. Cuando bajaron la tapa
del féretro, Pagola parpadeó y comenzó el sollozo. Bajo
sus pies el charco comenzó a abrirse camino por los
tablones, las vecinas no pudieron creer la pena del
hombre y lloraron también, un hombre mayor “de la otra
cuadra” resbaló y cayó al suelo. Lo retiraron de allí
con la cadera astillada y las disculpas de Pagola que
casi no se entendieron por lo deforme de su boca al
llorar. Caminaron hasta el cementerio y el sudor bajaba
por su rostro y el del cortejo. Allí no le permitieron
acercarse a la fosa, por miedo a que el cajón se
hinchara con la humedad.
Las
vecinas sabían que el pobre estaba devastado y a veces
se animaban a visitarlo. Pero sólo llegaban a la puerta,
desde dónde oían los lamentos, y se volvían sufriendo
ellas también. Muchas veces no llegaban a la puerta,
pues veían el cause de lágrimas desde la puerta a la
canaleta junto a la vereda, hacia la esquina. Los
vecinos de Pagola, que de tanto no poder consolarlo no
lo vieron por días, lo imaginaban consumido, como una
uva pasa, entre el calor desértico y su cuerpo
derrochando líquidos. Pero el hombre se mantenía, es
verdad más delgado, aunque no tan seco. Bebía agua y se
bañaba seguido, esto último no por púdica higiene sino
porque su cuerpo de alguna manera lo mandaba. Se
desnudaba en el baño, se metía bajo la ducha con la
cabeza gacha, el chorro de agua sobre la nuca durante
una hora, y luego salía usando la misma ropa.
Su casa
comenzó a cambiar. En las esquinas donde las lágrimas
encontraban pendientes, se creaban bancos de salitre. En
el jardincito del fondo de su casa las pequeñas filas de
semillas enterradas se convirtieron en fuertes
hortalizas y vegetales, algo salados, eso sí, pero aptos
para consumo. Las juntas de los mosaicos del piso
comenzaron a enverdecer, musgo cobraba vida allí, y a
Pagola no le importaba. Todo lo veía empañado, y eso
también hacía que su casa fuera otra, más difusa e
imprecisa. Así se sentía con respecto a su vida.
Luego de
aquel largo mes, Pagola una vez más se sintió
desdichado. Estaba parado frente al espejo de su baño,
mirándose las manos, las marcas de la edad y el anillo
de bodas, cuando rompió en llanto por última vez. Sus
manos justo debajo de su rostro no se mojaron. No sintió
la humedad a la que ya estaban acostumbradas sus
mejillas. Se miró al espejo y no pudo creer que al fin
se había quedado sin lágrimas. ¿Qué haría entonces, si
ya no podía llorar? Se esforzó por expulsar de sus ojos
la más nimia gota, hasta que su cabeza dolió. Al fin
comprendió que el tiempo de pesar había terminado, había
saldado la deuda con sus emociones, su esposa al fin
estaría junto a él. Pagola decidió un homenaje.
Salió de
su casa, afeitado y con los ojos brillantes, pero esta
vez de alegría. Se había cambiado la ropa y caminaba
hacia el herrero con la cabeza en alto. Los vecinos
estaban asombrados como quien viera a Lázaro mismo.
Muchos pensaban que estaba loco, al fin, y caminaba como
si la finada andara a su lado tomada del bracete. Los
locos eran ellos pues no entendían la felicidad ajena,
sólo la pena les era familiar. Cuando llegó al negocio
de metales saludó de muy buen modo. El herrero no medió
preguntas sobre el ánimo de Pagola, se sentía incómodo e
incrédulo. Pagola sacó una fotografía en blanco y negro
del bolsillo interno de su saco. Era la difunta mirando
las sierras. Su perfil estaba claramente contrastado por
el blanco de la nieve a lo lejos. El hombre encargó una
veleta con esa silueta. Sus palabras antes de pagar el
pedido fueron Ella me dirá hacia dónde.
Al mes
siguiente, justamente en la fecha de la muerte de su
mujer, Pagola volvía del mismo local, con el mismo
talante, y un paquete envuelto en papel madera que
llevaba dificultosamente bajo el brazo. Entró a su casa
y los tres fisgones de ese momento entraron a las suyas.
Ellos para hablar sobre la demencia del hombre, Pagola
para instalar la veleta. Dejó el paquete a un costado
del jardín trasero y buscó la escalera. Durante la
espera del último mes ya había decidido el lugar
perfecto para la pieza, justo en el medio del techo en
la coyuntura de las dos aguas. Ya había hecho un agujero
para encastrar la veleta. Sólo debía subir con ella,
pesada y rígida, por esa escalera algo derruida e
insertarla en el techo. Luego pondría cemento por si el
viento la levantaba.
Pagola
tomó la veleta con la mano izquierda y sus venas se
hincharon. Con la mano derecha se aferraba de los
escalones superiores y, conforme subía, la veleta pesaba
más; o él se cansaba. Sin embargo estaba feliz. Llegó a
la canaleta del desagüe del techo y se aferró a las
tejas. Puso sus pies donde las vigas bajo las tejas
sostendrían su peso y trepó a gachas. Así en cuclillas
intentó acertar el caño inferior de la veleta en el
agujero. No le alcanzaba la fuerza de un solo brazo.
Debió pararse y, en un movimiento con las dos manos, la
veleta quedó instalada. Tomado aún del norte intentó el
descenso, de espaldas a la escalera. Al primer paso
tropezó con una teja que estaba salida y Pagola dio
media vuelta en el aire y rodó por el techo que tan
inclinado lo arrojó hasta la mitad del jardín. Pagola
abrió los ojos lentamente sin sentir dolor en su cuerpo.
El sol se levantaba por detrás de su veleta. Su mujer
miraba embelesada el paisaje serrano para siempre.
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