ANDREA AMARILLO

Andrea Amarillo (1979) nació en Buenos Aires, en 1979. En 1998 ingresó a la carrera de filosofía en la UBA. A los 21 años, suspendió sus estudios para viajar a París. En Francia, siguió cursos de francés en la Sorbonne y trabajó como correctora de estilo de español e investigadora para una organización intergubernamental.

Volvió a Buenos Aires y poco después viajó a México, donde permaneció por un lapso de dos años. Allí, a los 23 años, realizó investigaciones para uno de los periodistas más renombrados de México, Jorge Fernández Menéndez (actual director del Diario Excelsior) y coordinó las publicaciones de la Editorial Rayuela. También se desempeñó como periodista y editora del suplemento de cultura y espectáculos de un diario estatal.

En el 2004 volvió a Argentina para concluir sus estudios de filosofía. Desde entonces trabaja en la oficina de publicaciones del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía de la UBA, coordina cursos de francés en institutos privados y es periodista free lance.

 

LA UNIVERSIDAD BAJO EL IMPERIO DEL GARROTE

La noche del 29 de julio de 1966 la Guardia de Infantería intervenía varias facultades reprimiendo a estudiantes y profesores con gases lacrimógenos y bastonazos: Onganía lanzaba el “Operativo escar-miento” que enseñaría a los universitarios a dejar de pensar autó- nomamente.

 

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Un vertiginoso clima de transformación

El dato duro (o el duro dato) del vaciamiento

 

 

La vida académica estaba convulsionada en todos sus estratos. El 29 de julio de 1966, la dictadura de Onganía, no conforme con disolver el Congreso, intervenir las provincias, destituir a la Corte Suprema y expropiar los bienes de los partidos políticos, arremetía contra el último bastión de resistencia democrática a su régimen: las universidades. Aquel día se había promulgado la ley 16.912. El ultimátum era claro: en el lapso de 48 horas, tanto rectores como decanos debían subsumirse al Ministerio de Educación, disolviendo el cogobierno (estudiantes, profesores, graduados) y la autonomía, ganados a pulmón con la reforma del ‘18.

Con este motivo, el rector y los decanos de las diferentes facultades de la Universidad de Buenos Aires estaban reunidos en Ciencias Exactas para consensual el repudio a la medida impuesta. Las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Ingeniería, Medicina y la sede del Rectorado estaban tomados como medida de protesta, y mantenían sus puertas cerradas, mientras se daban las discusiones acerca de qué hacer.

Cerca de las 23 horas, estallidos, gritos, gases lacrimógenos y bastones largos irrumpían en la sala de debate, para imponer por la fuerza la medida. Son conocidos los “trencitos chinos”, los malos tratos y la particular saña con que los gendarmes “escarmentaban” a estos “anti-patria” y limpiaban las universidades, consideradas “reservorios del comunismo”, cobijados por la autonomía. Para que terminen de escarmentar, y olvidando que se trataba de patrimonio público, los gendarmes rompieron (además de cabezas) valiosos laboratorios, bibliotecas y una computadora, la primera que había en Latinoamérica (bien invaluable para la época).

El resultado para la universidad argentina fue terrible. Además de los 400 profesores y alumnos detenidos, la educación superior sufrió un vaciamiento desastroso. Todos los decanos renunciaron a sus puestos, junto con aproximadamente 1400 profesores de las diferentes áreas; más de 300 de los hombres de ciencia más brillantes de la Argentina se iban del país buscando un sitio donde desarrollar su disciplina.

 

Qué golpeaban los bastones

La puja con la dictadura se había establecido desde el principio, cuando, la tarde misma en que Onganía asumía el poder (el 28 de junio), Hilario Fernández Long, rector de la Universidad de Buenos Aires, daba a conocer una resolución donde rechazaba el golpe que derrocaba al presidente Illia.

Las diferencias ideológicas entre el nuevo gobierno y la Universidad eran demasiado notorias; por eso, el dominio de dicha institución se planteó como un problema urgente en el programa de la Revolución Argentina (como se autodenominaba). El decreto 16.912 resolvía el problema que significaban las altas casas de estudio disolviendo los Consejos Directivos, anulando en ellas toda actividad política y obligando a los decanos y al rector responder como interventores delegados de las nuevas autoridades. Quien no estuviera de acuerdo debía presentar su renuncia.

La resistencia y oposición debían eliminarse para poder llevar a cabo el proyecto de Onganía, quien abrigaba el sueño de convertirse en el Franco de Sudamérica. Su gobierno respondía a un Estatuto que se adjuntó a la Constitución Nacional (Onganía juró sobre ambos) y que establecía un programa de clausura de las urnas y los partidos políticos por un lapso no menor a los 10 años. Para ello debía sofocarse todo atisbo de autonomía y ejercicio de soberanía popular que cuestionara el orden dado y no permitiera establecer jerarquías claras. Con estos fines, la fuerza debía usarse hasta que se impusiera el conservadurismo pacato que ostentaba esta ultraderecha; se necesitaba un pueblo dócil que reconociera en estas autoridades la “reserva moral” de la Argentina y se sometiera sin chistar a las órdenes de sus superiores.

En este sentido, las universidades representaban el polo opuesto al programa de Onganía.

Desde 1955 (cuando las universidades dejan de estar en manos de la Iglesia Católica) la Universidad de Buenos Aires estaba viviendo un proceso de cambio y modernización, que si bien cosechaba algunas críticas (lo acusaban de cientificista y extranjerizante), se dirigía a solidificar una educación superior de punta con apertura internacional. Bajo el amparo de la autonomía y el cogobierno, se desarrollaban con rapidez los nuevos métodos de la ciencia, se recibía acaloradamente toda ideología novedosa y se rechazaba como fósil todo lo que se considerara dogmático o se identificara con el conservadurismo. Además, la vida académica parecía buscar su lugar dentro de las estructuras de poder, volcándose cada vez más a las labores sociales.

Como puede verse, los golpes no sólo fueron asestados a los estudiantes y profesores, sino que intentaban dominar un movimiento más amplio. La represión no respondía sólo al incumplimiento de una orden de gobierno, tampoco importaba la resistencia de los decanos; los bastonazos se inscribían en el contexto del disciplinamiento y control de todas las instituciones, en un intento de reeducación del pueblo al que creían enfermo de desenfreno democrático, que prontamente devendría en “comunismo apátida”. Según esta versión, si bien el peronismo había evitado que las clases trabajadoras fueran captadas por el comunismo, debía todavía trabajarse para afianzar los valores nacionales tradicionales (occidentales y cristianos), que se veían trastocados por las nuevas corrientes de pensamiento progresista. Como mencionábamos, estas corrientes, generalmente, pisaban suelo argentino de la mano de las nuevas teorías sociales, científicas y políticas, socializadas por las instituciones de educación superior, a las que accedían también los sectores medios bajos y bajos. Se trataba de un momento histórico donde la idea de M’hijo el dotor todavía era moneda corriente.

Para Onganía, entonces, el ataque a la universidad resultaba importante porque la limpiaba de sus opositores atacando, a su vez, simbólicamente, al clima general de una época. Así se inauguraba un proceso de sangría de la educación nacional y del ambiente cultural de los ‘60.

El proyecto de sistemático vaciamiento y expulsión de las masas de las instituciones de educación superior siguió vigente durante la última dictadura militar, prolongándose, incluso, en algún otro régimen democrático. Los profesores e investigadores no dejaron de ser golpeados, y prueba de ello es que, aún hoy, la famosa “fuga de cerebros” sigue siendo un fenómeno preocupante. De todas formas, son sectores cada vez más reducidos de la población los que llegan a la universidad pública y pueden profesionalizarse; situación que con la crisis se ha trasladado también a la educación secundaria.

Los golpes de los bastones fueron certeros, la política de clausura del pensamiento autónomo,  todo un éxito.

 

 

Un vertiginoso clima de transformación

La década del 60 estaba signada por una sensación general de que la revolución y el cambio eran inminentes. Se trataba de un momento en que la modernización se aceleraba para mover el suelo de quienes lo vivía. Era la época del Instituto Di Tella, de las clases medias leyendo vorazmente a Marx y a Freud, y de la bonanza de las editoriales que alcanzaban a un público masivo.

Ante este fenómeno la sociedad se polarizaba cada vez más.

Por un lado, gran parte de la sociedad celebraba la llegada de los tiempos nuevos, profesaba el culto a la juventud y rompía con todas las normas y valores establecidos por las generaciones anteriores (a quienes culpaban por los desastres de la guerra). Se repudiaba el sistema capitalista y se consideraba que la humanidad se dirigía hacia el mundo comunista, revolución cubana de por medio.

Por otra parte, los sectores conservadores sentían sus intereses afectados por la amenaza de transformación, se aferraba con uñas y dientes a las tradiciones y costumbres inveteradas, considerándolas necesarias para mantener el orden que permita el normal desarrollo de la Nación. Además, los nuevos movimientos políticos, sociales y culturales eran considerados extranjerizantes y antipatrióticos, por trascender los valores nacionales (occidentales y cristianos), relegados frente a los intereses de clase o humanos.

La polarización atravesaba también al peronismo proscrito. A pesar del exilio, Perón seguía manejando los hilos de la CGT, tejiendo alianzas o realizando boicot; jugaba como mar de fondo de la vida política. Sin embargo, la misma CGT estaba dividida en dos facciones fuertemente diferenciadas, una con tintes más progresistas y la otra más emparentada con cierto conservadurismo (de hecho, tenía buen trato con el gobierno de Onganía).

Este es el contexto donde de inscribe el golpe militar del ‘66.

De acuerdo con estos personajes de derecha, el gobierno de Illia tenía ciertos elementos populistas que lo tornaban peligroso por alentar el desarrollo de la amenaza comunista; por eso era destituido. Una vez asumido el gobierno, la campaña contra todo “izquierdismo” fue contundente. La censura alcanzaba desde las huelgas sofocadas violentamente, hasta ciertas expresiones artísticas vanguardistas en cine, teatro, edición de libros: se clausuró el Instituto Di Tella, se cerraron bibliotecas y editoriales.

La imposición de la ideología de derecha a través de la fuerza sustentó la traducción de toda lucha política al idioma de la violencia y agudizó la irreductibilidad (inconmensurabilidad) de las diferencias en los discursos ideológicos. Las facciones militaristas conservadoras empujaron a la oposición a la clandestinidad radicalizando las posturas: crecieron las guerrillas y la resistencia se expresaba a través de estallidos; sobre todo en el cordón industrial Santa Fe-Córdoba. Ambas provincias tenían fuertes organizaciones obreras combativas y un flujo importante de militancia estudiantil. Esa fue la gesta de los dos episodios que desestabilizaron la dictadura y arrebataron a Onganía el sueño franquista: el “Rosariazo” y el “Cordobazo”; donde los grandes centros del interior toman la posta en la resistencia al régimen. Después de ello, la “Revolución Argentina” de Onganía se mostró con pies de barro y terminaba de caer derrocado por el general Lanusse, el 7 de junio de 1970, designando al general Roberto Levingston como nuevo presidente.

 

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