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ANDREA AMARILLO

Andrea Amarillo (1979)
nació en Buenos Aires, en 1979. En 1998 ingresó a
la carrera de filosofía en la UBA. A los 21 años,
suspendió sus estudios para viajar a París. En
Francia, siguió cursos de francés en la Sorbonne y
trabajó como correctora de estilo de español e
investigadora para una organización
intergubernamental.
Volvió a Buenos Aires y poco
después viajó a México, donde permaneció por un
lapso de dos años. Allí, a los 23 años, realizó
investigaciones para uno de los periodistas más
renombrados de México, Jorge Fernández Menéndez
(actual director del Diario Excelsior) y coordinó
las publicaciones de la Editorial Rayuela. También
se desempeñó como periodista y editora del
suplemento de cultura y espectáculos de un diario
estatal.
En el 2004 volvió a Argentina para
concluir sus estudios de filosofía. Desde entonces
trabaja en la oficina de publicaciones del Centro
de Estudiantes de la Facultad de Filosofía de la
UBA, coordina cursos de francés en institutos
privados y es periodista free lance.
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UN VERTIGINOSO CLIMA DE TRANSFORMACIÓN |
La
década del 60 estaba signada por una sensación general
de que la revolución y el cambio eran inminentes. Se
trataba de un momento en que la modernización se
aceleraba para mover el suelo de quienes lo vivía. Era
la época del Instituto Di Tella, de las clases medias
leyendo vorazmente a Marx y a Freud, y de la bonanza
de las editoriales que alcanzaban a un público masivo.
Ante este fenómeno la sociedad se polarizaba cada vez
más.
Por un lado, gran parte de la sociedad celebraba la
llegada de los tiempos nuevos, profesaba el culto a la
juventud y rompía con todas las normas y valores
establecidos por las generaciones anteriores (a
quienes culpaban por los desastres de la guerra). Se
repudiaba el sistema capitalista y se consideraba que
la humanidad se dirigía hacia el mundo comunista,
revolución cubana de por medio.
Por otra parte, los sectores conservadores sentían sus
intereses afectados por la amenaza de transformación,
se aferraba con uñas y dientes a las tradiciones y
costumbres inveteradas, considerándolas necesarias
para mantener el orden que permita el normal
desarrollo de la Nación. Además, los nuevos
movimientos políticos, sociales y culturales eran
considerados extranjerizantes y antipatrióticos, por
trascender los valores nacionales (occidentales y
cristianos), relegados frente a los intereses de clase
o humanos.
La
polarización atravesaba también al peronismo
proscrito. A pesar del exilio, Perón seguía manejando
los hilos de la CGT, tejiendo alianzas o realizando
boicot; jugaba como mar de fondo de la vida política.
Sin embargo, la misma CGT estaba dividida en dos
facciones fuertemente diferenciadas, una con tintes
más progresistas y la otra más emparentada con cierto
conservadurismo (de hecho, tenía buen trato con el
gobierno de Onganía).
Este es el contexto donde de inscribe el golpe militar
del ‘66.
De
acuerdo con estos personajes de derecha, el gobierno
de Illia tenía ciertos elementos populistas que lo
tornaban peligroso por alentar el desarrollo de la
amenaza comunista; por eso era destituido. Una vez
asumido el gobierno, la campaña contra todo
“izquierdismo” fue contundente. La censura alcanzaba
desde las huelgas sofocadas violentamente, hasta
ciertas expresiones artísticas vanguardistas en cine,
teatro, edición de libros: se clausuró el Instituto Di
Tella, se cerraron bibliotecas y editoriales.
La
imposición de la ideología de derecha a través de la
fuerza sustentó la traducción de toda lucha política
al idioma de la violencia y agudizó la
irreductibilidad (inconmensurabilidad) de las
diferencias en los discursos ideológicos. Las
facciones militaristas conservadoras empujaron a la
oposición a la clandestinidad radicalizando las
posturas: crecieron las guerrillas y la resistencia se
expresaba a través de estallidos; sobre todo en el
cordón industrial Santa Fe-Córdoba. Ambas provincias
tenían fuertes organizaciones obreras combativas y un
flujo importante de militancia estudiantil. Esa fue la
gesta de los dos episodios que desestabilizaron la
dictadura y arrebataron a Onganía el sueño franquista:
el “Rosariazo” y el “Cordobazo”; donde los grandes
centros del interior toman la posta en la resistencia
al régimen. Después de ello, la “Revolución Argentina”
de Onganía se mostró con pies de barro y terminaba de
caer derrocado por el general Lanusse, el 7 de junio
de 1970, designando al general Roberto Levingston como
nuevo presidente.
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