| |
JOHN MAXWELL COETZEE

J. M. Coetzee nació en Ciudad del Cabo
en 1940 y
se crió en Sudáfrica y Estados
Unidos. Es
profesor de literatura en la
Universidad de
Ciudad del Cabo, traductor,
lingüista, crítico literario y, sin duda,
uno de los
escritores más importantes que ha dado
estos últimos años Sudáfrica.
En 1974 publicó su primera novela,
Dusklands.
Le siguieron
In the Heart of
the Country (1977), con la que
ganó el CNA,
el primer premio
literario de las letras sudafricanas;
Esperando a los bárbaros
(1980),
también
premiada con el CNA;
Vida y
época de
Michael K.
(1983), que le
reportó
su primer Booker Prize y el Prix Étranger
Femina; Foe
(1986);
Age of Iron
(1990); El maestro de Petersburgo
(1994)
e Infancia
(1997, y que Mondadori publica ahora en esta misma colección).
También le han sido
concedidos el Jerusalem Prize y The
Irish Times
International Fiction Prize.
De este escritor «de brillante maestría,
tensión y elegancia», en palabras de Nadine
Gordimer, nos llega ahora su última
novela,
Desgracia,
con la cual ha sido premiado,
por segunda vez en su carrera, con
el Booker Prize, el premio más prestigioso
de la
literatura inglesa. |
|
17
El trabajo en la clínica,
en domingo, queda concluido. La
carga de muerte ya está en la furgoneta. Su última tarea
consiste en fregar el suelo del quirófano.
—Yo me ocupo de eso —dice Bev Shaw cuando vuelve
del patio—. Estarás deseoso de volver.
—No tengo prisa.
—Ya, pero debes estar acostumbrado a un tipo de vida
muy distinto.
—¿Un tipo de vida muy distinto? No sabía que la vida se
dividiera en tipos.
—Quiero decir que aquí seguramente la vida se te hará
muy aburrida. Debes echar de menos tu propio círculo. Debes
echar de menos a tus amistades femeninas.
—¿Amistades femeninas? Imagino que Lucy te habrá contado
por qué me marché de Ciudad del Cabo. Allí no me
dieron mucha suerte las amistades femeninas.
—No deberías ser duro con ella.
—¿Duro con Lucy? No va conmigo eso de ser duro con
Lucy.
—No me refiero a Lucy. Me refiero a la joven de Ciudad
del Cabo. Lucy dice que hubo una joven que te causó muchas
complicaciones.
—Pues sí, sí que hubo una joven. Pero en este caso fui yo
el que causó las complicaciones. A esa joven le causé
tantas
complicaciones como ella a mí.
—Dice Lucy que tuviste que renunciar a tu puesto en la
universidad. Eso tuvo que ser difícil. ¿No lo lamentas?
¡Qué ganas de meterse en todo! Es curioso el modo en
que
el tufillo del escándalo excita a las mujeres. ¿Pensará
esa persona tan simple
que él es incapaz de sorprenderla? ¿O es que esa
sorpresa es otro de los deberes que asume tal cual,
como la monja que se
tiende para ser violada a fin de que
se reduzca el índice de
violaciones en el mundo?
—¿Que si lo lamento? No lo sé. Lo que sucedió en Ciudad
del Cabo es lo que me ha traído aquí. Y aquí no soy
infeliz.
—Ya, pero en el momento... ¿Lo lamentaste en el momento?
—¿En el momento? ¿Quieres decir... en el acaloramiento
del acto? Por supuesto que no. En el acaloramiento del
acto no caben dudas. Estoy seguro de que eso debes saberlo.
Se pone colorada. Ha pasado mucho tiempo desde que
vio por última vez a una mujer de mediana edad ponerse
colorada de semejante forma. Se ha sonrojado hasta la raíz
del cabello.
—Sin embargo, Grahamstown te resultará muy tranquilo
—murmura—. Por comparación, claro.
—No me importa Grahamstown. Al menos estoy al margen
de las tentaciones. Por otra parte, no vivo en Grahamstown.
Vivo en una granja con mi hija.
Al margen
de las tentaciones: un comentario falto de tacto para
hacérselo a una mujer, incluso a una mujer anodina. Pero
no será anodina a ojos de todo el mundo. Tuvo que
haber un tiempo en el
que Bill Shaw viera algo en la joven
Bev. Y tal vez también
otros hombres.
Trata de imaginársela con veinte años menos, cuando su
cara, mirando hacia arriba, sobre su cuello tan corto,
tuvo
que resultar coqueta, y su piel llena de pecas, acogedora,
saludable. Por impulso, extiende la mano y le pasa un dedo
sobre los labios.
Ella baja la mirada, pero no se retrae. Al contrario, responde
apretando los labios contra su mano —besándosela incluso—,
sin dejar de estar furiosamente colorada.
Eso es todo lo que sucede. No llegan más allá. Sin mediar
una palabra más, él se marcha de la clínica. A sus espaldas,
la oye apagar las luces.
A la tarde siguiente recibe una llamada de ella.
—¿Podemos vernos en la clínica, a eso de las cuatro?
No es una pregunta, sino más bien un anuncio; lo hace
con
voz aflautada, tensa. A punto está de preguntarle: “¿Para
qué?”, pero tiene la
sensatez de callarse. Podría apostarse cualquier cosa a
que ella no ha recorrido antes ese camino.
En su inocencia, ese
debe de ser el modo en que da por
hecho que se llevan a
cabo los adulterios: la mujer telefonea
a su perseguidor, se declara dispuesta.
La clínica no está abierta los lunes. Él entra y cierra
con
llave por dentro. Bev Shaw está en el quirófano, de pie,
de
espaldas a él. La abraza; ella le roza con la oreja el
mentón;
los labios de él se sumergen en los rizos pequeños y
prietos
de su cabello.
—Hay mantas —dice ella—. En el armario. En la estantería
de
abajo.
Dos mantas, una rosa y una gris, traídas de su casa, de
contrabando, por una mujer que durante la última hora seguramente
se ha bañado y se ha empolvado y se ha ungido
para ese momento; una mujer que, por lo que él alcanza a
saber, se ha empolvado y se ha ungido todos los domingos,
y ha guardado un par de mantas en el armario, más que nada
por si acaso. Una mujer que supone que, como él viene de
la gran ciudad, como ha sido piedra de escándalo y el escándalo
sigue unido a su nombre, hace el amor con muchas
mujeres y cuenta con que le haga el amor a toda mujer que
se cruce en su camino.
Hay que optar entre la mesa de operaciones y el suelo.
Tiende las mantas en el suelo, la gris debajo y la rosa
encima.
Apaga la luz, sale de la habitación, se cerciora de que
la puerta de atrás esté cerrada, espera. Oye el rumor de
las
ropas cuando ella se desviste. Bev. Jamás soñó que iba a
acostarse con Bev.
Yace inmóvil bajo la manta; solo asoma la cabeza. Ni siquiera
con una luz tan tenue hay encanto alguno en esa visión.
Quitándose los calzoncillos, se acomoda al lado de ella
y le pasa las manos por el cuerpo. No tiene pechos que se
diga. Su cuerpo recio, sin cintura apenas, es como un
barreño
pequeño.
Ella le aprieta la mano, le pasa algo. Un preservativo.
Está
todo previsto de antemano, de principio a fin.
Entre los dos al menos él podrá decir que
cumple con su deber. Sin pasión, pero también sin disgusto.
De modo que al final Bev Shaw se sienta contenta
consigo misma. Todo lo que se había propuesto lo ha
logrado. Él, David Lurie, ha sido socorrido tal como es
socorrido un hombre por una mujer; su amiga Lucy Lurie
ha recibido ayuda con una visita difícil de tratar.
Que no me olvide de este día, se dice él tumbado junto
a ella cuando ya están agotados. Después de las dulces y
jóvenes carnes de Melanie Isaacs, a esto he terminado por
llegar. A esto tendré que empezar a acostumbrarme, a esto
y a mucho menos que esto.
—Se hace tarde —dice Bev Shaw—. Tengo que irme.
Él aparta la manta a un lado y se pone en pie sin hacer
ningún esfuerzo por
ocultarse. Que su mirada abarque su
ración de Romeo, piensa
él, que se detenga en sus hombros
algo caídos y en sus flacas piernas. Desde luego que se hace
tarde. Pende en el
horizonte un postrer resplandor carmesí; la luna
luce en lo alto; el humo se ha posado en el aire; del
otro lado de una franja
de tierra yerma, de las primeras hileras
de chabolas, llega un ronroneo de voces. Ante la puerta,
Bev se aprieta por última vez contra él, apoya la cabeza
sobre su pecho. Él la deja hacer, tal como le ha
dejado hacer todo lo que ella ha tenido necesidad de
hacer. Sus pensamientos
vuelan hacia Emma Bovary en el momento en que se
planta ante el espejo después de su primera tarde
triunfal. ¡Tengo un
amante, tengo un amante!, canturrea Emma para
sí. Bueno, pues dejemos que la pobrecita Bev Shaw regrese
a su casa y cante lo que tenga que cantar. Y ya basta de
llamarla
pobrecita Bev Shaw, si ella es pobre, él está en bancarrota.
ir arriba
|