| |
LORD DUNSANY

Edward John Moreton Drax Plunkett
(1878/1957), XVIII Barón de Dunsany,
escritor, poeta y dramaturgo irlandés, nació en
Londres el 24 de julio de 1878. De origen noble,
se educó en el Eton College y la Real Academia
Militar de Sandhurst.
A
los 21 años hereda de su padre el título de lord.
Participó en la Guerra Bóer y en la 1º Guerra
Mundial. Vinculado a otros autores irlandeses como
Yeats, fue un gran aficionado a la caza y el
ajedrez.
Su obra, rica en humor e imaginación, reúne
tradiciones celtas, misticismo y fantasía épica.
Aires de oriente y sueños atemporales condensan
relatos como El tiempo y los dioses (1906),
La espada de Welleran (1908) o Cuentos de
un soñador (1922).
En su novela La hija del rey del país de los
elfos (1924), una mujer inmortal renuncia a
esa condición por amor, decisión similar a la de
Arwen, en El señor de los anillos de
Tolkien. Su fantasía heroica influyó en Lovecraft,
confeso admirador suyo.
Sus comedias La Puerta Resplandeciente
(1909) y El Sombrero de Seda Perdido
(1913), anticipan el teatro del absurdo. En poesía
publicó Cincuenta poemas (1929), Agua de
espejismo (1938), Poemas de guerra
(1941) y Para despertar a Pegaso (1949).
Lord Dunsany ha resaltado lo onírico. Sus propias
palabras privilegian el mundo de los sueños donde
abrevaran narradores fantásticos como Howard,
Lovecraft y otros: “No escribo nunca sobre las
cosas que he visto; escribo sobre las que he
soñado”.
El período 1905-19 fue el más prolífico. Se inicia con
Los dioses de
Pegana
y finaliza con
Cuentos de los tres hemisferios.
Durante esos años creó muchos relatos (más fuertes
aún que sus novelas) de perfección estilística
sólo comparables a Lovecraft y Poe.
Pedazos de Luz
(1938), Mientras las sirenas dormían (1944)
y El velatorio de las sirenas (1945)
integran una trilogía autobiográfica.
Murió el 25 de octubre de 1957 a causa de un
ataque de apendicitis.
|
|
Creo haber contado que en nuestro club
existe la costumbre de conversar de jardinería en
primavera y verano, o mejor dicho, de escuchar la
explicación de lo que los diversos miembros han hecho en
sus jardines, o del nacimiento sumamente temprano de una
planta, o de su increíble tamaño en el jardín de
cualquiera de nosotros; pero cuando llega la estación de
las nieblas y el sol se pone detrás de los edificios antes
de que termine el almuerzo, acostumbramos a contar
historias más entretenidas con el fin de impedir que
alguien se duerma delante de la chimenea o que todos los
miembros vayan marchándose, alegando algún asunto tedioso.
Fue en una de estas ocasiones, cuando uno de nuestro
grupo, sentado ante el fuego, y que parecía a punto de
dormirse, abrió de pronto los ojos y exclamó:
—¡Por favor, que alguien nos hable de algún
sitio donde aún brille el sol!
Entonces oí que Jorkens respiraba con
fuerza. Pero antes de que pudiese hablar, se oyó la voz de
Terbut:
—Y que se trate, por una vez, de
Inglaterra. Estoy harto de oír hablar de cosas ocurridas
en los confines del mundo.
Jamás había oído un intento más deliberado
de hacer callar a Jorkens. Mas no sirvió de nada.
—Una vez vi
una cosa muy extraña en Inglaterra —empezó a contar
Jorkens—. Sí, una cosa muy extraña. Iba dando un paseo
fuera de Londres..., un paseo muy largo con bocadillos y
un buen frasco de una pinta. Caminaba en parte por hacer
ejercicio, aunque más para complacer a mi espíritu que a
mi cuerpo. Estaba harto de las calles enlosadas. Ya sabéis
lo que se siente en tales ocasiones, y la primavera venía
a grandes zancadas. No sé por dónde iba, aunque sí que
debía de ser en dirección oeste aproximadamente, ya que
tenía el sol enfrente. "Eché a andar temprano y no almorcé
hasta al menos las dos, puesto que no me senté a hacerlo
hasta que estuve completamente fuera de Londres. Debía de
haber andado unos buenos treinta kilómetros. Bien, me
senté sobre un trecho herboso, ante un seto verdísimo que
corría por encima de un ribazo.
Las prímulas ya habían florecido, así como las violetas
tempranas. Allí almorcé, mientras oía cantar a los pájaros
y unas nubes blancas se deslizaban por el cielo azul. No
tenía idea de lo que había al otro lado del seto, ya que
no podía ver nada ni a su través ni por encima. Mientras
almorzaba, me contenté con estar allí sentado, meditando
cómodamente. Y después de almorzar, entre la larga
caminata, el canto de los pájaros, el resplandeciente sol
y todo lo demás, empecé a adormilarme cuando un súbito
ataque de curiosidad me obligó a levantarme y echar una
ojeada a través del seto. Entonces, por entre una brecha
abierta entre los tallos del seto espinoso, divisé una
serie de prados que se extendían a lo lejos, y un edificio
con ventanas curvadas, cristales verdes y tejado rojo, que
evidentemente era la casa de un club de golf. Aquella
ojeada no aplacó mi curiosidad, porque la luz primaveral
brillaba con tanta fuerza sobre los prados que parecían
poseer el resplandor de otros soles percibidos mucho
antes, por la mañana temprano, y recordados casi desde la
infancia; parecían poseer una cualidad mágica.
"En aquella época yo era muy delgado, y una
vez tuve la cabeza metida en aquella brecha del seto,
pasar al otro lado sólo fue cuestión de retorcerme un
poco. Nadie jugaba al golf, por lo que fui hasta la casa
sin ver a nadie ni oír el menor sonido. La hierba crecía
en tal abundancia que llegué a pensar que aquellos prados
tal vez fuesen demasiado pantanosos para jugar al golf.
Llegué, en medio del silencio, hasta la puerta de roble
del club. Y allí, un portero con una librea muy
reluciente, aunque anticuada, abrió al momento la puerta.
Iba ya a disculparme y a explicar que me había extraviado,
pero pensando que sería mejor excusarme ante un miembro de
más autoridad del club que ante un simple portero, o tal
vez para ganar tiempo, pedí ver al secretario. El
secretario se hallaba en la casa y el portero lo condujo
al momento hasta mí.
—¿En qué puedo servirle? —fue la amable
pregunta.
—Deseo disculparme —dije—. No soy miembro
de su club de golf. Me extravié entre sus prados.
—Esto no es un club de golf —sonrió el
secretario.
—¿No?
—No —dijo etéreamente. O eso me pareció.
Era algo incorpóreo, incluso para un secretario de club—.
No —repitió—, no es un club de golf.
—Pues pensé que era un club de golf
—insistí.
—No —contestó—. En realidad es un club para
poetas.
—¿Para poetas? —me asombré.
—Sí, y aunque esto le sorprenda, para
poetas de todas las épocas.
—¿De todas las épocas? —repetí.
—Sí —llevándome hacia las puertas
interiores del vestíbulo, me indicó a través de los
cristales—. Vea allí a Swinburne charlando con Herrick.
Seguro, reconocí el rostro anhelante de
Swinburne, que estaba hablando, y vi al individuo que el
secretario había llamado Herrick, el cual respondía con
unas risitas. Bien, a pesar de lo que acababa de decirme
el secretario, la cosa no me sorprendió; había algo tan
etéreo en la luz de los prados que cruzara antes de llegar
a la casa del club, y algo tan alejado de esta época en
aquel pequeño edificio, que parecía natural que allí se
reuniesen personas de todos los tiempos pretéritos. No me
habría sorprendido ver al propio Homero. Y allí estaba,
acariciándose la barba majestuosamente.
—Allí está Stephen Phillips —continuó el
secretario—, conversando con Dante.
Reconocí a los dos nombrados y me pareció
observar, a través de los vidrios un tanto opacos, cierta
semejanza de rasgos.
—Ha tenido suerte al ser elegido, ¿eh?
—comenté, señalando a Phillips.
—Bien, sí —convino el secretario—; se
encuentran casos de suerte en todos los clubs... si bien
siempre haya alguien que no la tenga.
Después apareció Tennyson al otro lado de
los cristales algo borrosos. Le reconocí inmediatamente.
—Tal vez se hunda un poco en esa zona
—dije, indicando los prados por los que yo había llegado
hasta el club.
—Oh, no, allí está bien —replicó el
secretario.
—¿Y los camareros? —inquirí, al ver que
varios pasaban de un lado a otro.
—Todos son escritores. Todos escribieron
buenas obras. Pero no son inmortales. Aquél es el mejor
del personal —señaló al portero—. Es Pope.
—Pope —repetí—. ¿De veras? Supongo que la
cuota de ingreso en el club...
—Es muy elevada. Como ve, tenemos a
Shakespeare, Milton y los mejores. Allí va Shelley.
Vi una figura delgada que pasaba, dejando
caer lo que me pareció un folleto político en el sombrero
de alguien.
—¿Cómo se llama este club? —quise saber.
—El Club Elíseo.
Tal como había supuesto.
Pope sólo era el portero, y Homero un
miembro con pleno derecho. Entonces, ¿quién era el
secretario? Era ésta la pregunta que en aquel
extraordinario club, donde podía haber tantas cosas
interesantes, me absorbía casi por entero. ¡Qué poderosa
es la curiosidad, una vez despertada! Hubiese podido
hablar a Shakespeare. Y, no obstante, malgastaba el tiempo
tratando de satisfacer la miserable curiosidad de saber
quién era el secretario.
—Naturalmente, usted también escribe.
—Muy poco —murmuró mi interlocutor—. Lo
dejé hace mucho tiempo.
¡Lo había dejado! Esto aún era más
asombroso. Y, sin embargo, tenía que ser más importante
que Pope. ¿Sería Keats? Lo pensé un instante. Porque Keats
escribió muy poco en comparación con otros. Pero no, Keats
nunca dejó de escribir.
No me quedaba más remedio que preguntarle
su nombre. Cosa que hice. Y me lo dijo. Y, ¿saben una
cosa?, no me aclaró nada. Lo cual fue una torpeza.
—Sí, sí, claro —balbucí, observación que
dejaba traslucir que no me había aclarado nada en
absoluto. Pero el secretario no se ofendió.
—No, no, usted no ha oído hablar de mí.
Escribí muy poco. Un gran verso... eso es lo que opinan
los miembros. De haber escrito treinta habría podido ser
miembro del club. Pero, según dicen, sólo escribí un gran
verso... Mejor que los de aquél —añadió, señalando al
portero—. Pero no lo bastante para ser miembro, repito.
Aunque sí lo soy honorario.
Bien, yo he leído mucha poesía yendo por el
mundo, y el verso podía aclararme lo que no me decía el
nombre. Seguro que así sería. Le rogué que recitase el
verso, y empezó al momento:
—Una ciudad rosa y roja...
Pero yo lo terminé por él:
—...la mitad de vieja que el tiempo.
—¡Sí! —exclamó—. Una ciudad rosa y roja, /
la mitad de vieja que el tiempo —y repitió el bellísimo
verso como un buen catador degustando un oporto viejo de
un siglo—. Lástima que no compusiera treinta como éste;
aunque, en realidad, estoy bien como estoy. ¿Quiere ver mi
despacho?
Bien, me enseñó un cuartito muy lindo, y yo
hubiese debido hablar más con él, y especialmente ver a
más miembros; pero, al fin y al cabo, yo había entrado
casi por la fuerza en el club, y ya había molestado
bastante al secretario. De modo que le ofrecí mi frasco,
que naturalmente estaba lleno de whisky, en pago de sus
amabilidades. Y, ¿sabéis una cosa?, se bebió hasta la
última gota. Cuando quise beber a mi vez, ya en la
carretera, encontré el frasco totalmente vacío.
El secretario del fantasmagórico Club
Elíseo es John William Burgon (1813—1888), que, valga la
paradoja, es el más famoso de los poetas desconocidos, al
menos entre los anglosajones. En efecto, el verso que da
pie a este relato está considerado como uno de los más
bellos de la poesía en lengua inglesa, y, sin embargo, su
autor no escribió ninguna otra cosa notable y es
prácticamente desconocido. El verso en cuestión pertenece
al poema Petra (premiado en Newdigate en 1845), que
incluye el pareado:
Match me such marvel save in Eastern clime,
A rose-red city half as old as time.
Este famoso verso ha dado lugar incluso a
una adivinanza matemática, que reproduzco (en adaptación
libérrima de la versión inglesa) para deleite y gimnasia
mental del lector:
Una ciudad rosa y roja,
la mitad de vieja que el tiempo,
hace mil millones de años
tenía, ni más ni menos,
los dos quintos de la edad
que tendrá el vetusto tiempo
cuando mil millones de años
vuelvan a pasar de nuevo.
¿Qué edad tiene la ciudad
mientras escribo estos versos?
ir arriba
|