| |
FRANZ KAFKA

Franz Kafka (1883 / 1924), escritor de lengua alemana, nació
el 3 de julio de 1883 en Praga, Bohemia, por
entonces Imperio Austrohúngaro, en un hogar judío
de clase media. El carácter autoritario de su
padre influyó en su acomplejada personalidad.
Fue bachiller (1901) y doctor en Leyes (Praga, 1906). Trabajó en una
compañía de seguros, “solo por dinero”, y comenzó
a escribir. Hablaba alemán, checo por vía paterna
y francés. Admiraba a Flaubert y leyó a Nietzsche.
La tuberculosis declarada en 1917 lo obligó a frecuentes
convalecencias. Recibió apoyo de su familia, en
especial su hermana Ottla. Vinculado
sentimentalmente a Milena Jesenskà (1920), se
aparta de su familia trasladándose a Berlín
(1923). Ese año conoce a Dora Diamant y se
convierte en su compañera.
Fue un escritor atormentado. Sus cuadernos mencionan “demonios,
desamparo y soledad” y otros términos que refieren
un mundo oscuro. Se quejaba de insomnios y
jaquecas. En vida solo publicó relatos cortos de
escasa trascendencia.
Después de su muerte, Max Brod, amigo y albacea, desoyendo su
expreso pedido de destruir los escritos, se ocupó
de su publicación. Dora Diamant guardó
secretamente 20 cuadernos y 35 cartas confiscados
en 1933 por la Gestapo. Aún hoy se buscan trabajos
extraviados u ocultos.
En su obra, los personajes se mueven consternados frente a un mundo
de compleja estructura y códigos ininteligibles,
significado que hoy tiene el calificativo “kafkiano”.
La contra-crítica (Gilles Deleuze, Féliz Guattari)
desestima los móviles de la angustia y la soledad,
arriesgando una deliberada subversión. Kundera
alude a su “humor”.
Sobre los rótulos académicos (modernismo, realismo mágico, etc.), se
alzan la desesperación y el absurdo, emblemas del
existencialismo. La sátira de En la
colonia penitenciaria (1914), El proceso
(1925) y El castillo (1922), ha sido
vinculada al marxismo y al anarquismo. Otros la
miran bajo el prisma judaico y aún freudiano.
Otras obras: Un médico rural (1909), La
condena (1912), América (1912),
Contemplación (1913), La metamorfosis
(1915), Una mujercita (1923), Un artista
del hambre (1924), y muchos otros
relatos reunidos en Kafka, Franz (ed.
Nahum N. Glatzer). The Complete Stories.
Nueva York: Schocken Books, 1971.
Murió
en Viena el 3 de junio de 1924 durante una
internación en un sanatorio de Praga. Sus restos
descansan en el Nuevo Cementerio Judío de Praga-Zizkov.
|
|
UNA CONFUSIÓN COTIDIANA
Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión
cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se
traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez
minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de
esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para
cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá
muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las
circunstancias (al menos en opinión de A) son
precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta
vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le
comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace
poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en
el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo,
impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve
a su casa.
Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un
momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano,
inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se
cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio,
pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía
salir en seguida.
A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la
casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas
veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo
siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de
explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba.
Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto
de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la
oscuridad, oye a B —tal vez muy lejos ya, tal vez a su
lado— que baja la escalera furioso y que se pierde para
siempre.
LAS PREOCUPACIONES DE UN PADRE DE FAMILIA
Algunos dicen que la palabra “odradek” precede del
esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su
etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen
alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la
incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha
que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque
no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.
Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante
investigación si no fuera porque existe realmente un ser
llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un
carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece
cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de
hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o
apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete
de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al
que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este
último, por un lado, y con una especie de prolongación
que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto
puede sostenerse como sobre dos patas.
Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo,
tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está
rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no
encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se
ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que
pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el
conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es
posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo
y no se deja atrapar.
Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera,
en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver
durante varios meses, como si se hubiese ido a otras
casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando
uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la
baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar
con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego,
porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera
un niño.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Odradek —me contesta.
—¿Y dónde vives?
—Domicilio indeterminado —dice y se ríe. Es una risa
como la que se podría producir si no se tuvieran
pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con
ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera
contesta y permanece tan callado como la madera de la
que parece hecho.
En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir?
Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón de ser,
alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste
no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la
escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis
hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga
mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea que
me pueda sobrevivir.
BUITRES
Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había
desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba
los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos
inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué
toleraba yo al buitre.
—Estoy indefenso —le dije— vino y empezó a picotearme,
yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo,
pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a
la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi
hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor—, un tiro y el
buitre se acabó.
—¿Le parece? —pregunté— ¿quiere encargarse del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a
buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido
de dolor; después añadí—: por favor, pruebe de todos
modos.
—Bueno —dijo el señor—, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo
y había dejado errar la mirada entre el señor y yo.
Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco,
retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un
atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca,
profundamente. Al caer de espaldas sentí como una
liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las
profundidades y que inundaba todas las riberas, el
buitre irreparablemente se ahogaba.
EL HÍBRIDO
Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es
una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado
del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad
y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del
cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son
huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al
cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos.
Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un
ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie
lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los
corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la
canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los
ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero,
pero jamás ha cometido un asesinato.
Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A
grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de
animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo
para los niños. La hora de visita es los domingos por la
mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me
rodean todos los niños de la vecindad.
Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas,
que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un
solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro,
si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá
después de su muerte, si no se siente solo, por qué no
tiene hijos, cómo se llama, etcétera.
No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir
mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las
criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos
corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron
escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con
mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron
mutuamente como un hecho divino.
En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso
de perseguir. Acurrucado contra mí es como se siente
mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa
fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de
un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables
lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para
quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.
A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor,
se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de
mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere
también ser perro. Una vez —eso le acontece a
cualquiera— yo no veía modo de salir de dificultades
económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea
me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en
las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas
que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías?
¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un
hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la
pena cuidar este legado.
Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del
cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda
chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las
patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico
al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la
cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su
comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera
entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y
brinca alrededor.
Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención
para este animal, pero él es una herencia y debo
negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe
el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos
humanos, que me instigan al acto razonable.
ir arriba
|