Integra
el volumen de cuentos
Marvin
Las mujeres quieren chicos y los hombres
quieren libertad —dijo el señor que vendía la comida
para los animales. Le hablaba al mendigo que intentaba
quedarse con los centavos de los vueltos—. Es así
—agregó.
El mendigo nos miró como preguntando a
qué animal íbamos a querer alimentar. Sobre la mesa
había más de veinte tipos de paquetes de distintos
colores.
—No sé —dijo Blas.
—Hay comida para pájaros, para venados,
para camellos o para elefantes.
—Cuando era chico le daba las mismas
galletas al camello que al elefante —dije—, y seguro
que son los mismos animales, más viejos.
—Eso pasaba antes —dijo el vendedor—;
ahora es más específico. Cada animal tiene un nombre.
Cuando éramos chicos, la elefanta era...
—...solamente elefanta —completé.
—Ahora es Mara.
Blas tomó un paquete cualquiera.
—Si su hijo no se decide, puede llevar el
baldecito con surtido. Viene con las etiquetas, para no
confundirse.
—¿Cuánto sale?
—Cinco pesos.
Miré
adentro del baldecito. Algunas galletas eran cuadradas,
otras eran triangulares; otras, redondas o con forma de
anillo.
—Se fija en la indicación del balde y
después la compara con la forma de las galletas.
Buscar mediante la indicación era más
difícil que localizar una empanada de pollo en una
fiesta de cumpleaños. Las galletas que mi madre me
compraba cuando era chico estaban hechas con más
inteligencia: no sólo correspondían a la dieta de todos
los animales; la misma forma correspondía a la de los
animales. Si uno quería, podía tirarle una lechuza a un
león, con total conocimiento de causa. En las de ahora,
las de los monos eran cuadradas y las del alce
californiano, anulares. Vi que BIas se estaba
decidiendo por el surtido y me apuré a decirle al
vendedor:
—El chico eligió las más baratas. Quiero,
también, una bolsa de tutucas.
El mendigo se quedó con la palma vacía.
Cuando íbamos caminando, BIas me dijo: —Tío, ¿voy a
poder darle a la foca galletitas de jabalí?
—Le van a encantar.
Habíamos ido al jardín zoológico a
dibujar animales. Para eso había comprado dos carpetas
espiraladas de hojas blancas, una de mayor tamaño que
la otra. Blas primero quiso la más grande; después se
arrepintió. No se decidía. Me preguntó cuál iba a querer
yo.
—La más chica —respondí.
—¿Por qué?
—Porque es la más fácil de llevar.
—-Entonces, quiero la más chica.
Si la vida era tan elemental como el
vendedor le explicaba al mendigo, yo estaba fuera de la
vida. Desde hacía años que quería las dos cosas:
libertad y niños. Lo más cercano a mi deseo que había
conseguido eran amantes y un sobrino. BIas tenía seis
años y yo cuarenta.
—¿Qué son tutucas?
—Un pochoclo que comíamos de chicos con
tu papá.
—¿Me lo dejás ver?
Le pasé el paquete. Lo abrió.
—¿Se tragan?
—Claro.
Blas se llevó uno a la boca y lo escupió.
—Son más feos que los bizcochitos de
pokemón —dijo.
Con los elementos para dibujar no había
tenido problemas. Se decidió rápidamente por un
marcador grueso de color negro. Yo había llevado,
también, un marcador de tinta al solvente, un lápiz de
madera y un pequeño crayón rojo. Blas probó los cuatro,
aunque quiso dibujar solamente con su marcador. La
tinta del que había llevado para mí, traspasaba las
hojas. Me lo hizo notar antes de descartarlo.
Cuando estuvo delante del primer animal,
con el marcador a punto para empezar el dibujo, se
quejó.
—Se mueve.
Trazó una línea y lo volvió a mirar. Los
flamencos comían de un plato una pasta amarilla.
—Pará de moverte, pajarraco.
Debajo de la línea del cuello dibujó un
círculo que era el cuerpo. Le hizo las patas con dos
rayas quebradas. El flamenco desplegó las alas y levantó
la cabeza. Por detrás de nosotros, un chico gritó:
—¡Mirá qué cola corta, mamá!
Llevaba anteojos de vidrios gruesos y
tenía un ligero estrabismo, heredado de la señora que lo
agarraba de la mano. La señora parecía recién salida de
misa.
—¿Adónde ves la cola? —le preguntó Blas,
sin quitar la vista del dibujo.
—Ahí —señaló el chico.
Blas agregó una cola. El dibujo había
quedado muy parecido. El animal siguiente fue el león.
—Me tapa una pata con la melena.
—Dibujásela igual.
BIas hizo esa pata con las garras
abiertas y afiladas.
—¿Sabrá que lo estoy copiando? —dijo.
—Por algo se queda tan quieto.
El león giró la cabeza hacia nosotros,
como si hubiera entendido el comentario.
—No debe saber ni qué es un lápiz...
—dijo Blas.
Trazó la curva del lomo. Por la mitad del
cuerpo rellenó una zona de negro y extendió el relleno
hacia el suelo. Era la sombra. Al terminar el dibujo,
se puso de pie. Llevaba el paquete con las galletas en
la mano.
—¿No les vamos a dar nada de comer? ¿Ni a
la leona?
—¿Cómo sabés que hay una leona?
—Está más allá —dijo.
Me moví en esa dirección. La leona estaba
tirada detrás de la gruta. El león y la gruta le
tapaban el cuerpo.
—¿Cómo sabías que estaba ahí?
—Siempre que hay un león, hay una leona
—dijo—. Si no, no puede haber leoncitos. ¿Lo dibujo a
Tarzán?
—Eso dejalo para agregar en casa.
Fuimos a la jaula de los osos. Los
animales estaban durmiendo. Un hombre amarronado, de
unos cincuenta años, le dijo a su nene:
—Mirá los patos, Nicolás.
Tenía cara de ser un hombre prolijo, de
esos que leen los manuales de instrucciones de todas las
cosas. BIas, apoyando el marcador en una hoja nueva,
acotó:
—Qué tonto, el señor... Los patos están
en todos lados.
El hombre lo escuchó. Me miró para ver
cómo reaccionaba ante el comentario de mi hijo.
—Es mi sobrino... —dije, con la intención
de explicarlo todo. El hombre hizo una mueca que le
amarronó más la cara, y siguió caminando. Un oso se
despertó, dio dos pasos y se volvió a echar. Comenzó a
roncar instantáneamente.
—Qué fuerte que duerme —dijo BIas,
separando el marcador de la hoja. Había quedado un
punto. Agregó, sin levantar la vista—: como la abuela
Jose.
Dibujar animales en movimiento era
difícil, pero si estaban quietos perdían todo el
encanto y ya no daban ganas de nada. Nos pasó con el
rinoceronte y, más adelante, con el puercoespín, que
durmiendo parecía un descuidado manojo de agujas de
tejer. BIas estaba decepcionado.
—Comprame pochoclo —pidió.
—¿No querías ir a los elefantes?
—Después.
Nos acercamos al kiosco.
—¿Cuánto es?
—¿Dulce o salado?
—Dulce.
—Cinco pesos.
—¿Y salado?
—Cinco pesos.
Saqué el billete. El vendedor me entregó
un cartucho enorme, del que adiviné que BIas no comería
ni la mitad, y levantó los hombros.
—Es caro, ya sé —dijo.
—Sí.
Blas se acomodó para poder dibujar a los
elefantes y comer al mismo tiempo. A esta altura del
recorrido tenía un grupo de pequeños admiradores.
Además del niño estrábico, había dos nenas gorditas, de
polleras, y un chico de la calle esmirriadísimo y
despeinado. La más petisa de las nenas miraba solamente
el pochoclo.
—¿Viste las arrugas que tienen?
Miré en su dibujo.
—¿Y si tienen arrugas, por qué no se las
dibujaste?
—Pasame el lápiz.
Cuando se levantó, me dio el cartucho de
pochoclo.
—No quiero más —dijo.
Mis cálculos de lo que iba a comer habían
sido por demás indulgentes. Pensé en tirarlos. La nena
nos miró con cara de "ni se te ocurra".
Le dije a Blas:
—¿Se los regalamos?
—-¿Y si te los comés vos?
—Engordan.
—¿Y?
—-No quiero engordar.
—Mamá dice que no importa.
—A mí, sí.
Había dibujado un elefante y medio. Se
rascó la cabeza con el marcador tapado. La nena tendría
cuatro años. Un moco elástico le colgaba de la nariz.
—Tiralos —dijo BIas.
Le di el cartucho a la nena. Apreté la
mano de Blas para seguir caminando. Me odiaba.
—¿Qué tal los tigres? —le dije.
—Sos un tarado.
—¿Por qué?
—Por lo que hiciste.
—¿Te pareció mal?
—Muy mal —dijo, seguro.
Le tiré del brazo. El arrastró los pies,
dio vuelta la cabeza y le sacó la lengua a la nena.
—Odio los tigres —dijo—. Quiero hacer
pis.
Le pregunté a uno de los guardianes por
los baños. Me indicó que estaban pasando los impalas.
Empezamos a caminar en esa dirección.
—¿Sabés hacer solo?
—Tengo seis años —contestó.
Entramos juntos. Los baños olían peor que
la jaula de los zorrinos. Un hombre vestido como un
gángster se sacudía la bragueta con un movimiento que
involucraba a todo su cuerpo. Cuando acabó, miró para
ver si lo mirábamos. BIas buscó el mingitorio infantil.
Me quedé esperando a que terminara, sosteniéndole los
elementos de dibujo. El hombre dijo algo, pero el ruido
de la secadora de manos le tapó la voz. Salió delante de
nosotros. No volvimos a hablar con BIas hasta que otro
kiosco nos interceptó.
—¡Mirá lo que venden, tío!
Me estaba dando una oportunidad para
reivindicarme. Animales de plástico en bolsitas.
"¿Cuánto cuestan?", pregunté, sin hablar,
con una subida despectiva de mentón. BIas había elegido
dos: un chancho y un cocodrilo.
—Cinco pesos —dijo el vendedor.
—Dejalos ahí.
—Yo quería el chancho, y uno para mi
hermanita...
Me acuclillé para estar a la misma altura
que Blas. Le puse una mano sobre el hombro derecho.
—Vinimos al zoológico a dibujar, así que
vamos a dibujar —él miró su marcador como si no le
sirviera más, como si se hubiera secado—. ¿Entendido?
Pasamos los búfalos y el antílope sin
detenernos. Él insistió en quedarse unos minutos con
las vicuñas. Se sentó en el pasto y apoyó su carpeta
abierta sobre las piernas cruzadas. Construyó el cuerpo
de la vicuña aproximando mechones de tinta, en unos
rulos con forma de eses. Empezaban a dolerme los pies.
Me fijé en el mapa cuánto faltaba para las jirafas.
La nena del pochoclo volvió a aparecer.
Su sola presencia ya molestaba a Blas. La nena, además,
le manoteaba el marcador. Blas se quejaba con pequeños
gruñidos. Me agaché con mi carpeta abierta; le di el
crayón. Ella intentó dibujar un garabato, pero enseguida
se aburrió. Molestar a Blas era más divertido. Le
insistí para que agarrara el crayón. Ella quería el
marcador. La madre no aparecía por ninguna parte.
—Cree que el que sabe dibujar es el
marcador —dijo BIas.
Al final tachó el dibujo, porque no le
gustaba. Arrancó la hoja y me la dio. Tiré el bollo en
uno de los cestos. La nena le devolvió la sacada de
lengua y se fue corriendo.
—-¿Cuándo comemos?
—¿Tenés mucha hambre?
—Sí.
—Después, cuando estemos en la calle. ¿No
querías ir a un McDonald's?
—No..., ahora.
—¿Te da lo mismo cualquier cosa?
—Cualquier cosa —afirmó.
Le di la bolsa de tutucas. La revoleó por
detrás de una valla. Era necesario un nuevo ajuste. Me
bajé hasta su altura. Puso cara de "otra vez..." Le
señalé la hora en uno de los relojes solares del camino.
—Son las doce menos cuarto. Vamos a ir a
comer a las doce y media. ¿Te bancás?
—¿Y cuánto es?
—Tres cuartos de hora. Un cachito más.
Faltan los monos y las jirafas.
—¿Y las víboras?
—Y las víboras. Después de eso, vamos a
comer.
—Está bien —dijo.
Los monos estaban en plena orgía. Dos o
tres hacían fila para montarse a la mona mayor, mientras
los otros se masturbaban. El que conseguía penetrarla
era continuamente molestado por los que no querían
perderse la fiesta. La gente se agolpaba alrededor de la
jaula como si fuera a subir a un tren.
—Están en celo, mirá.
De vez en cuando, la mona sacudía una
bandeja de madera, exigiéndoles comida a los
espectadores.
—Tirale una galletita, a ver.
—Nooo, es comida de jabalí —dijo Blas.
—Tirale igual.
Finalmente le tiró todo el paquete, que
cayó en mitad de la bandeja. La mona alargó la mano,
pegó un manotazo hacia su espalda y un monito salió
despedido. El siguiente en la fila no tardó en ocupar su
lugar.
—¿Y por qué se sacuden así, tío?
—Porque se quieren mucho.
La mona no aullaba de excitación. Su
nuevo amante la estaba lastimando, la mordía. No se iba
a salir hasta que se sacara todas las ganas.
—¿Y si se quieren, por qué grita, tío?
—Ya te dije, porque se está apareando. El
grande es una hembra y el chiquito es un macho. Ahora
se le sale, ¿ves? Ya está.
Alguien comenzó a aplaudir y varios lo
siguieron. La mona volvió a sacudir la bandeja de
madera, exigiendo su paga.
—¡Se cansó de coger! —gritó Blas.
Una señora que sostenía un bebé dio
vuelta la cabeza para mirado. Le sonreí, pero no me
devolvió la sonrisa. La gente empezó a dispersarse.
BIas arrastraba la punta de su carpeta por el suelo.
Parecía que no iba a dibujar más.
—Lo explicaron en American Planet —dijo—.
¿Ya te fijaste donde está la jirafa?
—Por allá —le indiqué.
—¿Adónde?
—Ahí.
—¿Y eso que está delante de la jirafa,
qué es?
—Un ñandú.
—¡Un avestruz, tío! ¿Lo dibujamos?
El trayecto hasta el avestruz le quitó
las ganas. Su cara volvió a ser la del niño a quien su
tío no le compraba animales de juguete, ni lo llevaba a
comer cuando a él se le ocurría. Había formulado su
invitación llena de entusiasmo simplemente para que yo
volviera a entusiasmarme, y poder retomar su malhumor.
Cuando llegamos hasta delante de la valla donde vivían
las jirafas, me pidió que le tuviera la carpeta.
—Prefiero sentarme en ese banco —dijo.
Lo vi ir, detenerse y regresar. Se había
olvidado de darme el marcador. La entrega de todos sus
elementos de dibujo parecía definitiva: ya había
trabajado lo suficiente.
Me gustan las jirafas, por lo que me puse
a bocetar mi primer dibujo. Siempre hago igual, sobre
todo si se trata de formas vivas. Empiezo un boceto en
lápiz, lleno de líneas temblorosas; recién después
utilizo el marcador. Hay una película casera de cuando
yo tenía seis años, en la que aparezco dibujando.
Utilizaba unos crayones negros totalmente indelebles,
como el marcador que ahora usa BIas. En la película los
trazos eran precisos, enérgicos. Al final posaba con el
cuadro. Perdí toda esa seguridad. Ahora tengo que tomar
proporciones con el pulgar de la mano derecha, hacer
marcas con la uña en el lápiz. El cuello y la cabeza de
la jirafa ocupaban la misma altura que el cuerpo con las
patas.
En el asiento, a unos doce pasos de allí,
estaba BIas. Las admiradoras de trenzas y vestiditos
lo miraban como esperando que volviera a dibujar. La más
grande le hablaba. Blas no le prestaba atención.
Una chica con su novio se pararon para
ver cómo mi mano pasaba en tinta el croquis de la
jirafa. "Miráaa", dijo la chica, con la boca abierta.
Otra persona se acercó; un hombre mayor. A las dos nenas
se unió el chico de la calle, que se había inventado una
honda con una horqueta de árbol. La honda encantó
inmediatamente a las niñas. El chico de la calle se puso
a buscar una piedra del tamaño adecuado; la nena más
pequeña lo ayudaba; ninguna de sus piedras le servía.
Entonces Blas se levantó y vino hasta donde yo dibujaba.
Quiso su carpeta, quiso su marcador.
—¡Tiene cuernos! —gritó, de repente.
Y:
—¿Viste? Las manchas se le acaban a la
altura de las orejas...
Y:
—¿Dos pezuñas?; ¡qué pie tan raro!
Estaba arrepentido de haberle tirado el
paquete de comida a la mona. Buscó, en el suelo, una
galletita para jirafas. El cuidador, un muchacho mal
afeitado y con olor a desodorante femenino, se acercó a
explicarnos que en invierno las jirafas comen una dieta
balanceada de pasto verde, pasto seco y brotes de soja.
Señaló un cesto en alto, que habían puesto para que las
jirafas lo alcanzaran sin torcer el cuello. Había dado
la explicación para todos, cosa que fastidió a Blas.
—¿Volvemos? —le dije.
—¿Y las víboras?
Me fijé en la guía.
—Al Iado de la entrada.
Desandar el camino en un zoológico es lo
más parecido a recorrer un álbum de figuritas: imágenes
y nombres en una colección que uno ya ni mira, que no
importa.
Cerca del pabellón de entrada, todas las
cosas tenían nombres terminados en "ario". Acuario,
nocturnario, serpentario, ofidiario. Yo estaba feliz,
porque nos íbamos. BIas me pidió un helado. Por un error
divino o de la administración no valían cinco pesos,
sino dos, o dos con cincuenta. Había, también, de un
peso: los de agua. BIas no se decidía: los que más le
gustaban eran los de agua pero que fueran los más
baratos le provocaba sospechas. En esto estábamos
cuando apareció el hombre de la boa.
No era un solo hombre, eran cuatro. El
mayor les daba las indicaciones a los jóvenes; la boa
estaba apoyada sobre una plataforma alargada que rodaba
sobre rulemanes. Era uno de esos animales desmesurados,
que sólo se ven en las fotos de las tragedias zoológicas
y en el Guiness. Tendría más de cinco metros; el ancho
medio superaba el de un brazo de cualquiera de aquellos
hombres musculosos. La gente empezó a caminar hacia
allí. Los tres jóvenes detuvieron la plataforma contra
una pared blanca e hicieron un cordón para que nadie
molestara al animal.
—-¿Cuál querés?
—Cualquiera —dijo Blas.
Sospeché que el helado se me iba a
derretir en la mano; elegí uno de limón, el que me
pareció más diet. BIas ya corría hacia el grupo,
fascinado por la presencia de la serpiente. Por sobre
las cabezas vi izarse el cartel:
DOCE Y MEDIA - FUNCIÓN BOA CONSTRICTOR
El hombre mayor era el adiestrador. Tenía
el pelo aplastado y un espeso bigote en herradura.
Miraba a la gente desde unos ojos opacos y un poco
blancos, con la lejanía de la desconfianza o de las
cataratas. En cuclillas, colocó sus dos manos sobre el
animal en el momento en que le di la primera chupada al
helado, antes de intentar pasárselo a BIas. El frío me
estremeció. BIas no quería su helado; tampoco dibujar.
El cordón de jóvenes nos empujó dos pasos hacia atrás,
suavemente. Busqué la mano de BIas, que había quedado
del otro lado.
Mordí el helado. La boa era de color
pardo, con manchas redondas y rojas. Los redondeles
estaban delineados en negro. Ni el adiestrador, ni los
jóvenes, parecían haberse percatado de que BIas estaba
tan cerca.
La boa se llamaba Paquita. Tenía el
equivalente de cuarenta años humanos, dijo el
adiestrador. Mi edad. Podía tragarse un cordero de un
solo bocado, pero allí la alimentaban con ratas vivas.
La gente hizo "ajj". Dije: "Está mi nene, ahí; ¡BIas!".
Uno de los jóvenes dio vuelta la cabeza y lo señaló, en
un gesto que hizo para mí, pero no lo sacó de adelante.
En el Amazonas, Paquita se había comido
más de un tapir, insistió el adiestrador, y unos cuantos
perros salvajes. Agregó que ahora estaba tan quieta
porque dormía la siesta, mientras hacía la digestión.
—Lo único que hay que evitar es ser
bruscos con ella.
—¿Por? —dijo el hombre vestido de
gángster que habíamos cruzado en el baño.
—Porque se puede asustar.
—¡Blas!
El adiestrador preguntó si alguien se
animaba a tocar a Paquita. Había que ser valiente y
decidido. Un rumor tibio corrió entre la gente. Paquita
deslizó su lengua bífida hacia afuera. Una única idea,
espantosa, me cruzó la cabeza.
—Yo —dijo Blas.
—¡No! —grité.
El adiestrador movió graciosamente su
bigote. Sonrió.
—A Paquita le gusta que los chicos la
acaricien.
—Mentira. ¿Cómo puede saber los gustos de
ese monstruo?
El adiestrador bajó un instante la
cabeza.
—Paquita no es ningún monstruo, señor.
—Está bien, pero no quiero. Mire si justo
pasa un imprevisto. No es un animal dócil.
—Sí lo es.
—Es salvaje. Nadie tendría esa boa en una
casa. Usted dijo que podía matar a un cordero.
El adiestrador movió la cabeza,
aceptándolo.
—Es demasiada responsabilidad —dije. Y
agregué—. Es un asco, come ratas vivas.
Él subió los hombros y se puso a buscar
otro candidato. No iba a perder su tiempo discutiendo
conmigo. BIas levantó una mano, como si fuera a
despedirse. Uno de los jóvenes, el que antes lo había
señalado, se puso alerta, pero el adiestrador estaba
distraído. Vi el gesto del joven deshaciendo su abrazo
del cordón para tratar de manotear a Blas, que dio dos
pasos seguros y se montó encima de la boa. Yo tiré el
cuerpo hacia adelante; se me cayeron las carpetas, los
marcadores, el helado; la gente gritó y se corrió. La
boa advirtió el cambio en el programa quebrando
repentinamente el cuerpo, como un látigo vivo.
—¡Paquita! —gritó el adiestrador.
Ella elevó la cabeza. Los jóvenes se
soltaron de las manos. Fuimos los únicos, con el
adiestrador, que nos quedamos en el lugar. Me
temblaban las piernas, sobre todo al ver la cara del
hombre. El zoológico entero se había alejado, mudo, un
par de metros. Lentamente, y sin dejar de mirarnos, la
boa rodeó con su cuerpo la cintura de Blas. Los ojos le
brillaban como bolitas japonesas. Blas se aferró al
cuero como si fuera un flotador.
—¿Y el helado, tío?
Pegó dos palmadas sobre el lomo. La boa
torsionó la cabeza para centrar su atención en el
pequeño bocado. Apretó el nudo sobre BIas. Abrió la
boca, que tenía el tamaño de un neumático. El grito no
fue mío, porque no me salió.
El adiestrador se fue acercando por el
otro lado. La boa, al verlo, aflojó la presión y pegó un
coletazo contra el suelo. Entre la muchedumbre había un
policía con el arma en la mano. El coletazo había
levantado una nube de polvo. El adiestrador hizo un
gesto controlado, para que nos serenáramos. Para ver en
la tierra.
Entonces la boa apoyó otra vez la cola en
el suelo. Cerró la boca. Desanduvo parsimoniosamente el
camino que había hecho con su cuerpo. Estacionó la
papada en el mismo lugar de antes, para quedarse quieta
otra vez. Estirada.
Blas se bajó del lomo y vino caminando.
—Mirá si te morías —le dijo una de las
nenas.
Él la miró con desprecio.
Salimos del zoológico en silencio. Una
enfermera nos atajó en la calle, para ver si
necesitábamos ayuda, y devolvernos las carpetas y los
marcadores. Sonrió. Yo estaba bañado en sudor. No supe
qué decirle. Su sonrisa me pareció singularmente
hermosa. Las carpetas estaban sucias, pero igual las
apreté contra mi pecho. Necesitaba esa presión, o aire,
o un whisky, o cualquier cosa fuerte, bien fuerte. Un
bocinazo al Iado de la oreja. Una frenada de colectivo a
mis pies. Blas me tiró de la mano.
—Tío.
—¿Qué?
—¿Qué es morirse?
La enfermera volvió sobre sus pasos. No
tenía por qué venir a ayudarnos si ya habíamos
abandonado el predio, eso era lo que le explicaba el
policía que la había venido a buscar. El día era claro;
sin sol, sin nubes. Un día blanco, de ésos en los que
nadie, nunca, se fija. Hasta ese instante, yo mismo no
me había fijado.
—Como estar adentro de una boa —dije,
casi sin mover los labios.
—Buenísimo —dijo Blas, con la cara
resplandeciente de alegría.
Pensé una vez más en la sonrisa de
aquella enfermera, con su guardapolvo blanco como el
día, y busqué, tras la vorágine de autos de la avenida
Santa Fe, el cartel de McDonald's.
—Entonces es buenísimo, tío —repitió,
para que yo lo escuchara. Me tiró de la mano.
El cielo estaba en la enfermera que se
iba.
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