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TRISTE, SOLITARIO Y FINAL |
"Hasta la vista, amigo. No le digo adiós.
Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije
cuando era triste, solitario y final."
Philip Marlowe en
El largo adiós
Amanece con un cielo muy rojo, como de
fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte
una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y
son dos caras distintas las que miran hacia la costa,
oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de
la bruma; los de Charlie, el del fuego. La brisa salada
les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se
pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última
vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos
celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, el
pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a
pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a
fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de
Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el
miedo le ha caído encima desde alguna parte.
Charlie, que frente al público es un payaso
triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la
popa ha inclinado el cuerpo hacia adelante, como si
quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera
apuro por asaltar al gigante.
—Mi padre dijo que el cine matará a los
cómicos —ha dicho Stan.
Lo dice con amargura, porque ha recordado a
su padre que también es actor y ha visto de frente la
ansiedad de los curiosos, la desesperación de los
fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha
visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa
durante las cenas en la vieja casa de Lancashire. Las
primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no
puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está
allí para aceptarlo.
—Matará a los cómicos sin talento —ha
respondido Charlie, sin mirar a su compañero cada vez más
lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega,
que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que
espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de
asombro, los aplausos, los ¡vivas! de la multitud, siente
que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo
sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego
que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus
compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan
sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos porque
una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las
tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos,
mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque
sabe que está ante un vencedor.
Las lanchas se acercan al barco y lo
remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado.
Algunos actores tragan scotch y dan alaridos
incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres,
abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y narrarán la
aventura de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de
regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un
ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra
americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha
encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la
escalinata. Ya no pertenece a la troupe.
Una ola de sangre caliente inunda las venas
de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie
está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca
un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se
ha quedado solo y si pudiera verse sentiría vergüenza.
—No van a matarme, papá —dice, y salta a
tierra.
El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el
arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el
número del edificio. El tránsito era intenso como todas
las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un
instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él
no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de
la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de
tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó
atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al
sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo
mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes.
Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de
madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él
se leía: "Philip Marlowe, detective privado", y más abajo:
"Entre sin llamar".
Entró sin hacer ruido. Se había vuelto
cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña
sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre
la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó.
Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas,
pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban
absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los
últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez
en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo.
Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía
frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el
interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por
completo.
—Pase, señor Laurel.
Marlowe era un hombre de unos cincuenta
años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro,
aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos,
también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica.
Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.
Stan, pequeño y desgarbado, entró en la
oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que
entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su
sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo
y el hollín.
—¿Cómo supo mi número? —preguntó el
detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a
sentarse.
—En verdad, señor Marlowe, lo tome al azar
de la guía.
Marlowe encendió un cigarrillo y echó su
cuerpo hacia adelante.
—¿Pidió referencias? ¿Sabe al menos quién
soy?
—No. No lo hice. ¿Qué importa eso? Usted
anda en este trabajo desde hace muchos años, según me dijo
por teléfono. Si me gusta lo contrataré.
—No es un buen procedimiento, señor Laurel.
Usted es un hombre famoso. Podría pagar los servicios de
una agencia.
—Soy un hombre famoso al que nadie conoce,
señor Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No
tengo mucho dinero. ¿Cuánto me dijo que cobraba por su
trabajo?
—Cuarenta dólares diarios y los gastos.
—Está dentro de mis posibilidades, siempre
que los gastos no sean muchos.
—¿Está seguro de no ser un avaro?
—Estoy casi en la ruina si le interesa
saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo.
—Eso lo veré después. Antes quiero saber
por qué uno de los cómicos más famosos de Hollywood viene
a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni
persigo a jóvenes drogadictos.
—No es ese mi problema.
—Me encanta saberlo. Lo escucho.
—Me estoy muriendo, señor Marlowe.
—No se nota.
—Sin embargo, es así. Ollie tuvo suerte. Le
falló el corazón y terminó con todo. Yo me estoy muriendo
lentamente, pero creo que las cosas deberían ser mejores
para un viejo actor.
—Usted no necesita un detective —gruñó
Marlowe—. Hable con un agente de seguros y con un
sepulturero.
—No creo que tome en serio a sus clientes.
—Usted no es mi cliente, señor Laurel. Me
parece un hombre desesperado ante la proximidad de la
muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite
una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un
consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de
ancianos.
—No necesito consejos. Sé cómo recibir la
muerte. Tengo setenta y cinco años, filmé más de
trescientas películas, recibí un Oscar, conocí el mundo,
me casé ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora
está a mi lado. No me importa morir. No vine aquí a
pelearme con un detective impertinente que ni siquiera
tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda,
Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo
alquilarán ni para cuidar el perro de un ejecutivo. Y lo
peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar.
—No rezongue, señor Laurel. Me gano la vida
como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a
atender las chocherías de los viejos.
—Muy bien —el actor se levantó de su
sillón—, aquí tiene mi teléfono. Llámeme si cambia de
idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente.
Stan Laurel abandonó la oficina con la
misma cautela con que había entrado. El detective lo
siguió con los ojos. Cuando la puerta se cerró, echó una
mirada a su reloj. Eran más de las doce. Bajó a la calle y
caminó dos cuadras hasta el bar de Víctor. Comió un
sándwich y tomó una Coca Cola. Se quedó un rato pensando
en el viejo Laurel. Fumó lentamente un cigarrillo. Pidió
un diario a Víctor y buscó la página de espectáculos. En
un cine de segunda categoría daban un programa de cortos
cómicos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton,
Larry Semon. Salió a la calle.
Un frío seco, cortante, extraño en Los
Ángeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y
a caminar con apuro. El sol había desaparecido detrás de
la muralla de edificios. Marlowe volvió a su oficina. Del
escritorio sacó una botella de whisky y un vaso. Se echó
en el sillón, puso los pies sobre el escritorio y tomó
algunos tragos. Encendió otro cigarrillo, pero lo apagó en
seguida. Intentó dormir. Cerró los ojos, pero fue inútil.
Pensó que desde su divorcio apenas había trabajado en un
par de casos.
Después de separarse de su mujer, anduvo
varios meses vagabundeando, borracho, por los suburbios de
la ciudad. Recibió un par de palizas y durmió cuatro
noches en la cárcel. Entonces decidió alquilar nuevamente
su antigua oficina. Cada vez estaba más cansado y sus
ahorros —mil doscientos dólares— volaron en seguida. Tuvo
que vender el auto para alquilar una casa de dos
habitaciones en un barrio de clase media, en las colinas
bajas.
Metió la mano en el bolsillo y sacó algunos
billetes arrugados. Los contó: veintisiete dólares con
cincuenta. "Ánimo, Marlowe —se dijo—, las estupideces se
pagan siempre", y recordó su casamiento con Linda Loring,
una millonaria posesiva, que lo rodeó de lujo y lo colmó
de aburrimiento durante seis meses.
No podía dormir más de dos o tres horas por
día. Decidió ir al cine de los cómicos. Necesitaba reír un
rato. Tomó un ómnibus que lo dejó a tres cuadras. Caminó
con pereza. Hacía cada vez más frío. Levantó la cabeza
para ver, sobre los edificios, un cielo color de plomo. A
su lado, la gente pasaba apresurada. Se dio cuenta de que
no tenía sobretodo. Lo había perdido en una noche de
borrachera.
Sacó la entrada y se quedó en el hall
fumando un cigarrillo. Esperó a que terminara la película
de Chaplin. No le gustaba ese hombrecito engreído, al que
siempre le iba mal en las películas y bien en la vida. La
empleada de la boletería lo miraba. Era una mirada curiosa
que recorría el traje arrugado. Se enderezó las solapas,
pero ella lo siguió observando. Él le guiñó un ojo y la
muchacha dio vuelta la cara. Entró. Había poco público a
esa hora y todos estaban juntos, como protegiéndose del
frío. Marlowe se sentó en una butaca desvencijada. Vio a
Buster Keaton, que subía y bajaba escaleras a toda
velocidad con su cara imperturbable y trágica. Vio a
Laurel y Hardy, que trataban de vender un árbol de Navidad
a Jimmy Finlayson. Los vio luego destruir la casa del
furioso cliente, mientras éste rompía el Ford a bigotes
del gordo y el flaco ante una multitud de vecinos
curiosos. Empezó a reír y no pudo parar. Sintió dolores en
la barriga, pero aquellos dos hombres no se detenían
nunca; lo obligaban a reír cada vez más. Cuando apareció
en la pantalla el policía Edgar Kennedy, Marlowe se paró y
abandonó la sala. No quería saber si los llevaría presos.
Caminó unas cuadras y tomó el ómnibus. Llegó a la oficina
a las seis de la tarde. Quedaba poca gente en el edificio.
No sabía por qué regresaba allí. No tenía trabajo y nadie
lo esperaba. Tomó un trago y se quedó sentado hasta que la
oscuridad lo rodeó. No tenía ganas de levantarse a
encender la luz. Empezó a sentirse mal. Siempre se sentía
mal al caer la tarde. Tal vez Capablanca quiera jugar una
partida de ajedrez, pensó. Cerró la oficina y salió. El
ómnibus tardaba casi una hora en llegar a su casa.
Subió los escalones de tronco de pino del
viejo chalet. Los yuyos habían cubierto el jardín. Abrió
la puerta y encendió la luz del porche. "Una tarde me voy
a quedar a cortar los yuyos", se dijo. Entró. La sala olía
a encierro y resultaba tan poco acogedora e impersonal
como siempre. Preparó algo de comer en la cocina. Sacó el
tablero y desplegó las piezas. En verdad no tenía ganas de
jugar. Guardó el ajedrez. Se sentía peor que Capablanca.
Comió poco. Encendió el televisor y vio el noticiero. El
presidente Johnson ordenaba bombardeos en Vietnam. Apagó
el televisor. Recordó algunas palabras que Laurel le había
dicho esa mañana: "Las cosas deberían ser mejores para un
viejo actor". Tal vez ahora Stan estuviera viendo ese
noticiero. Tomó el teléfono y marcó el número que el actor
le había dejado.
—Habla Marlowe, señor Laurel.
—Me alegra que haya cambiado de opinión,
hijo.
—No se trata de eso. Necesitaba hablar con
alguien.
Hubo un silencio en la línea. Durante casi
un minuto no se atrevieron a interrumpirlo. Por fin,
Laurel:
—¿Por qué me eligió a mí?
—Lo vi esta tarde en un cine. Daban Ojo
por ojo. Hacía por lo menos diez años que no veía una
película del gordo y el flaco. Me fui antes de que
terminara, cuando llegó el policía.
—¿Tiene alergia a la policía, Marlowe?
—Siempre lo arruinan todo.
—Es cierto, Ollie y yo terminamos
perseguidos por el policía Sanford. ¿Por qué eligió esa
profesión?
—Es muy difícil saberlo ahora. Trabajé con
el fiscal del distrito hace tiempo, pero soy demasiado
irrespetuoso con la autoridad. Decidí seguir solo. Desde
entonces estuve varias veces en la cárcel. No me gusta
colaborar.
—Yo también necesitaba hablar con alguien
—lo interrumpió Laurel.
—¿Por eso fue a verme esta mañana?
—Creo que sí. Iba a pagar su tiempo.
—Deberíamos suscribirnos a Corazones
Solitarios.
—Creí que el cómico era yo, Marlowe.
—Hace tiempo que dejó de serlo.
—Usted es muy duro conmigo. ¿Siempre es
así?
—En los ratos libres corto los yuyos del
jardín y juego al ajedrez.
—La soledad lo ha vuelto hosco, Marlowe.
¿Alguna vez quiso a alguien?
—Una vez. Me casé con ella, pero era
demasiado tarde. No anduvo.
—Quise decir si tuvo amigos.
—Recuerdo uno. Se llamaba Terry Lennox. Era
inglés, como usted. Trabajó en películas, como usted.
Estaba deshecho y terminó montando una comedia para
escapar de la realidad. No volví a verlo. Estoy tan solo
como es posible estarlo en este país.
—¿Puedo verlo mañana, detective? Le
adelantaré cien dólares. ¿Está bien?
—¡Al diablo con los cien dólares! Le dije
que mi oficina no es un confesionario. Olvídese de todo.
Tomaremos un gimlet y no lo veré más. Cuando quiera
recordarlo iré al cine. Usted era más divertido antes,
Laurel.
—¡Cámara!
La cara del gordo se ha transformado en una
máscara payasesca por el maquillaje. Está ante la enorme
cocina de un restorán, frente a decenas de cacharros, y el
vapor que sale de ellos lo envuelve y lo hace sudar. Los
mozos entran uno tras otro y llevan los pedidos, vuelcan
los guisos y las sopas. El piso es un enchastre de patas
de cordero, papas, verduras, sobre las que el gordo y los
mozos resbalan una y otra vez; caen al suelo dibujando
cabriolas espectaculares. La acción se interrumpe a
menudo. El flaco corre de un lado a otro, grita
instrucciones, habla con el gordo y le marca las escenas
siguientes.
Los días del ensayo previo lo han dejado
conforme. "Ese gordo tiene talento y hará reír mucho",
piensa Stan. Está feliz porque Hal Roach le ha dado una
oportunidad para dirigir un filme. Hace catorce años que
llegó a Estados Unidos y se ha ganado la vida en Hollywood
como actor de comedias sin demasiado éxito.
Ollie pesa ciento cuarenta kilos, pero los
lleva sin esfuerzo. Quiso ser actor desde que dejó su casa
de Georgia, contra la voluntad de su padre. Cuando filmó
su primera película parecía un bebe rozagante al que el
público esperaba que le pasaran cosas terribles. Pero era
muy difícil triunfar. Chaplin había acaparado al público,
a la prensa, y todo el mundo hablaba de él.
Ahora Ollie está contento. Siente que
Laurel es un tipo inteligente, que sus guiones son
precisos y ricos, que sus observaciones son certeras.
Será, cree, un gran director. El gordo deja que los
auxiliares lo maquillen otra vez, mientras escucha los
gritos del flaco que se acerca y controla el efecto que
los cosméticos han conseguido sobre su cara. Todo está
listo para filmar la siguiente escena. Alguien, en el
estudio vecino, hace sonar un tango. Ollie sonríe.
Recuerda aquellos rosedales de Palermo; los mateos y los
bares de la estación Retiro. Buenos Aires era una linda
ciudad en 1915.
Ollie camina lentamente hacia las luces del
escenario donde las cámaras están listas. No sabe por qué,
pero otra vez recuerda los rosedales, las mujeres tímidas
y los hombres impecables que las toman del brazo. Los
compases del tango le traen a la memoria a aquel hombre,
al bandoneonista —Pacho lo llamaban—, que siempre estaba
haciéndole chistes por su barriga y su lamentable español.
Tenía que ayudarlo en todo. Pacho sospechaba que Ollie
comprendía el español, pero hablaba en inglés para no
meterse en líos. El tango ha dejado de oírse y el gordo
sonríe frente al flaco y le hace un gesto cómplice. El
flaco entiende y sonríe también. Ahora recuerda su viaje a
la Argentina, en 1914, sus acrobacias de payaso en un
teatro céntrico (el Casino, cree recordar), la esperanza
que tenía de ser alguna vez actor de cine o director.
Quizás ha recordado aquellos corralones donde podía
escucharse el tango y compartir un vaso de vino con
hombres de pañuelo al cuello y mirada sobradora.
—¡Cámara!
La acción recomienza en el mismo exacto
lugar donde Stan había ordenado el corte anterior. Ollie
tiene que resbalar una vez más, debe odiar a los mozos que
han dejado caer al suelo sus bandejas. El giro es perfecto
y la armonía de sus movimientos logra una extraña forma de
poesía grotesca.
El resbalón y la caída parecen un
cataclismo. Stan sonríe satisfecho. El gordo lo ha
logrado. Ollie grita. La escena se rompe en mil pedazos.
Stan ordena el corte de cámaras. Corre hacia el escenario.
Al caer, el gordo ha arrastrado una olla de agua
hirviendo. Tiene el brazo derecho rojo y la piel empieza a
arrugarse. Ollie grita cada vez más. Alguien corre en
busca de un bálsamo para quemaduras. Stan se toma la
cabeza. Quiere llorar y no lo consigue. Todo su plan se
desmorona, ya no habrá película. Furioso, patea los
cacharros y lanza golpes al aire, resbala sobre una planta
de lechuga, trastabilla, tropieza contra las piernas del
gordo que sigue gritando y cae de narices.
Hal Roach grita satisfecho, levanta los
brazos y los agita, masca su cigarro con ferocidad.
—¡Los encontré! —grita—. ¡Son ellos!
A su alrededor nadie ha podido contener una
carcajada. La caída del gordo y la furia del flaco —que
ahora está tirado y golpea los puños contra el suelo— han
sido una de las cosas más desopilantes que se han visto en
el estudio. Roach vocifera hasta que un asistente corre a
su lado.
—¡Contrátelos! —ordena con voz
entrecortada—. Es la pareja más cómica que he visto en mi
vida.
Laurel se ha levantado y camina hacia Roach.
Su rostro tiene el gesto del llanto, pero sólo siente
pena.
—¡Que cagada, Dios mío! —Se toma la cabeza.
Roach lo mira sonriente.
—¿Se anima a repetirlo? —pregunta, ordena—.
Directores hay muchos, Stan.
El flaco no comprende. Atrás, una enfermera
embadurna el brazo de Ollie y le coloca una venda
desprolija. El gordo siente un ligero alivio. La risa de
los asistentes le ha dado mucha rabia. No ha entendido
tampoco qué hacía Laurel en el suelo, junto a él. Ahora se
acerca al productor y a Stan; va a decirles que dentro de
una semana podrá seguir trabajando. Los dos hombres lo
miran. Roach es feliz.
—Creo que ustedes van a hacer reír —dice.
Cuando Laurel entró a la oficina, Philip
Marlowe leía un libro sentado en su sillón; las largas
piernas del detective estaban sobre el escritorio y sus
pies se apoyaban sobre un montón de carpetas. Los zapatos
brillaban limpios y lustrados, pero las suelas tenían
agujeros y a los tacos de goma se les veían los clavos.
Laurel se paró ante el escritorio y observó con atención
al hombre que seguía distraído.
—Buen día —saludó.
El detective levantó los ojos. Miró un
largo rato al viejo que vestía un traje pasado de moda,
pero limpio y bien planchado. En las manos llevaba un
sombrero y el sobretodo que se había quitado antes de
entrar. Sus ojos eran brillantes y sonreía, como si
hubiera algún motivo para hacerlo. Pasó un largo minuto
antes de que Marlowe dejara el libro sobre el escritorio y
encendiera un cigarrillo.
—Creo que se equivocó de puerta.
—Usted necesita un empleo y yo se lo
ofrezco —dijo el actor.
—¡Que interesante! ¿De qué se trata?
—¿Qué esta leyendo? —replicó Laurel.
—Una novela policial. Un detective de la
agencia Continental llega a un pueblo y se mezcla con una
banda de criminales y con la policía y anda a los tiros
con todo el mundo. No es un hombre delicado, se lo
aseguro. Me hubiera gustado tenerlo de socio. La novela no
dice cómo se llama, pero podría encontrarlo a la vuelta de
una esquina.
—¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?
—dijo Laurel, y se ruborizó.
—Alguna vez. Casi lo he olvidado.
—El suyo es un oficio duro.
—Lo fue. Cuando tenía lío podía ganarme
algunos dólares. Ya estoy un poco viejo para eso. ¿Qué me
ofrece usted, Laurel?
—Cien dólares de adelanto. Acepto su
precio.
—¿Trajo el dinero?
—Aquí está. Hoy lo veo más comprensivo.
—Tengo algunos problemas que solucionar.
Eso me hace más estúpido. ¿Por qué no se sienta?
Laurel se sentó.
—Quiero saber por qué nadie me ofrece
trabajo. Si tratara de averiguarlo por mi cuenta
arriesgaría mi prestigio. Hay muchos veteranos trabajando
en el cine y en la televisión. Yo podría actuar, o
dirigir, o escribir guiones, pero nadie me ofrece nada
desde hace muchos años. Oliver consiguió trabajo una vez,
en una película de John Wayne, pero fue un fracaso. Tuvo
que ir a pedirlo. Yo nunca quise hacer eso.
—¿Conoce a mucha gente en Hollywood?
—preguntó Marlowe.
—Algunos viejos, a los que no veo hace
tiempo, y dos muchachos que vienen a verme de vez en
cuando para charlar sobre la comicidad. Ellos tienen mucho
trabajo. Usted los conoce: Jerry Lewis y Dick van Dyke.
—No voy mucho al cine, pero los he visto.
¿Son sus amigos?
—Dick es un amigo. Tiene talento; mucho
talento. Me considera su maestro. Viene a casa y charlamos
largas horas.
—¿Por qué no lo contrata?
—Él no puede contratarme. Es posible que no
se anime a incluir en sus películas al viejo maestro.
—Entiendo. Por ahí anda a las trompadas un
muchacho a quien le enseñé el oficio, pero no se le ocurre
colaborar con el viejo Marlowe. Viene a visitarme para
tomar whisky. Me consulta sus casos, me da la mano y se
va. Lew es un gran muchacho, preocupado por el
psicoanálisis, pero debe creer que los viejos viven del
aire. Los productores pensarán que usted está en buena
posición y que sin Hardy no le interesa trabajar.
—Cuando él vivía tampoco nos ofrecieron
nada. En el cincuenta y uno hicimos una película en París.
Fue lo último.
—¿Ganaron dinero?
—No. La película fue un fracaso. Ollie
estaba enfermo y no podía moverse demasiado. Yo también
había estado con ataques y no era un buen momento. No
filmamos en Estados Unidos desde que Ollie volvió de la
guerra.
—¿Hardy fue a la guerra?
—Había recibido instrucción en un colegio
militar cuando muchacho. Lo llamaron y le dieron el grado
de capitán. Estuvo en Gibraltar.
—¿Él quería ir al frente?
—Era un muchacho muy despreocupado. Lo tomó
en broma. Me dijo: "Me voy al frente" y no lo vi hasta un
año después. Cuando me contó sus anécdotas pensé en filmar
una película, pero él estaba muy dolorido por todo lo que
ocurrió y preferimos dejarlo.
—¿Cuándo murió?
—En 1957, en un hospital. Estaba muy
enfermo y paralítico. Fue una época muy difícil. No fui al
entierro y me criticaron por eso, pero no podía ir.
—¿Por qué?
—Ollie no era sólo un amigo. Era parte de
mí; ninguno podía ser nada sin el otro. Nuestra vida fue
el cine y lo compartimos todo. No nos veíamos mucho, pero
hacíamos lo único que justificaba nuestra vida: filmar.
Pronto me di cuenta de que éramos uno solo. Yo no podía
asistir a mi propio entierro.
—¿Por qué me dijo ayer que estaba muriendo?
—Estoy enfermo, Marlowe. Soy diabético y
tengo ataques. Sé que no me queda mucho tiempo. Pero no
era eso lo que trataba de decirle. Desde que no trabajo me
estoy muriendo un poco cada día. Cuando uno tiene un solo
motivo para vivir, y ese motivo desaparece, siente que
está de más. Quiero que usted averigüe por qué los
productores me han olvidado.
—¿Tuvo relación con los diez de Hollywood?
—¿Los diez de Hollywood?
—Sabe de que hablo: los juicios de Joe.
—Los conozco, pero nada más.
—Espero que no me mienta —dijo el
detective—; la política ha dejado fuera de carrera a más
actores que la droga. Usted conoce bien todo eso. Si Joe
veía rojo era para echar a correr. Sé de uno de los
condenados. Pasó nueve meses preso por vender bonos para
el partido. Él quería ayudar a los otros detenidos y lo
metieron adentro. Su vida resultó un desastre: uno puede
ser un desgraciado y seguramente irá preso. Haga la
prueba. Señale a los culpables de su suerte y le darán una
buena celda. Hágase rico o sea un rebelde famoso y lo
aplaudirán.
—No se enoje, detective.
—No estoy enojado —Marlowe levantó la voz—,
pero me molesta que se haga el inocente, Laurel.
—No entiendo —Stan bajó el tono.
—Déjelo.
—Una vez Buster Keaton me dijo que habíamos
cometido un error, porque nuestros argumentos se basaban
en la destrucción de la propiedad privada y en el ataque a
la policía. Decía que la gente se reía de eso, pero en el
fondo nos odiaba.
—¿Dónde está ahora Keaton?
—Creo que en Canadá, haciendo películas de
turismo. Está en la miseria.
—¡No me diga!
—Muchos cómicos terminaron así. Chaplin se
salvó.
—¿Se salvó? —se burló el detective.
—A él también lo persiguieron. Tuvo que
irse.
—Vea, amigo, cuando en este país lo
persiguen a uno en serio, es difícil escapar. Chaplin fue
un rebelde famoso, lleno de mujeres y de millones. Joe no
tenía interés en meterlo a la sombra. Un día de estos
volverá a pasear su esqueleto por Hollywood y le harán
reverencias. Es posible que le levanten un monumento.
Usted y yo estaremos pidiendo limosna en la entrada de los
estudios.
—No exagere —respondió el actor.
—Está bien. Estoy sintiendo frío. Cambiemos
este billete de cien en lo de Víctor. Prepara un ginlet de
primera y a esta hora el bar está casi desierto. Víctor no
se ha despeinado del todo y todavía tiene las manos
limpias y una sonrisa.
—No bebo a esta hora.
—A mucha gente le pasa lo mismo. Por eso
Víctor está limpio y sonriente.
Ollie se ha sentado en un sillón donde el
cuerpo parece estar de sobra. Fuma un cigarro de discreta
calidad, tratando de que las cenizas no caigan sobre el
piso brillante del hall. Su vista sube, baja, gira y se
detiene en los cuadros de las paredes, en los muebles, en
todo ese lujo que adorna la sala confortable pero
deshabitada.
"Qué viejo está", piensa la secretaria
vieja, que ha entrado por una puerta enorme y se acerca al
gordo con una sonrisa.
—El señor Wayne lo recibirá en un momento
—le dice y aún cuando ha terminado de hablar sostiene su
mirada a través de los lentes.
—Gracias —contesta el gordo, e inclina la
cabeza a modo de saludo. A ella le parece que el juego es
el mismo de siempre, sólo que falta Stan para levantar su
sombrero y responder al saludo.
El gordo no se ha movido del sillón y
continúa mirando discretamente a su alrededor, hasta
descubrir un par de pistolas que se cruzan formando una
equis sobre la pared, justo frente a él. A la derecha, una
bandera norteamericana cuelga inmaculada, como si alguien
se tomara el trabajo de lavarla de vez en cuando, de
cuidar sus pliegues imperfectos.
Apaga el cigarro y se arrellana en el
asiento. Hace mucho tiempo que no ve a John y le da un
poco de vergüenza visitarlo para pedirle trabajo. Stan le
ha dicho que no se apresure. No le habló mal de Wayne
porque nunca habla mal de nadie, pero él se dio cuenta de
que no le cae simpático. Tal vez haya sido una imprudencia
molestarlo, interrumpir su trabajo.
La puerta se abre y la secretaria, solemne
y curiosa, le indica que pase. Transpone la puerta enorme
y encuentra el vacío. Allá, a lo lejos, un cowboy se pone
de pie y levanta los brazos, jovial y descansado, como si
acabara de despertarse de una siesta.
—¡Mi viejo Ollie! —grita. Avanza. Sacude el
cuerpo flaco, excesivamente alto. Lleva un pantalón
vaquero de cuero y una chaqueta de cheyenne; a ambos lados
de la cintura cuelgan las pistolas. Cuando están a dos
metros el gordo anticipa la mano derecha y una sonrisa.
Wayne, con la velocidad de un rayo, saca sus pistolas y
aprieta ambos gatillos a la vez.
Hay un chasquido seco, absurdo, que se
pierde en el aire; una carcajada falsa, hiriente, más de
complicidad que de gozo, deforma la cara del cowboy. Ollie
comienza a sonreír. Es una respuesta tímida y sorprendida
que se apaga pronto. Wayne sigue riendo mientras las
pistolas giran en sus dedos, pasan de una mano a otra
antes de caer en las fundas.
—¡Mi viejo Ollie! —repite Wayne y estrecha
los hombros del gordo que sonríe sin ganas, apenas con un
gesto quebrado—. ¿Qué te parece mi ropa para la próxima
película? —pregunta Wayne.
—Estás muy bien, sos un verdadero cowboy
—contesta Ollie y su mirada recorre cada detalle.
—Hay que cuidar la forma, Ollie —dice Wayne
mientras levanta las cejas—, el público no quiere vaqueros
mal entrazados, que den risa.
Hace un paréntesis, como disfrutando, y
agrega:
—Ustedes sí que dieron risa. Ya lo creo.
—Gracias —contesta el gordo, que sostiene
el sombrero entre sus manos.
Lo ve alejarse hacia el escritorio, en el
fondo del salón, y lo sigue con paso lento. No hablan. La
enorme figura del vaquero se hace más imponente al
recortarse frente al ventanal. Se sienta tras el
escritorio y saca un cigarrillo que enciende con una
pequeña pistola. Una enorme pintura de Custer se
empequeñece a sus espaldas. Por fin, habla:
—¿Qué te trae de visita, Ollie?
El gordo vacila. Parece un principiante, o
un viejo estúpido. Dice en voz baja:
—Busco un papel, John; algo para mí solo.
Stan y yo tenemos algunas propuestas, pero él prefiere
elegir los guiones. Estudia demasiado las cosas y
entretanto...
—Ustedes todavía pueden trabajar, Ollie...
¿Qué es eso de separarse?
—No nos separamos, John, busco algo
transitorio. Mi situación no es buena y unos dólares me
vendrían bien.
Wayne ha sacado una pistola y mira dentro
del tambor, lo hace girar, sopla el humo del cigarrillo a
través del caño.
—Debí imaginarlo. Puedo darte algo en
The Fighting Kentuckian. Un villano o algo así.
—Un villano...
—Algo así.
Se miran. El gordo se siente como un
elefante indefenso ante el cazador. Ahora sabe que Stan
tenía razón. Aquí está, convertido en un villano,
disfrazado con un gorro de piel y una carabina.
—Arreglá con el ayudante de producción —oye
decir. Sale. No sabe si ha tendido otra vez su mano, pero
se la lleva a la boca y siente gusto a pólvora. La vieja
secretaria lo despide con una sonrisa. "¡Que viejo está!",
piensa.
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