Si está muerta, pensé, nunca la
encontraré en esta blanca lluvia de luna en el mar
blanco, con la espuma lamiendo la pálida, pálida arena
como un gran shampú. Casi siempre, los que se suicidan
de una puñalada o un balazo en el corazón se descubren
cuidadosamente el pecho; el mismo impulso extraño
generalmente incita a los que se suicidan en el mar a ir
desnudos.
Un poco más temprano, pensé, o un poco
más tarde, habría sombras para las dunas y el ímpetu
jadeante del oleaje. Ahora la única sombra real era la
mía, una cosa diminuta a mis pies, pero tan negra como
para alimentar la negrura de una sombra de dirigible.
Un poco más temprano, pensé, y habría
podido verla caminar en la orilla plateada, buscando un
lugar solitario para morir. Un poco más tarde y mis
piernas se rebelarían contra este trote lento en la
arena, la arena enloquecedora que no podía frenar y no
quería ayudar a un hombre apurado.
Entonces las piernas se me aflojaron y
caí de rodillas sollozando, no por ella, todavía no,
sólo para respirar. Había tanta agitación a mi
alrededor: viento, y espuma enmarañada, y colores sobre
colores y matices de colores que no eran colores sino
variaciones de blanco y plata. Si esa luz fuera sonido,
sonaría como el mar en la arena, y si mis oídos fueran
ojos, verían esa luz.
Me agazapé allí, jadeando en la
turbulencia, y una ola me golpeó chata y veloz, subiendo
y desparramándose como pétalos alrededor de mis
rodillas, luego empapándome hasta la cintura con su
burbujeo y su fragor. Me hundí los nudillos en los ojos
para que se abrieran de nuevo. Tenía el mar en los
labios con el gusto de las lágrimas y toda la noche
blanca gritaba y lloraba.
Y allí estaba ella.
Sus hombros blancos eran una loma más
alta en la espuma. Debió de notar mi presencia —tal vez
grité— porque se volvió y me vio arrodillado allí. Se
apoyó los puños en las sienes y torció la cara, y soltó
un penetrante aullido de furia y desesperación, y
después se lanzó al mar y se hundió.
Me quité los zapatos y corrí hacia las
olas, gritando, persiguiéndola, manoteando ráfagas de
blancura que se disolvían en sal y frialdad entre mis
dedos. Pasé a su lado al zambullirme, y su cuerpo me
golpeó el flanco cuando una ola me azotó la cara y nos
tumbó a los dos. Jadeé en el agua sólida, abrí los ojos
bajo la superficie y vi una luna deforme, blanco
verdosa, desplomándose mientras yo giraba. Después volví
a sentir la succión de la arena bajo los pies y mi mano
izquierda se enredó en el pelo de ella.
La ola la arrastró llevándosela, y por un
momento se me escurrió de la mano como vapor de un
silbato. En ese momento la di por muerta, pero al
posarse en la arena forcejeó y se levantó penosamente.
Me pegó, un puñetazo húmedo en la oreja,
y un dolor inmenso y agudo me punzó el cráneo. Tironeó,
alejándose, mientras mi mano seguía atrapada en su pelo.
No habría podido soltarla aunque hubiera querido. Giró
hacia mí con la siguiente ola, me golpeó y me rasguñó, y
nos adentramos más en el mar.
—¡No... no... no sé nadar! —grité, y ella
me rasguñó de nuevo.
—Déjame en paz —aulló.
Oh Dios, ¿por qué no puedes dejarme
—dijeron sus uñas.
Entonces le tiré del pelo bajándole la
cabeza hasta los hombros blancos; y con el canto de la
mano libre le pegué dos veces en el cuello. Flotó de
nuevo, y la llevé a la costa.
La arrastré hasta donde una duna nos
separaba de la lengua ancha y ruidosa del mar, y el
viento se perdía allá arriba. Pero la luz era igualmente
brillante. Le froté las muñecas y le acaricié la cara y
le dije: "Ya está bien” y "Vamos" y algunos nombres que
yo usaba para un sueño que había tenido mucho, mucho
antes que hubiera oído hablar de ella.
Aún yacía de espaldas y respiraba con
rabia, arqueando los labios en una sonrisa que sus ojos
tercamente cerrados convertían no en sonrisa sino en
tortura. Hacía un buen rato que estaba bien y consciente
y aún respiraba con rabia y mantenía los ojos cerrados.
—¿Por qué no pudiste dejarme en paz?
—preguntó al fin. Abrió los ojos y me miró. Había en
ella tanta desolación que no le quedaba lugar para el
miedo. Volvió a cerrar los ojos y dijo:
— Tú sabes quién soy.
—Lo sé —dije.
Rompió a llorar.
Esperé, y cuando ella cesó de llorar,
había sombras entre las dunas. Un largo rato.
—Tú no sabes quién soy —dijo ella—. Nadie
sabe quién soy.
—Estaba todo en los diarios —dije yo.
—¡Eso! —Abrió los ojos despacio, y su
mirada recorrió mi cara, mis hombros, se detuvo en mi
boca, me tocó los ojos un segundo. Torció los labios y
miró hacia otro lado—. Nadie sabe quién soy.
Esperé a que se moviera o hablara, y al
fin dije:
—Cuéntame.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella, aún
mirando hacia otro lado.
—Alguien que...
—¿Y bien?
—Ahora no —dije—. Más tarde, tal vez.
Se irguió de repente y trató de cubrirse.
—¿Dónde están mis ropas?
—No las vi.
—Oh —dijo ella—. Ya recuerdo. Las tiré y
les eché arena, para que una duna viniera a taparlas, a
esconderlas como si nunca hubieran estado... odio la
arena. Quería ahogarme en la arena, pero no me dejó...
¡No debes mirarme! ¡No aguanto que me mires! —Sacudió la
cabeza de un lado a otro, buscando—. ¡No puedo quedarme
así! ¿Qué puedo hacer? ¿Adónde puedo ir?
—Aquí —dije.
Dejó que la ayudara a levantarse y luego
arrancó la mano, se apartó de mí.
—No me toques. No te acerques.
—Aquí —repetí, y caminé cuesta abajo
hacia donde la duna se curvaba en el claro de luna,
bajaba en el viento y ya no era duna sino playa. Aquí.
Señalé detrás de la duna.
Por último me entendió. Atisbó por encima
de la duna cuando le llegó al pecho, y de nuevo cuando
le llegó a la rodilla.
—¿Allí atrás?
Asentí.
—Tan oscuro... Cruzó la duna baja
internándose en la dolorosa negrura de esas sombras
lunares. Avanzó con cautela tanteando delicadamente con
los pies, hasta la parte más alta de la duna. Se hundió
en la negrura y desapareció. Me senté en la arena a la
luz.
—Quédate lejos de mí —escupió.
Me levanté y retrocedí.
—No te vayas —jadeó, invisible en las
sombras. Esperé, luego vi surgir su mano de las sombras
nítidas—. Allí —dijo—, allí. En la oscuridad. No seas
más que una... Quédate lejos de mí ahora... No seas más
que una voz.
Hice lo que me pedía, y me senté en las
sombras a dos metros de ella.
Me contó todo. No como estaba en los
diarios.
Ella tendría diecisiete años cuando
sucedió. Estaba en el Central Park de Nueva York. Hacía
demasiado calor por ser un día de principios de
primavera, y las lomas escalonadas y pardas tenían una
capa verde con la misma consistencia de la blanca
escarcha que esa mañana cubría las piedras. Pero la
escarcha no aguantó y la hierba sí, y tentó a varios
cientos de pares de pies a dejar el asfalto y el cemento
para pisarla.
Entre esos cientos estaban los suyos. El
suelo fértil era una sorpresa para sus pies, como el
aire para sus pulmones. Sus pies dejaron de ser zapatos
mientras caminaba, su cuerpo supo que era algo más que
ropa. Era uno de esos días que incitan a la gente de
ciudad a alzar la vista. Ella la alzó.
Por un instante se sintió apartada de la
vida que vivía, donde no había fragancia, ni silencio,
donde nada cuajaba ni encajaba. En ese momento el mal
ceño de los edificios que rodeaban el parque pálido no
podía afectarla; durante dos, tres limpias inhalaciones
ya no le importó que todo el ancho mundo perteneciera en
realidad a imágenes proyectadas en una pantalla; a las
diosas mimadas que ocupaban esas torres de acero y
cristal; que perteneciera, en pocas palabras, siempre,
siempre a otros.
De modo que alzó la vista, y encima tenía
el platillo.
Era bello. Era dorado, con el lustre
polvoriento de una uva inmadura. Emitía un sonido tenue,
un acorde compuesto por dos tonos y un silbido ronco
como el viento en un trigal. Revoloteaba como una
golondrina, subiendo y bajando. Giraba y caía y oscilaba
como un pez titilante. Era como todas esas cosas vivas,
pero a esa belleza sumaba el encanto de las cosas
acariciadas y bruñidas, medidas, mecanizadas, y exactas.
Al principio no sintió asombro, pues esto
era tan diferente de todo lo que había visto antes que
tenía que ser un engaño visual, una falsa evaluación del
tamaño y la velocidad y la distancia que pronto se
resolvería en un destello de sol sobre un avión o la
llamarada vibrante de un soldador.
Miró hacia otro lado y de pronto
comprendió que muchas otras personas lo veían. A su
alrededor la gente había dejado de caminar y hablar y
miraba hacia arriba. La rodeaba una esfera de callado
asombro, y fuera de ella captó el jadeo vital de la
ciudad, esa giganta asmática que nunca respira.
Alzó la vista de nuevo, y al fin empezó a
comprender cuán grande era el platillo y cuán lejos
estaba. No, mejor dicho, cuán pequeño era y cuán cerca
estaba. Tenía justo el tamaño del mayor círculo que ella
habría podido trazar con ambas manos, y flotaba a medio
metro de su cabeza.
Entonces sintió miedo. Retrocedió y alzó
el antebrazo, pero el platillo seguía colgante allí. Se
ladeó, se escabulló, brincó, se volvió para ver si había
escapado. Al principio no pudo verlo; luego, cuando miró
más y más arriba, allí estaba, cercano y reluciente,
trémulo y ronroneante, justo sobre su cabeza.
Se mordió la lengua.
Por el rabillo del ojo vio que un hombre
se persignaba. Lo hizo porque me vio parada con una
aureola sobre la cabeza, pensó. Y eso fue lo más
grandioso que le había ocurrido jamás. Nadie le había
hecho nunca un gesto de respeto, ni siquiera una vez,
nunca. A través del terror, a través del pánico y el
asombro, el consuelo de ese pensamiento anidó en ella,
para esperar a que lo tomaran y lo miraran de nuevo en
momentos de soledad.
Pero ahora el terror era aplastante.
Retrocedió, clavando la mirada en el cielo, bailoteando
absurdamente. Tendría que haber chocado con otras
personas. Había allí muchas personas, jadeando y
observando, pero no tocó a nadie. Giró sobre sí misma y
descubrió con horror que era el centro de una multitud
apiñada que la señalaba. La multitud tenía un mosaico de
ojos desorbitados y movía todas las piernas del círculo
interior para alejarse de ella.
La nota suave del platillo se hizo más
profunda. El platillo se ladeó, bajó un par de
centímetros. Alguien gritó, y la multitud corrió, dio
vueltas, y se asentó en un nuevo equilibrio dinámico,
extendiéndose a medida que más y más personas corrían a
engrosarla pese a los esfuerzos del círculo interior por
escapar.
El platillo zumbó y se ladeó, se ladeó...
Ella abrió la boca para gritar, cayó de
rodillas, y el platillo bajó.
Le cayó en la frente y se le pegó. Casi
pareció elevarla. Ella se irguió de rodillas, forcejeó
para arrancárselo, y luego los brazos le cayeron a los
costados, tiesos, sin que las manos tocaran el suelo.
Durante tal vez un segundo y medio el platillo la
mantuvo rígida, y luego le trasmitió un cosquilleo
extático y la soltó. Ella se desplomó en el suelo,
golpeándose violentamente los tobillos y los talones con
la parte posterior de los muslos.
El platillo cayó a su lado, rodó de
canto, sólo una vez, y allí quedó. Allí quedó, opaco y
metálico, indiferente y muerto.
Brumosamente, ella se quedó mirando el
azul grisáceo del buen cielo de primavera, y
brumosamente oyó silbidos.
Y algunos gritos tardíos.
Y un vozarrón estúpido bramando "¡Denle
aire!" que hizo acercar a todo el mundo.
Luego no hubo tanto cielo, a causa de la
mole vestida de azul con los botones metálicos y la
libreta de cuerina.
—Bueno, bueno, qué pasó aquí. No se
acerquen.
Y las ondas crecientes de observación,
interpretación y comentario: "La derribó a golpes."
"Algún fulano la derribó." "Él la derribó." "Algún
fulano la derribó y..." "A plena luz del día este
fulano..." "El parque está empezando a ser..." Más y
más, los hechos adulterados hasta perderse totalmente
porque el alboroto es mucho más importante.
Alguien más corpulento que los demás
abriéndose paso a codazos, también con su libreta, su
mirada inquisitiva, dispuesto a cambiar "una morena
hermosa" por "una morena atractiva" para las ediciones
vespertinas, porque "atractiva" es lo menos que puede
ser una mujer si figura como víctima en los diarios.
La placa reluciente y la cara rubicunda
acercándose:
—¿Está malherida, hermana?
Y los ecos rebotando en la multitud.
Malherida, malherida, herida de gravedad, le pegó a
plena luz del día...
Y otro hombre más sereno y resuelto,
gabardina color habano, barbilla hendida y sombra de
barba:
—Plato volador, ¿eh? De acuerdo, agente,
yo me haré cargo.
—¿Y quién diablos se cree para hacerse
cargo?
El centelleo de una cartera de cuero
marrón, y detrás una cara, tan cerca que apretaba la
barbilla contra el hombro de la gabardina. La cara dijo,
pasmada,. "F.B.I." y eso también fue un eco ondulante.
El policía cabeceó, el policía entero cabeceó en una
genuflexión servil.
—Ayúdeme a despejar el área dijo la
gabardina.
—¡Sí, señor! dijo el policía.
—F.B.I., F.B.I. —murmuró la multitud, y
hubo más cielo para mirar allá arriba.
Ella se incorporó y tenía la cara
radiante.
—El platillo me habló —contó.
—Cállese —dijo la gabardina—. Más tarde
no le faltará ocasión de hablar.
—Eso es, hermana —dijo el policía—.
Cielos, este gentío podría estar lleno de comunistas.
—Usted también, cállese —dijo la
gabardina.
Alguien en la multitud contó a otro que
un comunista había golpeado a la muchacha, mientras otro
comentaba que la habían golpeado porque ella era
comunista.
Trató de levantarse, pero manos solícitas
la obligaron a quedarse en el suelo. Ya había treinta
policías en el lugar.
—Puedo caminar —dijo ella.
—Quédese donde está —le dijeron.
Trajeron una camilla y la acostaron en
ella y la taparon con una manta grande.
—Puedo caminar —dijo ella mientras la
llevaban a través de la multitud.
Una mujer se puso blanca y se volvió
gimiendo:
—¡Dios mío, qué espanto!
Un hombrecito de ojos redondos la miraba
y la miraba relamiéndose los labios.
La ambulancia. La metieron adentro. La
gabardina ya estaba allí.
Un hombre de chaqueta blanca con manos
muy limpias:
—¿Cómo sucedió, señorita?
—Ninguna pregunta —dijo la gabardina—.
Seguridad. Al hospital.
—Tengo que volver al trabajo dijo ella.
—Desvístase —le dijeron.
Entonces tuvo un dormitorio para ella
sola por primera vez en su vida. Cuando la puerta se
abría, había un policía afuera. Se abría a menudo para
dejar entrar a esos civiles que tratan muy cortésmente a
los militares, y a esos militares que tratan aún más
cortésmente a ciertos civiles. Ella no sabía qué hacían
ni qué querían. Cada día le hacían cuatro millones
quinientas mil preguntas. Aparentemente nunca hablaban
entre sí porque cada cual le hacía las mismas preguntas
una y otra vez.
—¿Cómo se llama?
—¿Qué edad tiene?
—¿En qué año nació?
A veces la empujaban por caminos extraños
con sus preguntas.
—Bien, su tío. Se casó con una mujer de
Europa central, ¿verdad? ¿Qué parte de Europa central?
—¿A qué clubes o confraternidades
pertenecía usted? ¡Ah! ¿Y esa tienda de cosas usadas de
la calle 63? ¿Quién estaba realmente detrás de ese
asunto?
Pero, una y otra vez:
—¿Qué quiso decir cuando dijo que el
platillo le habló?
—Me habló —decía ella.
—¿Y qué dijo? —decían ellos.
Y ella meneaba la cabeza.
Había muchos que gritaban, y muchos que
eran amables. Nadie la había tratado con tanta
amabilidad, pero pronto comprendió que nadie era amable
con ella. Sólo querían que se relajara, que pensara en
otras cosas, así de pronto podían dispararle esa
pregunta:
—¿Qué quiso decir cuando dijo que le
habló?
Pronto fue como la casa de mamá o la
escuela o cualquier otro lugar, y ella se sentaba con la
boca cerrada y los dejaba aullar. Una vez la tuvieron
sentada durante horas en una silla dura con una luz en
los ojos, matándola de sed. En su casa había una
ventanilla sobre la puerta del dormitorio y mamá dejaba
que la luz de la cocina se filtrara por allí toda la
noche, cada noche, para que ella no tuviera miedo. Así
que la luz no le molestaba.
La sacaron del hospital y la encerraron
en la cárcel. Algunas cosas valían la pena. La comida.
La cama también era cómoda. A través de la ventana veía
muchas mujeres haciendo ejercicios en el patio. Le
explicaron que todas ellas tenían camas más duras.
—Usted es una jovencita muy importante.
Al principio fue halagador, pero como de costumbre
resultó que no se referían precisamente a ella. Seguían
apremiándola. Una vez le trajeron el platillo. Estaba en
una gran caja de madera con candado, que adentro tenía
una caja de acero con una cerradura Yale. Sólo pesaba
cuatro kilos el platillo, pero cuando terminaron de
empaquetarlo se necesitaron dos hombres para cargarlo y
cuatro hombres armados para custodiarlo.
Le hicieron representar toda la escena
tal como habla pasado con algunos soldados sosteniéndole
el platillo sobre la cabeza. No era lo mismo. Habían
arrancado un montón de astillas y fragmentos del
platillo, y además tenía ese color gris muerto. Le
preguntaron si sabía algo sobre eso y por una vez
decidió hablar.
—Ahora está vacío —dijo.
El único con quien conversaba era un
hombrecito panzón que la primera vez que estuvo solo con
ella le dijo:
—Escuche, pienso que la han tratado
vergonzosamente. Pero entienda esto: tengo un trabajo
que hacer. Mi trabajo es averiguar por qué no quiere
contarnos qué dijo el platillo. No creo que usted sepa
qué le dijo y nunca se lo preguntaré. Ni siquiera quiero
que me lo cuente. Tan sólo averigüemos por qué usted
mantiene el secreto.
Averiguar por qué, resultó en horas de
hablar sobre la neumonía y la maceta que hizo en segundo
grado y que mamá tiró por la escalera de emergencia, y
la reclusión en la escuela y el sueño en que sostenía
una copa de vino con ambas manos y miraba a un hombre
por encima de ella.
Y un día ella le dijo por qué no quería
contar lo del platillo, sin vueltas:
—Porque me habló a mí, y es cosa mía.
Incluso mencionó al hombre que ese día se
había persignado. Eran las únicas cosas que le
pertenecían de veras. Él fue comprensivo. Fue él quien
la previno sobre el juicio.
—No tengo por qué decírselo, pero se hará
con todas las de la ley. Juez y jurado y todo lo demás.
Usted diga sólo lo que quiere decir, ni más ni menos,
¿entiende? Y no les dé el gusto. Usted tiene derecho a
poseer algo.
Se levantó y maldijo y se fue.
Primero vino un hombre y le habló un buen
rato sobre la posibilidad de que la Tierra fuera atacada
desde el espacio exterior por seres mucho más fuertes e
inteligentes que nosotros, y tal vez ella tenía una
clave para la defensa. De modo que tenía que revelarla
al mundo. Y aun en caso de que la Tierra no fuera
atacada, debía pensar en la ventaja que podía dar a su
país sobre sus enemigos. Luego la encañonó con el dedo y
dijo que lo que hacía ella equivalía a colaborar con los
enemigos del país. Y resultó ser el hombre que la
defendía en el juicio.
El jurado la encontró culpable de
desacato y el juez recitó la larga lista de penas que
podía aplicarle. Aplicó una sola y la levantó. La
encerraron en la cárcel unos días más, y un buen día la
soltaron.
Al principio fue maravilloso. Consiguió
un empleo en un restaurante, y un cuarto amueblado.
Había salido en los diarios tanto tiempo que mamá no la
quiso de vuelta en casa. Mamá estaba casi siempre
borracha y a veces escandalizaba a todo el vecindario,
pero no obstante tenía ideas muy especiales sobre la
respetabilidad, y salir en los diarios por espía no le
parecía decente. Así que puso su apellido de soltera en
el buzón de abajo y avisó a su hija que no fuera allí
nunca más.
En el restaurante conoció a un hombre
que la invitó a salir. La primera vez gastó hasta el
último centavo en una cartera roja que hiciera juego con
los zapatos rojos. No eran del mismo tono, pero al menos
todo era rojo. Fueron al cine y después él no trató de
besarla, ni nada, sólo trató de averiguar qué le habla
dicho el platillo. Ella no le contó. Volvió a su casa y
lloró toda la noche.
Luego hubo unos hombres que ocupaban una
mesa y charlaban, y cada vez que pasaba ella callaban y
ponían cara de pocos amigos. Le hablaron al dueño, y él
le dijo que eran ingenieros electrónicos que trabajaban
para el gobierno y tenían miedo de hablar de asuntos
profesionales cuando la tenían cerca. ¿No era espía o
algo por el estilo? Así que la despidieron.
Una vez vio su nombre en un tocadiscos
automático. Puso una moneda y apretó ese número, y el
disco contaba que "el platillo volador bajó un día, y le
enseñó a ella un nuevo modo de jugar, y no te diré cómo
era, pero ella me llevó a otro mundo". Y mientras estaba
escuchando, una persona del local la reconoció y la
llamó por el nombre. Cuatro individuos la siguieron y
tuvo que bloquear la puerta.
A veces estaba bien varios meses, y
después alguien la invitaba a salir. Tres veces de cada
cinco, los seguían a ella y al fulano. Una vez el hombre
que la acompañaba arrestó al hombre que los seguía. Dos
veces el hombre que los seguía arrestó al hombre que la
acompañaba. Cinco veces de cada cinco, el hombre con
quien salía trataba de tirarle de la lengua sobre el
platillo. A veces ella salía con alguno y fingía que era
una verdadera cita, pero no la ayudaba en mucho.
Así que se mudó a la costa y se empleó
para limpiar oficinas y tiendas de noche. No había
muchas que limpiar, pero eso significaba que no había
muchas personas que recordaran su cara de los
periódicos. Cada dieciocho meses, nunca faltaba el
periodista que sacaba a relucir todo de nuevo en una
revista o un suplemento dominical; y cada vez que
alguien veía un faro de coche en una montaña o una luz
en un globo meteorológico tenía que ser un platillo
volador, y tenía que haber un trasnochado comentario
sobre los secretos que quería contar el platillo.
Entonces ella, en dos o tres semanas, no pisaba la calle
durante el día.
Una vez pensó que lo tenía resuelto. La
gente no la quería, así que empezó a leer. Las novelas
la conformaron un tiempo hasta que descubrió que la
mayoría eran como las películas: sobre la gente linda
que en realidad maneja el mundo. Así que aprendió cosas:
animales, árboles. Una ardilla piojosa atascada en una
alambrada la mordió. Los animales no la querían. Los
árboles no la tenían en cuenta.
Entonces se le ocurrió lo de las
botellas. Juntó todas las botellas que pudo y escribió
notas que guardó en las botellas. Recorría kilómetros de
playa y arrojaba las botellas tan lejos como podía.
Sabía que si la persona indicada encontraba una, esa
persona tendría la única cosa en el mundo que la podría
ayudar. Esas botellas la sostuvieron tres años. Todos
necesitan hacer algo en secreto.
Y por último llegó el momento en que ya
no le sirvió de nada. Uno puede tratar de ayudar a
alguien que tal vez existe; pero pronto no pudo fingir
más que esa persona existe. Y no hay vuelta de hoja. Es
el fin.
—¿Tienes frío? —le pregunté cuando
terminó de contarme.
El oleaje era más apacible y las sombras
más largas.
—No —respondió ella desde las sombras. De
pronto dijo—: ¿Creíste que me enfurecí contigo porque me
viste desnuda?
—¿Por qué no?
—¿Sabes una cosa? No me importa. No
habría querido... no habría querido que me vieras ni
siquiera en traje de fiesta o ropa de trabajo. No puedes
taparme el cuerpo. Se ve; está allí de todos modos.
Simplemente no quería que me vieras. En ninguna forma.
—¿Yo, o cualquiera?
Ella titubeó.
—Tú.
Me levanté, me desperecé y caminé un
poco, pensando.
—¿El F.B.I. trató de impedirte que
arrojaras esas botellas?
—Claro que sí. Gastaron no sé cuánta
plata de los contribuyentes para recogerlas. Aún
registran la zona de vez en cuando. Pero se están
cansando. Todas las notas dicen lo mismo.
Rió. Me sorprendió que supiera reír.
—¿De qué te ríes?
—De todos ellos... jueces, carceleros,
cantantes... la gente. ¿Sabes que no me habría ahorrado
ninguna molestia aunque les hubiera contado todo desde
un principio?
—¿No?
—No. No me habrían creído. Lo que ellos
querían era una nueva arma. Superciencia de una
superraza, para borrar del mapa a la superraza si se
presenta la oportunidad, o a la nuestra si no se
presenta. Todas esas lumbreras —jadeó, con más asombro
que desprecio, todos esos mandamases. Piensan
"superraza" y traducen "superciencia". ¿No piensan que
una superraza también tiene supersentimientos...
superrisa, tal vez, o superhambre? —hizo una pausa—. ¿No
es hora de que me preguntes qué dijo el platillo?
—Te lo diré —barboté.
Hay en ciertas almas
una indecible soledad,
tan grande que deben compartirla
como el resto comparte compañía.
Así es mi soledad. Ahora ya sabes
que en la inmensidad
alguien está más solo que tú.
—Dios santo —dijo devotamente y rompió a
llorar—. ¿Y a quién está dedicado?
—Al ser más solitario...
—¿Cómo lo supiste? —susurró.
—Es lo que pusiste en las botellas,
¿verdad?
—Sí —dijo ella. Cuando te pesa demasiado
que a nadie le importe, que a nadie le haya importado
nunca... arrojas una botella al mar, y allá va una parte
de tu soledad. Te sientas a pensar en alguien que la
encuentra... que aprende que lo peor que hay puede
entenderse.
La luna bajaba y el oleaje callaba.
Miramos hacia las estrellas.
—No sabemos qué es la soledad —dijo
ella—. La gente pensó que el platillo era un platillo,
pero no lo era. Era una botella con un mensaje adentro.
Tuvo que cruzar un océano más grande, todo de espacio,
sin demasiadas probabilidades de encontrar a nadie.
¿Soledad? No conocemos la soledad.
Cuando pude, le pregunté por qué había
intentado suicidarse.
—Ya tuve suficiente con lo que me dijo
ese platillo. Quería... retribuirlo. Era demasiado mala
para que me ayudaran. Tenía que saber que al menos era
buena para ayudar. ¿Nadie me quiere? Bien. Pero no me
digas que nadie, en ninguna parte, necesita de mí. Eso
no puedo aguantarlo.
Inhalé profundamente.
—Encontré una de tus botellas, hace dos
años. Te he estado buscando desde entonces.
Cartas mareológicas, tablas de
corrientes, mapas y... viajes. Oí hablar de ti y las
botellas por aquí cerca. Alguien me contó que habías
dejado de tirarlas, que ahora se te daba por vagabundear
de noche en las dunas. Supe por qué. No paré de correr.
Tuve que inhalar de nuevo.
—Tengo un pie defectuoso. Pienso bien,
pero las palabras no me salen por la boca tal como son
dentro de mi cabeza. Tengo esta nariz. Nunca tuve una
mujer. Nadie quiso contratarme nunca para trabajar donde
tuvieran que mirarme. Tú eres bella —dije—. Eres bella.
Ella no dijo nada, pero fue como si
irradiara una luz, más luz y mucha menos sombra de la
que podía proyectar la ejercitada luna. Entre muchas
otras cosas significaba que aun la soledad tiene un fin,
para quienes están lo bastante solos, durante bastante
tiempo.
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