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MARIO VARGAS LLOSA

Mario
Vargas Llosa
(1936/ ), escritor peruano, nació en Arequipa
el 28 de marzo de 1936. Se educó en el Colegio La
Salle de Cochabamba, Bolivia. Conoció a su padre a
los 10 años y nunca aceptó resignar los afectos
maternos por la disciplina paterna, como si ello
significara perder su más preciado bien: la
libertad.
Ya en Lima ingresó al Colegio Militar Leoncio Prado y no bien egresó
fue columnista en varios periódicos de Lima y
Piura. En Lima estudia de Letras y Derecho en la
Universidad San Marcos (1953), y comienza a
escribir sus primeros cuentos.
Se casa con su tía política Julia Urquidi (1955) y viaja a Europa en
busca de un lugar propicio para su vocación
literaria. Llega a España (1958) mediante una beca
y al año siguiente va a París. Publica Los
jefes (1959) y es premiado.
Se divorcia y reincide con su prima Patricia Llosa (1965). Reside en
París, Londres y Barcelona hasta 1974. Regresa a
Perú y hace periodismo televisivo con su programa
La Torre de Babel (1974).
Además de escribir narrativa, es columnista de prensa, crítico
literario y dramaturgo. Se destacan
Gabriel García Márquez: historia de un deicidio
(1971), La orgía perpetua: Flaubert y Madame
Bovary (1975) y Carta de batalla por Tirant
lo Blanc (1991); las colecciones de artículos,
Contra viento y marea y Desafíos a la libertad
(1994).
Bajo
el sello liberal es candidato a presidente en 1990
y luego se dedica de lleno a la literatura y a la
publicación de artículos en El País.
Recibió los premios Rómulo Gallegos (1967),
Príncipe de Asturias (1986), Planeta
(1993) y Cervantes (1994).
En
1993 se nacionaliza español y desde 1994 es
miembro de la Real Academia. Fue catedrático en
Cambridge, y recibió distinciones en diversos
países: Suiza, Italia, EEUU, España, Israel e
Inglaterra.
Su
narrativa se ha inspirado en hechos vinculados a
su vida como
La Casa Verde (1966) y La Tía Julia y el
Escribidor (1977) o a hechos históricos como
su novela histórica La guerra del fin del mundo
(1981).
Otras obras: El pez en el agua (1993), autobiográfica, La
ciudad y los perros (1963), Los cuadernos
de don Rigoberto (1996), El paraíso en la
otra esquina (2002) y Travesuras de la
niñamala (2006) y muchas más.
Teatro: La señorita de Tacna (1981),
Kathie y el hipopótamo (1983), La Chunga
(1986), El loco de los balcones (1993)
y Ojos bonitos, cuadros feos (1996).
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Cada vez que crujía una ramita, o croaba
una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba
al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad
de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y
espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no
aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a
la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida
hacía rato, y bajo ellas sombras imprecisas que se
deslizaban de un lado a otro, con las cortinas,
lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo
que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya
cenaban o si aquellas sombras inquietas provenían de los
árboles más altos.
Regresó a su asiento y esperó. La noche
pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un
agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y
los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del
rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a
su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban
a cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El
entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo
dispuesto y febril durante el día habían decaído y sentía
ahora cansancio y algo de tristeza. Le molestaba la
oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen,
persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o
el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su
escondrijo. "¿Qué hace usted en la huerta a estas horas,
don Eulogio?" Y vendrían su hijo y su hija política,
convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor
nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los macizos de
crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero
que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se
tranquilizó apenas, al recordar haber comprobado tres
veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido,
y que en unos segundos podía escurrirse hacia la calle sin
ser visto.
"¿Y si hubiera venido ya?", pensó,
intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos
de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada
casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del
tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó cuando el
objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de
sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El
niño no podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus
pasos asustados lo hubieran despertado, o el pequeño, al
distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente
al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina,
habría gritado.
Esta reflexión lo animó. El soplido del
viento era menos fuerte, su cuerpo se adaptaba al
ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos
de su saco, encontró el cuerpo duro y cilíndrico de la
vela que compró esa tarde en el almacén de la esquina.
Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba
el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido
muy serio, taconeando con elegancia, batiendo levemente y
en círculo su largo bastón enchapado en metal, mientras la
mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y velas de diversos
tamaños. "Ésta", dijo él, con un ademán rápido que quería
significar molestia por el quehacer desagradable que
cumplía. La vendedora insistió en envolverla pero don
Eulogio no aceptó y abandonó la tienda con premura. El
resto de la tarde estuvo en el Club Nacional, encerrado en
el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin
embargo, extremando las precauciones para evitar la
solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego,
cómodamente hundido en el confortable de insólito color
escarlata, abrió el maletín que traía consigo y extrajo el
precioso paquete. La tenia envuelta en su hermosa bufanda
de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la
tarde del hallazgo.
A la hora más cenicienta del crepúsculo
había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara
por las afueras de la ciudad; corría una deliciosa brisa
tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo era
más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil
flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces
del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido,
descolgado en bolsas, iban deslizándose distraídamente
sobre el borde del canal paralelo a la carretera, cuando
de pronto lo divisó.
—¡Deténgase! —dijo, pero el chofer no le
oyó—. ¡Deténgase! ¡Pare!
Cuando el auto se detuvo y en retroceso
llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se
trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre
las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió
minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y
hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel,
sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió
inclinado a creer que era de niño. Estaba sucia,
polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del
tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El
orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado
de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el
mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas
vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de
bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta
tenerlo apoyado en el interior, entonces, sacando un
nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de
una larga e incisiva lengüeta, imprimía a su mano
movimientos sucesivos, y se divertía enormemente
imaginando que aquello estaba vivo.
Dos días la tuvo oculta en un cajón de la
cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta
cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde
siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación,
paseando nerviosamente entre los muebles opulentos de sus
antepasados. Casi no levantaba la cabeza; se diría que
examinaba con devoción profunda y algo de pavor, los
dibujos sangrientos y mágicos del círculo central de la
alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio, estuvo
indeciso, preocupado; podían sobrevenir complicaciones de
familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y
tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante,
el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando
de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de
agujeros, y recordó que en una época aquella casita de
madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida,
sino habitada por animalitos grises y blancos que
picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y
que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de
la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos
que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde
siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión
entornaban los ojos y los sacudía un brevísimo temblor.
Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a
anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido.
Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber
soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas
invadía súbitamente el palomar y causaba desasosiego entre
los animalitos, mientras él, desde su ventana, observaba
la escena con un catalejo.
Había imaginado que limpiar la calavera
sería algo muy rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que
había creído polvo y era tal vez excremento por su aliento
picante, se mantenía soldado a las paredes internas y
brillaba como una mina de metal en la parte posterior del
cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se
cubría de lamparones grises, sin que desapareciera la capa
de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio.
En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes
que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba
fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta
alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces
que la limpieza sería posible utilizando alguna sustancia
grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de
aceite y esperó en la puerta al mozo a quien arrancó con
violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la
mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la
habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la
bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después
acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto
comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue
lluvia de polvo cayó a sus pies, y él ni siquiera notaba
que el aceite iba humedeciendo también el filo de sus
puños y la manga de su saco. De pronto, puesto de pie de
un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su
cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos
puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de
los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su
maletín y salió del Club Nacional. El automóvil que ocupó
en la Plaza San Martín lo dejó a la espalda de su casa, en
Orrantia. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la
calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta
estuviese clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un
respingo de felicidad al notar que giraba la manija y la
puerta cedía con un corto chirrido.
En ese momento escuchó voces en la pérgola.
Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el
motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento
fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de
oxígeno conectado a un moribundo. Su primer impulso fue
agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra
y cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en
la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no
hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí,
medio sepultado por las hierbas, respirando fatigosamente,
temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la
mano que conservaba la calavera de modo que ésta se
mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo,
todavía limpia.
La pérgola estaba a unos veinte metros de
su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado
murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó
trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco
de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del
comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era
su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña,
reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando,
frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano, de
divisar al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina
de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como
un animalito. No esperó más; extrajo la vela de su saco, a
tientas juntó ramas, terrones y piedrecillas y trabajó
rápidamente hasta asegurar la vela sobre las piedras y
colocar a ésta, como un obstáculo, en medio del sendero.
Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela
perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa
de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo
aceitado, se alegró: la medida era justa, por el orificio
del cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un
nardo. No pudo continuar observando. El padre había
elevado la voz y, aunque sus palabras eran todavía
incomprensibles, supo que se dirigía al niño. Hubo como un
cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa
del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la
mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El
ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo; lo
fulminó el nieto, chillando: "Pero conste: hoy acaba el
castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no
voy". Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.
¿Venía corriendo? Era el momento decisivo.
Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y concluyó
su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul.
El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin
sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aún segundos
después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque
lo que veía no era exactamente lo que había imaginado,
cuando una llamarada súbita creció entre sus manos con
brusco crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y
entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando
fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por
la boca. "Se ha prendido toda", exclamó maravillado. Había
quedado inmóvil y repetía como un disco "fue el aceite,
fue el aceite", estupefacto, embrujado ante la fascinante
calavera enrollada por las llamas.
Justamente en ese instante escuchó el
grito. Un grito salvaje, un alarido de animal atravesado
por muchísimos venablos.
El niño estaba ante él, las manos alargadas, los dedos
crispados. Lívido, estremecido, tenía los ojos y la boca
muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su
garganta, independientemente, hacía unos extraños ruidos
roncos. "Me ha visto, me ha visto", se decía don Eulogio,
con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo
había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que
aquella cabeza llameante. Sus ojos estaban inmovilizados
con un terror profundo y eterno retratado en ellos. Todo
había sido simultáneo: la llamarada, el aullido, la visión
de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de
terror. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido
más perfectos incluso que su plan, cuando sintió voces y
pasos que venían y entonces, ya sin cuidarse del ruido,
dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero,
destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y
rosales que entreveía a medida que lo alcanzaban los
reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de
la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer,
estruendoso también, pero menos sincero que el de su
nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un
viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero
no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el
hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho,
respirando mejor, más tranquilo.
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