CANIBALISMO
El "homo homini lupus" de Plauto
no siempre pudo considerarse, como lo hiciera Thomas
Hobbes, una figura de retórica, porque muchas veces el
hombre ha comido hombre no como lo come el lobo, sino
que con cuchillo y tenedor.
Esa apetencia del tipo por su prójimo
mereció la opinión condescendiente de mucha gente
destacada.
No puede negársele ingenio a Diógenes El Cínico:
cuando un cretino le enrostró cierto defecto en su
pasado, él repuso: "Hubo un tiempo en que yo era tal
cual tú ahora, sí; pero como yo soy ahora no serás tú
nunca". No puede negársele amor por sus semejantes,
porque decía que "debemos dar la mano a los amigos con
los dedos extendidos y no doblados". No puede negársele
vergüenza, porque una vez en que lavaba él mismo las
legumbres para su alimento, otro cretino le dijo: "Si
te acercaras a los poderosos, no tendrías necesidad de
lavar tus legumbres", y él le contestó: "Si tú lavaras
tus legumbres, no tendrías necesidad de acercarte a los
poderosos"
.
Y bien. Cuando las multitudes atenienses se mostraban
repugnadas ante la escena en que Tiestes, engañado por
Atreo, creyendo que come lechón se come a sus propios
hijos,
Diógenes se burlaba y decía que "la carne humana no
podía reclamar ningún privilegio sobre otra carne
cualquiera".
Por su parte, el sabio francés Toissenel
dijo:
"Disculpo a todos los culpables que
tienen hambre". Como podría creerse que Toissenel
disculpaba a quien robase un pan, es necesario aclarar
que la frase fue pronunciada para disculpar a los que
comían persona.
Es de antigua data la afición del tipo
por trinchar al prójimo.
Decía San Jerónimo que los escoceses del
ejército romano gustaban llevar gente a su mesa todos
los días. Asada.
Los indios fueguinos preferían la carne de mujer a la
de perro, porque decían que "el perro tiene gusto a
nutria.
Otros indios comían mujer por necesidad.
En efecto, cierto día en que el reverendo padre Papetard
—misionero católico— propalaba su fe en U.S.A., se le
acercó un indio piel roja y le dijo que quería
convertirse al cristianismo. Después de interrogarlo y
saber de su vida, el sacerdote le aclaró que no estando
permitida por la ley de Cristo la poligamia, sólo podría
ser bautizado cuando no tuviese más que una esposa. Se
retiró el indio esa vez pero volvió al poco tiempo y le
dijo, humilde y alegremente, al reverendo Papetard:
—Padre, ya no tengo más que una esposa.
—Ah, muy bien, ¿has devuelto la otra a su
familia?
—No padre. Me la comí.
John Ogilby, en su notable libro sobre la
América precolombiana, dice que indios norteños
vendían reses de caballeros y de damas a las dueñas de
casas aztecas. No se hacía cuestión por el sexo.
Refiere el propio Nicolai que, hallándose
el explorador míster Emile Petitot a orillas del Gran
Lago de Los Osos, conoció a un indio septuagenario
dulce, tímido, llamado Kra-nda —"Ojo de liebre"—, con
el que, encantándole su bonhomía, conversó largo rato.
Cuando el viejo se despidió, otros indígenas, que
conocían su vida privada, le informaron a Petitot que se
había comido a dos esposas y un cuñado.
Como no faltará quien —no habiendo
probado— se interese por el paladar de este tipo de
viandas, cabe recordar que un natural de Tahití le dijo
a Pierre Loti que "el hombre blanco, bien asado, tiene
gusto a banana".
Pero los negros también se comen entre
ellos. Sir Henry Morton Stanley, el famoso explorador
galés, sostuvo que sólo en la cuenca del Congo —donde
llegó en 1881— había treinta millones de caníbales. Los
últimos censos practicados en esa zona registran una
baja del 50 por ciento en la población calculada por
Stanley. Una mitad se comió a la otra.
Mientras el tipo se mantuvo en el estadio
del pensamiento pre-lógico y tuvo el sentido mágico del
mundo, rigió esa magia por dos leyes: "lo semejante
produce lo semejante" y "las cosas que una vez
estuvieron en contacto siguen afectándose a distancia
aunque se haya cortado el vínculo material que las
uniera". Fueron la magia homeopática y la magia
contaminante. En virtud de esta última —o sea de
que sigue existiendo una unión entre partes separadas
que antes estuvieran unidas— es que el primitivo creyó
que podía embrujársele, por los mechones de su pelo o
los recortes de sus uñas, con palabras de hechicería que
sobre ellos se pronunciasen. Por eso muchos enterraban
el pelo que se cortaban, o las uñas, en sitios
escondidos, y aun en los templos de sus dioses. Cuando
un negro cafre despioja a un amigo, le entrega,
religiosamente, y bien contados, los parásitos que le
sacó, porque como se habían alimentado de la sangre del
amigo, si otro los matara, esa sangre, y por
consiguiente la vida del despiojado, podían caer en
posesión ajena y servir para hacerle daño.
Y en virtud de la magia homeopática —"lo
semejante produce lo semejante"—, el salvaje creyó que
adquiría las virtudes de aquello que incorporaba a su
cuerpo. Comían carne de tigre para ser más bravos, ojos
de águila para ver lejos, y corazones de mirlos
cantores para ser más elocuentes. Y se comían al enemigo
vencido seguros de munirse, así, de sus cualidades.
Han quedado muchos vestigios del
pensamiento mágico en el pensamiento crítico y de la
actitud influida por el primitivo animismo en la
reflexiva actitud del tipo actual.
El moderno abrazo afectuoso tuvo su origen en el
movimiento del antiguo antecesor para engullir
alimentos; para atraer hacia sí una cosa que le
resultaba agradable, y que, por otra parte, tenía que
resultarle preciosa en tanto que proveía a su sustento.
El abrazar tuvo su origen en el acto premonitorio del
devorar. Y el gesto del dedo que señala es el resultado
de un movimiento aprehensor que al evolucionar se vino
debilitando, hasta quedar transformado en una simple
indicación.
El tipo señalado, manifiesta su elección:
—Déme esa...
Y le dan la corbata escogida. Antes,
pues, se apoderaba de las virtudes de su prójimo
agarrándolo y comiéndoselo. Hoy, señala la presa que
eligió cuidadosamente, después la abraza, y al final se
la traga. Se le queda, a la presa, con todo, lo mismo
que el caníbal antañón. Pero lo que es justo reconocer
es que ahora no la mastica. Tragar sin masticar, para
evitarle al tragado el sobresalto inherente al sentir
que lo tragan, es un gran paso que se ha dado hacia la
consideración del semejante.
EL PRÓFUGO
Todo lo que existe en la tierra es causa
de miedo...
dejó dicho Bhartrihari, un sabio indio del siglo VI. El
tipo es tímido, pesimista, vanidoso, escéptico,
escrupuloso y se aburre porque tiene miedo. Vive
huyendo.
Apoyarse en otro para poder confiar en el
éxito de lo que va a hacerse es huir. Delegar en otro la
responsabilidad de lo que se hace, es huir.
Mientras trata de acomodarse el tipo
siempre va en nombre de otro. Después de haber
entregado la tarjeta, baja los ojos, raya el suelo con
la punta del zapato, da vuelta el sombrero: — “Yo venía
con esta tarjeta del doctor Fulano por una ubicación.
Pretensiones, por ahora, mayormente, no tengo. Se
trataría de cualquier cosita para empezar, como dice
ahí..."
Cuando el tipo ya está acomodado, siempre
manda a otro:
—Usted vaya y dígale que es una bestia. A
ver ¿cómo le va a decir?
—¡Usted es una bestia!
—Muy bien, pero dígaselo como cosa suya
¿me oye?
Si el tipo es lo que se llama un
idealista, se consuela figurándose un mundo en el que
las cosas fueran como a él le gustarían. Y huye, así, de
la realidad que lo circunda.
Si es lo que se llama un hombre práctico,
trata de hacer caber a la realidad, estrujándola o
mutilándola, en el rígido molde de su concepto de ella;
lo cual es otra forma de huir de la realidad.
Hasta cuando ataca —decía Henri Barbusse
en "Le Feu"— dispara para adelante.
Cuando alguien le va a pedir una garantía
dice que no puede darla por los compromisos que tiene
con el socio. Si la garantía se la pide el socio, dice
que no puede por los compromisos que tienen fuera de la
sociedad. Y cuando trabaja solo, pone un aviso en los
diarios pidiendo un socio.
El socio es una cosa que el tipo usa para
encerrarse o para disculparse. Otras dos maneras de
huir. Encerrándose, el tipo escamotea su actitud a toda
posibilidad de ajena discriminación. Y cuando da
explicaciones trata de demostrar que el otro entendió
todo lo contrario de lo que él se proponía hacer, para
poder hacer, mientras el otro se entretiene oyéndolo, lo
que realmente se propone.
La viveza es una fuga que se nutre de
fuga a sí misma. El vivo saca ventajas huyendo de la
zona de influencia de la atención del otro, pero cuando
el otro se da cuenta, tiene, el vivo, que disparar para
que no lo alcance; y obtener ventajas más adelante a fin
de mantenerse a salvo, con lo cual quedan afectados
otros que, al darse cuenta, a su vez, se ponen, también,
a seguirlo. El tipo multiplica, entonces, sus medios de
fuga: cruza a la vereda de enfrente, hace decir que no
está.
Cuando es avaro, huye del mundo por miedo
a quedar sin dinero, y vive como un pobre, o sea, como
lo que, por temido, lo mantiene en su avaricia.
Cuando es vegetariano huye de los bifes
por miedo a enfermarse y vive como un enfermo; o sea,
como lo que, por temido, lo hace seguir comiendo
verdura.
La represión de Freud, formando el
inconsciente a expensas de la conciencia, es una fuga
hacia adentro.
La simulación, de Adler, por la
que el tipo trata de justificarse ante sí mismo y ante
los demás, es una fuga hacia afuera.
La actitud sumisa, es una fuga hacia
abajo. El propósito de enmienda, es una fuga hacia
arriba.
El tipo es un piantado.
EL GUSANO LOCO
Había una vez, hace mil millones de años,
una colonia de gusanos cuyos individuos estaban
adaptados a su medio en tal forma que podían considerar
asegurados su mantenimiento y su conservación.
La adaptación, empero, no
bastó para auspiciar mejoramiento alguno en las formas
de vida. La adaptación constituyó un criterio tendiente
a garantizar una utilidad y un reparo. La evolución,
antes bien —“inestabilidad creadora"— fue el criterio
que inauguró la libertad sobre la tierra; que permitió
avanzar al pequeño latido elemental de la primera vida,
a través de una espesura de monstruos, para que viniera
a cobijarse en el corazón que ahora lleva en su pecho la
Criatura del Destino.
Aferrados al medio, los adaptados fueron
quedando atrás.
Por fortuna, en aquella colonia reptante
apareció un gusano rebelde.
Se sintió incómodo en el sitio que a los
otros les satisfacía, y se apartó de ellos. Sin duda
habría querido que lo siguieran. Pero lo dejaron solo.
Era el gusano loco.
De él —fundador de la libertad sobre la
tierra— se valió la Naturaleza para culminar su obra en
la gracia del sentimiento y en el milagro de la idea.
¡Loor al gusano loco!
Como la rosa está, ya, dentro de la
semilla, dentro de él se preparaba una aurora de
Franciscos, de Leonardos, de Galileos y de Colones
OPTIMISMO Y PESIMISMO
El tipo se hace pesimista, por lo
general, a fuerza de ir viendo lo que les pasa en la
vida a los optimistas.
Hay un optimismo capaz de producir
pesimismos: y es el de los optimistas que enajenan el
presente, que desatienden la hora en que se vive a
fuerza de anticiparse un futuro prodigioso de esa hora.
Aspirar a la plenitud es un modo de
conspirar contra ella. Quien aspira a mucho, en efecto,
siempre se siente defraudado por lo que pudo, luego,
conseguir.
Cada hora de la vida tiene una riqueza,
un significado y un sentido. Cuando el tipo no
aprovecha esa riqueza, no advierte ese significado, no
entiende ese sentido, ha sufrido una pérdida que ya con
nada podrá compensar.
No es optimismo auténtico el de quien
espera confiado a que la realidad llegue a tener el
tamaño de sus sueños: lo es, en cambio, aquel capaz de
vivir su sueño como una realidad.
Esperar a que una ilusión se realice, es
una falta de respeto para con la ilusión.
Esperar a que se transforme en una cosa
que pueda tocarse o guardarse en el cofre-fort o
ponerse en la heladera, es quitarle a la ilusión sus
valores más ciertos y su gracia más diáfana y su gloria
más pura.
Es confundir a la ilusión con un pagaré.
Dicen los pesimistas que no puede haber felicidad
completa, porque están aburridos de ver la decepción de
los optimistas que creían que podía haberla.
Pero es que la felicidad no es nunca una
cosa hecha: se va haciendo.
No se trata de que el tipo piense,
edificado, en que llegará a ser feliz: se trata de que,
lúcido, vaya siendo feliz.
A cada momento el tipo está llegando a
algo. Lo malo es que no se da cuenta.
Nada de lo que pasa, pasa. Todo se hace
nuestro.
Y el tipo, que siempre quiere apoderarse
de todo ¡nunca sabe ser dueño de nada!
La felicidad no puede estar al fin de
ningún camino: debe ir estando en el camino.
No es, nunca, una cosa hecha: es
intención y referencia, es conciencia y fe.
No busca el camino hacia una cosa: se
hace, entre las cosas. un camino. . .
Todo momento es algo, todo paso es una
decisión.
Cada latido es un regalo.
Por no haber entendido eso tuvo que
confesar, allá en sus años viejos, la Marquesa de
Sevigné:
__" ¡Qué feliz era yo en aquellos tiempos
en que era infeliz...!”