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GABRIEL GARCÍA
MÁRQUEZ

Gabriel García Márquez,
escritor colombiano, nació en Aracataca, pequeño
pueblo de la provincia de Magdalena, el 6 de marzo
de 1927.
El Tiempo
de Bogotá publica Canción
(1944). Traba amistad con Camilo Torres, el “cura
guerrillero” y El diario El Espectador,
publica su primer cuento, La tercera
resignación, y más tarde, Eva está dentro
de su gato, ambos en 1947.
Publica con éxito su primera novela
en Bogotá, La hojarasca (1955) y
comienza a consolidarse literariamente. En 1956
subsiste en Europa en malas condiciones económicas
y comienza El coronel no tiene quien le escriba.
Se casa con Mercedes Barcha y
comienza Los Funerales de la Mamá Grande
(1962). Invitado por Fidel Castro visita Cuba en
1959 y regresa como corresponsal de Prensa
Latina. En EEUU es premiado y recibe presiones
políticas; se traslada a México donde se vincula
con Carlos Fuentes y Juan Rulfo.
La Mala hora
es premiada en Bogotá y prepara El otoño del
patriarca. Inicia Cien Años de Soledad
(1967), máxima expresión del realismo mágico,
originalmente llamado La casa. Dueño ya de
un gran éxito, se traslada a Barcelona donde
reside hasta 1975.
Publica La increíble y triste
historia de la cándida Eréndira y de su abuela
desalmada (1972), Cuando era feliz e
indocumentado (1973), Ojos de Perro Azul
(1974) y funda en Bogotá la revista política
Alternativa, clausurada en 1980.
Regresa y prepara Crónica de una
muerte anunciada (1981). Es perseguido por la
acusación de estar vinculado al grupo guerrillero
M19 pidiendo asilo político en la embajada
mexicana en Bogotá.
Recibe el Premio Nobel (1982).
Otros títulos: El amor en los tiempos del
cólera (1985), Diatriba de amor contra un
hombre sentado (1987), El general en su
laberinto (1989), Doce cuentos peregrinos
(1992), Del amor y otros demonios (1994),
Noticias de un secuestro (1996) y el primer
volumen de: Vivir para Contarlo (2002).
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Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos
más de dos horas buscando el castillo renacentista que el
escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en
aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo
de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era
fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles
abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas
inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por
un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una
vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde
estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si
pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos
previsto, que sólo íbamos a almorzar.
—Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del mediodía,
nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de
nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de
conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un
anfitrión espléndido, nos esperaba con un almuerzo de
nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos
tiempo de conocer el interior del castillo antes de
sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde afuera no tenía
nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la
visión completa de la ciudad desde la terraza florida
donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en
aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían
noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de
genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo
con su humor caribe que ninguno de tantos era el más
insigne de Arezzo.
—El más grande —sentenció— fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y
de la guerra, que había construido aquel castillo de su
desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el
almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor
contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue
que en un instante de locura del corazón había apuñalado a
su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego
azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que
lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio,
que a partir de la media noche el espectro de Ludovico
deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir
el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a
pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el
relato de Miguel no podía parecer sino una broma como
tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los
ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después
de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de
sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo
la planta baja y se había hecho construir un dormitorio
moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y
cultura física, y la terraza de flores donde habíamos
almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada
en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin
ningún carácter, con muebles de diferentes épocas
abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba
una habitación intacta por donde el tiempo se había
olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas
bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de
pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la
amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas
heladas y el último leño convertido en piedra, el armario
con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del
caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno
de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de
sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me
impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía
estancado sin explicación posible en el ámbito del
dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la
Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las
nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el
castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en
llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca
en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café
bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando
regresamos para recoger las maletas encontramos la cena
servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola
estrella, los niños prendieron unas antorchas en la
cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos
altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos
cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas,
los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos
tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala
idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó
encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de
decirles que no.
Al
contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa
y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el
cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no
tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir
el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de
péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa
de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que
nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y
desperté después de las siete con un sol espléndido entre
las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa
navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué
tontería —me dije—, que alguien siga creyendo en fantasmas
por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de
fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas
frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato
del caballero triste que nos miraba desde tres siglos
antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba
de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche
anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la
cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas
empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
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