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WILLIAM GIBSON

William Ford
Gibson (1948/ ), escritor de
ciencia-ficción canadiense, nació el 17 de marzo
de 1948 en Carolina del Sur. A fines de los 70 se
inició en la narrativa futurista, constituyéndose
en el padre del cyberpunk.
Neuromante
(1984), su novela más conocida afirma el género
iniciado con Quemando Cromo (1981),
y fue ganadora de los premio Hugo y Nébula. Se le
adjudica también la creación del vocablo
ciberespacio, que alude al espacio virtual
cuya impronta distingue la actual época
informática.
Conde Cero
(1986) y Monalisa acelerada (1988) integran
junto a Neuromante lo que ha dado en
llamarse Triología del Sprawl. Luz
virtual (1993), Idoru (1996) y Todas
las fiestas del mañana (1999) integran la
llamada Trilogía de Yamazaki o
del Puente.
Es autor
también de varios cuentos. Quizás el mejor, además
del citado Quemando Cromo, es
Johnny Mnemonic (1982) interpretado en el cine
por Keanu Reeves. De reciente aparición es
Mundo Espejo (2003), tecno-thriller que
abandona el cyberpunk.
Otros títulos:
The Difference Engine (1990), Omny mayo,
cuento filmado en 1995, El continuo de
Gernsback (1981), Fragmento de una rosa
holográfica (1977), La especie (1981),
Regiones apartadas (1981), Onmy octubre,
Estrella roja, órbita de invierno (1983),
Hotel New Rose (1984), El mercado de
invierno (1985), Combate aéreo (1985).
Algunos no traducidos al castellano, son:
Thirteen Views of a Cardboard City (1997),
Were the Holograms Go (1993), Agrippa
(1992), Academy Leader (1991), Cyber
Claus (1991), Skinners room (1990),
Darwin (1990), The Angel of Goliath
(1990), Tokyo Collage (1988) y Hippie
Hat Brain Paradise (1989).
El cine y la TV
han conocido las adaptaciones de sus narraciones,
pero también escribió guiones originales, por
ejemplo el del largometraje Alien 3 (1988)
y el capítulo 511 de la serie X-Files por
encargo de sus productores.
Buena literatura de
anticipación (la computadora personal data de los
ochenta), en un narrador creativo que,
paradójicamente, escribía en una vieja Hermes
manual de 1927.
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Supongo
que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna
griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas
de la empresa de Cohen.
Por
fortuna, el asunto empieza a desvanecerse, a convertirse
en un episodio. Cuando todavía capto la extraña visión, es
periférica; meros fragmentos de cromo de científico loco,
que se limitan al rabillo del ojo. Hubo aquella ala
volante sobre San Francisco la semana pasada, pero era
casi translúcida. Y los descapotables de aleta de tiburón
se han vuelto más escasos, y las autopistas evitan
discretamente desplegarse, para no convertirse en esos
esplendorosos monstruos de ochenta carriles que
forzosamente tuve que recorrer el mes pasado en mi Toyota
alquilado. Y sé que nada de eso me seguirá hasta Nueva
York; mi visión se está estrechando, centrándose en una
única longitud de onda de probabilidad. He trabajado duro
para lograrlo. La televisión ayudó mucho.
Supongo
que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna
griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas
de la empresa de Cohen. Comida recalentada, y luego
tardaron treinta minutos en encontrar un cubo de hielo
para el retsina. Cohen trabaja en Barris-Watford, que
publica libros de formato grande, en rústica, sobre temas
de moda: historias ilustradas de los letreros de neón, la
máquina tragamonedas, los juguetes de cuerda del Japón
Ocupado. Yo había ido para fotografiar una serie de
anuncios de calzado; chicas californianas de piernas
bronceadas y juguetonas zapatillas fluorescentes hicieron
travesuras para mí en las escaleras mecánicas de St.
John's Wood y en los andenes de Tooting Bec. Una magra y
hambrienta agencia de publicidad había decidido que los
misterios del London Transport venderían zapatillas de
nailon de suela reticular. Ellos deciden; yo hago las
fotos. Y Cohen, a quien conocía vagamente de los viejos
tiempos en Nueva York, me había invitado a almorzar la
víspera de mi partida desde Heathrow. Apareció acompañado
por una mujer joven vestida muy a la moda y llamada Dialta
Downes, que carecía virtualmente de mentón y era, sin
duda, una conocida historiadora del pop art.
Retrospectivamente, la veo caminando junto a Cohen bajo un
aviso de neón flotante que destella intermitentes "Por
aquí está la locura" en enormes mayúsculas sin serif.
Cohen nos
presentó y me explicó que Dialta era la principal
animadora del último proyecto de Barris-Watford, una
historia ilustrada de lo que ella llamó el "modernismo
aerodinámico americano". Cohen lo llamaba "gótico de
pistola de rayos". El título provisorio de la obra era La
futurópolis aerodinámica: el mañana que nunca fue.
Hay en los
británicos una obsesión por los elementos más barrocos de
la cultura pop americana, algo parecido al extraño
fetichismo de los alemanes con los indios-y-vaqueros o la
aberrante ansia de los franceses por las viejas películas
de Jerry Lewis. En Dialta Downes esto se manifestaba en
una manía por un estilo arquitectónico, exclusivamente
norteamericano, del que la mayoría de los norteamericanos
casi no son conscientes. Al principio yo no sabía bien de
qué me hablaba, pero luego empecé a comprender. Me
encontré recordando la televisión matutina de los domingos
en los años cincuenta.
A veces,
el canal local pasaba, como relleno, viejos y gastados
noticiarios. Uno se sentaba con un bocadillo de manteca de
cacahuete y un vaso de leche; y una voz de barítono
hollywoodense, plagada de ruidos de estática, te decía que
había Un Coche Volador En Tu Futuro. Y tres ingenieros de
Detroit se ponían a dar vueltas en un viejo y enorme Nash
alado; y los veías pasar retumbando por alguna abandonada
carretera de Michigan. En realidad nunca te mostraban
cuándo despegaba, pero se iba volando hasta la tierra del
nunca jamás de Dialta Downes, verdadero hogar de una
generación de tecnófilos totalmente desinhibidos.
Ella
hablaba de esos retazos de la arquitectura "futurista" de
los años treinta y cuarenta con que uno se cruza todos los
días en las ciudades americanas sin tenerlos en cuenta:
las marquesinas de los cines, diseñadas para que irradien
una energía misteriosa, las tiendas de baratijas con
fachadas de aluminio acanalado, las sillas de tubos
cromados que acumulan polvo en los vestíbulos de los
hoteles. Ella veía esas cosas como segmentos de un mundo
de sueños, abandonados en un presente perezoso; quería que
yo se los fotografiase.
La década
de los treinta dio luz a la primera generación de
diseñadores industriales; hasta entonces todos los
sacapuntas habían parecido sacapuntas: el básico mecanismo
victoriano, tal vez con algún arabesco decorativo en los
bordes. Tras el advenimiento de los diseñadores, algunos
sacapuntas parecían haber sido armados en túneles de
viento. En la mayoría, el cambio era sólo superficial:
bajo la aerodinámica cáscara cromada uno descubría el
mismo mecanismo victoriano. Lo cual en cierto modo era
lógico, pues los diseñadores norteamericanos más famosos
habían sido reclutados en las filas de los escenógrafos de
Broadway. Todo era un escenario teatral, una serie de
exquisitos decorados para jugar a vivir en el futuro.
Durante la
sobremesa, Cohen sacó un grueso sobre de manila lleno de
fotografías en papel brillante. Vi las estatuas aladas que
guardan la presa Hoover, adornos de hormigón de doce
metros de altura que apuntan con firmeza hacia un huracán
imaginario. Vi una docena de fotos del Johnson's Wax
Building de Frank Lloyd Wright, pegadas sobre carátulas de
viejos números de Amazing Stories, obra de un artista
llamado Frank R. Paul; a los empleados del Johnson's Wax
les habría parecido que estaban entrando en una de las
utopías que Paul pintaba con aerógrafo. El edificio de
Wright daba la impresión de haber sido diseñado para gente
que llevara togas blancas y sandalias de acrílico. Me
demoré en un esbozo de un avión de hélice especialmente
pomposo, todo ala, como un gordo y simétrico búmeran, con
ventanas en lugares inverosímiles. Unas flechas rotuladas
indicaban la posición de la sala de baile y dos canchas de
squash. Databa de 1936.
—Esta cosa
no podría haber volado, ¿verdad? —miré a Dialta Downes.
—Qué va,
de ninguna manera, aun con esas doce hélices enormes; pero
a ellos les encantaba el aspecto, ¿entiendes? De Nueva
York a Londres en menos de dos días, comedores de primera
clase, camarotes privados, cubiertas para tomar sol, jazz
y baile por las noches... Los diseñadores eran populistas,
y trataban de dar al público lo que el público quería. Lo
que el público quería que fuese el futuro.
Hacía tres
días que estaba en Burbank, tratando de infundir carisma a
un roquero de aspecto realmente aburrido, cuando recibí el
paquete de Cohen. Es posible fotografiar lo que no está;
resulta muy difícil y es, por lo tanto, un talento muy
vendible. Si bien es cierto que no lo hago mal, no soy
exactamente el mejor, y aquel pobre tipo agotó la
credibilidad de mi Nikon. Salí deprimido, porque me gusta
hacer bien mi trabajo, pero no deprimido del todo, porque
me aseguré de recibir el cheque por el trabajo, y resolví
reponerme con el sublime, seudoartístico encargo de Barris
Watford. Cohen me había enviado algunos libros sobre el
diseño de los años treinta, más fotos de edificios
aerodinámicos, y una lista con los cincuenta ejemplos
favoritos de Dialta Downes en California.
La
fotografía arquitectónica implica a veces una gran dosis
de espera: el edificio se convierte en una especie de
reloj de sol, mientras uno aguarda a que una sombra se
aleje de un detalle que se quiere fotografiar, o que la
masa y el equilibrio de la estructura se muestren de una
cierta manera. Mientras esperaba, me imaginé en la América
de Dialta Downes. Cuando aislé algunos de los edificios de
fábricas en el cristal esmerilado de la Hasselblad,
aparecieron con una especie de siniestra dignidad
totalitaria, como los estadios que Albert Speer construía
para Hitler. Pero el resto era inexorablemente cursi:
material efímero moldeado por el subconsciente colectivo
norteamericano de los años treinta, y que tendía a
sobrevivir ante todo en zonas deprimentes, bordeadas de
moteles polvorientos, colchonerías al por mayor y pequeños
depósitos de automóviles de ocasión. Me dediqué sobre todo
a las estaciones de servicio. Durante el apogeo de la Era
Downes, encargaron a Ming el Implacable el diseño de las
estaciones de servicio de California. Partidario de la
arquitectura de su Mongo natal, Ming recorrió la costa de
arriba abajo, levantando estructuras de pistola de rayos
con estuco blanco. Muchas de ellas presentaban superfluas
torres centrales rodeadas de esos extraños rebordes de
radiador que eran el sello distintivo del estilo y las
hacían parecer capaces de generar potentes estallidos de
puro entusiasmo tecnológico, si tan sólo se pudiese
encontrar el interruptor que las ponía en marcha.
Fotografié una en San José una hora antes de que llegaran
las motoniveladoras y arremetieran contra la estructural
verdad de yeso, listones y hormigón barato.
—Considera
eso —había dicho Dialta Downes— una especie de América
alternativa: un 1980 que nunca sucedió. Una arquitectura
de sueños frustrados.
Y ese fue
mi estado de ánimo mientras recorría las estaciones de
intrincada mezcla socioarquitectónica en mi Toyota rojo;
mientras iba sintonizando la imagen de una vaga
Norteamérica que no fue, de plantas de Coca-Cola que
parecían submarinos varados, y de cines de quinta que
parecían templos de alguna secta perdida que había adorado
los espejos azules y la geometría. Y mientras andaba entre
aquellas ruinas secretas se me ocurrió preguntarme qué
pensarían del mundo en el que yo vivía los habitantes de
ese futuro perdido.
La década
de los treinta soñó con mármol blanco y cromo
aerodinámico, cristal inmortal y bronce bruñido, pero los
cohetes de las portadas de las revistas de Gernsback
habían caído en Londres en plena noche, chillando. Después
de la guerra, todo el mundo tuvo coche —sin alas— y la
prometida autopista para conducirlo, con lo que hasta el
mismo cielo se oscureció, y los gases carcomieron el
mármol y agujerearon el cristal milagroso.
Y un día,
en las afueras de Bolinas, mientras me preparaba para
fotografiar un ejemplar especialmente lujoso de la
arquitectura marcial de Ming, atravesé una delgada
membrana, una membrana de probabilidad... Casi sin darme
cuenta, fui más allá del Borde... Y miré hacia arriba y vi
una cosa con doce motores que parecía un búmeran inflado,
todo ala, volando hacia el este con un zumbido monótono y
una gracia elefantina, tan bajo que pude contar los
remaches en esa piel de plata opaca y oír —quizás— un eco
de jazz. Se la llevé a Kihn.
Merv Kihn,
periodista independiente, con una dilatada trayectoria en
pterodáctilos de Texas, campesinos visitados por ovnis,
monstruos de Loch Ness de segunda y las diez principales
teorías conspiratorias del rincón más lunático del
inconsciente colectivo norteamericano.
—Está bien
—dijo Kihn, sacando brillo a las amarillas gafas de caza
Polaroid con el dobladillo de la camisa hawaiana—, pero no
es mental; le falta lo más importante.
—Pero lo
vi, Mervyn, estábamos sentados junto a una piscina, al
brillante sol de Arizona. El había ido a Tucson a esperar
a un grupo de funcionarios jubilados de Las Vegas cuya
líder recibía mensajes de Ellos en el horno de microondas.
Yo había conducido toda la noche y lo sentía.
—Claro que
lo viste. Claro que lo viste. Has leído mis cosas. ¿No has
entendido mi solución general para el problema de los
ovnis? Es muy, muy sencilla: la gente —se colocó
cuidadosamente las gafas sobre la nariz larga y ganchuda y
me clavó su mejor mirada de basilisco— ve... cosas. La
gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve esas
cosas. No hay nada, pero la gente ve de todos modos. Quizá
porque lo necesita. Has leído a Jung, y deberías saber de
qué se trata... Tu caso es tan obvio: admites que pensabas
en esa arquitectura chiflada, que fantaseabas... Mira,
estoy seguro de que habrás probado tus drogas, ¿no es
cierto? ¿Cuánta gente sobrevivió a los sesenta en
California sin sufrir alguna que otra alucinación? Por
ejemplo esas noches en que descubrías que ejércitos
enteros de técnicos de Disney se habían ocupado de
bordarte en los tejanos hologramas animados de
jeroglíficos egipcios, o esos momentos en que...
—Pero no
fue así.
—Claro que
no. Claro que no fue así; ocurrió "en un marco de clara
realidad", ¿no es cierto? Todo normal, y de pronto ahí
está el monstruo, el mandala, el cigarro de neón. En tu
caso, un gigantesco avión de novela de aventura. Sucede
todo el tiempo. Ni siquiera estás loco. Eso lo sabes,
¿verdad? —sacó una cerveza de la maltratada nevera
portátil de telgopor que tenía junto a la silla.
—La semana
pasada estuve en Virginia. En el condado de Grayson.
Entrevisté a una chica de dieciséis años que había sido
atacada por una cabeza de oso.
—¿Una qué?
—Una
cabeza de oso. La cabeza cortada de un oso. Pues esta
cabeza, verás, flotaba por ahí en su propio platillo
volador, que se parecía un poco a los tapacubos del Caddy
antiguo del primo Wayne. Tenía ojos colorados y
brillantes, como dos brasas de cigarro, y antenas
telescópicas de cromo que se le abomban por detrás de las
orejas —Mervyn eructó.
—¿La
atacó? ¿Cómo?
—No lo
quieras saber; sin duda eres impresionable. "Era una
cabeza fría —dijo, ensayando su mal acento sureño— y
metálica." Hacía ruidos electrónicos. Eso es auténtico,
amigo, un material que llega directamente del inconsciente
colectivo; esa niña es una bruja. No tiene sitio en esta
sociedad. Habría visto al diablo si no hubiese crecido con
El hombre biónico y todas esas reposiciones de Star Trek.
Está conectada a la vena principal. Y sabe que eso le
sucedió. Me fui diez minutos antes de que apareciesen los
fanáticos de los ovnis con el polígrafo.
Debió de
pensar que yo estaba disgustado, porque puso
cuidadosamente la cerveza junto a la nevera y se
incorporó.
—Si
quieres una explicación más elegante, te diría que viste
un fantasma semiótico. Todas esas historias de contactos,
por ejemplo, comparten un tipo de imaginería de
ciencia-ficción que impregna nuestra cultura. Podría
aceptar extraterrestres, pero no extraterrestres que
pareciesen salidos de un cómic de los años cincuenta. Son
fantasmas semióticos, trozos de imaginería cultural
profunda que se han desprendido y adquirido vida propia,
como las aeronaves de Julio Verne que siempre veían esos
viejos granjeros de Kansas. Pero tú viste otra clase de
fantasma, eso es todo. Ese avión fue en otro tiempo parte
del inconsciente colectivo. Tú, de alguna manera,
sintonizaste con eso. Lo importante es no preocuparse.
Pero yo me
preocupaba.
Kihn se
peinó el menguante pelo rubio y se fue a oír lo que Ellos
habían dicho por el radar últimamente; yo corrí las
cortinas de mi habitación y me acosté a preocuparme en la
oscuridad refrigerada.
Aún estaba
preocupándome cuando desperté. Kihn me había dejado un
mensaje en la puerta: volaba hacia el norte en un avión
alquilado para verificar un rumor sobre mutilaciones de
ganado (“mutis”, decía él; otra de sus especialidades
periodísticas).
Comí, me duché, tomé una desmigajada pastilla dietética
que había estado un tiempo dando tumbos en el fondo del
estuche de la afeitadora y emprendí el regreso a Los
Angeles.
La
velocidad limitaba mi visión al túnel de las luces del
Toyota. El cuerpo podría conducir, me decía, mientras la
mente funcionase. Funcionase y se mantuviese alejada del
extraño y periférico acompañamiento visual de las
anfetaminas y el agotamiento, la vegetación espectral,
luminosa, que crece en el rabillo del ojo mental cuando se
recorren autopistas a altas horas de la noche. Pero la
mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn
respecto a lo que yo ya consideraba mi “visión” me
resonaba interminablemente en la cabeza, girando en órbita
asimétrica. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño
Colectivo caracoleando al viento a mi paso. Por algún
motivo, aquel bucle de retroacción agravó el efecto de la
pastilla dietética, y la vegetación que crece junto a la
carretera comenzó a adoptar los colores de una imagen de
satélite captada con infrarrojos, jirones brillantes que
estallaban al paso del Toyota.
Entonces
salí de la autopista y media docena de latas de cerveza
parpadearon dándome las buenas noches antes de apagar las
luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, y traté de
imaginar a Dialta Downes desayunando en su apartamento de
Hampstead, rodeada de aerodinámicas estatuillas de cromo y
libros sobre la cultura americana.
Las noches
del desierto son enormes en esa región; la luna está más
cerca. Miré la luna un buen rato y llegué a la conclusión
de que Kihn tenía razón: lo importante era no preocuparse.
A todo lo ancho del continente, día tras día, gente que
era más normal de lo que yo jamás habría aspirado ser veía
pájaros gigantes, patagones, refinerías de petróleo
voladoras: ellos mantenían a Kihn ocupado y solvente. ¿Por
qué habría yo de alterarme por una fugaz visión de la
imaginación popular de los años treinta en el cielo de
Bolinas? Resolví dormirme, sin otras preocupaciones que
las serpientes de cascabel y los hippies caníbales; a
salvo en medio de la amistosa basura de una carretera de
mi bien conocido continuo. Al día siguiente iría a Nogales
a fotografiar los viejos burdeles, cosa que pretendía
hacer desde hacía años. El efecto de la pastilla dietética
había terminado.
Me
despertó la luz, y luego las voces.
La luz
venía de alguna parte a mis espaldas, y arrojaba sombras
movedizas al interior del automóvil. Eran voces serenas,
confusas, de hombre y de mujer conversando.
Tenía el
cuello tieso y una sensación de arena en los ojos. La
pierna se me había dormido, presionada contra el volante.
Busqué atolondradamente las gafas en el bolsillo de la
camisa y por fin logré ponérmelas.
Entonces
miré hacia atrás y vi la ciudad.
Los libros
sobre el diseño de los años treinta estaban en el
maletero; uno de ellos contenía esbozos de una ciudad
idealizada inspirada en Metrópolis y en Lo que vendrá,
pero donde todo se escuadraba, lanzándose hacia arriba
entre las nubes perfectas de un arquitecto hasta unos
muelles de zepelines y unos delirantes chapiteles de neón.
Aquella ciudad era un modelo a escala de la que se alzaba
a mis espaldas. Los chapiteles se erguían unos sobre otros
en brillantes zigurats que subían hasta una dorada torre
del templo central rodeado por los dementes rebordes de
radiador de las gasolineras de Mongo. Podías esconder el
Empire State en la más pequeña de aquellas torres. Calles
de cristal subían entre los chapiteles, transitadas de
arriba abajo por formas plateadas y lisas como gotas de
mercurio. El aire estaba atiborrado de naves: aviones de
alas gigantescas, cosas pequeñas, plateadas, velocísimas
(a veces, una de las formas de mercurio de los puentes
celestes se elevaba con gracia en el aire para sumarse a
la danza), dirigibles de más de un kilómetro de longitud,
cosas con forma de libélula que planeaban, girocópteros...
Cerré los
ojos y di media vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me
obligué a mirar el cuentakilómetros, el pálido polvo de la
carretera sobre el plástico negro del tablero, el cenicero
desbordante.
—Psicosis
anfetamínica —dije. Abrí los ojos. El tablero seguía allí,
el polvo, las colillas aplastadas. Con mucho cuidado, sin
mover la cabeza, encendí las luces altas.
Y los vi.
Eran
rubios. Estaban de pie junto a su automóvil, un aguacate
de aluminio con una aleta central de tiburón y ruedas
lisas y negras como las de un juguete infantil. El rodeaba
con el brazo la cintura de la muchacha, y señalaba hacia
la ciudad. Ambos estaban vestidos de blanco: ropas
holgadas, las piernas desnudas, zapatos de un blanco
inmaculado. Ninguno parecía advertir mis luces. El decía
algo que era sabio y fuerte, y ella asentía, y de pronto
me asusté: un susto distinto. La cordura había dejado de
ser un problema; sabía, por alguna razón, que la ciudad a
mis espaldas era Tucson: un sueño que Tucson había
proyectado arrancándolo del sueño colectivo de toda una
época. Que era real, completamente real. Pero la pareja
frente a mí vivía en él, y ellos me asustaban.
Eran los
hijos de los ochenta que nunca fueron, los ochenta de
Dialta Downes; los Herederos del Sueño. Eran blancos,
rubios, y probablemente de ojos azules. Eran americanos.
Dialta había dicho que el futuro había llegado a América
primero, pero que había pasado de largo. Pero no allí, en
el corazón del sueño. Allí habíamos seguido adelante,
dentro de una lógica de sueños que no sabía nada de
polución, de los límites finitos del combustible fósil, de
guerras extranjeras que era posible perder. Ellos eran
limpios, felices, y totalmente satisfechos de sí mismos y
del mundo. Y en el Sueño, aquél era el mundo de ellos.
Detrás de
mí, la ciudad iluminada: unos reflectores barrían el cielo
por puro placer. Imaginé a la gente atestando las plazas
de mármol blanco, metódica y alerta, los ojos luminosos
brillando de entusiasmo por las avenidas inundadas de luz
y por los coches plateados.
Tenía todo
el siniestro gusto de la propaganda de las Juventudes
Hitlerianas.
Puse el
coche en primera y avancé despacio, hasta que el
parachoques quedó a poco menos de un metro de ellos.
Seguían sin verme. Bajé la ventanilla y escuché lo que
decía el hombre. Sus palabras eran luminosas y huecas,
como el tono de un folleto de alguna Cámara de Comercio, y
supe que creía en ellas totalmente.
—John —oí
que decía la mujer—, hemos olvidado tomar nuestras
pastillas alimenticias –la mujer sacó dos obleas de una
cosa que llevaba en el cinto y le dio una a él. Regresé a
la autopista y me puse en marcha hacia Los Angeles,
estremeciéndome y sacudiendo la cabeza.
Llamé a
Kihn desde un puesto de gasolina. Uno nuevo, en mal
Español Moderno. Había regresado de su expedición y no
pareció molestarle la llamada.
—Sí, ésa
sí que es rara. ¿Trataste de sacar fotos? No es porque
fuera a salir nada, pero añade un frisson interesante a la
historia, que las fotos no hayan salido...
Pero, ¿qué
debería hacer?
—Ver mucha
televisión, sobre todo programas de juegos y telenovelas.
Películas porno. ¿Has visto Nazi Love Motel? La pasan por
cable, aquí. Es horrible de verdad. Justo lo que
necesitas.
¿Qué me
estaba diciendo?
—Deja de
gritar y escúchame. Te voy a revelar un secreto
profesional: puedes exorcizar todos esos fantasmas
semióticos con la peor programación. Si a mí me quita de
encima a los fanáticos de los ovnis, a ti te puede liberar
de esos futuroides modernistas. Inténtalo. ¿Qué puedes
perder?
Y entonces
me rogó que lo dejara en paz, aduciendo que tenía una cita
temprano con el Elegido.
–¿El qué?
–Esos
viejos de Las Vegas; los de los microondas.
Pensé en
hacer una llamada a Londres, a cobro revertido, hablar con
Cohen en Barris-Watford y decirle que su fotógrafo se iba
a pasar una larga temporada en la Zona Gris. Al final,
dejé que una máquina me preparase un café realmente
imposible y volví al Toyota para terminar el viaje a Los
Angeles.
Los
Angeles fue una mala idea, y pasé allí dos semanas. Era el
país primordial de Downes; había allí demasiado Sueño, y
demasiados fragmentos del Sueño aguardando para tenderme
una celada. Casi destrozo el coche en un paso a nivel
cerca de Disneylandia, cuando la carretera se abrió en
abanico como un truco de origami y me dejó zigzagueando
entre una docena de minicarriles llenos de sibilantes
lágrimas de cromo con aletas de tiburón. Peor aún.
Hollywood estaba lleno de gente que se parecía demasiado a
la pareja que había visto en Arizona. Contraté a un
director italiano que se las arreglaba haciendo trabajos
de laboratorio y diseñando terrazas alrededor de las
piscinas mientras esperaba la llegada de su nave; hizo
copias de todos los negativos que había acumulado durante
el encargo de Downes. No quise ver el material. Eso, sin
embargo, no pareció molestar a Leonardo, y cuando hubo
terminado el trabajo examiné las copias al vuelo, como
quien mira un mazo de baraja, las empaqueté y las envié a
Londres vía aérea. Luego fui en taxi hasta una sala donde
pasaban Nazi Love Motel, y mantuve los ojos cerrados todo
el tiempo.
El
telegrama de felicitación de Cohen me llegó una semana
después a San Francisco. A Dialta le habían encantado las
fotos. El admiró el modo en que me había “metido en el
asunto”, y esperaba volver a trabajar conmigo. Esa tarde
vi un ala volante sobre Castro Street, pero tenía algo de
tenue, como si estuviese sólo a medias.
Corrí
hasta el quiosco de periódicos más cercano y busqué todo
lo que había sobre la crisis petrolera y los peligros de
la energía nuclear. Acababa de decidir comprar un billete
aéreo para ir a Nueva York.
—Vaya
mundo en el que vivimos, ¿verdad? —el propietario era un
negro delgado de mala dentadura y evidente peluca. Asentí,
buscando monedas en los bolsillos del pantalón, deseando
encontrar un banco de parque donde poder sumergirme en la
dura evidencia de la casi distopía humana en que vivimos—.
Pero podría ser peor, ¿verdad?
–Así es
–dije–, o peor aún, podría ser perfecto.
El hombre
se quedó mirándome mientras me alejaba por la calle con mi
pequeño fajo de catástrofes condensadas.
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