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LUCIO V. MANSILLA

Lucio Victorio Mansilla,
periodista, escritor, militar, diplomático y dueño
de una de las vidas más novelescas de la historia
argentina, nació en Buenos Aires el 23 de
diciembre de 1831. Fueron sus padres el general
Lucio Norberto Mansilla y doña Agustina Rozas,
hermana del "Restaurador", conocida como "la
belleza de la federación". Siendo un adolescente
sus padres lo enviaron de viaje para alejarlo de
"unos amores que la prudencia no veía con buenos
ojos". Estuvo en la India, Egipto, Turquía,
Italia, Francia e Inglaterra. El pronunciamiento
de Urquiza en 1851 lo obligó a regresar
apresuradamente al país. Tenía apenas 20 años.
El 2 de febrero, mientras las
tropas de Urquiza se dirigían a Buenos Aires,
Lucio visita a su tío Juan Manuel en Palermo quien
le lee sin inmutarse su extenso discurso a la
legislatura, como si nada sucediera. El episodio
quedó reflejado en su relato "Los siete paltos de
arroz con leche", donde cuenta cómo el gobernador
probaba su discurso con él mientras cada tanto,
como marcando el tiempo, irrumpía Manuelita Rosas
con un plato de arroz con leche.
Caído Rosas, Mansilla en compañía
de su padre y de su hermano Lucio Norberto,
regresó a Europa instalándose en Francia. El viaje
fue bastante corto y el 19 de agosto de 1852 ya
estaban de regreso en Buenos Aires.
El 18 de septiembre de 1853 se casó
con su prima, Catalina Ortiz de Rozas y Almada. La
joven tenía entonces diecinueve años. El
matrimonio tuvo cuatro hijos: dos varones, Andrés
Pío y León Carlos, que murieron siendo niños y dos
mujeres, María Luisa y Esperanza, que también
murieron a temprana edad, la primera a los
veinticinco años y la segunda a los veinticuatro.
La vida pública de Mansilla
comienza con un episodio bastante particular. El
22 de junio de 1856, en el Teatro Argentino, ante
unos dos mil espectadores retó a duelo al escritor
y senador José Mármol que, según Mansilla, había
ofendido a su madre. Pero el autor de Amalia
prefirió valerse de sus influencias y hacerlo
encarcelar y desterrar. En 1857 Lucio se trasladó
a Paraná, capital de la Confederación, donde
comenzó su carrera periodística en el periódico
El Nacional Argentino del que llegaría a ser
director y propietario. Cumplidos los tres años de
destierro regresó a Buenos Aires y al periodismo
con el periódico La Paz.
El 17 de septiembre de 1861
intervino en la batalla de Pavón lo que le valió
la designación como capitán de línea y un destino
militar: el pueblo de Rojas en la provincia de
Buenos Aires. Allí escribió Reglamento para el
ejercicio y maniobras del Ejército Argentino y
para la Revista de Buenos Aires sus
Recuerdos de Egipto. En mayo de 1864 subió a
escena en el Teatro Victoria de Buenos Aires su
obra Una venganza africana, un melodrama
romántico, y en octubre de ese año se estrenó su
comedia Una Tía.
En 1865 estalló la guerra del
Paraguay de la que Mansilla participaría como
militar y como periodista. Con diversos seudónimos
—Falstaff, Tourlourou, Orión— firmó sus crónicas
desde el frente para el diario La Tribuna,
criticando la conducción de la guerra. Sus notas
despertaron la indignación del ministro de Guerra
general Gelly y Obes, quien intentó cambiarlo de
destino y enviarlo a San Juan a sofocar una
rebelión, pero antes de que el batallón de
Mansilla llegara, los rebeldes habían sido
vencidos. Lucio regresó entonces al frente
paraguayo a tiempo como para participar de la
batalla de Humaytá.
En 1868, al finalizar la
presidencia de Mitre, apoyó entusiastamente la
candidatura de Sarmiento quien, ya presidente, se
lo sacó de encima designándolo comandante de
fronteras en Río IV. Allí realizará la campaña que
quedará inmortalizada en Una excursión a los
indios ranqueles, su obra más importante y una
de las más importantes de la literatura argentina
del siglo XIX. Se publicó en entregas en el diario
La Tribuna a lo largo de 1870. Cinco años
más tarde sería galardonada con el primer premio
del Congreso Geográfico Internacional de París.
Durante gran parte del año 1871
Buenos Aires vivió asolada por la epidemia de
fiebre amarilla. Mansilla se integró a la comisión
de ayuda a los damnificados presidida por
Sarmiento.
Al concluir el mandato presidencial
del sanjuanino, en 1874, Mansilla trabajó
intensamente a favor de la candidatura de su
amigo, el tucumano Nicolás Avellaneda, que se
impondrá como todos sus predecesores gracias al
fraude electoral. Mitre, su principal oponente
denunciará el hecho e intentará dar un golpe
cívico militar. Mansilla se hizo cargo del Estado
Mayor del Ejército de Reserva y se unió a las
fuerzas leales que derrotaron a los mitristas.
En 1876 fue electo diputado.
Permaneció en su banca durante un año, pero su
espíritu inquieto lo llevó a solicitarle a
Avellaneda la gobernación del Chaco. ¿Por qué el
Chaco? Mansilla tenía informaciones sobre
importantes yacimientos de oro en el Paraguay.
Formó junto a un grupo de amigos una empresa, e
intentó manejar sus negocios auríferos desde la
gobernación más cercana. El proyecto fue todo un
fracaso y Lucio, decepcionado, vendió sus
acciones, renunció a la gobernación y se marchó a
Europa donde permaneció hasta 1880 cuando regresó
para apoyar la candidatura presidencial de Julio
A. Roca. A poco de llegar se enfrentó a duelo de
pistolas con un contrincante político, Pantaleón
Gómez, a quien mató de un balazo al corazón. A
poco de asumir, Roca envía a Mansilla a Europa
para promover la inmigración y una misión militar
secreta.
Regresó en 1885 y fue electo
diputado nacional. Comenzó su mandato como tibio
opositor a Roca y fue evolucionando hacia el
Juarismo. En 1890 era vicepresidente primero de la
Cámara de Diputados sin abandonar su carrera
militar llegando al grado de general de división.
En 1894, después de varias decepciones políticas,
Mansilla se vuelca a la literatura, escribiendo
una de sus obras más memorables: Retratos y
recuerdos, prologada por el general Roca. Al
año siguiente partió nuevamente a Europa,
comisionado para estudiar la organización militar
de varios países; realizará innumerables viajes,
generalmente vinculados a misiones diplomáticas.
En 1898 conoce a quien sería su
segunda esposa, Mónica Torromé, hija de una rica
familia de San Nicolás, establecida desde 1869 en
Londres. Mansilla tenía el doble de años que su
prometida, pero a Mónica el detalle pareció no
importarle y la boda se concretó en febrero de
1899 en Londres, con toda la pompa.
En 1900 fue nombrado ministro
plenipotenciario ante las cortes de Alemania,
Austria-Hungría y Rusia. La tarea diplomática no
lo alejó del periodismo, colaborando con
frecuencia con El Diario de Buenos Aires.
En 1903 publica En vísperas, un ensayo
sociológico sobre la Argentina y en 1904 Mis
Memorias y Rosas, una excelente
biografía de su tío a la que subtitula como
ensayo psicológico-histórico-político.
A partir de 1906 se radicó en
París. Frecuentaba la Sorbona y seguía siendo un
lector atento e incansable. Murió poco antes de
cumplir los ochenta y dos años en su departamento
de la Rue Víctor Hugo, el 8 de octubre de 1913.
Los diarios de Buenos Aires le dedicaron extensas
necrológicas y Le Figaró de París le dedicó
una de sus páginas.
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UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES - CAPÍTULO V |
El fogón. Calixto Oyarzábal.
El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por
qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y
Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez.
Su con-ducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista
con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista
después del combate. El cabo Gómez muerto.
El fogón es la delicia del pobre soldado,
después de la fatiga. Alrededor de sus resplandores
desaparecen las jerarquías militares. Jefes superiores y
oficiales subalternos conversan fraternalmente y ríen a
sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero
y el asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en
cuando, su cuchara en la charla general, apoyando o
contradiciendo a sus jefes y oficiales, diciendo alguna
agudeza o alguna patochada.
Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente,
dejó la palabra con sentimiento de los que le escuchaban,
pues es un pillo de siete suelas, capaz de hacer reír a
carcajadas a un inglés, pidiéronme mis circunstantes mi
cuentito.
Yo estaba de buen humor, así fue que
después de dirigirle algunas bromas a Calixto, que con su
aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una revolución en las
provincias, para que veas lo que es el país, tomé a mi
turno la palabra.
Y este cuento me permitirás que se lo
dedique a un amigo que ha hecho la guerra en el Paraguay
como oficial de un batallón de Guardia Nacional.
Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero,
me permitirás no te haga la pintura de su carácter y
cualidades; porque los colores de la paleta del cariño son
siempre lisonjeros y sospechosos.
Voy a mi cuento.
El cabo Gómez era un correntino que se
quedó en Buenos Aires cuando la primera invasión de
Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de Rosas.
Tendría Gómez así como unos treinta y cinco
años; era alto, fornido, y columpiábase con cierta gracia
al caminar; su tez era entre blanca y amarilla, tenía ese
tinte peculiar a las razas tropicales; hablaba con la
tonada guaranítica, mezclando, como es costumbre entre los
correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y
la tercera persona; en una palabra, era un tipo varonil
simpático.
Marchó Gómez a la guerra del Paraguay, en
el Primer Batallón del Primer Regimiento de G. N. que
salió de Buenos Aires bajo las órdenes del Coman-dante
Cobo, si mal no recuerdo, y perteneció a la compañía de
granaderos.
El capitán de ésta era otro amigo mío, José
Ignacio Garmendia, que después de haber hecho con
distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora por
Entre Ríos al mando de un batallón.
Un día leíase en la Orden General del 29
Cuerpo de Ejército del Paraguay, al que yo pertenecía:
"Destínase por insubordinación, por el término de cuatro
años, a un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel
Gómez".
Más tarde presentose un oficial en el
reducto que yo mandaba, que lo guarnecía el batallón 12 de
línea, creado y disciplinado por mí, con esta orden:
"Vengo a entregar a usted una alta personal".
Llamé a un ayudante y la alta personal fue
recibida y conducida a la Guardia de Prevención.
Luego que me desocupé de ciertos
quehaceres, hice traer a mi presencia al nuevo destinado
para conocerle e interrogarle sobre su falta, amonestarle,
cartabonearle y ver a qué compañía había de ir.
Era Gómez, y por su talla esbelta fue a la
compañía de granaderos.
José Ignacio Garmendia comía frecuentemente
conmigo en el Paraguay, así era que después de la lista de
tarde casi siempre se le hallaba en mi reducto, junto con
otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta,
aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona
del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado
talento de recomendar de vez en cuando a las personas que
más estima, unos tipos que no tardan en mostrar sus malas
mañas.
¡Cosas de Maximio Alcorta!
La misma tarde que destinaron a Gómez,
Garmendia comió conmigo.
Durante la charla de la mesa —ya que en
campaña a un tronco de yatay se llama así— me dijo que
Gómez había sido cabo de su compañía: que era un buen
hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta
era efecto de una borrachera.
Me añadió que cuando Gómez se embriagaba,
perdía la cabeza, hasta el extremo de ponerse frenético si
le contradecían, y que en ese estado lo mejor era tratarlo
con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con el
mejor éxito.
En una palabra, Garmendia me lo recomendó
con esa vehemencia propia de los corazones calientes, que
así es el suyo, y por eso cuantos le tratan con intimidad
le quieren.
La varonil figura de Gómez y las
recomendaciones de Garmendia predis-pusieron desde luego mi
ánimo en favor del nuevo destinado.
A mi turno, pues, se lo recomendé al
capitán de la compañía de granaderos, diciéndole todo lo
que me había prevenido Garmendia.
El tiempo corrió...
Gómez cumplía estrictamente sus
obligaciones, circunspecto y callado, con nadie se metía,
a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los
soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le
buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual
agudeza correntina.
En ese tiempo yo era mayor y jefe interino
del batallón 12 de línea. Todos los sábados pasaba
personalmente una revista general.
Me parece que lo estoy viendo a Gómez, en
las filas, cuadrado a plomo, inmóvil como una estatua,
serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su
correaje lustroso, con todo su equipo tan aseado que daba
gusto.
Gómez no tardó en volver a ser cabo.
Habrían pasado cinco meses.
Un día, paseábame yo a lo largo de la
sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa
carreta.
Esto era en el célebre campamento de Tuyutí,
allá por el mes de agosto.
¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora!
Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son los dos
grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan
sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida me
sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
Di media vuelta, y como a unos seis pasos a
retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia
militar, doblándose para adelante, para atrás, a derecha e
izquierda así como amenazando perder su centro de
gravedad.
Sus ojos brillaban con un fuego que no les
había visto jamás.
En el acto conocí que estaba ebrio.
Era la primera vez desde que había entrado
en el batallón.
Por cariño y por las prevenciones que me
había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así:
—¿Qué quiere, amigo?
—Aquí te vengo a ver, che Comandante, pa
que me des licencia usted.
—¿Y para qué quieres licencia?
—Para ir a Itapirú a visitar a una
hermanita que me vino de la Esquina.
—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.
—No, che Comandante, no tengo nada.
—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré
la licencia, ¿no te parece?
—Sí, sí.
Y esto diciendo, y haciendo un gran
esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer
como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y
se retiró.
Pasó ese día, o mejor dicho llegó la tarde,
y junto con ella Garmendia.
Contele que Gómez se había embriagado por
primera vez, y me dijo que debía haberlo hecho para perder
el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su
batallón así solía hacer algunas veces.
Como él y yo nos interesábamos en el
hombre, sobre tablas entramos a averiguar cuánto tiempo
hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.
Llamé al capitán de granaderos, le hicimos
varias preguntas y de ellas resultó exactamente lo que me
acababa de decir Garmendia: que Gómez había tomado para
atreverse a llegar hasta mí.
Empezando por el sargento primero de su
compañía y acabando por el capitán, a todos los que debía
les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en
perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían
concedido.
Al otro día de este incidente, Gómez estaba
ya bueno de la cabeza. Iba a llamarlo, mas entraba de
guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.
Terminado su servicio, le llamé, y
recordándole que tres días antes me había pedido una
licencia, le pregunté si ya no la quería.
Su contestación fue callarse y ponerse rojo
de vergüenza.
—¿Por cuántos días quiere Ud. licencia,
cabo? —Por dos días, mi Comandante.
—Está bien; vaya Ud., y pasado mañana, al
toque de asamblea, está Ud. aquí.
—Está bien, mi Comandante.
Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y
más tarde se puso en marcha para Itapirú, y a los dos
días, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo
Gómez entraba en el, reducto, de regreso de visitar a su
hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de
tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus
hermanos de armas.
Yo también tuve mi parte, tocándome un
excelente queso de Goya, que me mandaba su hermana, a
quien no conocía.
¡En el mundo no hay nada más bueno, más
puro, más generoso que un soldado!
El tiempo siguió corriendo.
Marchamos de los campos de Tuyutí a los de
Curuzú para dar el famoso asalto de Curupaití.
Llegó el memorable día, y tarde ya, mi
batallón recibió orden de avanzar sobre las trincheras.
Se cumplió con lo ordenado.
Aquello fue un infierno de fuego. El que no
caía muerto, caía herido y el que sobrevivía a sus
compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes
llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel
cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos
como envueltos en un trueno prolongado porque las
detonaciones del cañón no cesaban.
A los cinco minutos de estar mi batallón en
el fuego sus pérdidas eran ya serias: muchos muertos y
heridos yacían envueltos en sangre, intrépidamente
derramada por la bandera de la patria.
Recorriendo de un extremo al otro hallé al
cabo Gómez, herido en una rodilla, pero haciendo fuego
hincado.
—Retírese, cabo —le dije.
—No, mi Comandante —me contestó—, todavía
estoy bueno— y siguió cargando su fusil y yo mi camino.
Al regresar de la extrema derecha del
batallón a la izquierda, volví a pasar por donde estaba
Gómez.
Ya no hacía fuego hincado, sino echado de
barriga, porque acababa de recibir otro balazo en la otra
pierna.
—Pero, cabo, retírese, hombre, se lo ordeno
—dije.
—Cuando Ud. se retire, mi Comandante, me
retiraré repuso, y echando un voto, agregó:
¡paraguayos,
ahora verán!
Y ebrio con el olor de la pólvora y de la
sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la rapidez del
rayo, como si estuviese ileso.
Aquel hombre era bravo y sereno como un
león.
Ordené a algunos heridos leves que se
retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la
izquierda.
El asalto se prolongaba...
Yendo yo con una orden, recibí un casco de
metralla en un hombro, y no volví al fuego de la
trinchera.
Pocos minutos después, el ejército se
retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero
cubierto de gloria.
Para pasar el parte, fue menester averiguar
la suerte que le había cabido a cada uno de los
compañeros.
Esta ceremonia militar es una de las más
tristes.
Es una revista en que los vivos contestan
por los muertos, los sanos por los heridos.
¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho
después de un combate, durante ese acto solemne?
—¡Juan Paredes!
—¡Presente!...
—¡Pedro Torres!
—¡Herido! ...
—¡Luis Corro!
—¡Muerto! ...
¡Ah! ese “¡muerto!" hace un efecto que es
necesario sentirlo para comprender toda su amargura.
Según la revista que se pasó en el 12 de
línea por el teniente primero D. Juan Pencienati que fue
el oficial más caracterizado que regresó sano y salvo del
asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se
tomaron, conforme a la práctica, resultó que el cabo Gómez
había muerto y por muerto se le dio.
En la visita que se mandó pasar a los
hospitales de sangre no se halló al cabo Gómez.
Para mí no cabía duda de que Gómez, si no
había muerto, había caído prisionero herido.
Los soldados decían:
—No, señor, el cabo Gómez ha muerto.
Nosotros le hemos visto echado boca abajo al retirarnos de
la trinchera con la bandera.
Yo sentía la muerte de todos mis soldados
como se siente la separación eterna de objetos queridos.
Pero, lo confieso, sobre todos los soldados
que sucumbieron en esa jornada de recuerdo imperecedero,
el que más echaba de menos era el cabo Gómez.
La actitud de ese hombre obscuro, tendido
de barriga, herido en las dos piernas y haciendo fuego con
el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa en mí con
indelebles caracteres.
Esta visión no se borrará jamás de mi
memoria. Perderé el recuerdo de ella cuando los años me
hayan hecho olvidar todo.
Y por hoy termino aquí, y mañana proseguiré
mi cuento.
Hoy te he narrado sencillamente la muerte
de un vivo.
Mañana te contaré la vida de un muerto.
Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana
también te interesará.
A los del fogón que me escucharon les
sucedió así.
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