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GEORGES SIMENON

Georges Joseph Christian Simenon
(1903 / 1989), escritor belga de lengua francesa,
nació en Lieja el 13 de febrero de 1903. Su
antepasado Gabriel Brühl, campesino y criminal,
tal vez haya impulsado a su personaje, comisario
Maigret, a interesarse en gente simple y criminal.
Abandona los
estudios (1918) y se emplea como reportero de
La Gazette de Liège tomando contacto con el
mundo marginal. Se interesa en los casos
policiales y se instruye en procedimientos
científico policiales.
Au pont des Arches
(1919) es su primera novela. Hasta 1922 publica
800 columnas humorísticas y conoce la sordidez de
la noche (prostitución, ebriedad), alternando con
bohemios, anarquistas y el submundo del alcohol y
las drogas.
Se casa con Régine
Renchon (1923) y reside en París donde descubre la
gran ciudad. En 1928 descubre la navegación y vive
hasta 1931 en un barco que se hace construir.
En Pedro El
letón (1929) nace el célebre comisario Maigret.
Viaja (1932/35) alrededor del mundo. En sus
reportajes conoce numerosos personajes y se
zambulle en la sexualidad de mujeres de todas las
latitudes. Joséphine Baker, entre otras fue su
amante.
Nace su primer hijo
(1939). André Gide, con quien se escribe, fue de
los primeros en reconocer su talento. Acusado de
colaborar con los nazis viaja a EEUU (1945) y
conoce a su segunda esposa, Denise Ouimet. De la
tumultuosa relación nace Mary-Jo.
Regresa a Europa y
se afinca en Lausana, Suiza (1957). Preside el
festival de Cannes (1960) que premia La doce
vita, (¿la suya?). Escribe Memorias Íntimas
(1981), una autobiografía de 21 volúmenes y se
vincula con Teresa Sburelin hasta su muerte.
Más de 200 novelas,
más de 500 millones de ejemplares, 1800 lugares
del mundo mencionados, alrededor de 9000
personajes, traducido a 55 lenguas. Todo ha sido
abundante, aún las treinta mil mujeres con quien
dice haber hecho el amor.
Sus intrigas
simples tienen el encanto de un juego limpio y
humano. Su célebre comisario transita los límites
de su propia lógica para resolver las intrigas.
Los escenarios abundan en sensaciones (formas,
colores, olores, sabores, sonidos, etc.).
Algunos títulos:
El asesino del canal (1931), La sombra
chinesca (1932), Maigret (1934),
Liberty bar (1937), La casa del juez
(1940), Maigret se enfada (1945),
Maigret y su muerto (1947), Maigret se
equivoca (1953), Maigret viaja (1957) y
muchos más.
Murió en Lausana el
4 de setiembre de 1989.
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El peligro
más grande, en esta clase de asuntos, es llegar a
hastiarse. El "plantón", como se dice, duraba ya doce
días; el inspector Janvier y el brigadier Lucas se
relevaban con una paciencia incansable, pero Maigret había
tomado a su cuenta un buen centenar de horas porque él
solo, en suma, sabía quizá a dónde quería llegar.
Aquella
mañana, Lucas le había telefoneado desde el bulevar de
Batignolles:
—Los
pájaros tienen aspecto de querer volar... La mujer del
cuarto acaba de decirme que están cerrando sus maletas...
A las
ocho, Maigret estaba de guardia en un taxi, no lejos del
hotel Beauséjour, con una maleta a sus pies.
Llovía.
Era domingo. A las ocho y cuarto la pareja salía del hotel
con tres maletas y llamaba un taxi. A las ocho y media,
éste se detenía ante una cervecería de la estación del
Norte, frente al gran reloj. Maigret bajaba también de su
coche y, sin esconderse, se sentaba en la terraza, en un
velador contiguo al de sus "pájaros".
No sólo
llovía, sino que hacía frío. La pareja se había instalado
cerca de un brasero. Cuando el hombre distinguió al
comisario, a su pesar, hizo un movimiento con la mano
hacia su sombrero hongo y, sin embargo, su compañera
apretaba más contra ella su abrigo de pieles.
—¡Un
ponche, camarero!
Los demás
también tomaban ponche y los que pasaban les rozaban. El
camarero iba y venía. La vida de un domingo por la mañana
alrededor de una gran estación continuaba como si no
estuviese en juego la cabeza de un hombre.
La aguja,
por su parte, avanzaba a sacudidas por el cuadrante del
reloj y, a las nueve, la pareja se levantó, se dirigió
hacia una ventanilla.
—Dos de
ida en segunda a Bruselas...
—Segunda
simple a Bruselas —dijo Maigret como un eco.
Luego los
andenes atestados, el rápido en el que había que encontrar
sitio, un compartimiento, en la cabeza, cerca de la
máquina, en donde por fin la pareja se acomodó y en donde
el comisario colocó su maleta en la red. La gente se
abrazaba. El joven del sombrero hongo bajó para comprar
periódicos y volvió con un paquete de semanarios y
revistas ilustradas.
Era el
rápido de Berlín. Había una gran algarabía. Se hablaban
todas las lenguas. Una vez el tren en marcha, el joven,
sin quitarse los guantes, empezó a leer un periódico
mientras que su compañera, que parecía tener frío, ponía
con gesto instintivo su mano sobre la de su compañero.
—¿Hay
vagón restaurante? —preguntó alguien.
—¡Creo que
después de la frontera! —contestó otra persona.
—¿Se para
en la aduana?
—No. La
inspección tiene lugar en el tren, a partir de Saint-Quentin...
Los
arrabales, luego bosques hasta donde alcanzaba la vista;
después Compiègne, en donde no se detuvo más que el tiempo
de la parada.
El joven,
de tanto en tanto, levantaba los ojos de su periódico y su
mirada recorría el plácido rostro de Maigret.
Estaba
cansado, era cierto. Maigret, que también echaba las
mismas ojeadas furtivas, lo encontraba más pálido que los
demás días, todavía más nervioso, más crispado, y hubiera
jurado que sería incapaz de decirle lo que leía desde
hacía una hora.
—¿No
tienes hambre? —preguntó la joven.
—No...
Fumaba
cigarrillos y pipas. Estaba oscuro. Las aldeas dejaban ver
calles mojadas y vacías, iglesias en las que tal vez se
decía la misa mayor.
Y Maigret
tampoco intentaba volver a sopesar los hechos uno a uno,
precisamente por temor al hastío, porque después de dos
semanas y media sólo pensaba en aquel asunto.
El joven,
frente a él, iba vestido sobriamente, más como un inglés
que como un parisino: traje gris hierro, abrigo gris sin
botones aparentes, sombrero hongo y, para completar el
conjunto, un paraguas que había colocado en la red
inferior.
Si se
hubiese pronunciado su nombre en el compartimiento, todo
el mundo hubiese temblado, porque, entre los periódicos
diseminados sobre las rodillas, la mitad por lo menos
hablaban todavía de él.
Un bonito nombre: Jehan d'Oulmont.
Una
excelente familia belga, varias veces representada en la
Historia. Jehan d'Oulmont era rubio; tenía los rasgos
bastante finos, pero la piel, demasiado sensible,
enrojecía con facilidad, y los rasgos fácilmente agitados
por tics nerviosos.
Por dos
veces Maigret lo había tenido frente a él, en su despacho
de la Policía Judicial y, por dos veces, durante horas,
había intentado en vano hacer doblegar al joven.
—¿Admite
que desde hace dos años es la desesperación de su familia?
—¡Eso le
importa a mi familia!
—Después
de haber iniciado sus estudios de Derecho, lo han echado
de la Universidad de Lovaina por notoria mala conducta.
—Vivía con
una mujer...
—¡Perdón!
Con una mujer a la que un negociante de Anvers mantenía...
—¡El
detalle carece de importancia!
—Maldecido
por su familia, vino a París... Se le ha visto sobre todo
en las carreras y en los locales nocturnos... Se hacía
llamar Conde d'Oulmont, título al que no tiene derecho...
—Hay
gentes a las que esto les gusta...
Siempre la
misma sangre fría, a despecho de una palidez enfermiza.
—Conoció a
Sonia Lipchitz y no ignoraba nada de su pasado...
—No me
permito juzgar el pasado de una mujer...
—A los
veintitrés años, Sonia Lipchitz ya ha tenido numerosos
protectores... El último le dejó una cierta fortuna que
ella ha dilapidado en menos de dos años...
—Lo que
prueba que no soy interesado, porque, en ese caso, habría
llegado demasiado tarde...
—No ignora
que su tío, el conde Adalbert d'Oulmont —se tiene, en su
familia, gusto por los nombres originales—, no ignora,
digo, que bajaba cada mes a París por algunos días, en el
hotel del Louvre...
—Para
vengarse de la vida austera que se cree obligado a llevar
en Bruselas...
—¡Sea!...
Su tío, antiguo cliente acostumbrado al hotel, reservaba
siempre el mismo apartamento, el 318... Cada mañana
montaba a caballo, en el Bois, almorzaba a continuación en
un cabaret de moda y luego se encerraba en su apartamento
hasta las cinco...
—¡Debía
necesitar reposo! —replicaba cínicamente el joven— ¡A su
edad!...
—A las
cinco hacía subir al peluquero y a la manicura y...
—Y
frecuentaba a continuación, hasta las dos de la mañana,
los lugares en los que se encuentran mujeres hermosas...
—Todavía
exacto...
Porque si
el conde d'Oulmont, en cierta época de su vida, había sido
un diplomático distinguido, era forzoso admitir que con la
edad se había identificado poco a poco con el repertorio
de viejos verdes y que no le faltaba ni la peluca.
—Siempre
se ha dicho...
—Y le
ayudó varias veces con sus subsidios...
—Y con sus
lecciones de moral... Una cosa compensa la otra...
—Dos días
antes del drama, en un bar de los Champs Elysées, usted le
presentó a su amante Sonia Lipchitz...
—Como
usted le hubiese presentado a su mujer...
—¡Perdón!
Tomaron el aperitivo los tres y luego, bajo el pretexto de
una cita de negocios, usted los dejó solos... En este
momento, usted estaba, usted y Sonia, como se dice, a dos
velas. Después de haber vivido largo tiempo en el hotel
Berry, cerca de los Champs Elysées, en donde dejó a una
ardiente coqueta, cuesta verle ahora yendo a parar a un
hotel más que modesto del bulevar Batignolles...
—¿Me lo
reprocha?
—Hay que
creer que Sonia no le gustó a su tío, que la dejó
inmediatamente después de cenar para ir a un pequeño
teatro...
—¿Otro
reproche?
—Dos días
después, el viernes, hacia las tres y media, el conde
d'Oulmont era asesinado en su apartamento, en donde, como
de costumbre, echaba la siesta... Según el dictamen del
forense, fue abatido por un golpe violento propinado por
medio de un tubo de plomo o una barra de hierro...
—Ya he
sido registrado... —contestó socarronamente el joven.
—¡Lo sé! E
incluso tenía una coartada. Me enseñó, al día siguiente,
su carné de apuestas, porque usted es un aficionado a las
carreras... La tarde de la muerte, estaba en Longchamp y
apostó a dos caballos en cada carrera... Boletos de la
Mutua, encontrados en su abrigo, lo han establecido así y
camaradas suyos lo vieron una o dos veces en el transcurso
de la tarde...
—Ve usted.
—Lo que no
impide que hubiese tenido tiempo, en el curso de la
reunión, de subir a un taxi y llegar hasta su tío...
—¿Alguien
me vio?
—Conoce lo
bastante el hotel del Louvre para saber que no se presta
atención a las idas y venidas de los clientes
habituales... Sin embargo, un botones cree acordarse...
—¿No le
parece que es demasiado vago?
—Una suma
de treinta y dos mil francos en billetes franceses le fue
robada a su tío.
—¡De
tenerlos, hubiera tenido tiempo de pasar la frontera!
—También
lo sé. No se encontró nada en su hotel. ¡Mejor! Dos días
más tarde, su amante empeñaba sus dos últimos anillos en
el Crédito Municipal y usted vive ahora de los cinco mil
francos que ella recibió a cambio...
—¡Por lo
tanto...!
¡Ése era
todo el asunto! Dicho de otra manera, casi el crimen
perfecto. La coartada era de las que no se pueden
contradecir con éxito. Habían visto a Jehan en las
carreras aquella tarde. Pero, ¿a qué hora?
Había
jugado. Pero, en ciertas carreras, su amante había podido
jugar por él y no hay mucha distancia entre Longchamp y la
calle Rivoli.
¿Un tubo
de plomo, una masa de hierro? Todo el mundo puede
procurarse uno y desembarazarse de él sin dificultad. Y
todo el mundo, con un poco de habilidad, puede
introducirse en un gran hotel sin hacerse notar.
¿El golpe
de los anillos empeñados a los dos días? ¿El carné de
apuestas de d'Oulmont?
—Usted
mismo admite —decía este último— que mi buen tío recibía a
veces mujeres en su cuarto. ¿Por qué no busca por ese
lado?
Y,
lógicamente, no había ni una fisura en su razonamiento.
Tenía tan poco que, cuando se presentó en el Quai des
Orfevres, tras dos interrogatorios, y había manifestado el
deseo de volver a Bélgica, se había visto obligado, a
falta de elementos suficientes, a darle la autorización.
He aquí el
porqué, desde hacía doce días, Maigret empleaba su vieja
táctica: hacer seguir a su hombre paso a paso, minuto a
minuto, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana,
hacerlo seguir ostensiblemente a fin de que el hastío lo
delatara.
He aquí
por qué también, aquella mañana, había tomado sitio en el
compartimento, frente al joven que, al verle, había
esbozado un saludo y estaba obligado, durante horas, a
representar la comedia de la desenvoltura.
¡Crimen
vicioso! ¡Crimen sin excusa! ¡Crimen tanto más odioso en
cuanto que cometido por un pariente de la víctima, por un
muchacho instruido y sin taras aparentes! ¡Crimen a sangre
fría también! ¡Crimen casi científico!
Para los
jurados, esto se traduce por una cabeza que cae. Y aquella
cabeza, un poco pálida, cierto, apenas coloreada en los
pómulos, se levantó para la inspección aduanera.
Faltó poco
para que hubiese protestas en el compartimento. Maigret
había dado órdenes por teléfono y, para la pareja, el
registro fue minucioso, tan minucioso que se hacía
indiscreto.
Resultado:
¡nada! Jehan d'Oulmont sonreía con su pálida sonrisa.
Sonreía a Maigret. Sabía que era su enemigo. Se percataba
también de que era una guerra de usura, pero una guerra en
la que su cabeza estaba en juego.
Uno lo
sabía todo: el asesino. Cuándo, cómo, en qué minuto, en
qué circunstancias había sido cometido el crimen.
Pero el
otro, Maigret, que fumaba su pipa, a despecho de los
gemidos de su vecina, a la que molestaba el tabaco, ¿qué
sabía? ¿Qué había descubierto?
¡Guerra de
agotamiento, sí! Pasada la frontera, Maigret carecía del
derecho de intervenir y se acababan de divisar los
primeros caseríos de Borinage.
Entonces,
¿por qué estaba allí? ¿Por qué se obstinaba? ¿Por qué en
el vagón restaurante, adonde la pareja iba a tomar el
aperitivo, se instalaba en la misma mesa, amenazador y
silencioso?
¿Por qué
en Bruselas iba al Palace, en donde Jehan d'Oulmont y su
amante tomaban un apartamento?
¿Había
descubierto Maigret una fisura en la coartada? ¿Había
olvidado Jehan d'Oulmont algún detalle que lo había
traicionado?
¡Claro que
no! En ese caso, lo hubiese arrestado en Francia, lo
hubiese entregado a los tribunales franceses, lo que
significaba, sin dudas, la pena de muerte...
Y Maigret,
en el Palace, ocupaba la habitación contigua. Maigret
dejaba su puerta abierta, bajaba detrás de la pareja al
restaurante, paseaba tras ellos a lo largo de los
escaparates de la calle Neuve, entraba en la misma
cervecería, siempre obstinado y tranquilo en apariencia.
Sonia
estaba casi tan febril como su compañero. Al día siguiente
no se levantó hasta las dos y la pareja almorzó en su
habitación. Y oían el sonido del teléfono, porque Maigret
encargaba el almuerzo.
Un día...
Dos días... Los cinco mil francos debían acabarse...
Maigret seguía allí, con la pipa en la boca, las manos en
los bolsillos, sombrío y paciente.
Pero ¿qué
sabía? ¿Quién hubiera podido decir lo que sabía?
¡En verdad
Maigret no sabía nada! Maigret "sentía". Maigret estaba
seguro del caso, hubiera apostado su apellido a que tenía
razón. Pero en vano había dado vueltas cien veces al
problema en su cabeza, había interrogado a los choferes de
París y en particular a los especialistas en carreras.
—¡Ya sabe!
Vemos tanto... ¿Tal vez...? —le contestaban
Tanto más
ya que Jehan d'Oulmont no tenía nada de particular, y las
personas a las que enseñaba su fotografía reconocían
inmediatamente... a algún otro.
El olfato
no bastaba. La convicción tampoco. La Justicia exige una
prueba y Maigret seguía buscando sin saber quién se
cansaría primero. Paseó tras la pareja por el Jardín
Botánico. Asistió a veladas de cine. Comió y cenó en
excelentes cervecerías, como le gustaba, y se atiborró de
cerveza.
A la
lluvia la había reemplazado una especie de nieve fundida.
El martes, calculaba el comisario, apenas les quedaban
trescientos francos belgas a sus víctimas y tal vez, se
dijo, tendrían que echar mano del "tesoro escondido".
Era una
vida agotadora y, por la noche, tenía que despertarse al
menor ruido producido en la vecina habitación. Pero seguía
como esos perros que, tumbados en el suelo, se dejan
aplastar antes que retroceder.
La gente,
a su alrededor, continuaba sin darse cuenta de nada. Se
servía al pálido Jehan d'Oulmont como a un cliente
cualquiera sin percatarse de que su cabeza no estaba muy
segura sobre sus hombros. En una casa de baile alguien
invitó a Sonia; luego desapareció, la volvió a invitar una
hora más tarde y jugó tercamente con su bolso. Ese
alguien, que parecía un joven de buena familia, hizo de
lejos una señal de amistad a d'Oulmont.
Era poca
cosa. Transcurría ya el tercer día en Bruselas. Sin
embargo, en aquel minuto, Maigret tuvo por fin la
esperanza de triunfar.
Lo que
hizo entonces era tan poco corriente en él que la señora
Maigret se hubiese quedado de una pieza. Se dirigió hacia
el bar de la boîte y se tomó varias copas en compañía de
mujeres que lo asaltaban; pareció divertirse mas allá de
los límites admitidos y acabó, casi vacilante, por invitar
a Sonia a bailar.
—¡Si puede
tenerse en pie! —dijo secamente.
Dejó su
bolso sobre la mesa, dirigió una ojeada a su amante, pero
éste a su vez salió a bailar con una de las señoras de la
casa.
En aquel
momento, mientras las dos parejas estaban mezcladas entre
las demás, bajo una luz anaranjada, ¿quién hubiera podido
prever lo que iba a pasar?
Maigret,
acabado el baile, no estaba solo. Un hombrecillo vestido
de negro lo acompañaba hasta la mesa de la pareja y era él
quien pronunciaba:
—¿Señor
Jehan d'Oulmont?... Sin ruido... Sin escándalo... Estoy
encargado por la Sûreté belga de detenerlo...
El bolso
seguía allí, sobre la mesa. Maigret parecía pensar en otra
cosa.
—¿Detenerme en virtud de qué?
—De una
orden de extradición...
Entonces
la mano de d'Oulmont alcanzó el bolso. Luego, de repente,
el joven se incorporó, apuntó sobre Maigret un revólver
y...
—He ahí
uno que no irá al paraíso —farfulló.
Una
detonación. Maigret seguía de pie, con las manos en los
bolsillos. Jehan, con el revólver en la mano, se asustaba.
Los bailarines huían. El habitual maremágnum...
—¿Comprende? —decía Maigret al jefe de la Sûreté de
Bruselas—. Yo carecía de pruebas. ¡Sólo tenía indicios! Y
lo sabía tan inteligente como yo... Que había matado a su
tío, yo era incapaz de demostrarlo. Y sin duda hubiese
escapado al castigo si...
—¿Si...?
—Si no
hubiese sido antiguo estudiante de Derecho y si la pena de
muerte hubiese existido realmente en Bélgica... Me
explico... En Francia, mató a su tío por necesidad de
dinero... Sabía que allí su cabeza estaba en juego...
Refugiado en Bruselas, está seguro de la extradición si el
crimen llega a ser probado... ¡Y yo continúo detrás de él!
Dicho de otra forma, tal vez tengo indicios o pruebas...
No tiene salvación...
"O más
bien sí... Una cosa puede salvarlo de la guillotina, una
cosa que ya salvó al asesino Danse... El que comete una
nueva muerte, antes de efectuarse la extradición, será
juzgado por la Justicia belga que no conoce la pena de
muerte, pero que lo enviará a la cárcel para el resto de
sus días...
"Este es
el dilema en el que he querido arrinconarlo siguiéndolo
paso a paso. Carecía de arma. El gesto de su amante, esta
noche, mientras la pareja estaba en las últimas, me ha
hecho ver que habían conseguido, gracias a la complicidad
de un antiguo camarada, procurarse una, que se encuentra
en el bolso.
"Durante
el baile, un agente ha cambiado el revólver cargado de
balas por uno cargado con salvas...
"Luego el
arresto...
"Jehan
d'Oulmont, asustado, que se juega la cabeza, prefiere
cadena perpetua en Bélgica y dispara...
"¿Comprende?"
¡Había
comprendido, sí! Había comprendido que un segundo crimen
salvaba la vida al asesino del anciano conde d'Oulmont.
Por lo
demás, la sonrisa sarcástica del joven proclamaba:
—¡Ya ve
como no tendrá mi cabeza!
—¡Su
cabeza, no! ¡Lo que no impide que ya no pueda hacer daño!
¡Y que,
por fin, Maigret tenía derecho a pensar en otra cosa!
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