| |
MARIO BENEDETTI

Mario Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, República Oriental del Uruguay. En 1945 integró la redacción del semanario Marcha, en 1949 publicó
Esta mañana, su primer libro de cuentos y un año más tarde, los poemas de
Sólo mientras tanto. Recién en 1953 apareció su primera novela,
Quien de nosotros , pero fue con el volumen de cuentos
Montevideanos (al que pertenece “Puntero izquierdo”), publicado en 1959, que tomó forma la concepción urbana de su obra narrativa.
Con
La tregua, que apareció en 1960, Benedetti adquirió trascendencia internacional. La novela tuvo más de un centenar de ediciones, fue traducida a diecinueve idiomas y llevada al teatro, la radio, la televisión y el cine. En 1973 debió abandonar su país por razones políticas, las etapas de su exilio fueron la Argentina, Perú, Cuba y España. Su vasta producción literaria abarca más de sesenta obras, entre las que se destacan la novela
Gracias por el
fuego (1965), el ensayo
El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974),
Con y sin nostalgias (1977) y
Viento del exilio (1981).
En 1987 recibió el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional por su novela
Primavera con una esquina rota.
Otros de sus libros son:
La borra del café (1992),
Perplejidades de fin de siglo (1993) y
El olvido está lleno de memoria (1995).
|
|
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene
un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron
la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de
una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi
adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa
suerte de faros de justificación por los que a veces los
horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún
modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de
resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna
resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá
eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más
apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de
nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para
ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue
donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con
oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde
la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la
cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas
parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a
saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien.
Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento,
con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su
pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi
mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera
dura, que devolviera mi inspección con una ojeada
minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi
vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero
contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la
penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su
oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las
respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína.
Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo.
Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para
Dios. También para el rostro de otros feos, de otros
espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La
verdad es que son algo así como espejos. A veces me
pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso
hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera
quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera
una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y
luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la
impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un
rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se
desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente,
quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de
asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas
para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente
sadismo de los que tienen un rostro corriente,
milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era
necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos
alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas
carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene
evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas
constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos
que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto
a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece
compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso
también me gustó) para sacar del bolso su espejito y
arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla
cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos
cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto
me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando
con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la
sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la
hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted
quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa
muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es
inteligente, y ella, a juzgar por su risa,
irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad,
¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele
como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche
íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me
vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo
sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió
súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome,
averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar
a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble
cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una
respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que
ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente
una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió
una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su
sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y
arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había
fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No
éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo
hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro,
encontró el surco de horror, y empezó una lenta,
convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos
(al principio un poco temblorosos, luego progresivamente
serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también
llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo
liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me
levanté y descorrí la cortina doble.
ir arriba
|