| |
CUENTO POPULAR CELTA

Había una vez... un
imaginario colectivo
Un elemento decisivo en la
conformación cultural de individuos y pueblos son los
cuentos tradicionales. Ésos que a los más afortunados nos
contaban de pequeños nuestras abuelas o madres y que en
las últimas décadas fueron suplantados y/o compensados
progresivamente por los dibujos animados y las
historietas. Historias de fantasía y heroísmo, con héroes
y villanos, brujas y hadas, animales parlanchines y
demonios perversos que imponen pruebas imposibles. Los
cuentos tradicionales dejan su marca tan indeleble como
transparente en la conciencia de los pueblos. Cada cultura
posee un imaginario que la define y a cada imaginario le
corresponden sus propias historias...
El texto que presentamos en esta primera entrega, pertenece a la tradición celta, una de las principales raíces de lo que llamamos “cultura occidental”.
Al hablar de “civilización celta” nos estamos refiriendo a una cultura conformada por distintas y heterogéneas familias que van desde los pictos hasta los celtíberos. En su apogeo los celtas ocuparon en Europa una enorme extensión territorial que limitaba al Oeste con el Atlántico, desde la Península Ibérica hasta las islas británicas; al Norte con el extremo interior de la gran llanura septentrional alemana y polaca; al Este con los Cárpatos y al Sur con el Mediterráneo, desde las costas catalanas y la vertiente norte de los Apeninos hasta los lindes meridionales del Danubio; sin que jamás tuvieran estos territorios unidad política alguna.
|
|
El
príncipe Llewelyn tenía un lebrel favorito llamado Gellert,
que le había sido dado por su suegro, el rey Juan. Era
manso como un cordero en casa, pero fiero como un león en
la caza. Un día, Llewelyn fue a cazar, e hizo sonar su
cuerno delante del castillo. Todos sus otros canes
acudieron a la llamada, pero Gellert no respondió a ella.
Así pues, el príncipe dio un toque de cuerno más fuerte y
llamó a Gellert por su nombre, pero con todo el lebrel no
acudió. Por fin, el príncipe Llewelyn no pudo esperar más
y salió a cazar sin Gellert. Aquel día, no tuvo mucha
caza, porque Gellert, el más veloz y valiente de sus
perros de caza, no estaba allí.
Volvió
furioso a su palacio, y al acercarse a la puerta, ¿a quién
vería sino a Gellert que se acercaba dando saltos para
recibirle? Pero cuando el perro llegó junto a él, el
príncipe se alarmó al ver que su boca y sus colmillos
goteaban sangre. El príncipe se hizo atrás, y el lebrel
se acurrucó a sus pies como sorprendido o asustado del
modo como su amo lo recibía.
El
príncipe Llewelyn tenía un hijito de un año de edad con el
que Gellert solía jugar, y un pensamiento terrible cruzó
por la mente del príncipe haciéndole precipitarse hacia
el cuarto de su hijo. Y a medida que se acercaba, más
sangre y desorden encontraba por las habitaciones. Se
precipitó al interior de la de su hijo, y encontró la
cuna volcada y manchada de sangre.
El
príncipe Llewelyn, cada vez más aterrorizado, buscó a su
hijo por todas partes. En ninguna lo pudo encontrar, pero
sí señales de algún terrible combate en el que mucha
sangre había sido derramada. Al final, se convenció de que
el perro había destrozado a su hijo, y gritándole a
Gellert: “Monstruo, has devorado a mi hijo”, sacó su
espada y la hundió en el costado del perro, que cayó con
un penetrante aullido y mirando aún a los ojos de su amo.
Mientras Gellert dejaba oír su grito de muerte, el lloro
de un niño respondió de debajo de la cuna, y allí encontró
Llewelyn a su hijo, ileso y recién despertado. Pero justo
a su lado yacía el cuerpo de un gran lobo flaco hecho
pedazos y cubierto de sangre. Demasiado tarde, Llewelyn
descubrió lo que había sucedido mientras él estaba fuera.
Gellen se había quedado a cuidar del niño y había dado
muerte a un lobo que había intentado despedazar al
heredero de Llewelyn.
En
vano fueron todos los lamentos de éste, pues no pudo
devolverle la vida a su fiel perro. Así que lo enterró
fuera de las murallas del castillo, a la vista de la gran
montaña de Snowdon, donde todo transeúnte pudiera ver su
sepultura, y levantó sobre ésta un gran cairn[1]
de piedras. Y hasta hoy este lugar se conoce como Beth
Gellert, la Tumba de GeIlert.
ir arriba
|