| |
RAFAEL DIESTE

Rafael Francisco
Antonio Olegario Dieste Gonçalves (1899/1981),
escritor y dramaturgo español nació en Rianxo,
Galicia. Integró la generación del 27 y escribió
en su idioma natal, el gallego y en español.
Ingresa a la
Escuela Normal de Compostela (1914) e interrumpe
sus estudios para viajar a México. De regreso
comienza a escribir debatiéndose entre su
dedicación a la causa gallega y su aspiración más
universal de agregarse a las letras españolas.
Durante la Guerra
Civil española (1936) integra la Alianza de
Intelectuales Antifascistas y colabora con la
revista Nova Galiza. También creó y dirigió
el teatro de guiñol de las Misiones Pedagógicas.
Fundó la revista Hora de España.
En el exilio
(1939), conoce Francia, Holanda, Uruguay y
Argentina, donde es director literario de varias
editoriales. Fue habitué del mítico Café Tortoni
de Buenos Aires.
Regresa a Europa
(1948) comisionado por el Museo de Artes Plásticas
de Montevideo, fue lector en español en Cambridge
(1950/2) y Monterrey (1954). Integra la Real
Academia Gallega (1970).
Nuevamente en Rianxo (1961), sus
colaboraciones periodísticas, conferencias y mesas
redondas se recopilaron en
Encontros e vieiro
(1990).
Obra en
gallego:
Dos arquivos do trasno
(relatos,
1926),
A fiestra valdeira
(teatro,1927),
A vontade de estilo na fala popular
(ensayo,
1975) y Viaxe
e fin de don Frontán (teatro,1982).
Algunas obras
en español: Rojo farol amante (único
poemario,
1933),
Historias e invenciones de Félix Muriel
(relatos,
1943) Viaje,
duelo y perdición (teatro,
1945), Nuevo
tratado del paralelismo (ensayo,
1955) Pequeña
clave ortográfica (ensayo,
1956), ¿Qué es
un axioma? (ensayo,
1967)
Testamento geométrico (ensayo,
1975), El alma
y el espejo (ensayo,
1981).
De Rianxo eran
también Castelao y Manoel Antonio, junto a Diesde,
esencia del ser gallego. Su letra maravillosa
conjuga fantasía, emoción y embrujo antes de ser
rebautizados como “realismo mágico”. Murió en
Santiago de Compostela en 1981.
|
|
|
ACERCA DE LA MUERTE DE BIEITO |
Fue cerca
del camposanto cuando sentí removerse dentro de la caja al
pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd yo era
uno). ¿Lo sentí o fue aprensión mía? Entonces no podría
asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan suave!... Como la tenaz
carcoma que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi
magín
enfervorizado aquel suave rebullir.
Pero es que yo, amigos míos, no estaba
seguro, y por tanto —comprendedme, escuchadme—, por tanto
no podía, no debía decir nada.
Imaginaos por un instante que yo hubiera
dicho:
—Bieito está vivo.
Todas las cabezas de los viejos que
portaban cirios se alzarían con un pasmado asombro. Todos
los chiquillos que iban extendiendo la palma de la mano
bajo el gotear de la cera, vendrían en remolino a mi
alrededor. Se apiñarían las mujeres junto al ataúd.
Resbalaría por todos los labios un murmullo sobrecogido,
insólito:
—¡Bieito está vivo! ¡Bieito está vivo!...
Callaría el lamento de la madre y de las
hermanas, y en seguida también, descompasándose, la
circunspecta marcha que plañía en los bronces de la
charanga. Y yo sería el gran revelador, el salvador, eje
de todos los asombros y de todas las gratitudes. Y el sol
en mi rostro cobraría una importancia imprevista.
¡Ah! ¿Y si entonces, al ser abierto el
ataúd, mi sospecha resultara falsa? Todo aquel magno
asombro se volvería inconmensurable y macabro ridículo.
Toda la anhelante gratitud de la madre y de las hermanas,
se convertiría en despecho. El martillo clavando de nuevo
la caja tendría un son siniestro y único en la tarde
atónita. ¿Comprendéis? Por eso no dije nada.
Hubo un
instante en que por el rostro de uno de los compañeros de
fúnebre carga pasó la leve insinuación de un sobresalto,
como si él también estuviese sintiendo el tenue rebullir.
Pero no fue más que un lampo
.
En seguida se serenó. Y no dije nada.
Hubo un instante en que casi me decido. Me
dirigí al de mi lado y, encubriendo la pregunta en una
sonrisa de humor, deslicé:
—¿Y si Bieito estuviese vivo?
El otro rió pícaramente como quien dice:
“Qué ocurrencias tenemos”, y yo amplié adrede mi falsa
sonrisa de broma.
También me encontré a punto de decirlo en
el camposanto, cuando ya habíamos posado la caja y el cura
rezongaba los réquienes.
“Cuando el cura acabe”, pensé. Pero el cura
terminó y la caja descendió al hoyo sin que yo pudiese
decir nada.
Cuando el primer terrón de tierra, besado
por un niño, golpeó dentro de la fosa contra las tablas
del ataúd, me subieron hasta la garganta las palabras
salvadoras... Estuvieron a punto de surgir. Pero entonces
acudió nuevamente a mi imaginación la casi seguridad del
horripilante ridículo, de la rabia de la familia
defraudada si Bieito se encontraba muerto y bien muerto.
Además de decirlo tan tarde acrecentaba el absurdo
desorbitadamente. ¿Cómo justificar no haberlo dicho antes?
¡Ya sé, ya sé, siempre se puede uno explicar! ¡Sí, sí. sí,
todo lo que queráis! Pues bien... ¿Y si hubiese muerto
después, después de sentirlo yo remecerse, como quizá se
pudiera adivinar por alguna señal? ¡Un crimen, sí, un
crimen el haberme callado! Oíd ya el griterío de la
gente...
—Pidió auxilio y no se lo dieron,
desgraciado...
—Él sentía llorar, se quiso levantar, no
pudo...
—Murió de espanto, le saltó el corazón al
sentirse bajar a la sepultura.
—¡Ahí lo tenéis, con la cara torcida por el
esfuerzo!
—¡Y ése que lo sabía, tan campante, ahí
sonriendo como un payaso!
—¿Es tonto o qué?
Todo el día, amigos míos, anduve loco de
remordimientos. Veía al pobre Bieito arañando las tablas
en ese espanto absoluto, más allá de todo consuelo y de
toda conformidad de los enterrados en vida. Llegó a
parecerme que todos leían en mis ojos adormilados y
lejanos la obsesión del delito.
Y allá por la alta noche —no lo pude
evitar— me fui camino del camposanto, con la solapa
subida, al arrimo de los muros.
Llegué. El cerco por un lado era bajo: una
piedras mal puestas sujetas por hiedras y zarzas. Lo salté
y fui derecho al lugar... Me eché en el suelo, arrimé la
oreja, y pronto lo que oí me heló la sangre. En el seno de
la tierra unas uñas desesperadas arañaban las tablas.
¿Arañaban? No sé, no sé. Allí cerca había una azada... Iba
ya hacia ella cuando quedé perplejo. Por el camino que
pasa junto al camposanto se sentían pasos y rumor de
habla. Venía gente. Entonces sí que sería absurda, loca,
mi presencia allí, a aquellas horas y con una azada en la
mano.
¿Iba a decir que lo había dejado enterrar
sabiendo que estaba vivo?
Y huí con la solapa subida, pegándome a los
muros.
La luna era llena y los perros ladraban a
lo lejos.
ir arriba
|