—Léalo
ahora —proclamaba el vendedor de periódicos ciego—.
¡Muchos están muriendo y muchos están muertos!
Wintner redujo la marcha y giró en la esquina, intentando
hallar un hueco. Pasó junto a una tienda de fotos, una
tintorería y lavandería, una papelería, un estacionamiento
de varios niveles que ocupaba la mitad de la manzana y, en
la siguiente esquina, la florería. Sintió una momentánea
desilusión al comprobar que desde su carril no podía ver
siquiera un atisbo de la joven que trabajaba allí; la
mayor parte de los días la veía en su trayecto de vuelta
desde la autopista, su rostro evolucionando entre las
flores, y la alegría de la visión, su precisión, parecían
acortar la distancia de su camino y hacían su carga algo
más fácil de soportar. De todos modos, era sábado,
recordó. Debía seguir adelante.
Tendría que dar otra vuelta.
Podía,
por supuesto, encontrar fácilmente estacionamiento en la
estructura municipal, pero a Laurie nunca le había gustado
tener que caminar todo aquel trecho desde la entrada de la
clínica.
¿Cuánto tiempo tardaría su esposa esta vez? ¿Diez minutos?
Más, pensó. Probablemente veinte, si las cosas iban como
siempre. O treinta.
Sólo
tengo que saber el resultado de los rayos X, le había
dicho. No me llevará mucho tiempo.
Dios,
esperaba que no. Sabía lo que pasaba con el tiempo cuando
la mente de ella se absorbía en algo.
Dio
otra vuelta a la manzana, justo en el momento en que un
Mustang negro se metía en un sitio libre frente al
edificio de la clínica. Gruñó y rechinó los dientes. Había
perdido la cuenta de las veces que había dado la vuelta a
la manzana. Giró su muñeca para mirar el reloj, pero no
podía recordar cuánto tiempo hacía que la había dejado.
Se
acercó a la esquina.
Empezaba a atardecer. Observó cómo los edificios habían
empezado a parecerse a cajas oblongas, hilera tras hilera,
colocados interminablemente, mientras las sombras llenaban
los umbrales de las puertas y descendían de los tejados.
Redujo a marcha lenta y observó que el coche estaba
avanzando realmente al paso de uno de los peatones, un
viejo de hombros encorvados que caminaba laboriosamente
por la acera de enfrente de la clínica. Wintner sintió un
estremecimiento, sin comprender realmente por qué, y
redujo aún más la velocidad.
Había
un estacionamiento para taxis junto al semáforo. Puso
punto muerto y se acercó al cordón. Apagó el motor, ajustó
el retrovisor de modo que pudiera verla cuando saliera, y
se quedó sentado escuchando los crujidos del motor a
medida que se iba enfriando.
Una
mujer policía pasó junto a su ventanilla abierta. Agitó su
casco y le hizo señas de que se fuera. Asintió. Cuando
volvió por segunda vez —cuarenta minutos más tarde—, puso
el coche en marcha, rebasó el cruce y condujo hasta que
encontró un lugar donde aparcar en la siguiente manzana.
—Lo
siento —dijo la enfermera—, pero no puedo encontrar
ninguna señora Winter. ¿Es ése el nombre? No la encuentro
aquí en el registro.
—Sólo
vino para saber el resultado de unas radiografías —le
ofreció una sonrisa, dirigió una intensa mirada a la
enfermera y desvió los ojos—. Hará como una hora.
—Bien,
espere un momento. Preguntaré a la otra chica.
Chica,
se repitió para sí mismo maravillado. Sólo las mujeres muy
jóvenes —y las de edad madura como aquélla— se llamaban a
sí mismas de esa manera. ¿Cuántos años más serían capaces
de continuar con aquello? ¿Hasta que sus rostros se
cuartearan y se convirtieran en polvo?
Wintner observó la sala de espera. Lisas y monótonas
paredes, un desordenado revistero lleno de revistas con
fundas de plástico, un florero lleno de apagadas flores
artificiales. Una interminable dosis de música enlatada
surgiendo de un altavoz oculto. Reflexionando, identificó
la selección como el tema de la película Doctor Zhivago.
Una
segunda enfermera apareció por detrás de la división de
cristal opaco.
—¿Señor? —dijo con un tono de voz preciso y controlado.
Como
una bibliotecaria, pensó.
—Su
esposa seguramente está con uno de los doctores. Es
probable que él haya querido estudiar los resultados con
ella. ¿Por qué no se sienta y aguarda un poco? Estoy
segura de que saldrá dentro de un minuto.
Había
una fría autoridad en su voz. Seguramente procedía de su
sentido de la territorialidad, pensó Wintner. O quizá
había sido bibliotecaria alguna vez, hacía mucho tiempo.
Podía presionarla, pero, ¿para qué preocuparse?
Indudablemente tenía razón. Además, hacía calor, estaba
cansado, y... lo dejó correr.
Se
volvió hacia la sala de espera. No agitó la cabeza. No
necesitaba codearse con la serie de pobres enfermos que
llenaban la habitación, no ahora. Evitó mirarlos. Una
lluvia permanente de consultas, chequeos y cosas por el
estilo, pensó. Suspiró y se encaminó hacia afuera, pasando
junto a una mujer de mejillas sonrosadas y sus dos niños
con cara de mono.
Había
una cervecería alemana al otro lado de la calle, apenas
identificable por un rótulo en letras góticas. Tomó
asiento en la barra, en un lugar desde donde podía
observar la fachada de la clínica.
Pidió
una jarra de Lowenbrau Negra y miró. Todavía ninguna señal
de Laurie.
Siguió
con otra Lowenbrau y, sorprendentemente, empezó a sentir
los efectos. Entonces recordó que aún no había comido
nada. Le parecía haber pasado todo el tiempo yendo de un
lado para otro, haciendo llamadas, apurando su agenda a
fin de poder recoger a Laurie antes de que la clínica
cerrara...
Cuando
se acercó de nuevo a la recepción, no pudo evitar darse
cuenta de lo sucia que estaba. La pintura aparecía
descascarada apenas cruzar la puerta; el estuco empezaba a
desprenderse en los bajos, formando montoncitos de polvo
finísimo que parecía producto de insectos roedores. Había
un aviso de apariencia oficial clavado en la puerta, algo
acerca de la Semana Nacional del Suicidio. No se detuvo a
leerlo.
Una
nueva enfermera, más joven que la anterior, alzó la vista.
El apoyó sus manos abiertas sobre el mostrador.
—¿Cómo
se encuentra usted hoy? —preguntó ella.
Sus
ojos le miraron, leyendo sus rasgos mientras alcanzaba un
formulario.
—Me
encuentro estupendamente —empezó él—. Se trata de mi
esposa. Sé que parece una locura, pero...
Le
contó lo que había ocurrido. Cuando terminó, ella dijo:
—Iré a
ver.
Observó mientras otra figura de blanco se materializaba
detrás del cristal opaco. Oyó a la primera enfermera
resumiendo su historia.
Su
conclusión fue:
—Pienso que tal vez debiera ver al doctor...
No
pudo captar el nombre.
La
otra enfermera, la cuarta que había visto, le examinó de
arriba abajo. Empezaba a sentirse como un hombre atrapado
sin documentos en un campo de nudistas.
La
mujer agitó secamente su cabeza de lado a lado. Casi pudo
oír un clic mental mientras ella llegaba a una decisión.
—No,
no lo creo —dijo, y luego a él—: Quizá haya venido de
incógnito.
—¿Qué?
—He
dicho que quizá ella haya venido de incógnito. ¿No lo cree
usted así?
—Es lo
que yo dije —murmuró la otra enfermera—. Pruebe a ver.
—¿Incógnito? —repitió él.
Parecía como si hubiera perdido algo. Repitió la palabra
mentalmente varias veces, hasta que perdió todo su
significado.
—Al
menos podría usted comprobarlo —dijo la primera enfermera
regresando a su silla, mientras la enfermera mayor
desaparecía tras la partición.
Sintió
deseos de echarse a reír. Abrió impotente las manos,
volviéndose para compartir la broma con cualquiera que
hubiera estado escuchando.
Pero
nadie prestaba la menor atención. Realmente, pensó, quizá
hubiera debido esperar allí desde el principio. Después de
todo, quizá no se había dado cuenta de su salida. ¿Quién
sabe?
Meneando la cabeza, regresó hacia la salida. Pasó junto a
la misma mujer con los dos niños. ¿Qué clase de lugar era
aquél? Aquellos chicos no parecían necesitar cuidado
alguno. Sus mejillas estaban llenas de color. ¿Qué
demonios estaban haciendo en aquel lugar?
Ella
no le aguardaba junto al coche.
El
cielo estaba oscureciéndose rápidamente. La calle adoptó
una apariencia hosca y vagamente amenazadora a medida que
las sombras se alargaban sobre el opaco y liso borde de la
acera bajo la inquietante asimetría de la arquitectura.
Viejas cornisas, remates y canalones se proyectaban como
dientes rotos cerca de los paneles de cristal,
convirtiendo a los edificios en algo extraño, inestable, a
punto de desmoronarse; cada paso que daba parecía amenazar
con derrumbarlo todo a su alrededor.
Se
detuvo junto a la cervecería alemana, intentando
recomponer su actitud. Se sentía como alguien esperando un
tren, uno del que no sabía siquiera si iba a parar en su
estación.
Vio
solamente a algunos peatones dispersos por la calle.
Incluso el tráfico había disminuido hasta hacerse casi
invisible. Pero era consciente de una pared de sonido casi
física, procedente de otra parte de la ciudad. Se volvió
hacia el ventanal del restorán y entró. Los rostros
agrupados en la barra eran viejos. Todos ellos. Podía
tratarse de una ilusión provocada por el espejo sin
limpiar, pero no lo creía así.
Un
rostro en particular le resultaba extrañamente familiar.
De
pronto estuvo seguro. Sí, había visto a aquel hombre en la
sala de espera, sentado calmadamente con los demás,
leyendo una revista o... No, estaba mirando al suelo...
Wintner recordó. La gente en la sala. Todos mirando al
suelo. Esperando.
Sólo
que no era exactamente el mismo hombre. Wintner parecía
recordarlo más joven, más saludable.
Captó
su propio reflejo en el sucio espejo y contuvo la
respiración. Se sintió sorprendentemente aliviado.
Su
propio rostro, al menos, era aproximadamente tal como lo
recordaba.
Mientras cruzaba la calle hacia la clínica comprobó las
tiendas de ambos lados. Todas eran destartaladas,
ruinosas. La mayoría de ellas estaban ya cerradas para la
noche. De todos modos, ninguna pertenecía al tipo de las
que Laurie acostumbraba a entrar.
Creyó
ver una silueta deslizándose fuera de su ángulo de visión.
Fue el único movimiento en toda la acera. No pudo
dilucidar de qué se trataba. Quizá fuese uno de los
propietarios de las tiendas cerrando su negocio y
marchándose a casa, pero por un segundo casi reconoció el
modo de andar.
El
tirador de la puerta casi se le quedó entre las manos.
Una
pareja de viejos se cruzó con él camino de la salida,
oliendo a lilas y a aldehído fórmico. Pudo ver a dos
nuevas enfermeras, ambas más jóvenes que las otras con las
que había hablado. Cuando se acercó al mostrador dejaron
de hablar. Casi pudo oír lo que estaban diciendo.
—¿Tiene usted concertada alguna cita? —dijo la primera,
mirando preocupada al reloj que zumbaba con fuerza en la
blanca pared—. Me temo que la mayor parte de los doctores
ya se han ido.
—Escuche —dijo él, y le contó la historia. Se lo contó
todo. Luego dijo—: Deseo hablar con alguien responsable.
Luego deseo que esa persona, o usted, o quien sea,
compruebe las salas de consulta, las oficinas, los
laboratorios, los lavabos, todo, por el amor de Dios.
Quiero saber si mi esposa se encuentra aún en el edificio,
y quiero saberlo ahora.
—Un
momento, señor.
Los
dedos de Wintner taborilearon en el estéril mostrador.
Mientras aguardaba allí, una puerta que daba a una oficina
interior se abrió de golpe y salió la mujer con los dos
niños. Una enfermera mantuvo la puerta abierta para ellos.
Lo necesitaban. La mujer avanzaba tan lentamente que
parecía a las puertas de la muerte; los niños estaban
pálidos como fantasmas.
Saludó
automáticamente con la cabeza cuando pasaron. La vieja
mujer alzó sus cansados ojos, observó su rostro y murmuró
algo ininteligible.
—Por
aquí, por favor.
Al
principio no se dio cuenta de que la enfermera le hablaba
a él. Luego vio que la puerta blanca seguía abierta como
un ala protectora. Para él.
—La ha
encontrado —dijo él, sintiendo que sus músculos se
relajaban.
La
enfermera carraspeó, pero no dijo nada.
La
siguió. El pasillo era tan inmaculado como su almidonado
uniforme. Podía oír el roce entre sí de sus medias blancas
mientras le guiaba hasta una habitación al final del
corredor.
—El
doctor de guardia le ayudará —dijo ella.
—Espere un mo...
La
puerta se cerró tras él.
La
oficina estaba confortablemente decorada, con cuero y
madera oscura. Había otra puerta en el otro lado. Probó un
sillón demasiado mullido, pero de nuevo se levantó para
pasear arriba y abajo sobre la moqueta. Había libros por
todas partes, y sepultados entre ellos variados artefactos
que parecían los despojos disecados de pequeños animales
de especies desconocidas.
Se
dirigió al escritorio.
Un
fajo de notas asomando por el borde de un pisapapeles. Un
bloc de notas escrito con una caligrafía indescifrable.
Tras el escritorio, enmarcados, un surtido de certificados
de fundaciones de todo el país, incluida una de la Clínica
Menninger de Topeka.
Así
que se trataba de eso. Un médico de la cabeza... Uno de
esos doctores hurgacerebros...
¿Es
eso lo que creen que necesito?
Dio un
paso atrás. Su hombro tocó una de las estanterías. Se
volvió.
Una
hilera de frascos de cristal sellados con resina, cada uno
más grande que el anterior. Contenían extracciones
embalsamadas de algunos organismos extrañamente
familiares, en diversos estadios de crecimiento, flotando.
Sus ojos siguieron la secuencia. Cerca del final, los
frascos se convertían en botellas, luego en bocales.
¿Qué
era lo que habían hecho con ella?
Sonó
un golpe ahogado en la pared del fondo, detrás de la
puerta del otro lado. Sin pensarlo, sus dedos se cerraron
en torno a uno de los frascos de especímenes.
La
puerta chasqueó y empezó a abrirse con un leve chirrido.
Su
cuerpo se sobresaltó mientras sus pies se movían hacia
atrás con excesiva rapidez. Buscó a tientas la puerta que
conducía al vestíbulo, encontró la manija, salió
tambaleándose.
Hubo
un movimiento tras él, pero no miró hacia atrás. Oyó las
suelas de crepé de los zapatos de las enfermeras al cruzar
el suelo de la recepción. Oyó sus nerviosas,
experimentadas, demasiado jóvenes voces, vio confusamente
sus manos que intentaban sujetarle mientras pasaba
corriendo junto a ellas. Vio el vinilo curvando las
portadas de las viejas revistas, captó el flotante aroma
de muerte conservada en el aire. Olió los productos
químicos sobre su piel, sintió el contacto de la fría y
pegajosa puerta, y el repentino azote del aire nocturno en
su pecho. Notó el sabor de la oscuridad y el coágulo de
miedo en su garganta.
Mientras corría, algunas voces intentaron abrirse camino
dentro de él.
Las
enfermeras. ¿Qué era lo que decían cuando él había
entrado? Sonaba como..., como...
Vivimos de la muerte, creía haber oído.
Y el
vendedor de periódicos. ¿No había estado gritando algo más
el ciego?
Ninguno de los muertos ha sido identificado, pensó que
había dicho.
Y la
mujer vieja. ¿Qué intentó decirle?
Nosotros somos los muertos, había dicho. Nosotros somos
los muertos.
Cambió
su carrera a un paso rápido. Casi podía ver al viejo que
antes había divisado en la acera, arrastrando los pies,
alejándose de la clínica. Un hombre que antes había sido
—no hacía demasiado tiempo, quizá en absoluto demasiado
tiempo— mucho más joven de lo que ahora era.
Se
descubrió a sí mismo en el cruce, cerca de la florería.
Estaba oscura, vacía excepto por el aroma dulzón de las
coronas y los ramos de flores que aguardaban en las
sombras.
Se
estremeció y cruzó la calle rápidamente, mecánicamente,
intentando llegar hasta su coche.
Pasó
ante la cervecería alemana.
Había
rostros en el interior. Estaban agrupados en torno a la
barra de madera oscura. Todos eran viejos, ahora más allá
de toda credibilidad, mortalmente enfermos, mirando al
espejo, aguardando. Le recordaron los rostros que había
visto antes.
Entonces vio a la muchacha de la florería.
Entró.
Ella
permanecía allí de pie. Su voz era casi alegre mientras se
movía entre ellos, haciendo preguntas, dando consejos,
arreglando las cosas. Por primera vez notó que a ella le
faltaba un brazo, y su rosado muñón, redondeado y liso,
surgía bajo la abertura de su traje de verano.
¿Cuánto tiempo llevaba así?, se preguntó. ¿O las cosas
funcionaban de otro modo también para ella? Alocadamente,
pensó: ¿Acaso nació incluso con menos?
Se
quedó allí de pie, temblando, observando su animada
figura, y el jarrón de marchitas flores en el extremo de
la oscura y pulida barra. Al cabo de un minuto, ella se
dio cuenta de que la estaba observando.
Lentamente, él tendió su mano hacia ella.
—Le he
traído una cosa —se oyó decir a sí mismo, aún inseguro,
intentando pensar en las palabras adecuadas mientras le
tendía el frasco—. Yo... pensé que debía usted ver esto.
Dios la maldiga.
Ella
se volvió con un movimiento cuidadosamente estudiado, sus
músculos crispándose y relajándose, crispándose y
relajándose con cada parte de su movimiento, hasta que
finalmente su mirada se detuvo en la de él.
—¿Qué?
—dijo.
Hubo
una pausa que pareció prolongarse eternamente. Luego,
alguien lanzó un sonido que era algo así como una risa y
un estertor de muerte, y el negro miedo le invadió.
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