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JAN POTOCKI

Jan Nepomucen Potocki
(1761 / 1813), historiador, dramaturgo y
escritor de lengua francesa, nació en Pikóv,
Polonia (hoy, Ucrania) el 8 de marzo de 1761, en
un hogar adinerado. Recibe la mejor educación,
aprende varios idiomas y se instruye militarmente
en Viena.
Combate contra los piratas berberiscos y recorre
África, Europa y Asia. En esa experiencia se
inspira para sus Libros de Viajes (Turquía,
Egipto, Marruecos, Cáucaso, China, Baja Sajonia),
con señeras descripciones etnográficas. A mediados
de los 80 reside en París y se vincula a la
intelectualidad y al esoterismo.
Regresa a Polonia (1788) y sobrevuela Varsovia en
globo (1790). En el Cáucaso se empapa de la
cultura eslava y parte a Pekín (1805) como asesor
científico del zar ruso. Impedido de llegar desvía
a Mongolia. Junto al fiel servidor turco Osmán
busca en sus viajes infructuosamente un manuscrito
de Las Mil y Una Noches.
Regresa (1812) y reside en su castillo de Uladowka.
Deprimido a causa de la Revolución Francesa, su
segundo divorcio y la sífilis, se obsesiona con
haberse convertido en hombre-lobo. Pule el asa de
una azucarera de plata hasta lograr una bala y
luego que el capellán del castillo la bendijera,
se suicida con ella en 1861.
Manuscrito encontrado en Zaragoza
es su obra más destacada. Resume historias dentro
de historias, entremezcladas y divididas en
partes. Fue comenzada en 1797 y concluida poco
antes de su muerte.
La primera parte (1804) es un relato fantástico y
la segunda, Avadoro (una historia española)
(1813), más humana e intrigante. En teatro hizo
Farsas (parades) (1792) y Los gitanos de
Andalucía (1794). Sus libros históricos hablan
de Rusia, Escitia, Sarmacia y los
eslavos, e Historia universal.
El olvido en que cayó Manuscrito inspiró
algunos plagios (Gérard de Nerval, Washington
Irving) que se develaron con la reedición de Roger
Callois (1958), sorprendiendo a los amantes de la
literatura fantástica y descubriendo un nuevo
maestro.
Manuscrito
es llevada al cine (1963) y Buñuel la califica
como excelente. En los noventa se rescata mediante
el esfuerzo de Jerry García, Martín Scorsese y
Francis Ford Cóppola, editándose en DVD (2001).
También es llevada al teatro (2003) por N. Nieva.
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HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO |
Finalmente, desperté de
verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía
abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba
al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y
aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo.
Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose
unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé
rápidamente.
¿Cómo expresar con palabras el
horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la
horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos
hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían
junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche
con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas,
restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre
horrorosos harapos que la podredumbre había separado de
ellos.
Pensé un momento que quizá no
estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible
sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había
estado la víspera. En ese instante sentí como si las
garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un
buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno
de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus
garras era tan intenso que logró despertarme del todo.
Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a
vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba
la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a
pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que
trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las
columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que
desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me
hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos
de las orillas del Guadalquivir.
Mientras observaba el paisaje,
vi cerca del río a dos viajeros, uno de los cuales
preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la
brida los caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres
que mi primer movimiento fue gritarles: “¡Agur, agur!”. Lo
que en español quiere decir “hola” o “buenos días”.
Al ver que alguien les
saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros
parecieron indecisos un instante, pero enseguida montaron
en sus caballos, los pusieron a galope tendido y tomaron
el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que les gritara
para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes
de espuela daban a sus caballos. Cuando les perdí de vista
decidí abandonar aquel sitio. Salté a tierra, pero con tan
mala fortuna que me hice daño en una pierna.
Cojeando un poco, logré llegar
a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al sitio donde
los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo
necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se
componía de chocolate, que cocía aún, sponhao
mojado en vino de Alicante, pan y huevos. Después de
reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había
ocurrido durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo
algo confuso de ello pero lo que sí recordaba
perfectamente era haber dado mi palabra de honor de
guardar el secreto, y estaba firmemente decidido a
cumplirla. Resuelto esto, lo único que tenía que hacer,
por el momento, era decidir qué camino habría de tomar, y
me pareció que las leyes del honor me obligaban más que
nunca a atravesar Sierra Morena.
Quizá el lector se sorprenda
de verme tan preocupado por mi honor y tan poco por los
sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era
consecuencia de la educación que había recibido, como
podrá verse por la continuación de mi relato. Por el
momento, sigo con el de mi viaje.
Tenía gran curiosidad por
saber lo que los demonios habrían hecho de mi caballo, que
había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi
camino, decidí pasar nuevamente por la venta.
Tuve que recorrer a pie todo el valle de Los Hermanos y el
de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando
encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma
cuadra donde lo dejé. Parecía animado, bien cuidado y
limpio. No podía imaginarme quién se había ocupado de él,
pero como ya había presenciado tantas cosas
extraordinarias, no me llamó mucho la atención. Me habría
puesto inmediatamente en camino si la curiosidad no me
hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la
venta. Encontré el cuarto donde había dormido la noche que
llegué por vez primera, pero no pude hallar el salón donde
vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo, renuncié a
ello, y montando en mi caballo continué mi camino.
Cuando desperté bajo la horca
de Los Hermanos, el sol se encontraba en su punto más
alto. Como había tardado más de dos horas en llegar a la
venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en
buscar una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí
continuar mi camino. Por fin vi a lo lejos una capilla
gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un
ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal,
como empezaba a tener hambre, no dudé en dar ese rodeo con
tal de conseguir algo de comer. Cuando llegué a la cabaña,
até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la
ermita. La abrió un religioso de rostro venerable, que me
abrazó con paternal ternura, y me dijo: —Entrad, hijo mío,
daos prisa. No os conviene pasar la noche fuera; temed al
demonio. El Señor nos ha retirado su mano.
Di las gracias al ermitaño por
su bondad y le confesé que estaba muerto de hambre.
—Pensad primero en vuestra
alma, hijo mío —me contestó—. Pasad a la capilla y
arrodillaos ante la cruz. Me ocuparé de vuestra hambre,
pero sólo podréis hacer una comida frugal, la que
corresponde a un ermitaño.
Entré en la capilla y me puse
a rezar de verdad, pues era creyente y hasta ignoraba que
hubiese incrédulos.
El ermitaño vino a buscarme al
cabo de un cuarto de hora y me condujo a la cabaña, donde
me había preparado una modesta comida. Se componía de
aceitunas excelentes, cardos conservados en vinagre,
cebollas dulces en salsa y galletas en vez de pan. También
disponía de una media botella de vino. El ermitaño me dijo
que él no bebía nunca, pero que la guardaba para el
sacrificio de la misa. Así, pues, tampoco me atreví a
beber yo, pero gocé, en cambio, de la cena. Mientras
comía, vi entrar en la cabaña a una figura más horrible
que todo lo que había visto hasta entonces. Era un hombre
que parecía joven, pero de una delgadez espantosa. Sus
cabellos se hallaban erizados, y de uno de sus ojos, que
había perdido, manaba sangre. Su lengua pendía fuera de su
boca, y de ella resbalaba una babosa espuma. Llevaba
puesto un traje negro bastante bueno, pero ésa era su
única ropa; no tenía ni medias ni camisa.
El repugnante personaje no
dijo ni palabra, y fue a acurrucarse a un rincón de la
cabaña, donde permaneció más quieto que una estatua,
contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que
sostenía en su mano. Cuando acabé de cenar, pregunté al
ermitaño quién era aquel hombre.
—Hijo mío —me respondió—, ese
hombre es un poseso al que yo intento librar de los
demonios. Su terrible historia prueba el poder fatal que
el ángel de las tinieblas ha usurpado en esta desgraciada
comarca. Como puede ser útil para vuestra salvación que la
conozcáis, voy a ordenarle que os la cuente —y,
volviéndose hacia donde estaba el endemoniado, le dijo—:
Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que
relates tu historia.
Pacheco lanzó un terrible
alarido, y comenzó en estos términos.
“Nací en Córdoba, donde mi
padre vivía disfrutando de una excelente posición. Mi
madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre
pareció sentir mucho su pérdida, pero al cabo de algunos
meses, en ocasión de un viaje que tuvo que hacer a
Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de
Tormes. Esta Camila no gozaba de muy buena fama, y algunos
amigos de mi padre intentaron hacerle desistir de tal
relación. Pero fue inútil. Mi padre insistió en casarse
con ella, y el matrimonio tuvo lugar dos años después de
que mi madre muriera. Las bodas se celebraron en Sevilla,
y pocos días después mi padre regresó a Córdoba con
Camila, su nueva esposa, y una hermana de ésta que se
llamaba Inesilla.
“Mi madrastra respondía
perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y lo
primero que hizo en su nueva casa fue intentar seducirme,
cosa que no logró, pues supe resistir a su intento. Pero,
en cambio, me enamoré perdidamente de su hermana Inesilla.
Mi pasión por ella creció de tal modo que no tardé en
arrojarme a los pies de mi padre para pedirle la mano de
su cuñada.
“Mi padre me obligó a
levantarme, y después me dijo:
“—Hijo mío, te prohíbo que
pienses en ese matrimonio, y te lo prohíbo por tres
razones. En primer lugar, no sería serio que te
convirtieras en el cuñado de tu padre. En segundo lugar,
los santos cánones de la Iglesia no aprueban esa clase de
matrimonios. Y por último, no quiero que te cases con
Inesilla.
“Después de exponerme estas
tres razones, me volvió la espalda y se marchó. Me encerré
en mi cuarto, abandonándome a la desesperación. Mi
madrastra, a quien mi padre había contado lo ocurrido,
vino en seguida a verme. Me dijo que no debía desesperarme
de ese modo, porque, aunque yo no pudiese ser el marido de
Inesilla, podría ser su cortejo, es decir, su amante, y
que el lograrlo corría por su cuenta. Pero a la vez me
declaró la pasión que sentía por mí e hizo valer el
sacrificio que hacía al brindarme a su hermana. Abrí mis
oídos a sus palabras, que tanto encendían mis deseos,
aunque Inesilla era tan recatada que me parecía imposible
se pudiese lograr que correspondiera a mi pasión.
“Por aquel tiempo mi padre
decidió hacer un viaje a Madrid, con el propósito de
conseguir la plaza de corregidor de Córdoba, y llevó
consigo a su mujer y a su cuñada. Su ausencia iba a durar
sólo dos meses, pero ese tiempo me pareció muy largo,
estando lejos de Inesilla. Cuando transcurrieron los dos
meses, recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba
fuese a esperarle a Venta Quemada, a la entrada de Sierra
Morena. Unas semanas antes quizá hubiese dudado mucho
antes de ir a Sierra Morena. Pero precisamente acababan de
ahorcar a los dos hermanos de Zoto, su banda había sido
dispersada y los campos parecían ahora bastante seguros.
Partí, pues, de Córdoba a las diez de la mañana siguiente
y pernocté en Andújar, en la posada de uno de los
andaluces más charlatanes que he conocido. Pedí una cena
abundante; comí buena parte de ella y guardé el resto para
el viaje.
“Al día siguiente, al llegar a
Los Alcornoques, almorcé algo de lo que había reservado la
víspera, y aquella misma tarde llegué a Venta Quemada. Mi
padre no había llegado aún, pero como en su carta me
ordenaba que lo esperase me dispuse a ello con agrado,
pues la posada era espaciosa y confortable. El posadero
que la dirigía entonces era un tal González de Murcia,
buena persona, pero muy hablador, que en seguida me
prometió una cena digna de un grande de España. Mientras
se ocupaba en prepararla, fui a pasearme por la orilla del
Guadalquivir, y cuando regresé a la posada me encontré, en
efecto, ya dispuesta una cena nada despreciable.
“Cuando terminé de cenar, dije
a González que preparase mi lecho. Apenas me oyó vi que se
turbaba, y empezaba a hablarme de modo confuso. Por
último, me confesó que en la posada había fantasmas y que
él y su familia pasaban las noches en una pequeña granja
junto al río. Añadió que, si yo quería, podría prepararme
una cama cerca de la suya. La proposición me pareció
absurda, y le dije que podía irse a dormir donde quisiera,
y que llamara a mis criados. Me obedeció, y se retiró al
instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y
encogiéndose de hombros. Un momento después llegaron mis
criados. También ellos habían oído hablar de aparecidos, y
me rogaron que pasara la noche en la granja. No acepté,
naturalmente, sus consejos, y les ordené que me prepararan
la cama en la habitación donde había cenado. Me
obedecieron muy a regañadientes, y cuando el lecho estuvo
preparado me rogaron aún, con lágrimas en los ojos, que
fuese a dormir con ellos a la granja. Sus ruegos me
impacientaron de tal modo que les amenacé con arrojarlos
violentamente, y se apresuraron a salir. Como no era mi
costumbre que mis criados me ayudaran a desnudarme, pude
pasarme fácilmente sin ellos. Pero debo reconocer que
fueron muy gentiles conmigo, más de lo que yo merecía por
mi crudeza al tratarlos. Antes de marcharse dejaron junto
a mi lecho una vela encendida, otra de repuesto, un par de
pistolas y algunos libros con cuya lectura pudiese
permanecer despierto, aunque la verdad es que había
perdido completamente el sueño.
“Durante un par de horas
estuve leyendo y dando vueltas en la cama. Por último, oí
el sonido de una campana o de un reloj que daba las doce.
El hecho me sorprendió, pues no había oído dar las otras
horas. Pero en seguida se abrió la puerta y vi entrar a mi
madrastra, en camisón de noche, y llevando una palmatoria
en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con
un dedo en la boca como para imponerme silencio. Y dejando
la palmatoria en mi mesilla de noche se sentó en mi cama,
tomó una de mis manos entre las suyas y me habló así:
“—Mi querido Pacheco, ha
llegado el momento de ofreceros los placeres que os
prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada.
Vuestro padre ha ido a dormir a la granja, pero como he
sabido que os hallabais aquí, logré que me autorizara a
pasar la noche en la posada con Inesilla. Ella os aguarda
y está dispuesta a no negaros sus favores. Pero debo
informaros de las condiciones que impongo para que logréis
vuestra dicha. Amáis a Inesilla, y yo os amo. No es justo
que, de nosotros tres, sólo dos sean felices a costa del
tercero. Así pues, un solo lecho nos acogerá a los tres.
Seguidme.
“Mi madrastra no me dejó
tiempo para contestarle. Tomándome de la mano me condujo,
de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta,
en donde Camila se puso a mirar por el ojo de la
cerradura. Estuvo algún tiempo mirando, y después me dijo:
“—Todo va bien, podéis mirar
vos mismo.
“Ocupé su puesto junto a la
cerradura y pude ver a la encantadora Inesilla en su
lecho. Me sorprendió el que no pareciera tan pudorosa como
la había conocido siempre. La expresión de sus ojos, su
agitada respiración, su animada tez, su actitud, todo en
ella expresaba que estaba aguardando a un amante.
“Después de haberme dejado
mirar unos minutos, mi madrastra me dijo:
“—Mi querido Pacheco,
permaneced en esta puerta, y cuando llegue el instante
oportuno vendré a avisaros.
“Cuando Camila entró en la
habitación pegué mi ojo al agujero de la cerradura y vi
mil cosas que me cuesta trabajo contar. Primeramente,
Camila se desnudó del todo, y metiéndose en la cama de su
hermana le dijo estas palabras:
“—Mi pobre Inesilla, ¿es
verdad que deseas un amante? Pobre niña. No sabes el daño
que te hará. Primero te derribará, se echará sobre ti, y
después te aplastará y te desgarrará.
“Cuando Camila creyó que su
alumna ya sabía bastante, vino a abrirme la puerta, me
llevó hasta el lecho de su hermana y se acostó con
nosotros.
“¿Que podría deciros de
aquella noche fatal? Que agoté en ella las delicias y los
crímenes. Durante largo tiempo estuve luchando contra el
sueño y la naturaleza para lograr aún más los infernales
goces. Finalmente, me dormí y desperté al día siguiente
bajo la horca de los hermanos de Zoto, acostado entre los
dos horribles cadáveres.”
En este momento, el ermitaño
interrumpió al endemoniado y me dijo:
—Y bien, hijo mío, ¿qué os
parece? Imaginad vuestro horror si hubieseis amanecido
entre los dos ahorcados.
A lo cual respondí:
—Me ofendéis, padre. Un
caballero no debe jamás tener miedo y menos aún si tiene
el honor de ser capitán de la Guardia Valona.
—Pero hijo mío —continuó el
padre—, ¿habéis oído decir alguna vez que semejante
aventura ha sucedido a alguien?
Dudé un instante antes de
contestar, y al fin le dije:
—Si esa aventura, padre, ha
ocurrido al señor Pacheco, puede también suceder a otros.
Pero mejor podré juzgar si os dignáis ordenarle que
continúe su historia.
EI ermitaño se volvió hacia el
endemoniado y le dijo:
—Pacheco, en nombre de tu
redentor, te ordeno que continúes tu historia.
Pacheco lanzó un nuevo y
terrible alarido, y continuó de esta suerte:
“Dejé la horca medio muerto de
miedo. Me arrastré como pude y marché sin saber adónde me
dirigía. Por fin, encontré a unos viajeros que tuvieron
piedad de mi situación y me condujeron a la Venta Quemada,
donde hallé al posadero y a mis criados, muy preocupados
por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la
granja, y me contestaron que nadie había llegado aún.
“No me atreví a quedarme más
tiempo en la venta, y resolví regresar a Andújar. Cuando
llegué ya se había puesto el sol y la posada estaba llena.
Me prepararon una cama en la cocina, y me acosté pronto,
pero los horrores de la noche anterior, vivos aún en mi
espíritu, me impedían coger el sueño.
“Había dejado encendida una
vela sobre el hogar de la cocina. De pronto, la vela se
apagó, y sentí al instante un escalofrío mortal que heló
mis venas. Al mismo tiempo alguien tiró del cobertor, y oí
una voz femenina que me decía:
“—Soy Camila, tu madrastra.
Tengo frío, amor mío, hazme sitio bajo la manta.
“Y otra voz:
“—Soy Inesilla. Tengo mucho
frío, déjame entrar en tu cama.
“En ese momento sentí una mano
helada que me agarraba por el cuello. Reuní todas mis
fuerzas y exclamé:
“—¡Satán,
vete de aquí!
“Entonces
las dos voces de antes me dijeron:
“—¿Por qué nos echas? ¿No
eres nuestro maridito? Tenemos mucho frío. Vamos a
encender un poco de lumbre.
“En efecto, poco tiempo
después vi las llamas en el hogar de la chimenea. La
estancia se iluminó, pero en vez de ver a Camila y a
Inesilla lo que vi fue a los hermanos de Zoto, colgados de
la chimenea.
“Esta visión me aterrorizó.
Rápidamente me levanté, salté por la ventana y me puse a
correr con todas mis fuerzas. Por un momento creí haber
logrado escapar de tantos horrores, pero al volverme vi
con terror que era seguido por los dos ahorcados. Corrí de
nuevo, y me pareció que había logrado dejarlos atrás.
Pero mi ilusión duró poco. Las
horribles criaturas lograron rodearme y llegar hasta mí.
Intenté correr, pero mis fuerzas me abandonaron.
“Sentí entonces que uno de los
ahorcados me sujetaba por el tobillo izquierdo. Intenté
zafarme, pero el otro ahorcado me cortó el camino
poniéndose ante mí, mirándome con ojos terribles y
sacándome una lengua roja como el hierro cuando sale del
fuego. Pedí clemencia, pero fue en vano. Aquel monstruo me
sujetó del cuello con una mano y con la otra me arrancó el
ojo que me falta. En el hueco de mi ojo introdujo su
lengua de fuego. Me lamió el cerebro y me hizo aullar de
dolor.
“El otro ahorcado, que me
había agarrado la pierna derecha, quiso también
martirizarme. Comenzó haciéndome cosquillas en la planta
del pie que tenía sujeto, pero después el monstruo me
arrancó la piel del pie, separó los nervios, les quitó su
encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos
como si fuesen un instrumento musical. Mas como por lo
visto no daban un sonido que fuese de su agrado, hundió
sus uñas en mi corva,
agarró con ellas mis tendones y se puso a retorcerlos,
como se hace para afinar un arpa. Finalmente, se puso a
tocar sobre mi pierna, convertida en salterio.
Escuché su risa diabólica, y mientras el dolor me
arrancaba terribles aullidos los gemidos del infierno me
hacían coro. Cuando oí el rechinar de los condenados me
pareció que cada una de mis fibras era triturada por sus
dientes. Por último, perdí el conocimiento.
“Al día siguiente, unos
pastores me encontraron en el campo y me trajeron a esta
ermita. Aquí he confesado mis pecados y he hallado al pie
de la cruz algún consuelo a mis desgracias.”
Nuevamente el endemoniado
lanzó un horrible aullido y se calló. El ermitaño habló
entonces, y me dijo:
—Joven, ya veis el poder de
Satán. Debéis rezar y llorar. Pero ya es tarde y debemos
separarnos. No os invito a que descanséis en mi celda
porque Pacheco lanza tales gritos durante la noche que no
podríais dormir. Id a acostaros a la capilla. Allí
estaréis bajo la protección de la cruz que triunfa sobre
los demonios.
Contesté al buen ermitaño que
lo haría de buen grado. Llevamos a la capilla un pequeño
catre de tijera y me acosté en él, mientras el ermitaño me
deseaba buenas noches.
Cuando me encontré solo me
puse a pensar en la historia de Pacheco, en la que
encontraba bastante semejanza con mis propias aventuras.
Me hallaba aún pensando en
ello cuando oí que daban las doce, pero no podía saber si
era la campana de la ermita o si es que iba a toparme
nuevamente con aparecidos. A los pocos instantes oí que
llamaban a la puerta de la capilla, y pregunté:
—¿Quién está
ahí?
Una voz femenina me respondió:
—Tenemos frío, ábrenos, somos
tus mujercitas.
—Sí, sí, malditos ahorcados
—les contesté—, volveos a vuestra horca y dejadme dormir.
La misma voz volvió a decirme:
—Te burlas de nosotras porque
estás en una capilla. Ven fuera y verás...
—Ahora mismo voy —contesté.
Fui a
buscar mi espada e intenté salir, pero vi que la puerta
estaba cerrada. Les dije a los aparecidos lo que ocurría,
pero no me contestaron. Entonces me fui a acostar y dormí
hasta el alba.
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