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JOSÉ SARAMAGO

José Saramago
(1922 / ),
periodista, poeta y escritor portugués nació en
Ribetejo, el 16 de noviembre de 1922. De familia
labradora y de artesanos, tuvo varios oficios
hasta llegar a editor.
Por error del Registro Civil,
cambia su apellido a Saramago (apodo familiar).
Tierra de pecado
(1947) fue su primera novela. A la buena crítica
siguieron veinte años de silencio donde “no tenía
nada que decir”. A fines de los sesenta volvió con
dos poemarios,
Os poemas possiveis
y
Provavelmente alegría.
Manual de pintura y caligrafía
(1977) y Alzado del suelo (1980) lo
revelaron como el gran novelista portugués y con
Memorial del convento (1982), adquiere
relieve internacional.
Siguieron El año de la
muerte de Ricardo Reis (1984), La balsa de
piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa
(1989), El evangelio según Jesucristo
(1991),
Casi un
objeto
(1994),
Viaje a Portugal (1995)
y Ensayo sobre la ceguera (1996).
Fue miembro del
Partido Comunista Portugués, censurado y
perseguido durante la dictadura de Salazar. Se
sumó a la "Revolución de los Claveles" que llevó
la democracia a Portugal (1974). Su vida está
marcada por el compromiso
Escéptico e
intelectual, mantuvo y mantiene una postura ética
y estética por encima de partidismos políticos, y
en compromiso con el género humano. En la
actualidad, consagrado como escritor universal,
divide su residencia entre Lisboa y Canarias.
Su novela, Todos los nombres
(1998), ha figurado en las listas de los libros
más vendidos. Continuaron La Caverna
(2001), El hombre duplicado (2002) y Las
intermitencias de la muerte (2005).
En 1998 recibió el Premio
Nobel, siendo el primer escritor portugués en
obtenerlo. Fue distinguido
con diversos galardones y doctorados honoris causa
(Turín, Sevilla, Manchester, Castilla-La Mancha y
Brasilia) y recibió
el Premio Camoes.
En Cuadernos de Lanzarote
(1993/95), verdadera autobiografía espiritual,
subraya las líneas maestras que guían su
escritura. Ha sido traducido a numerosos idiomas.
Su prosa original y entretenida sigue sumando
admiradores en todas las latitudes.
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Se
iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban,
dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja.
En el indicador del paso de peatones apareció la silueta
del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle
pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del
asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero
así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con
el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en
tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos
que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya
de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso
libre a los automóviles tardó aún unos segundos en
alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza,
aparentemente insignificante, multiplicada por los miles
de semáforos existentes en la ciudad y por los cambios
sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las
causas de los atascos de circulación, o embotellamientos,
si queremos utilizar la expresión común.
Al fin
se encendió la señal verde y los coches arrancaron
bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos
habían arrancado. El primero de la fila de en medio está
parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado
el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de
la caja de velocidades, o una avería en el sistema
hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito
eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin
gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El
nuevo grupo de peatones que se está formando en las
aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el
parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan
frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya
a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado
hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los
cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia
ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que
grita algo, por los movimientos de la boca se nota que
repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como
sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta,
Estoy ciego.
Nadie
lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen
sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la
esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados
muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas,
repentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede
comprobar, son trastornos de la angustia. En un
movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció
tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera
retener en el interior del cerebro la última imagen
recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy
ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le
ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar,
tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban
muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a
veces son nervios, dijo una mujer. El semáforo había
cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se
acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no
sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que
creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un
guardabarros abollado, nada que justificara tanta
confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de
ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a
casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que
deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre
hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no
quería tanto, sólo quería que lo acompañaran hasta la
puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían
un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz
respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos
aparcarlo en la acera. No es necesario, intervino una
tercera voz, yo conduciré el coche y llevo a este señor a
su casa. Se oyeron murmullos de aprobación. El ciego notó
que lo agarraban por el brazo, Venga, venga conmigo, decía
la misma voz. Lo ayudaron a sentarse en el asiento de al
lado del conductor, le abrocharon el cinturón de
seguridad. No veo, no veo, murmuraba el hombre llorando,
Dígame dónde vive, pidió el otro. Por las ventanillas del
coche acechaban caras voraces, golosas de la novedad. El
ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada, es
como si estuviera en medio de una niebla espesa, es como
si hubiera caído en un mar de leche, Pero la ceguera no
es así, dijo el otro, la ceguera dicen que es negra, Pues
yo lo veo todo blanco, A lo mejor tiene razón la mujer,
será cosa de nervios, los nervios son el diablo, Yo sé muy
bien lo que es esto, una desgracia, sí, una desgracia,
Dígame dónde vive, por favor, al mismo tiempo se oyó que
el motor se ponía en marcha. Balbuceando, como si la falta
de visión hubiera debilitado su memoria, el ciego dio una
dirección, luego dijo, No sé cómo voy a agradecérselo, y
el otro respondió, Nada, hombre, no tiene importancia, hoy
por ti, mañana por mí, nadie sabe lo que le espera, Tiene
razón, quién me iba a decir a mí, cuando salí esta mañana
de casa, que iba a ocurrirme una desgracia como ésta. Le
sorprendió que continuaran parados, Por qué no avanzamos,
preguntó, El semáforo está en rojo, respondió el otro, Ah,
dijo el ciego, y empezó de nuevo a llorar. A partir de
ahora no sabrá cuándo el semáforo se pone en rojo.
Tal
como había dicho el ciego, su casa estaba cerca. Pero las
aceras estaban todas ocupadas por coches aparcados, no
encontraron sitio para estacionar el suyo, y se vieron
obligados a buscar un espacio en una de las calles
transversales. Allí, la acera era tan estrecha que la
puerta del asiento del lado del conductor quedaba a poco
más de un palmo de la pared, y el ciego, para no pasar por
la angustia de arrastrarse de un asiento al otro, con la
palanca del cambio de velocidades y el volante
dificultando sus movimientos, tuvo que salir primero.
Desamparado, en medio de la calle, sintiendo que se hundía
el suelo bajo sus pies, intentó contener la aflicción que
le agarrotaba la garganta. Agitaba las manos ante la cara,
nervioso, como si estuviera nadando en aquello que había
llamado un mar de leche, pero cuando se le abría la boca
a punto de lanzar un grito de socorro, en el último
momento la mano del otro le tocó suavemente el brazo,
Tranquilícese, yo lo llevaré. Fueron andando muy despacio,
el ciego, por miedo a caerse, arrastraba los pies, pero
eso le hacía tropezar en las irregularidades del piso,
Paciencia, que estamos llegando ya, murmuraba el otro, y,
un poco más adelante, le preguntó, Hay alguien en su casa
que pueda encargarse de usted, y el ciego respondió, No
sé, mi mujer no habrá llegado aún del trabajo, es que yo
hoy salí un poco antes, y ya ve, me pasa esto, Ya verá
cómo no es nada, nunca he oído hablar de alguien que se
hubiera quedado ciego así de repente, Yo, que me sentía
tan satisfecho de no usar gafas, nunca las necesité, Pues
ya ve. Habían llegado al portal, dos vecinas miraron
curiosas la escena, ahí va el vecino, y lo llevan del
brazo, pero a ninguna se le ocurrió preguntar, Se le ha
metido algo en los ojos, no se les ocurrió y tampoco él
podía responderles, Se me ha metido por los ojos adentro
un mar de leche. Ya en casa, el ciego dijo, Muchas
gracias, perdone las molestias, ahora me puedo arreglar
yo, Qué va, no, hombre, no, subiré con usted, no me
quedaría tranquilo si lo dejo aquí. Entraron con
dificultad en el estrecho ascensor, En qué piso vive, En
el tercero, no puede usted imaginarse qué agradecido le
estoy, Nada, hombre, nada, hoy por ti mañana por mí, Sí,
tiene razón, mañana por ti. Se detuvo el ascensor y
salieron al descansillo, Quiere que le ayude a abrir la
puerta, Gracias, creo que podré hacerlo yo solo. Sacó del
bolsillo unas llaves, las tanteó, una por una, pasando la
mano por los dientes de sierra, dijo, Ésta debe de ser, y,
palpando la cerradura con la punta de los dedos de la mano
izquierda intentó abrir la puerta, No es ésta, Déjeme a
mí, a ver, yo le ayudaré. A la tercera tentativa se abrió
la puerta. Entonces el ciego preguntó hacia dentro, Estás
ahí. Nadie respondió, y él, Es lo que dije, no ha venido
aún. Con los brazos hacia delante, tanteando, pasó hacia
el corredor, luego se volvió cautelosamente, orientando
la cara en la dirección en que pensaba que estaría el
otro, Cómo podré agradecérselo, dijo, Me he limitado a
hacer lo que era mi deber, se justificó el buen
samaritano, no tiene que agradecerme nada, y añadió,
Quiere que le ayude a sentarse, que le haga compañía hasta
que llegue su mujer. Tanto celo le pareció de repente
sospechoso al ciego, evidentemente, no iba a meter en casa
a un desconocido que, en definitiva, bien podría estar
tramando en aquel mismo momento cómo iba a reducirlo,
atarlo y amordazarlo, a él, un pobre ciego indefenso, para
luego arramblar con todo lo que encontrara de valor. No es
necesario, dijo, no se moleste, ya me las arreglaré, y
mientras hablaba, iba cerrando la puerta lentamente, No
es necesario, no es necesario.
Suspiró aliviado al oír el ruido del ascensor bajando. Con
un gesto maquinal, sin recordar el estado en que se
hallaba, abrió la mirilla de la puerta y observó hacia el
exterior. Al otro lado era como si hubiera un muro blanco.
Sentía el contacto del aro metálico en el arco
superciliar, rozaba con las pestañas la minúscula lente,
pero no podía ver nada, la blancura insondable lo cubría
todo. Sabía que estaba en su casa, la reconocía por el
olor, por la atmósfera, por el silencio, distinguía los
muebles y los objetos sólo con tocarlos, les pasaba los
dedos por encima, levemente, pero era como si todo
estuviera diluyéndose en una especie de extraña
dimensión, sin direcciones ni referencias, sin norte ni
sur, sin bajo ni alto. Como probablemente ha hecho todo el
mundo, había jugado en algunas ocasiones, en la
adolescencia, al juego de Y si fuese ciego, y al cabo de
cinco minutos con los ojos cerrados había llegado a la
conclusión de que la ceguera, sin duda una terrible
desgracia, podría ser relativamente soportable si la
víctima conservara un recuerdo suficiente, no sólo de los
colores, sino también de las formas y de los planos, de
las superficies y de los contornos, suponiendo, claro
está, que aquella ceguera no fuese de nacimiento. Había
llegado incluso a pensar que la oscuridad en que los
ciegos vivían no era, en definitiva, más que la simple
ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que
se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las
cosas, dejándolos intactos tras un velo negro. Ahora, al
contrario, se encontraba sumergido en una albura tan
luminosa, tan total, que devoraba no sólo los colores,
sino las propias cosas y los seres, haciéndolos así
doblemente invisibles.
Al
moverse en dirección a la sala de estar, y pese a la
prudente lentitud con que avanzaba, deslizando la mano
vacilante a lo largo de la pared, tiró al suelo un jarrón
de flores con el que no contaba. Lo había olvidado, o
quizá lo hubiera dejado allí la mujer cuando salió para el
trabajo, con intención de colocarlo luego en el sitio
adecuado. Se inclinó para evaluar la magnitud del
desastre. El agua corría por el suelo encerado. Quiso
recoger las flores, pero no pensó en los vidrios rotos,
una lasca larga, finísima, se le clavó en un dedo, y él
volvió a gemir de dolor, de abandono, como un chiquillo,
ciego de blancura en medio de una casa que, al caer la
tarde, empezaba a cubrirse de oscuridad. Sin dejar las
flores, notando que por su mano corría la sangre, se
inclinó para sacar el pañuelo del bolsillo y envolver el
dedo como pudiese. Luego, palpando, tropezando, bordeando
los muebles, pisando cautelosamente para no trastabillar
con las alfombras, llegó hasta el sofá donde él y su mujer
veían la televisión. Se sentó, dejó las flores en el
regazo y, con mucho cuidado, desenrolló el pañuelo. La
sangre, pegajosa al tacto, le inquietó, pensó que sería
porque no podía verla, su sangre era ahora una viscosidad
sin color, algo en cierto modo ajeno a él y que, pese a
todo, le pertenecía, pero como una amenaza contra sí
mismo. Despacio, palpando levemente con la mano buena,
buscó la fina esquirla de vidrio, aguda como una minúscula
espada, y, haciendo pinza con las uñas del pulgar y del
índice, consiguió extraerla entera. Envolvió de nuevo el
dedo herido en el pañuelo, lo apretó para restañar la
sangre, y, rendido, agotado, se reclinó en el sofá. Un
minuto después, por una de esas extrañas dimisiones del
cuerpo, que escoge, para renunciar, ciertos momentos de
angustia o de desesperación, cuando, si se gobernase
exclusivamente por la lógica, todo él debería estar en
vela y tenso, le entró una especie de sopor, más
somnolencia que sueño auténtico, pero tan pesado como él.
Inmediatamente soñó que estaba jugando al juego de Y si
fuese ciego, soñaba que cerraba y abría los ojos muchas
veces, y que, cada vez, como si estuviera regresando de un
viaje, lo estaban esperando, firmes e inalteradas, todas
las formas y los colores, el mundo tal como lo conocía.
Por debajo de esta certidumbre tranquilizadora percibía,
no obstante, la agitación sorda de una duda, tal vez se
tratase de un sueño engañador, un sueño del que
forzosamente despertaría más pronto o más tarde, sin
saber, en aquel momento, qué realidad le estaría
aguardando. Después, si tal palabra tiene algún sentido
aplicada a una quiebra que sólo duró unos instantes, y ya
en el estado de media vigilia que va preparando el
despertar, pensó seriamente que no está bien mantenerse en
una indecisión semejante, me despierto, no me despierto,
me despierto, no me despierto, siempre llega un momento
en que no hay más remedio que arriesgarse, Qué hago aquí,
con estas flores sobre las piernas y los ojos cerrados,
que parece que tengo miedo de abrirlos, Qué haces tú ahí,
durmiendo, con esas flores sobre las piernas, le
preguntaba la mujer.
No
había esperado la respuesta. Ostentosamente empezó a
recoger los restos del jarrón y a secar el suelo, mientras
rezongaba algo, con una irritación que no intentaba
siquiera disimular, Bien podrías haberlo hecho tú en vez
de tumbarte a la bartola, como si la cosa no fuera
contigo. Él no dijo nada, protegía los ojos tras los
párpados apretados, súbitamente agitado por un
pensamiento, Y si abro los ojos y veo, se preguntaba,
dominado todo él por una ansiosa esperanza. La mujer se
acercó, vio el pañuelo manchado de sangre, su irritación
cedió en un instante, Pobre, qué te ha pasado, preguntaba
compadecida mientras desataba el vendaje. Entonces él, con
todas sus fuerzas, deseó ver a su mujer arrodillada a sus
pies, allí, como sabía que estaba, y después, ya seguro de
que no iba a verla, abrió los ojos, Vaya, has despertado
al fin, dormilonazo, dijo ella sonriendo. Se hizo un
silencio, y él dijo, Estoy ciego, no te veo. La mujer se
enfadó, Déjate de bromas estúpidas, hay cosas con las que
no se debe bromear, Ojalá fuese una broma, la verdad es
que estoy realmente ciego, no veo nada, Por favor, no me
asustes, mírame, estoy aquí, la luz está encendida, Sé
que estás ahí, te oigo, te toco, supongo que has encendido
la luz, pero estoy ciego. Ella rompió a llorar, se agarró
a él, No es verdad, dime que no es verdad. Las flores se
habían deslizado hasta el suelo, sobre el pañuelo
manchado, la sangre volvía a gotear del dedo herido, y él,
como si con otras palabras quisiera decir Del mal el
menos, murmuró, Lo veo todo blanco, y luego sonrió
tristemente. La mujer se sentó a su lado, lo abrazó
mucho, lo besó con cuidado en la frente, en la cara,
suavemente en los ojos, Verás, eso pasará, no estabas
enfermo, nadie se queda ciego así, de un momento para
otro, Tal vez, Cuéntame cómo ocurrió todo, qué sentiste,
cuándo, dónde, no, aún no, espera, lo primero que hay que
hacer es llamar al médico, a un oculista, conoces alguno,
No, ni tú ni yo llevamos gafas, Y si te llevase al
hospital, Para ojos que no ven, seguro que no hay
servicios de urgencia, Tienes razón, lo mejor es que
vayamos directamente a un médico, voy a buscar uno en el
listín, uno que tenga consulta por aquí. Se levantó, y
preguntó aún, Notas alguna diferencia, Ninguna, dijo él,
Atención, voy a apagar la luz, ya me dirás, ahora, Nada,
Nada qué, Nada, sigo viendo todo igual, blanco todo, para
mí es como si no existiera la noche.
Él oía
a la mujer pasando rápidamente las hojas de la guía
telefónica, sorbiéndose el llanto, suspirando, diciendo al
fin, Ése nos irá bien, ojalá nos pueda atender. Marcó un
número, preguntó si era el consultorio, si estaba el
doctor, si podía hablar con él, No, no, el doctor no me
conoce, es un caso muy urgente, sí, por favor, comprendo,
entonces se lo diré a usted pero le ruego que avise
inmediatamente al doctor, es que mi marido se ha quedado
ciego, de repente, sí, sí, tal como se lo digo, de
repente, no, no es enfermo del doctor, mi marido no lleva
gafas, nunca las llevó, sí, tenía una vista excelente,
como yo, yo también veo bien, ah, muchas gracias,
esperaré, esperaré, sí, doctor, sí, de repente, dice que
lo ve todo blanco, no sé cómo fue, ni tiempo he tenido de
preguntárselo, acabo de llegar a casa y lo encuentro así,
quiere que le pregunte, ah, cuánto se lo agradezco,
doctor, vamos inmediatamente, inmediatamente. El ciego se
levantó, Espera, dijo la mujer, déjame que te cure
primero ese dedo, desapareció por un momento, volvió con
un frasco de agua oxigenada, otro de mercurocromo,
algodón y una caja de tiritas. Mientras le curaba el
dedo, le preguntó, Dónde has dejado el coche, y,
súbitamente, Pero tú así como estás no podías conducir, o
ya estabas en casa cuando, No, fue en la calle, cuando
estaba parado en un semáforo, alguien me hizo el favor de
traerme, el coche se quedó ahí, en la calle de al lado,
Bueno, entonces bajaremos, me esperas en la puerta y yo
voy a buscarlo, dónde has dejado las llaves, No lo sé, él
no me las devolvió, Él, quién, El hombre que me trajo a
casa, fue un hombre, Las habrá dejado por ahí, voy a ver,
No vale la pena que las busques, el hombre no entró, Pero
las llaves han de estar en algún sitio, Seguro que se
olvidó de dármelas, las metió en su bolsillo y se las
llevó, Lo que faltaba, Coge las tuyas, luego veremos,
Bien, vamos, dame la mano. El ciego dijo, Si voy a
quedarme así para siempre, me mato, Por favor, no digas
disparates, para desgracia basta ya con lo que nos ha
ocurrido, Soy yo quien está ciego, no tú, tú no puedes
saber lo que es esto, El médico te curará, ya verás, Ya
veré.
Salieron. Abajo, en el portal, la mujer encendió la luz y
le dijo al oído, Espérame aquí, si aparece algún vecino
háblale con naturalidad, dile que me estás esperando,
nadie que te vea pensará que estás ciego, no tenemos por
qué andar contándoselo a la gente, Sí, pero no tardes. La
mujer salió corriendo. Ningún vecino entró ni salió. Por
experiencia, el ciego sabía que la escalera sólo estaría
iluminada cuando se oyera el mecanismo del contador
automático, por eso iba apretando el disparador cada vez
que se hacía el silencio. Para él la luz, esta luz, se
había convertido en ruido. No entendía por qué la mujer
tardaba tanto, la calle estaba allí mismo, a unos ochenta,
cien metros, Si nos retrasamos mucho va a marcharse el
médico, pensó. No pudo evitar un gesto maquinal, levantar
la muñeca izquierda y bajar los ojos para ver la hora.
Apretó los labios como si lo traspasara un súbito dolor, y
agradeció a la suerte que no hubiera aparecido en aquel
momento un vecino, pues allí mismo, a la primera palabra
que le dirigiese, se habría deshecho en lágrimas. Un coche
se paró en la calle, Al fin, pensó, pero, de inmediato, le
pareció raro el ruido del motor, Eso es diesel, es un
taxi, dijo, y apretó una vez más el botón de la luz. La
mujer acababa de entrar, nerviosa, Tu santo protector, esa
alma de Dios, se ha llevado el coche, No puede ser, seguro
que no miraste bien, Claro que miré bien, yo no estoy
ciega, las últimas palabras le salieron sin querer, Me
habías dicho que el coche estaba en la calle de al lado,
corrigió, y no está, o quizá lo dejó en otra calle, No,
no, fue en ésa, estoy seguro, Pues entonces, ha
desaparecido, O sea que las llaves, Aprovechó tu
desorientación, la aflicción en que estabas, y nos lo
robó, Y yo que no lo dejé que entrara en casa, por miedo,
si se hubiera quedado haciéndome compañía hasta que
llegases tú, no nos habría robado el coche, Vamos, está
esperando el taxi, te juro que daría un año de vida por
ver ciego también a ese miserable, No grites tanto, Y que
le robaran todo lo que tenga, A lo mejor aparece, Seguro,
mañana llama a la puerta y nos dice que fue una
distracción, nos pedirá disculpas, y preguntará si te
encuentras mejor.
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