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LU XUN

Lu Xun (también escrito Lu Hsün, aunque su nombre
verdadero era Zhou Shuren o Chou Shu-jen) nació en 1881
en una familia de funcionarios del gobierno e
intelectuales en Shaoxing, provincia de Zhejiang, al sur
de Shanghai, en la costa este de China.
Durante el gobierno de la dinastía Ching, las potencias
occidentales dominaban China y le imponían tratados
injustos; la clase dominante feudal china les concedía
todo y reprimía al pueblo. Desde niño, Lu Xun se
identificó con su pueblo, llegando a odiar a su propia
clase y a solidarizarse de los campesinos. Se matriculó en
la Academia Naval de Jiangnan (1898-99) y en la Escuela de
Ferrocarriles y Minas (1899-1902) en Nanjing. En 1902 fue
a Japón para estudiar lengua y medicina en la escuela
provincial de Sendai.
En 1906 dejó los estudios para dedicarse enteramente a la
literatura. Decidió escribir en lugar de sanar porque “un
cuerpo vigoroso es inútil si el espíritu está enfermo”. En
1909 regresó a China y entre 1910 y 1911 fue profesor en
Shaoxing y luego funcionario del Ministerio de Educación
en Beijing (Pekín) entre 1912 y 1926. También trabajó como
instructor de literatura china en la Universidad Nacional
de Beijing entre 1920 y 1926, e impartió clases en la
Universidad de Xiamen (1926) y en la de Canton (1927).
En 1911, una revolución había derrocado la monarquía
feudal. Mucha gente tenía grandes expectativas, sin
embargo, los jóvenes radicales como Lu Xun entendieron que
hacía falta un cambio más profundo. La revolución rusa
(1917) inspiró a Lu Xun. Integró el Movimiento 4 de Mayo
(1919) y atacó el confucianismo como una moral opresiva e
hipócrita que encubría la explotación y la injusticia.
Luchó por simplificar la compleja escritura china, que
únicamente era comprendida por un reducido grupo; fue el
primer escritor que utilizó el lenguaje popular (baihua),
hasta entonces.
En 1918 se lanzó la nueva revista estudiantil Hsin
Chingnien (Nueva Corriente) en la que Lu Xun publicó su
famoso cuento “Diario de un loco”, que deliberadamente
tomó su título de la obra del ruso Nikolás Gogol, que aquí
presentamos. Fue la primera narración de estilo occidental
en China, escrita en un estilo claro y sencillo. El giro
de Lu Xun ayudó a la aceptación del relato breve como
vehículo literario eficaz, huyendo de la narración
omnisciente tradicional y sustituyéndola por un solo
narrador a través de cuyos ojos se filtra la historia.
En El sacrificio del Año Nuevo (1924), Lu Xun
retrata la postración de las mujeres en China. En La
verdadera historia de Ah Q (1921-1922)
describe a un campesino ignorante que padece humillaciones
y que, finalmente, es ejecutado durante la revolución de
1911.
En 1926 fue forzado por el gobierno a abandonar Fujian y
en 1930, él y otros 50 escritores fundaron la Liga de
Escritores Chinos de Izquierda. Vigilado por la policía,
llevaba una vida semiclandestina. Escribió bajo más de 130
seudónimos.
Durante su último año de vida, sufrió una tuberculosis
avanzada. Viendo que la salud de Lu Xun se deterioraba,
sus amigos le aconsejaron que saliera del país, pero se
negó. Murió el 19 de octubre de 1936. Su obra fue
recopilada y publicada en 1938 en veinte volúmenes.
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RESTAURACIÓN DE LA BÓVEDA CELESTE |
Nü-wa
se ha despertado sobresaltada. Acaba de tener un sueño
espantoso, que no recuerda con mayor exactitud; llena de
pena, tiene el sentimiento de algo que falta, pero también
de algo que sobra. La excitante brisa lleva indolentemente
la energía de Nü-wa para repartirla en el universo.
Se
frota los ojos.
En el
cielo rosa flotan banderolas de nubes verde roca; más allá
parpadean las estrellas. En el horizonte, entre las nubes
sangrientas, resplandece el sol, semejante a un globo de
oro que gira en un flujo de lava; al frente, la luna fría
y blanca parece una masa de hierro. Pero Nü-wa no mira
cuál de los astros sube ni cuál desciende.
La
tierra está vestida de verde tierno; hasta los pinos y los
abetos de hojas perennes tienen un atavío fresco. Enormes
flores rosa pálido o blanco azulado se funden en la
lejanía en una bruma coloreada.
—¡Caramba! ¡Nunca he estado tan ociosa!
En
medio de sus reflexiones, se levanta bruscamente: estira
los redondos brazos, desbordantes de fuerza, y bosteza
hacia el cielo, que de inmediato cambia de tono,
coloreándose de un misterioso tinte rosa carne; ya no se
distingue dónde se encuentra Nü-wa.
Entre
el cielo y la tierra, igualmente rosa carne, ella avanza
hacia el mar. Las curvas del cuerpo se pierden en el
océano luminoso teñido de rosa; sólo en el medio de su
vientre se matiza un reguero de blancura inmaculada. Las
olas asombradas suben y bajan a un ritmo regular, mientras
la espuma la salpica. El reflejo brillante que se mueve en
el agua parece dispersarse en todas partes sin que ella
note nada. Maquinalmente dobla una rodilla, extiende el
brazo, coge un puñado de barro y lo modela: un pequeño ser
que se le parece adquiere forma entre su dedos.
—¡Ah!
¡Ah!
Es
ella quien acaba de formarlo. Sin embargo, se pregunta si
esa figurita no estaba enterrada en el suelo, como las
batatas, y no puede retener un grito de asombro.
Por lo
demás, es un asombro gozoso. Con ardor y alegría como no
ha sentido jamás, prosigue su obra de modelado, mezclando
a ella su sudor...
—¡Nga!
¡Nga!
Los
pequeños seres se ponen a gritar.
—¡Oh!
Asustada, tiene la impresión de que por todos sus poros se
escapa no sabe qué. La tierra se cubre de un vapor blanco
como la leche. Nü-wa se ha recobrado; los pequeños seres
se callan también.
Algunos comienzan a parlotear:
—¡Akon!
¡Agon!
—¡Ah,
tesoros míos!
Sin
quitarles los ojos de encima, golpea dulcemente con sus
dedos untados de barro los rostros blancos y gordos.
—¡Uva!
¡Ahahá!
Ríen.
Es la
primera vez que oye reír en el universo. Por primera vez
también ella ríe hasta no poder cerrar los labios.
Mientras los acaricia, continúa modelando otros. Las
pequeñas criaturas dan vueltas a su alrededor alejándose y
hablando volublemente. Ella deja de comprenderlos. A sus
oídos no llegan sino gritos confusos que la ensordecen.
Su
prolongada alegría se transforma en lasitud; ha agotado
casi por completo su aliento y su transpiración. La cabeza
le da vueltas, sus ojos se oscurecen, sus mejillas arden;
el juego ya no la divierte y se impacienta. Sin embargo,
sigue modelando maquinalmente.
Por
fin, con las piernas y los riñones doloridos, se pone de
pie. Apoyada contra una montaña bastante lisa, con el
rostro levantado, mira. En el cielo flotan nubes blancas,
parecidas a escamas de peces. Abajo, el verde tierno se ha
convertido en negro. Sin razón, la alegría se ha marchado.
Presa de angustia, tiende la mano y de la cima de la
montaña arranca al azar una planta de glicina, cargada de
enormes racimos morados y que sube hasta el cielo. La
deposita en el suelo, donde hay esparcidos pétalos medio
blancos, medio violetas.
Con un
ademán, agita la glicina dentro del agua barrosa y deja
caer trozos de lodo desmigajado, que se transforman en
otros tantos seres pequeñitos parecidos a los que ya ha
modelado. Pero la mayor parte de ellos tienen una
fisonomía estúpida, el aspecto aburrido, rostro de gamo,
ojos de rata; ella no tiene tiempo de ocuparse de
semejantes detalles y, con deleite e impaciencia, como en
un juego, agita más y más rápido el tallo de glicina que
se retuerce en el suelo dejando un reguero de barro, como
una serpiente coral alcanzada por un chorro de agua
hirviente. Los trozos de tierra caen de las hojas como
chaparrón, y ya en el aire toman la forma de pequeños
seres plañideros que se dispersan arrastrándose hacia
todos lados.
Casi
sin conocimiento, retuerce la glicina más y más fuerte.
Desde las piernas y la espalda, el dolor sube hacia sus
brazos. Se pone en cuclillas y apoya la cabeza contra la
montaña. Sus cabellos negros como laca se esparcen sobre
la cima, recupera el aliento, deja escapar un suspiro y
cierra los ojos. La glicina cae de su mano y, agotada, se
tiende desmayadamente en tierra.
II
Un
ruido terrible, producido por el derrumbamiento del cielo
y la tierra, despierta sobresaltada a Nü-wa. Se desliza en
línea recta hacia el sureste.
Estira
un pie para sujetarse, sin lograrlo. De inmediato extiende
un brazo y se coge de la cima de la montaña, lo que
detiene su caída.
Agua,
arena y piedras ruedan por encima de la cabeza y por
detrás de la espalda. Se vuelve ligeramente. El agua le
penetra por la boca y las orejas. Inclina la cabeza y ve
que la superficie del suelo está agitada por una especie
de temblor. El temblor parece apaciguarse. Después de
retroceder, se instala en un lugar seguro y puede soltar
presa, para limpiarse el agua que ha llenado sus sienes y
sus ojos, a fin de examinar lo que ocurre.
La
situación es confusa. Toda la tierra está llena de
corrientes de agua que parecen cascadas. Gigantescas olas
agudas surgen de algunos sitios, probablemente del mar.
Alelada, espera.
Al fin
la gran calma se restablece. Las olas más elevadas ahora
no sobrepasan la altura de los viejos picachos; allá donde
se halla tal vez el continente, surgen osamentas rocosas.
Mientras contempla el mar, ve varias montañas que,
llevadas por el océano, avanzan hacia ella girando en
inmensos remolinos. Temerosa de que choquen contra sus
pies, Nü-wa tiende la mano para detenerlas y distingue,
agazapados en cavernas, a una cantidad de seres cuya
existencia no sospechaba.
Atrae
hacia sí las montañas para observar a gusto. Junto a esos
pequeños seres, la tierra está manchada de vómitos
semejantes a polvo de oro y jade, mezclados con agujas de
abetos y pinos y con carne de pescado, todo masticado
junto. Lentamente levantan la cabeza, uno tras otro. Los
ojos de Nü-wa se dilatan; le cuesta comprender que son los
que ella modeló antes; de manera cómica, se han envuelto
los cuerpos y algunos tienen la parte inferior del rostro
disimulada por una barba blanca como la nieve, pegada por
el agua del mar en forma semejante a las hojas puntiagudas
del álamo.
—¡Oh!
—exclama asombrada y asustada, como al contacto de una
oruga.
—¡Diosa Suprema, sálvanos!...—dice con la voz entrecortada
uno de los seres con la parte inferior del rostro cubierta
de barba blanca con la cabeza en alto, mientras vomita—:
¡Sálvanos!... Tus humildes súbditos... buscan la
inmortalidad. Nadie podía prever el derrumbe del cielo y
la tierra... ¡Felizmente... te hemos encontrado, Diosa
Soberana!... Te rogamos que nos salves de la muerte... y
nos des el remedio que... que procura la inmortalidad...
Baja y
sube la cabeza curiosamente, en un movimiento perpetuo.
—¿Cómo? —pregunta ella sin comprender.
Otros
abren la boca y del mismo modo vomitan al mismo tiempo que
exclaman: "¡Diosa Soberana! ¡Diosa Soberana!"; luego se
entregan a extrañas contorsiones hasta el punto de que
ella, irritada, lamenta el gesto que le provoca molestias
incomprensibles. Recorre los alrededores con la mirada: ve
un grupo de tortugas gigantes que se divierten en el mar.
Exultante de alegría, deposita las montañas sobre sus
caparazones y ordena:
—Llévenme esto a un sitio más tranquilo.
Las
tortugas gigantes parecen asentir con un movimiento de
cabeza y se alejan; pero Nü-wa ha hecho un ademán
demasiado brusco: de una montaña cae un pequeño ser con la
cara adornada de barba blanca. ¡Helo ahí, separado de los
otros! Y como no sabe nadar, se prosterna a la orilla del
agua, golpeándose el rostro. Un impulso de piedad cruza el
corazón de la diosa, pero no se retrasa: no tiene tiempo
que dedicar a semejantes bagatelas.
Suspira; el corazón se le aligera. A su alrededor, el
nivel del agua ha bajado notablemente. Por todas partes
surgen vastos terrenos cubiertos de limo o de piedras en
cuyas hendiduras se hacina una multitud de pequeños seres,
unos inmóviles, otros moviéndose todavía. Se fija en uno
de ellos que la mira estúpidamente con ojos blancos. El
cuerpo entero está cubierto de placas de hierro; en su
rostro se pintan la desesperación y el miedo.
—¿Qué
te ha ocurrido? —le pregunta en tono indiferente.
—¡Caramba! La desgracia nos ha caído del Cielo —responde
con voz triste y lamentable—. Violando el derecho, Chuan
Sü se ha rebelado contra nuestro rey; nuestro rey ha
querido combatirlo de acuerdo con las leyes del Cielo. La
batalla tuvo lugar en el campo; y como el Cielo no nos
otorgó su protección, nuestro ejército tuvo que
retirarse...
—¿Cómo?
Nü-wa
no ha oído jamás nada de tal cosa y su sorpresa se deja
ver.
—Nuestro ejército ha tenido que retirarse; nuestro rey ha
estrellado la cabeza contra el Monte Hendido, ha quebrado
la columna de la bóveda celeste y roto los cables de la
tierra. ¡Ha muerto! ¡Caramba! ¡Esta es la verdad que...!
—¡Basta! ¡Basta! ¡No comprendo lo que me cuentas!
Al
volverse, ve a otro pequeño ser, cubierto también de
placas de hierro, pero con rostro orgulloso y alegre.
—¿Qué
ha pasado?
Ella
sabe ahora que esas minúsculas criaturas pueden mostrar
cien rostros diferentes, por eso quisiera conseguir una
respuesta comprensible.
—El
espíritu humano rompe con la antigüedad. En realidad, Kang
Jui tiene un corazón de cerdo; ha tratado de usurpar el
trono celestial; nuestro rey mandó una expedición contra
él, conforme con los deseos del Cielo. La batalla tuvo
lugar en el campo. Como el Cielo nos diera su protección,
nuestras tropas se han mostrado invencibles y han
desterrado a Kang Jui al Monte Hendido.
—¿Cómo?
Probablemente Nü-wa no ha comprendido una palabra.
—El
espíritu humano rompe con la antigüedad...
—¡Basta! ¡Basta! ¡Siempre la misma historia!
Está
furiosa. Sus mejillas enrojecen hasta las orejas. Se
vuelve a otro lado y descubre con dificultad a un tercer
ser, que no lleva placas de hierro. Su cuerpo desnudo está
cubierto de heridas que todavía sangran. Se cubre con
rapidez los riñones con un paño desgarrado que acaba de
sacar a un compañero ahora inerte. Sus rasgos muestran
calma.
Ella
se imagina que éste no pertenece a la misma raza que los
otros y que acaso él podrá informarla.
—¿Qué
ha pasado? —pregunta.
—¿Qué
ha pasado? —repite él levantando ligeramente la cabeza.
—¿Qué
es este accidente que acaba de producirse?...
—¿El
accidente que acaba de producirse?
Ella
arriesga una suposición:
—¿Es
la guerra?
—¿La
guerra?
A su
vez, él va repitiendo las preguntas.
Nü-wa
aspira una bocanada de aire frío. Con la frente en alto,
contempla el cielo que presenta una fisura larga, muy
profunda y ancha. Ella se levanta y lo golpea con las
uñas: la resonancia no es pura; es más o menos como la de
un tazón resquebrajado. Con las cejas fruncidas, escruta
hacia las cuatro direcciones. Después de reflexionar, se
estruja los cabellos para dejar escurrir el agua, los
divide en dos mechones que se echa sobre los hombros y
llena de energía se dedica a arrancar cañas: ha decidido
"reparar antes que nada la bóveda celeste".
Desde
entonces, de día y de noche, amontona las cañas; a medida
que el hacinamiento aumenta, ella se debilita, porque las
condiciones no son las mismas que otras veces. Arriba está
el cielo oblicuo y hendido; abajo, la tierra llena de lodo
y grietas. Ya no hay nada que le regocije los ojos y el
corazón.
Cuando
el montón de cañas llega a la hendidura, va en busca de
piedras azules. 'Quiere emplear únicamente piedras azul
cielo del mismo tono que el firmamento, pero no hay
bastantes en la tierra. Como no quiere usar las grandes
montañas, a veces va a las regiones pobladas en busca de
los fragmentos que le convienen. Es objeto de burlas y
maldiciones. Algunos pequeños seres le quitan lo que ha
recogido; otros llegan al extremo de morderle las manos.
Tiene que recoger algunas piedras blancas: tampoco ésas
son suficientes. Agrega piedras rojas, amarillas, hasta
grisáceas. Al fin consigue tapar la hendidura. No le queda
sino encender fuego y hacer que los materiales se fundan:
su tarea va a terminar. Pero está de tal modo agotada que
sus ojos lanzan centellas y los oídos le zumban. Está a
punto de que la abandonen las fuerzas.
—¡Caramba! ¡Nunca he sentido tal cansancio! —dice,
perdiendo el aliento.
Se
sienta en la cima de una montaña y apoya la cabeza en las
manos.
En ese
instante aún no se extingue el inmenso incendio de los
viejos bosques sobre el monte Kunlún. Al oeste, el
horizonte está rojo. Echa una mirada hacia allí y decide
coger un gran árbol ardiendo para encender la masa de
cañas. Cuando va a tender la mano, siente una picadura en
el dedo gordo del pie.
Mira
hacia abajo: es uno de esos pequeños seres que ella modeló
antes, pero éste ha tomado un aspecto aun más curioso que
los otros. Pedazos de tela, complicados y molestos, le
cuelgan del cuerpo; una docena de cintas flota alrededor
de su cintura; la cabeza está velada con quién sabe qué;
en la parte más alta del cráneo lleva sujeta una plancha
negra rectangular; en la mano tiene una tablilla con la
que pica el pie de la diosa.
El ser
tocado con la plancha rectangular, de pie junto a Nü—wa,
mira hacia lo alto. Al encontrar los ojos de la diosa, se
apresura a presentar la tablilla; ella la toma. Es una
tablilla de bambú verde, muy pulida, en la cual hay dos
columnas de minúsculos puntos negros mucho más pequeños
que los que se ven en las hojas de encima. Nü-wa admira la
delicadeza del trabajo.
—¿Qué
es eso? —pregunta con curiosidad.
El
pequeño ser tocado con la plancha rectangular recita con
el tono de una lección bien aprendida:
—Al ir
completamente desnuda, te entregas al libertinaje, ofendes
la virtud, desprecias los ritos y quebrantas las
conveniencias; tal conducta es la de un animal. La ley del
Estado está firmemente establecida: eso está prohibido.
Nü-wa
mira la tablilla y ríe secretamente, pensando que ha sido
una tontería formular esa pregunta. Sabe que la
conversación con semejantes seres es imposible, de modo
que se atrinchera en el silencio. Coloca la tablilla de
bambú sobre la plancha que cubre el cráneo del pequeño ser
y luego, extendiendo el brazo, arranca del bosque en
llamas un gran árbol ardiendo y se prepara para encender
el montón de cañas.
De
pronto oye sollozos, un ruido nuevo para ella. Al bajar la
vista descubre que bajo la plancha, los pequeños ojos
retienen dos lágrimas más pequeñas que granos de mostaza.
¡Qué diferencia con los lamentos "nga, nga" que está
habituada a escuchar! No entiende lo que sucede.
Enciende el fuego en varios puntos.
Al
comienzo éste no es muy vivo, porque las cañas no están
completamente secas; crepita, sin embargo. Al cabo de un
momento, innumerables llamas se propagan, avanzan,
retroceden, se alzan lamiendo las ramas por todos lados y
se juntan para formar una flor de corola doble y luego una
columna luminosa, cuyo resplandor sobrepasa en intensidad
al del incendio del monte Kunlún. Un viento salvaje se
levanta. La columna de fuego ruge mientras gira, las
piedras azules y de otros tonos toman un color rojo
uniforme. Como un torrente de caramelo, las rocas en
fusión se deslizan en la brecha como un relámpago
inextinguible.
El
viento y el soplido de la hoguera desbaratan en cascadas.
El resplandor del fuego le ilumina el cuerpo. En el
universo aparece por última vez el tono rosa carne.
La
columna de fuego continúa subiendo, hasta que no queda de
ella más que un montón de cenizas. Cuando el cielo se ha
vuelto otra vez enteramente azul, Nü-wa estira la mano
para palpar la bóveda, en la cual sus dedos descubren
muchas asperezas.
"Ya
veré, cuando haya descansado...", piensa.
Se
inclina para recoger la ceniza de las cañas, llena con
ella el hueco de sus manos juntas y la deja caer sobre el
diluvio que cubre la tierra. La ceniza aún caliente
provoca la ebullición de las aguas; la ola mezclada de
ceniza baña el cuerpo entero de la diosa; el viento que
sopla tempestuosamente arroja sobre ella las cenizas.
—¡Oh!...
Exhala
un último suspiro.
En el
horizonte, entre las nubes sangrientas, el sol
resplandeciente, semejante a un globo de oro, gira en un
flujo de vieja lava. Al frente, la luna fría y blanca
parece una masa de hierro. No se sabe cuál de los astros
sube, cuál desciende. Agotada, Nü-wa se tiende; su
respiración se detiene.
De
arriba abajo reina en las cuatro direcciones un silencio
más fuerte que la muerte.
III
En un
día frío resuenan los clamores. Las tropas reales llegan
al fin. Han esperado que cesaran el resplandor del fuego,
el humo y el polvo, por eso han tardado tanto. A la
izquierda, un hacha amarilla. A la derecha, un hacha
negra. Detrás, un viejo y gigantesco estandarte.
Los
hombres avanzan con precaución hasta donde yace el cadáver
de Nü-wa. Ningún movimiento. Levantan entonces su
campamento en la piel de su vientre, porque es el sitio
más blando: son muy hábiles para escoger. Alterando
bruscamente el tono de sus fórmulas, se proclaman los
únicos herederos de la diosa y cambian la inscripción de
los jeroglíficos en forma de renacuajo de su gran
estandarte en "Entrañas de Nü-wa".
El
viejo taoísta que había caído a orillas del mar tuvo
generaciones y generaciones de discípulos. Sólo en el
momento de morir reveló a ellos la importancia histórica
de las Montañas de los Inmortales, llevadas a alta mar por
las tortugas gigantes. Los discípulos transmitieron a los
suyos esta tradición. Para terminar, un mago a la caza de
favores la comunicó al primer emperador de la dinastía
Chin, quien le ordenó partir en busca de ellas.
El
mago no encontró nada.
El
emperador murió.
Más
tarde, el emperador Wu, de la dinastía Jan, hizo que se
emprendiera de nuevo la búsqueda, sin obtener resultado
alguno.
Las
tortugas gigantes probablemente no habían comprendido bien
las palabras de Nü-wa. Su aprobación con la cabeza no fue
tal vez otra cosa que una coincidencia. Nadaron por aquí y
por allá durante cierto tiempo, luego se fueron a dormir y
las montañas se derrumbaron. Por eso es que hasta ahora
nadie ha podido ver jamás ni la sombra de una de las
Montañas de los Inmortales. Cuanto mucho se descubre
cierto número de islas salvajes.
Noviembre de 1922
Trata de la leyenda acerca del golpe asestado sobre el
Monte Hendido por el enfurecido Kung Kung. En
Juainantsi se dice: "En tiempos muy antiguos, Kung
Kung, enfurecido, dio un golpe al Monte Hendido por
haber guerreado con Chuan Sü por el trono, lo que
ocasionó el rompimiento del pilar celeste y la ruptura
de un rincón de la tierra. El cielo se inclinó hacia
el noroeste y los astros cambiaron de lugar; la tierra
se hundió en el sureste, hacia donde fluyeron las
aguas y la polvareda". Según se dice, Chuan Sü fue
nieto del Emperador Amarillo y uno de los cinco
emperadores en la historia antigua de China. Kung Kung,
llamado también Kang Jui, fue duque en aquella época.
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