PREFACIO: EL TEATRO Y LA CULTURA
Nunca, ahora que la vida misma sucumbe,
hemos hablado tanto de civilización y de cultura. Y hay un
extraño paralelismo entre este derrumbe generalizado de la
vida, que es la base de la desmoralización actual, y la
preocupación por una cultura que jamás ha coincidido con
la vida, y que en verdad la tiraniza.
Antes de llegar a la cultura, señalo que el
mundo tiene hambre, y que no se preocupa por la cultura, y
que sólo artificialmente pueden orientarse hacia la
cultura pensamientos que sólo están centrados en el
hambre.
Defender una cultura cuya existencia jamás
ha salvado a un hombre de la preocupación de vivir mejor o
de no tener hambre, no me parece tan urgente como extraer
de la llamada cultura ideas de una fuerza viviente
idéntica a la del hambre.
Tenemos necesidad de vivir y de creer en
aquello que nos hace vivir, y de creer que alguna cosa que
nos hace vivir... y lo que brota de nuestro propio
interior misterioso no debe aparecérsenos siempre como una
preocupación groseramente digestiva.
Quiero decir que si a todos nos importa
comer de manera inmediata, más nos importa aún no
derrochar en la preocupación de comer de inmediato nuestra
simple fuerza de tener hambre.
Si el signo de la época es la confusión, yo
veo como base de esa confusión una ruptura entre las cosas
y las palabras, las ideas, los signos que son la
representación de las cosas.
Por cierto, no faltan los sistemas de
pensamiento; su número y contradicciones caracterizan
nuestra vieja cultura europea y francesa: ¿pero dónde se
advierte que la vida, nuestra vida, haya estado afectada
alguna vez por tales sistemas?
No digo que los sistemas filosóficos sean
de aplicación directa e inmediata, pero una de dos:
O esos sistemas están en nosotros, y nos
impregnan de tal modo que vivimos de ellos (¿y en ese caso
qué importan los libros?); o no nos impregnan de ellos y
entonces no son capaces de hacemos vivir... (y en ese
caso, ¿qué importa si desaparezcan?)
Es necesario insistir en esta idea de la
cultura en acción y que se convierte en nosotros en un
órgano nuevo, una suerte de soplo de vida secundario: y la
civilización surge de la cultura que se aplica y que rige
hasta nuestras acciones más sutiles, el espíritu presente
en las cosas; sólo artificialmente separamos la
civilización de la cultura, y hay dos palabras para
significar una única e idéntica acción.
Juzgamos a alguien civilizado según el modo
en que se comporta, y piensa como se comporta; pero ya en
la palabra civilización aparece la confusión: para todo el
mundo, alguien civilizado y cultivado es un hombre
modelado en base a sistemas, que piensa en sistemas, en
formas, en signos, en representaciones.
Es un monstruo que ha desarrollado hasta el
absurdo esa facultad que tenemos de derivar pensamientos
de nuestros actos, en vez de identificar nuestros actos
con nuestros pensamientos.
Si a nuestra vida le falta una constante
magia, es porque nos complace observar nuestros actos y
perdernos en consideraciones acerca de la formas
imaginaria de nuestros actos, en vez de ser expuestos por
ellos.
Y esa facultad es exclusivamente humana.
Diría incluso que es una infección de lo humano que nos
estropea las ideas que hubieran debido seguir siendo
divinas, ya que pienso que, lejos de creer en lo
sobrenatural, lo divino inventado por el hombre es tan
sólo la intervención milenaria del hombre que ha terminado
por corromper lo divino.
Todas nuestras ideas sobre la vida deben
retomarse en una época en la que ya nada adhiere a la
vida. Y esta penosa escisión es la causa de que las cosas
se venguen, y de que la poesía ya no esté en nosotros y de
que ya no encontremos apoyo más que en el costado malo de
las cosas; y jamás hemos visto tantos crímenes, cuya
singularidad sólo se explica mediante nuestra impotencia
para poseer nuestra significar una única e idéntica
acción.
Juzgamos a alguien civilizado según el modo
en que se comporta, y piensa como se comporta; pero ya en
la palabra civilización aparece la confusión: para todo el
mundo, alguien civilizado y cultivado es un hombre
modelado en base a sistemas, que piensa en sistemas, en
formas, en signos, en representaciones.
Es un monstruo que ha desarrollado hasta el
absurdo esa facultad que tenemos de derivar pensamientos
de nuestros actos, en vez de identificar nuestros actos
con nuestros pensamientos.
Si a nuestra vida le falta una constante
magia, es porque nos complace observar nuestros actos y
perdernos en consideraciones acerca de la formas
imaginaria de nuestros actos, en vez de ser expuestos por
ellos.
Y esa facultad es exclusivamente humana.
Diría incluso que es una infección de lo humano que nos
estropea las ideas que hubieran debido seguir siendo
divinas, ya que pienso que, lejos de creer en lo
sobrenatural, lo divino inventado por el hombre es tan
sólo la intervención milenaria del hombre que ha terminado
por corromper lo divino.
Todas nuestras ideas sobre la vida deben
retomarse en una época en la que ya nada adhiere a la
vida. Y esta penosa escisión es la causa de que las cosas
se venguen, y de que la poesía ya no esté en nosotros y de
que ya no encontremos apoyo más que en el costado malo de
las cosas; y jamás hemos visto tantos crímenes, cuya
singularidad sólo se explica mediante nuestra impotencia
para poseer nuestra vida.
Si el teatro está hecho para permitir que
nuestros deseos reprimidos cobren vida, una suerte de
poesía atroz se expresa por medio de los actos singulares
en los que las alteraciones del hecho de vivir demuestran
que la intensidad de la vida está intacta, y que bastaría
dirigirla mejor.
Pero por mayor que sea intensidad con la
que reclamamos la magia, en el fondo tenemos miedo de un a
vida que se desarrollaría por completo bajo el signo de la
verdadera magia.
De este modo, nuestra ausencia arraigada
de cultura se asombra de ciertas grandiosas anomalías, y
de que por ejemplo, en un a isla sin ningún contacto con
la civilización actual, el simple paso de un barco que
transporta nada más que gente en buen estado de salud
pueda provocar en esa isla la aparición de enfermedades
desconocidas y que son una especialidad de nuestros
países: reumatismo, sinusitis, gripe, influenza,
polineuritis, etc.
Y lo mismo ocurre si pensamos que los
negros tienen mal olor: ignoramos que para todo lo que no
sea Europa, somos nosotros, los blancos, los que olemos
mal. Y diría incluso que olemos con un olor blanco, blanco
como se habla de un “mal blanco”.
Como el fuego que arde hasta el blanco,
podemos decir que todo aquello que es excesivo es blanco,
y para un asiático el color blanco se ha convertido en la
insignia más extrema de la descomposición.
Dicho esto, podemos empezar a plantear una
idea de la cultura, una idea que es antes que nada una
protesta.
Una protesta contra el empequeñecimiento
insensato que se ha impuesto a la idea de la cultura,
reduciéndola a una suerte de inconcebible panteón, lo cual
resulta en una idolatría de la cultura, del mismo modo que
las religiones idólatras que sitúan a sus dioses dentro de
un panteón. Una protesta contra la idea aparte que se hace
de la cultura, como si la cultura estuviera de un lado y
la vida del otro, y como si la verdadera cultura no fuera
un medio refinado de comprender y de ejercer la vida.
Podemos incendiar la biblioteca de
Alejandría. Por debajo y por encima de los papiros, hay
fuerzas: nos quitará por algún tiempo la facultad de
reencontrar esas fuerzas, pero no se eliminará su energía.
Y es bueno que las facilidades demasiado grande
desaparezcan y que las formas caigan en el olvido, ya que
la cultura sin espacio ni tiempo y que libera nuestra
capacidad nerviosa reaparecerá con nuevas energías. Y es
justo que de tanto en tanto se produzcan cataclismos que
nos inciten a volver a la naturaleza, es decir a recuperar
la vida. El viejo totemismo de los animales, de Las
piedras, de los objetos cargados de poder, de las
vestimentas impregnadas de bestialidad, todo eso que
sirve, en una palabra, para captar, dirigir y derivar
fuerzas, es para nosotros una cosa muerta, de la que sólo
sabemos extraer un provecho artístico y estático, un
provecho de espectadores y no de actores.
Pero el totemismo es actor pues se mueve, y
está hecho por actores; y toda cultura verdadera se apoya
sobre los medios bárbaros y primitivos del totemismo, por
lo que deseo adorar la vida salvaje, es decir enteramente
espontánea.
Lo que nos ha hecho perder la cultura es
nuestra idea occidental del arte y el provecho que de él
sacamos. Arte y cultura no pueden, así, estar de
acuerdo... ¡contrariamente a la costumbre universal!
La verdadera cultura actúa gracias a su
exaltación y por su fuerza, y el ideal europeo del arte
pretende colocar a1 espíritu en una actitud separada de la
fuerza que ayuda a su exaltación. Es una idea perezosa,
inútil y que engendra, al poco tiempo, la muerte. Los
múltiples anillos de la Serpiente Quetzalcoatl son
armoniosos porque expresan el equilibrio y los giros de
una fuerza durmiente, y la intensidad de las formas sólo
está allí para seducir y captar una fuerza que, en música,
emana de un clavecín desgarrante.
Los dioses que duermen en los museos: el
dios del Fuego con su pebetero que recuerda al trípode de
la Inquisición; Tlaloc, uno de los múltiples dioses del
Agua, con su muralla de granito verde; la Diosa Madre de
las Aguas; la Diosa Madre de las Flores; la expresión
inmutable y que suena, bajo varias capas de agua, de la
Diosa del vestido verde jade; la expresión arrobada y
dichosa, el rostro crepitante de aromas, donde los átomos
del sol rebotan, de la Diosa Madre de las Flores; esa
especie de servidumbre obligada de un mundo donde la
piedra se anima porque ha estado trabajada como se debe,
el mundo de los civilizados orgánicos, quiero decir en el
que los órganos vitales también salen de su reposo, ese
mundo humano entre nosotros, que participa de la danza de
los dioses, sin volverse ni mirar atrás, bajo la pena de
convertirse, como nosotros mismos, en estériles estatuas
de sal.
En México, ya que de México se trata, no
hay arte y las cosas son útiles. Y el mundo está en un
estado de perpetua exaltación.
A nuestra idea inerte y desinteresada del
arte, una cultura auténtica opone una idea mágica y
violentamente egotista, es decir interesada. Pues los
mexicanos captan el Manas, las fuerzas que duermen en cada
forma, y que no pueden surgir de una contemplación de las
formas en sí mismas, sino que surgen de una identificación
mágica con esas formas. Y los viejos Totems están allí
para acelerar la comunicación.
Es duro cuando todo nos impulsa a dormir,
mirando con ojos pegados y conscientes, a despertarnos y
mirar como en sueños, con ojos que ya no saben para qué
sirven, y cuya mirada está vuelta hacia adentro.
Es sí que la idea extraña de una acción
desinteresada se produce, pero esa acción, de todos modos,
es más violenta e invita a la tentación del reposo.
Toda verdadera efigie tiene su sombra que
la duplica, y el arte surge a partir del momento en el que
el escultor que modela crea liberar una suerte de sombra
cuya existencia perturbará su reposo.
Como toda cultura mágica que descifran los
jeroglíficos adecuados, el verdadero teatro tiene también
sus sombras, y de todos los lenguajes y de todas las
artes, es el único que todavía posee sombras que han
traspasado sus limitaciones. Y desde sus orígenes,
podríamos decir que esas sombras no han soportado
limitaciones.
Nuestra idea petrificada del teatro está de
acuerdo con nuestra idea petrificada de una cultura sin
sombras, en la cual, se vuelva hacia donde se vuelva,
nuestro espíritu sólo encuentra el vacío, en tanto el
espacio está lleno.
Pero el verdadero teatro, por ser móvil y
por valerse de instrumentos vivos, sigue agitando sombras
en las que la vida no ha cesado de pulsar. El actor que no
hace dos veces el mismos gesto, pero que hace gestos, se
mueve y son duda brutaliza las formas, pero detrás de esas
formas, y debido a su destrucción, llega a eso que
sobrevive a las formas y las vuelve animadas.
El teatro que no está en nada pero que se
sirve de todos los lenguajes: gestos, palabras, sonidos,
fuego, gritos, se encuentra exactamente en el punto en el
que el espíritu tiene necesidad de un lenguaje para
producir sus manifestaciones.
Y la fijación del teatro en un lenguaje:
palabras escritas, música, luces, ruidos, indica
rápidamente su pérdida, la elección de un lenguaje que
prueba el gusto que sentimos por las facilidades de ese
lenguaje que, al desechar, produce limitación.
Tanto para el teatro como para la cultura,
queda abierta la cuestión de nombrar y dirigir las
sombras: y el teatro, que no se fija en el lenguaje ni en
las formas, destruye por ese hecho las falsas sombras,
pero prepara el camino para otro nacimiento de sombras en
torno de las cuales se congrega el verdadero espectáculo
de la vida.
Destruir el lenguaje para tocar la vida es
hacer o rehacer el teatro, y lo importante es no creer que
ese acto debe seguir siendo sagrado, es decir, reservado.
Lo importante es creer que cualquiera puede hacerlo, y que
hace falta una preparación.
Esto lleva a negar las limitaciones
habituales del hombre y los poderes del hombre, y a hacer
infinitas las fronteras de aquello que llamamos la
realidad.
Es necesario creer en un sentido de la vida
renovado por el teatro, en el que el hombre impávidamente
se vuelve amo de lo que todavía no es, y lo hace nacer. Y
todo lo que aún no ha nacido puede nacer todavía, siempre
que no nos contentemos con ser simples órganos de
repetición.
Además, cuando pronunciamos la palabra
vida, es necesario comprender que no se trata de la vida
reconocida por fuera de los hechos, sino de esa especie de
frágil pero móvil foco al que las formas no tocan. Y si
existe en esta época algo infernal y verdaderamente
maldito es demorarse artísticamente en las formas, en vez
de ser como los condenados a la hoguera a los que se quema
y que hacen signos entre las llamas.