BARRINGTON BAYLEY

Aunque Barrington Bayley (1937) es casi tan desconocido en español como para el lector norteamericano, es uno de los autores ingleses considerados en su medio.

En su obra desarrolla con inusual profundidad planteos lógicos, físicos y matemáticos, despojados en muchas ocasiones de los habituales elementos narrativos.

El alma del robot (1974), atípica en su producción, aborda el tema de la conciencia del robot, pero con un tratamiento ligero y humorístico.

En La exploración del espacio, Bayley intenta un ingenioso sistema conjetural donde entremezcla principios filosóficos (al menos menciona la crítica aristotélica al atomismo) y principios científicos (a verificar), para asegurar que el tiempo-espacio integra un ínfimo ámbito de la realidad.

Lo curioso es que lo advierte merced a la confesión de un caballo de ajedrez que se anima mágicamente mientras él saborea el dulce sabor del opio.

Como en literatura no hay verdades ni valores sino que todo es posible y probable, lo de Bayley constituye una conjetura, como sus sospechadas y diversas estructuras espaciales de las que da cuenta el mencionado caballo.

De ella no es posible inferir si pretende anoticiarnos de una teoría científica con aspecto literario o una narración con veleidad científica.

En resumen, para aproximarse a él, se hace imprescindible leerlo. Es tan atrapante como el opio. Y también como la alucinógena hierba, la cuota de placer y/o daño que provoque será privativa de cada lector.

 

 

LA NAVE QUE SURCABA EL MAR DEL ESPACIO


Rim es el tipo de hombre que metería la cabeza en el In­fierno sólo para ver cuánto calor hace en ese sitio.

Es macizo, no muy alto, aunque esa clase de rasgos no cuentan mucho si miran a Rim actualmente. Todo lo que pueden ver es un vagabundo desgreñado y lagañoso, que se rasca sin parar porque hace años que no nos bañamos.

Rim y yo conseguimos un trabajito bastante cómodo. Estamos en esta espacionave orbital más allá de Neptuno y se supone que debemos investigar la incidencia de las partí­culas de alta energía y cosas así. O más bien es Rim quien debe hacerlo, porque yo no sé nada de física. Se supone que le hago compañía para que no se sienta solo.

Es para reírse. Pero soy un viejo compinche de Rim y en la Tierra nunca me fue demasiado bien con el trabajo. Cuan­do me habló de esta forma de ganarme la vida fácilmente, bueno, me alegró alejarme de la vida errante.

En realidad, Rim es uno de los mejores físicos del siste­ma, y podría hacer investigaciones mucho más valiosas, pero éste es el único trabajo que pudo conseguir después de darle un puñetazo al Director de Investigación Subnu­clear de la Universidad de Londres. Sin embargo creo que prefiere estar aquí, afuera.

A decir verdad, la pasamos bastante bien. No como en el Infierno —hace mucho frío—, pero estamos cómodos y abri­gados en nuestro cuartel. De vez en cuando Rim se rebaja a pasar unas horas rastreando las viboreantes particulitas y demás; el resto del tiempo haraganeamos, nos emborracha­mos, discutimos y a veces llegamos a pelearnos. Rim siem­pre gana, pero juro que le romperé los huesos antes de reventar. Tenemos una provisión vitalicia de cerveza negra. Terminarla nos lleva cerca de un año. Entonces volvemos a la Tierra a reaprovisionarnos y trepamos otra vez hasta aquí.

La última vez que estuvimos en casa, a Rim lo repren­dieron por la escasez de informes, pero en ese período nun­ca lo vi trabajar.

No se lo puede culpar. Para un tipo como Rim esto es un poco rutinario y él nació para cosas mejores.

A veces nos cansamos de estar adentro de la nave de in­vestigación, así que nos ponemos los trajes y vamos a sen­tarnos afuera, exprimiendo cerveza negra por el orificio pa­ra líquidos de los trajes y contemplando el universo. El es­pacio es un lindo espectáculo, sobre todo aquí, donde el sol es apenas algo mayor que una estrella muy brillante. Es muy oscuro, pero no turbio, quiero decir, se puede ver bien pero no hay nada cerca para mirar. Es frío y desolado.

Sin embargo a Rim y a mí no nos importa. Los dos estamos cansados de los seres humanos y me enteré de que ahora hablan de prohibir la bebida, allá en la Tierra.

 

Con todo, fue mientras nos encontrábamos sentados ahí afuera, un día, cuando de pronto me di cuenta de que podía ver algo.           

Se lo señalé a Rim. Era un objeto oscuro, demasiado pequeño y distante como para advertir detalles, pero tapaba las estrellas y la luz se reflejaba en él.

—Muchacho —dijo Rim, maravillado—, tal vez sea un as­teroide.

La idea le gustaba. No habíamos encontrado ningún asteroide allá arriba, pero si lo hacíamos, en el depósito había explosivos como para partirlo en dos. A Rim le encanta jugar con explosivos.

Nos atropellamos para entrar a la cámara de presión, nos sacamos los cascos y fuimos al cuarto de control. Rim pronto encuadró al objeto en la pantalla y tomó algunos datos con los instrumentos.

—Se mueve a unos cincuenta kilómetros por hora —dijo mientras encendía los propulsores de maniobra—. Vamos a darIe un vistazo.

—¿Cincuenta kilómetros por hora? No es mucho, ¿verdad?

—En relación con nosotros —A través del pelo enmara­ñado y la barba que le cubría casi toda la cara pude distin­guir que había arrugado un poco el entrecejo—. Espero que esté en órbita, como nosotros.

—¿Entonces por qué tiene una diferencia de velocidad de cincuenta kilómetros por hora? Tendría que tener la misma velocidad.

Rim no contestó. Tenía una botella entre los dientes. Pero cuando nos acercamos al asteroide, empezó a tambori­lear impaciente con los dedos sobre el masómetro. Por úl­timo le dio una patada brutal.

—Eh, ¿qué pasa? —le pregunté.

—El masómetro —refunfuñó—. No funciona.

—¿Qué quieres decir? Tiene que funcionar.

—¡No seas idiota, lo que está ahí afuera tiene que tener alguna masa! De todos modos, ahora estamos bastante cer­ca: vamos a salir y darle un vistazo de primera mano.

Bueno, no era un asteroide.

 

Calculé que tenía alrededor de un kilómetro de largo y la séptima parte de ancho en la parte central. Estaba cubier­to de franjas superpuestas de una sustancia opaca, que se movían a lo largo de él. Decir que tenía algo de extraño sería una cortés subestimación.

Entre otros detalles, yo no podía determinar su forma, salvo que era más largo que ancho. Cada vez que me concentraba para hacer una estimación visual, parecía evitarme deslizándose sin moverse. Resbaladizo como un pez, en lo que tiene que ver con la mente.

Había otro factor extraño. En el espacio no se tiene el menor sentido acerca de lo que está arriba o abajo. Sólo existe el aquí y el allá. Pero maldición, cada vez que miraba aquel objeto sentía que lo estaba mirando desde abajo. Me la pasé tratando de ubicarme en un punto más alto para ver qué había encima.

En realidad, los dos lo intentábamos. Recorrimos todo su contorno con nuestros trajes a reacción, tratando de des­cubrir qué era lo que no funcionaba. Pero fue inútil: desde cualquier ángulo presentaba el mismo aspecto, la misma sensación enloquecedora de que lo estábamos viendo desde abajo, de que había algo más para ver sobre el lado superior.

Por fin abandonamos y bajamos sobre el objeto propia­mente dicho. Cuando pulsé el botón del intercomunicador, oí que Rim se estaba rascando adentro del traje.

—No es un objeto natural —aventuró—, es un ar­tefacto.

—Oh, gracias, papá —me burlé—. Si no me lo dices, no me habría dado cuenta nunca.

—Está bien, cállate.

Se apartó malhumorado, farfullando para sí mientras se agachaba a examinar la curiosa superficie. Un minuto des­pués su voz volvió a sonar, intensa y amable ahora que ha­bía encontrado otra cosa para distraerse.

—Caramba, este material sí que es excéntrico —dijo—. No puedo sacarle el menor sonido.

—Bueno, ¿qué clase de sonido esperas en el espacio?

—Quiero decir que no puedo sacar ningún sonido por conducción cuando lo golpeo con el guante. Si hasta parece no .ofrecerle resistencia a la mano... sin embargo la mano se detiene, como debe ser, cuando hago presión. ¿Sabes una cosa? Creo que después de todo el masómetro funcionaba. ¡Esto no tiene masa!

—¡Fantástico! —exclamé sarcásticamente.

Se enderezó y se acercó.

—Se me acabó la cerveza —dijo—. ¿Te queda una botella?

Le tendí una en silencio y escuché sus desagradables sonidos cuando hizo pasar la cerveza por el casco y su gar­ganta.

La excitación le debía haber dado sed. Terminó el medio litro en cuarenta segundos, lanzó la botella al vacío y parpa­deó, contemplando nuestro descubrimiento con la mirada débil y turbia de cerveza. Prácticamente pude ver cómo el líquido le brotaba de los ojos.

—Es una nave —dijo—. No puede ser otra cosa. Y si es una nave tiene que ser hueca. Me gustaría echar un vistazo por dentro.

—Preferiría que te dedicaras a las partículas nucleares.

—Aahh... —Rim relajó los músculos dentro del traje, lo cual, si se tiene en cuenta la falta de gravedad, equivale a dejarse caer en un sillón. A veces Rim se deprime mucho y me di cuenta de que estaba por tener uno de esos estados de ánimo.

—Quédate aquí —ordenó un momento después—. Voy a traer la caja de herramientas.

Casi me lanzó al espacio con un chorro de propulsor mal controlado y pasó tambaleándose encima de mí hacia la na­ve de investigación. Me lo imaginé tropezando y dando vuel­tas en el interior, maldiciendo y poniendo todo patas arriba. Como hacía seis meses que no entraba al laboratorio debía de haber olvidado donde se encontraba cada cosa. Sin em­bargo, apareció minutos después con una bolsa de herra­mientas y un equipo energético auxiliar colgando del cuello.

—¡Iuujuuu, allá voy! —aulló mientras cruzaba a toda ve­locidad los quince kilómetros hasta la nave extranjera. Cuando llegué al punto donde había aterrizado, se aseguró con firmeza a la superficie, y estaba armando un          taladro eléctrico.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté.

—Abrir un agujero.

—Estás loco... —empecé. Después bajé la voz—: Mira, sea lo que fuere lo que está adentro, si quisiera encontrarse con nosotros ya hubiera salido. ¿No tienes un poco de deli­cadeza? ¡Además, no puedes agujerear una nave ajena por­que se te ocurra! Puede escapar todo el aire.

—No, no hay peligro —contestó con indiferencia—. Si tie­nen bastante inteligencia como para viajar por el espacio, también la tendrán para hacerse cargo de un pequeño pin­chazo. En todo caso, estoy perforando sólo para ver con qué esta hecho el casco.

Una vez dicho esto, hizo una conexión, y encorvándose sobre el taladro lo aplicó contra el costado de la nave.

Observé por unos instantes cómo entraba la punta en lo que parecía un tablón, pero después me invadió una sensa­ción desagradable y ya no tuve ganas de mirar.

Me alejé vagando por la curvatura de la nave, contem­plando ociosamente su forma ventruda, extraña. Por alguna razón seguía buscando una quilla... pero como es lógico no había ninguna quilla. Era sólo esa ocurrencia extraña, que insistía en que la nave flotaba erguida.

¿Flotaba? Bueno, sí, pensé. Supongo que puede decirse que las cosas flotan en el espacio.

Estaba por regresar a ver cómo le iba a Rim, cuando un movimiento me llamó la atención. Algo brillante y puntiagudo asomaba del maderamen...

—¡Rim! —chillé alarmado—. ¡Tu taladro está saliendo por el otro lado!

La punta del taladro dejó de moverse.

—¿A qué distancia estás?

—¡A unos cincuenta metros!

Rim maldijo, incrédulo, y vino a reunirse conmigo a toda velocidad. Abrió los ojos bien grandes cuando vio la punta del taladro.

—Ese taladro sólo tiene ocho pulgadas de largo. ¿Cómo puede atravesar cincuenta metros? Ve a ver... no, ¡quédate aquí un minuto!

Encendió su propulsor y desapareció tras la curvatura del objeto.

—Estoy moviendo el taladro —informó su voz—. ¿Se mueve la punta?

—S... sí —gemí, mientras contemplaba cómo salía y en­traba la punta del taladro—. ¡Ahora hiciste dos agujeros en vez de uno!

—Pero es imposible. Hagamos una cosa: toma la punta y muévela un poco; tenemos que aseguramos.

Después de un momento de vacilación, tomé con firmeza la mecha metálica y empujé, luego tiré, encontrando una re­sistencia que sabía que provenía de Rim. Su voz aulló en mis oídos.

—¡La empuñadura! ¡Se mueve en mi mano!

—Tengo miedo —afirmé, tanto con el tono de mi voz co­mo con las palabras.

    —Entonces ven a acompañarme. ¡Yo también tengo miedo!

Me sorprendió que algo pudiera asustar a Rim, pero bas­tó pensarlo para que aumentara la velocidad. Sin embargo, cuando llegué, parecía haber recobrado el control, aunque aún estaba encorvado sobre el taladro y lo sostenía con una mano que parecía crispada.

—¿Sabes lo que pienso? —susurró, mirándome desde aba­jo—. ¡Ahí dentro no hay espacio!

    —¿Quieres decir que es completamente sólido?

—No, no —sacudió la cabeza con exasperación—. Escu­cha: ¿recuerdas qué cantidad de taladro asoma por la otra punta? ¿Y sabes cuánto metí de este lado? ¡Diez centímetros! La punta entra aquí y reaparece al instante a cincuenta me­tros. No hay distancia dentro de la nave. La falta de distan­cia significa falta de espacio. El interior de la nave está va­cío de espacio.

Hubo una larga pausa.

—Volvamos al cuartel —dije débilmente.

Rim masculló, sacudiendo la cabeza. Pero retiró el taladro, lo desconectó y se preparó a partir.

Y entonces el taladro empezó a curvarse y ondular como ningún objeto sólido puede hacerlo. Eso no era todo. El brazo y la mano con la que Rim sostenía la herramienta también empezaron a curvarse y ondular, a fluir, como si fueran de humo y estuvieran siendo deformados por co­rrientes de aire. Rim dejó escapar un alarido salvaje cuando vio las contorsiones imposibles de su brazo.

En ese momento, parte del traje espacial empezó a com­portarse del mismo modo. Era como si a Rim lo chuparan: como si lo chuparan hacia el agujero hecho en la nave.

    —¡Apártate, Rim! —grité, aunque estaba demasiado asus­tado como para ayudarlo.

Por un instante miró con fijeza, asombrado, cómo su cuerpo se alargaba y fluía en una corriente, luego puso en marcha los tubos de propulsión y antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, los dos nos habíamos lanzado ha­cia la nave de investigación sin pensar en el otro. Casi cega­do por la velocidad, entré gateando a la cámara de presión, para encontrar a Rim que ya me estaba esperando en nues­tras habitaciones.

—Rim —jadeé—. Llegaste rápido. ¿Estás bien?

—¡Por supuesto! —estalló, irritado—. Perfectamente bien. No era yo lo que se deformaba, sino el espacio que yo ocupaba.

Le miré el cuerpo de cerca pero no encontré el menor rastro de deformación. Era el mismo tipo robusto, achacoso y repugnante de siempre.

Arrancó la tapa de una botella de cerveza con los dientes y empezó a tragar el contenido, dejando que una parte le chorreara sobre el pecho. Yo también me serví una, y esta­ba tan sabrosa que daban ganas de bañarse en ella, aunque eso no quiere decir que pensara realmente en bañarme.

—¿No te das cuenta de lo que pasó? —dijo Rim entre un gorgoteo y otro, dejándose caer sobre una cama—. Era espa­cio... que se volcaba en el agujero. En el interior no había espacio. Bueno, ahora lo sabemos: el espacio reacciona co­mo un fluido.

—Creía que el espacio era sólo nada —contesté, también gorgoteando.

—El espacio tiene estructura —aseveró con solemnidad—. Dirección: norte, sur, este, oeste, cenit, nadir. Tiene distan­cia. ¡Dios mío!

Sus ojos marrones inyectados en sangre brillaron de pronto de emoción, saltó de la cama y conectó todas las pantallas de visión externa.

—¡Mira! Todo el universo sideral está contenido en el es­pacio. ¡Todo! Excepto...

Su voz se apagó una vez más en un murmullo. Dejó que la botella vacía se le cayera de la mano y tomó otra de uno de los cajones apilados por todas partes. Se tendió otra vez lentamente en la cama, hosco y pensativo.

—Lo que no puedo entender —declaré en tono casual—, es por qué esa cosa me hace pensar en un trirreme[1] griego.

Me alegraba estar otra vez en nuestras cómodas habita­ciones. Las mantenemos en penumbra y es un sitio confor­table, si a uno no le importa la comida podrida desparrama­da por el piso, y el olor. Me habría parecido perfecto olvi­dar que alguna vez habíamos visto el cuerpo extraño: todo lo que había logrado era echar a perder nuestra rutina.

—No importa —dije para consolarlo—. Pasamos por una experiencia desgarradora. Vamos, termina la botella y sírve­te otra.

Pero Rim no se reanimó y nos fuimos hundiendo en un silencio total mientras seguíamos bebiendo. Habíamos pa­sado muchos momentos así durante el trabajo en aquel sitio, más allá de Neptuno, sobre todo cuando meditábamos sobre recuerdos y desgracias entre nuestros cama­radas los hombres, allá en la Tierra; pero nunca antes había visto a Rim tragar con tanta insistencia y tal desesperación.

Unas horas después forcejeó hasta quedar sentado, ja­deando.

—¿No te das cuenta? —articuló roncamente con palabras que sonaban poco coherentes—. ¿No te das cuenta de lo que es esa nave? ¡Flota en el espacio como un barco flota en el agua! En realidad está fuera del espacio... fuera de las dimensiones. Pero flota sobre ellas y vemos la parte que su peso empuja bajo la línea de agua... la línea de espacio.

—Pero no tiene peso —objeté perezosamente. En ese mo­mento ya estábamos los dos bastante idos.

—Su tipo de peso, no el nuestro, tonto. ¡Por Dios! Si usan el espacio como si fuera agua, ¿qué usarán como aire? y nosotros, ¿sabes qué somos? Peces en el mar. Incapaces de alcanzar la superficie.

Vino hacia mí, tanteando ciegamente hasta que su mano me aferró el hombro.

—Escucha. Nunca volverá a haber una oportunidad como ésta.

    —¿Oportunidad para qué?

    —Para ver cómo es donde no hay espacio. Voy a entrar en ese barco.

    —Pero no puedes hacerlo...

    —¿Qué quieres decir con que no puedo? ¿Estás tratando de decirme lo que puedo hacer? ¿A mí, al Gran Rim? Escu­cha, si no fuera por mí jamás habrías conseguido este traba­jo. Seguirías dando vueltas por las cloacas de la Tierra.

Aunque me encontraba bastante mareado, comprendí que Rim había llegado a la etapa sensiblera, y que luego pa­saría a la etapa de la autocompasión. Yo no podía hacer nada por evitarlo y de todos modos era como un entreteni­miento. Pero si tenía algún proyecto medio loco, bueno, eso ya cambiaba las cosas. Era peligroso.

—Escucha —rogué—. No hay medio de meterse en ese barco. No tiene aberturas. Si pasaras más tiempo en el labo­ratorio...

—¡Aaahh! —grandes lágrimas brotaron de los ojos de Rim—. Apartándome de toda investigación impor­tante. Empujándome a aquí arriba donde creen que no llegaré a nada...

—Jamás toleraron a los genios —lo consolé.

—¡Pero Rim descubrirá algo que asombrará a todos! Rim averiguará algo sobre el propio espacio. Ya verás.

—No hay manera de entrar, viejo.

—¿Que no hay manera? ¡Ja! Unos pocos kilogramos de explosivos pronto abrirán un camino. Todo lo que necesito hacer es zambullirme al interior antes de que entre todo el espacio, y observar... observar.

La voz se perdió en el consabido murmullo. Me puse en pie, estupefacto. ¡Rim estaba realmente borracho!

    —¿Y qué pasará con la gente, adentro?

    Rim me miró con una mueca maligna que nunca había visto en su rostro. Hasta entonces no había advertido cuán resentido estaba por la forma en que lo había tratado la so­ciedad, aunque fuera culpa de él. Ahora quería hacerse va­ler, contra toda la fuerza moral que la sociedad representa­ba.

—¿Gente? —rugió—. ¡Un poco de espacio no les va a ha­cer nada! ¡Esto es por la ciencia!

Sacudí la cabeza con la mayor firmeza posible.

—No vas a ir.

—¿Le estás diciendo a Rim lo que tiene que hacer?

Sacudió la cabeza con violencia y me plantó un puñetazo en la nariz. Tambaleante, ignorando el dolor y tratando de aclarar el panorama en medio de las franjas de luz que me relampagueaban en el cerebro, tropecé con una silla. Rim se lanzó hacia mi. Mientras rodaba de costado para evitarlo, miré desesperado a mi alrededor, buscando algo con qué golpearlo. ¡Una botella! Había una en el piso, a un brazo de distancia, y la agarré mientras me levantaba.

    Rim estaba medio agachado y también tenía una botella en la mano.

—Así que es con botellas, ¿eh? —dijo entre dientes, y rompió la suya contra el borde de la mesa. Ninguno de los dos había hecho algo así antes.

—¡Rim! —grité asombrado—. ¡Nos conocemos desde siempre!

Me aplasté contra la pared, dejando caer mi arma, de pu­ro estupor. Rim avanzó despacio, exhibiendo orgulloso su vidrio dentado y moviéndolo con gestos de espadachín. Lo abandonó a último momento y me aplicó uno de sus mejo­res directos a la mandíbula.

Ahí fue cuando cambié transitoriamente la escena de la habitación por los climas más benignos de la inconsciencia.

Cuando me recobré, Rim se había puesto el traje y se ha­bía ido. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero calculé que serían unos cinco o diez minutos.

Sin embargo me sentía demasiado aturdido como para seguido. Me paré con dificultad, gruñí un poco, sentí lásti­ma por mí mismo por un momento, después quedé otra vez boca arriba, ahora sobre la cama. Me dolía realmente la ca­beza y no creo que haya sido sólo efecto de la cerveza.

Por primera vez en la vida sentí una punzada de remordi­miento. No sabría explicar por qué: Rim era quien tendría que estar pasando por ese asunto de la conciencia, no yo. Sin embargo fui haciendo eses hasta un espejo y contemplé largo rato, aunque tambaleante, mi horrible aspecto.

—Eres una ruina —acusé en tono lastimero—. Te ves tan mal como él.

Me consolé pensando que tal vez mi aspecto no era tan malo como el de Rim y luego presté atención a lo que él ha­cía, ajustando la pantalla visora principal para que mostrara lo que ocurría en la extraña nave. Manipulé el botón de am­plificación de imagen y vi a mi compañero atareado en la parte inferior de la popa del navío; pronto retrocedió y una limpia explosión arrancó un amplio trozo de material.

Rim se lanzó enseguida hacia adelante y se deslizó por el agujero. Aun en esos pocos segundos lo vi agitarse y ondular como si lo hubiera atrapado una corriente rápida, pero dejé de concentrarme en él un segundo después, fascinado por completo por lo que le pasaba a la nave.

Cuando el espacio se precipitó a su interior, empezó a hundirse. Es decir, adquirió proporciones mayores, más sig­nificativas, se volvió majestuosa. Mientras su masa se sumer­gía, el enigma de su aspecto se iba aclarando y al fin alcanzó un punto en que reveló su verdadera forma, a nosotros, los peces. Ahora había una quilla, y la curva protuberancia de una proa, las bandas de babor y la popa. Se podía ver inclu­so un remo de dirección.

Lentamente, la verdadera naturaleza del navío entraba al universo sideral mientras corrientes de espacio se arremoli­naban en su interior y a su alrededor. Y entonces, cuando estuvo sumergido, lo vi: el puente descubierto, los tripulan­tes ahogados, la gran vela cuadrada. Entonces vi los nobles que el navío transportaba: el joven con rostro de poeta, un collar dorado alrededor del cuello, una daga corta como señal de autoridad sobre el flanco, y el brazo rodeando a una hermosa dama, vestida con una túnica suelta, ondulante, con el cabello suntuosamente adornado, aunque los dos ros­tros se relajaban ya en el descanso definitivo de los ahoga­dos. Por supuesto, medían alrededor de diez metros...

En unos minutos la nave empezó a disgregarse. Vi una si­lueta pequeña que luchaba entre los pedazos en desintegra­ción, y automáticamente conecté el intercomunicador para oír su respiración ronca, entrecortada. Nada anormal por ese lado. Se apartó una corta distancia con los propuIsores y miró desde abajo al caballero y la dama, un torpe enano recortándose contra sus formas gentiles.

Sumergidos en el espacio, los cuerpos se esfumaban, se desvanecían en partículas giratorias, leves fulgores y espira­les. El propio barco había empezado a ser destruido por el agua... por el espacio, y se desmenuzaba en fragmentos que se dispersaban hacia la inexistencia.

—Oh —gimió la voz de Rim—. Soy un asesino.

Diez minutos después en la pantalla sólo había espacio, espacio negro y vacío. Rim cruzó con torpeza la cámara de presión y me dijo con un gruñido que no había aprendido nada acerca de cómo eran las cosas donde no había espacio.

Así que los dos volvimos a la botella.

Todo lo que Rim anotó en su informe científico de ese año fue: “Encontramos un velero. Lo hundimos”. Espero que eso no nos haga perder el trabajo; tendríamos que tener mucha suerte para encontrar algo liviano como esto. Sea como fuere, nos queda cerveza para tres meses más, enton­ces lo sabremos.

Pensándolo bien, creo que terminaremos la cerveza en dos meses, o hasta en uno.

    Hace unos días Rim empezó a reír.

—No puedo acostumbrarme —dijo—. ¡Criaturas para las que el espacio es un líquido pesado! Me gustaría ver sus aviones.

    —Sí —contesté—. ¿Y qué me dices del día en que se les ocurra tener submarinos?


 


[1] Embarcación de tres órdenes de remos, que usaron los antiguos (RAE):

 

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