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LA NAVE QUE SURCABA EL MAR DEL ESPACIO |
Rim es
el tipo de hombre que metería la cabeza en el Infierno
sólo para ver cuánto calor hace en ese sitio.
Es
macizo, no muy alto, aunque esa clase de rasgos no cuentan
mucho si miran a Rim actualmente. Todo lo que pueden ver
es un vagabundo desgreñado y lagañoso, que se rasca sin
parar porque hace años que no nos bañamos.
Rim y
yo conseguimos un trabajito bastante cómodo. Estamos en
esta espacionave orbital más allá de Neptuno y se supone
que debemos investigar la incidencia de las partículas de
alta energía y cosas así. O más bien es Rim quien debe
hacerlo, porque yo no sé nada de física. Se supone que le
hago compañía para que no se sienta solo.
Es
para reírse. Pero soy un viejo compinche de Rim y en la
Tierra nunca me fue demasiado bien con el trabajo. Cuando
me habló de esta forma de ganarme la vida fácilmente,
bueno, me alegró alejarme de la vida errante.
En
realidad, Rim es uno de los mejores físicos del sistema,
y podría hacer investigaciones mucho más valiosas, pero
éste es el único trabajo que pudo conseguir después de
darle un puñetazo al Director de Investigación Subnuclear
de la Universidad de Londres. Sin embargo creo que
prefiere estar aquí, afuera.
A
decir verdad, la pasamos bastante bien. No como en el
Infierno —hace mucho frío—, pero estamos cómodos y
abrigados en nuestro cuartel. De vez en cuando Rim se
rebaja a pasar unas horas rastreando las viboreantes
particulitas y demás; el resto del tiempo haraganeamos,
nos emborrachamos, discutimos y a veces llegamos a
pelearnos. Rim siempre gana, pero juro que le romperé los
huesos antes de reventar. Tenemos una provisión vitalicia
de cerveza negra. Terminarla nos lleva cerca de un año.
Entonces volvemos a la Tierra a reaprovisionarnos y
trepamos otra vez hasta aquí.
La
última vez que estuvimos en casa, a Rim lo reprendieron
por la escasez de informes, pero en ese período nunca lo
vi trabajar.
No se
lo puede culpar. Para un tipo como Rim esto es un poco
rutinario y él nació para cosas mejores.
A
veces nos cansamos de estar adentro de la nave de
investigación, así que nos ponemos los trajes y vamos a
sentarnos afuera, exprimiendo cerveza negra por el
orificio para líquidos de los trajes y contemplando el
universo. El espacio es un lindo espectáculo, sobre todo
aquí, donde el sol es apenas algo mayor que una estrella
muy brillante. Es muy oscuro, pero no turbio, quiero
decir, se puede ver bien pero no hay nada cerca para
mirar. Es frío y desolado.
Sin
embargo a Rim y a mí no nos importa. Los dos estamos
cansados de los seres humanos y me enteré de que ahora
hablan de prohibir la bebida, allá en la Tierra.
Con
todo, fue mientras nos encontrábamos sentados ahí afuera,
un día, cuando de pronto me di cuenta de que podía
ver algo.
Se lo
señalé a Rim. Era un objeto oscuro, demasiado pequeño y
distante como para advertir detalles, pero tapaba las
estrellas y la luz se reflejaba en él.
—Muchacho —dijo Rim, maravillado—, tal vez sea un
asteroide.
La
idea le gustaba. No habíamos encontrado ningún asteroide
allá arriba, pero si lo hacíamos, en el depósito había
explosivos como para partirlo en dos. A Rim le encanta
jugar con explosivos.
Nos
atropellamos para entrar a la cámara de presión, nos
sacamos los cascos y fuimos al cuarto de control. Rim
pronto encuadró al objeto en la pantalla y tomó algunos
datos con los instrumentos.
—Se
mueve a unos cincuenta kilómetros por hora —dijo mientras
encendía los propulsores de maniobra—. Vamos a darIe un
vistazo.
—¿Cincuenta kilómetros por hora? No es mucho, ¿verdad?
—En
relación con nosotros —A través del pelo enmarañado y la
barba que le cubría casi toda la cara pude distinguir que
había arrugado un poco el entrecejo—. Espero que esté en
órbita, como nosotros.
—¿Entonces por qué tiene una diferencia de velocidad de
cincuenta kilómetros por hora? Tendría que tener la misma
velocidad.
Rim no
contestó. Tenía una botella entre los dientes. Pero cuando
nos acercamos al asteroide, empezó a tamborilear
impaciente con los dedos sobre el masómetro. Por último
le dio una patada brutal.
—Eh,
¿qué pasa? —le pregunté.
—El
masómetro —refunfuñó—. No funciona.
—¿Qué
quieres decir? Tiene que funcionar.
—¡No
seas idiota, lo que está ahí afuera tiene que tener alguna
masa! De todos modos, ahora estamos bastante cerca: vamos
a salir y darle un vistazo de primera mano.
Bueno,
no era un asteroide.
Calculé que tenía alrededor de un kilómetro de largo y la
séptima parte de ancho en la parte central. Estaba
cubierto de franjas superpuestas de una sustancia opaca,
que se movían a lo largo de él. Decir que tenía algo de
extraño sería una cortés subestimación.
Entre
otros detalles, yo no podía determinar su forma,
salvo que era más largo que ancho. Cada vez que me
concentraba para hacer una estimación visual, parecía
evitarme deslizándose sin moverse. Resbaladizo como un
pez, en lo que tiene que ver con la mente.
Había
otro factor extraño. En el espacio no se tiene el menor
sentido acerca de lo que está arriba o abajo. Sólo existe
el aquí y el allá. Pero maldición, cada vez
que miraba aquel objeto sentía que lo estaba mirando desde
abajo. Me la pasé tratando de ubicarme en un punto más
alto para ver qué había encima.
En
realidad, los dos lo intentábamos. Recorrimos todo su
contorno con nuestros trajes a reacción, tratando de
descubrir qué era lo que no funcionaba. Pero fue inútil:
desde cualquier ángulo presentaba el mismo aspecto, la
misma sensación enloquecedora de que lo estábamos viendo
desde abajo, de que había algo más para ver sobre el lado
superior.
Por
fin abandonamos y bajamos sobre el objeto propiamente
dicho. Cuando pulsé el botón del intercomunicador, oí que
Rim se estaba rascando adentro del traje.
—No es
un objeto natural —aventuró—, es un artefacto.
—Oh,
gracias, papá —me burlé—. Si no me lo dices, no me habría
dado cuenta nunca.
—Está
bien, cállate.
Se
apartó malhumorado, farfullando para sí mientras se
agachaba a examinar la curiosa superficie. Un minuto
después su voz volvió a sonar, intensa y amable ahora que
había encontrado otra cosa para distraerse.
—Caramba, este material sí que es excéntrico —dijo—. No
puedo sacarle el menor sonido.
—Bueno, ¿qué clase de sonido esperas en el espacio?
—Quiero decir que no puedo sacar ningún sonido por
conducción cuando lo golpeo con el guante. Si hasta parece
no .ofrecerle resistencia a la mano... sin embargo la mano
se detiene, como debe ser, cuando hago presión. ¿Sabes una
cosa? Creo que después de todo el masómetro funcionaba.
¡Esto no tiene masa!
—¡Fantástico! —exclamé sarcásticamente.
Se
enderezó y se acercó.
—Se me
acabó la cerveza —dijo—. ¿Te queda una botella?
Le
tendí una en silencio y escuché sus desagradables sonidos
cuando hizo pasar la cerveza por el casco y su garganta.
La
excitación le debía haber dado sed. Terminó el medio litro
en cuarenta segundos, lanzó la botella al vacío y
parpadeó, contemplando nuestro descubrimiento con la
mirada débil y turbia de cerveza. Prácticamente pude ver
cómo el líquido le brotaba de los ojos.
—Es
una nave —dijo—. No puede ser otra cosa. Y si es una nave
tiene que ser hueca. Me gustaría echar un vistazo por
dentro.
—Preferiría que te dedicaras a las partículas nucleares.
—Aahh...
—Rim relajó los músculos dentro del traje, lo cual, si se
tiene en cuenta la falta de gravedad, equivale a dejarse
caer en un sillón. A veces Rim se deprime mucho y me di
cuenta de que estaba por tener uno de esos estados de
ánimo.
—Quédate aquí —ordenó un momento después—. Voy a traer la
caja de herramientas.
Casi
me lanzó al espacio con un chorro de propulsor mal
controlado y pasó tambaleándose encima de mí hacia la
nave de investigación. Me lo imaginé tropezando y dando
vueltas en el interior, maldiciendo y poniendo todo patas
arriba. Como hacía seis meses que no entraba al
laboratorio debía de haber olvidado donde se encontraba
cada cosa. Sin embargo, apareció minutos después con una
bolsa de herramientas y un equipo energético auxiliar
colgando del cuello.
—¡Iuujuuu,
allá voy! —aulló mientras cruzaba a toda velocidad los
quince kilómetros hasta la nave extranjera. Cuando llegué
al punto donde había aterrizado, se aseguró con firmeza a
la superficie, y estaba armando un taladro
eléctrico.
—¿Qué
vas a hacer? —le pregunté.
—Abrir
un agujero.
—Estás
loco... —empecé. Después bajé la voz—: Mira, sea lo que
fuere lo que está adentro, si quisiera encontrarse con
nosotros ya hubiera salido. ¿No tienes un poco de
delicadeza? ¡Además, no puedes agujerear una nave ajena
porque se te ocurra! Puede escapar todo el aire.
—No,
no hay peligro —contestó con indiferencia—. Si tienen
bastante inteligencia como para viajar por el espacio,
también la tendrán para hacerse cargo de un pequeño
pinchazo. En todo caso, estoy perforando sólo para ver
con qué esta hecho el casco.
Una
vez dicho esto, hizo una conexión, y encorvándose sobre el
taladro lo aplicó contra el costado de la nave.
Observé por unos instantes cómo entraba la punta en lo que
parecía un tablón, pero después me invadió una sensación
desagradable y ya no tuve ganas de mirar.
Me
alejé vagando por la curvatura de la nave, contemplando
ociosamente su forma ventruda, extraña. Por alguna razón
seguía buscando una quilla... pero como es lógico no había
ninguna quilla. Era sólo esa ocurrencia extraña, que
insistía en que la nave flotaba erguida.
¿Flotaba?
Bueno,
sí, pensé. Supongo que puede decirse que las cosas flotan
en el espacio.
Estaba
por regresar a ver cómo le iba a Rim, cuando un movimiento
me llamó la atención. Algo brillante y puntiagudo asomaba
del maderamen...
—¡Rim!
—chillé alarmado—. ¡Tu taladro está saliendo por el otro
lado!
La
punta del taladro dejó de moverse.
—¿A
qué distancia estás?
—¡A
unos cincuenta metros!
Rim
maldijo, incrédulo, y vino a reunirse conmigo a toda
velocidad. Abrió los ojos bien grandes cuando vio la punta
del taladro.
—Ese
taladro sólo tiene ocho pulgadas de largo. ¿Cómo puede
atravesar cincuenta metros? Ve a ver... no, ¡quédate aquí
un minuto!
Encendió su propulsor y desapareció tras la curvatura del
objeto.
—Estoy
moviendo el taladro —informó su voz—. ¿Se mueve la punta?
—S...
sí —gemí, mientras contemplaba cómo salía y entraba la
punta del taladro—. ¡Ahora hiciste dos agujeros en vez de
uno!
—Pero
es imposible. Hagamos una cosa: toma la punta y muévela un
poco; tenemos que aseguramos.
Después de un momento de vacilación, tomé con firmeza la
mecha metálica y empujé, luego tiré, encontrando una
resistencia que sabía que provenía de Rim. Su voz aulló
en mis oídos.
—¡La
empuñadura! ¡Se mueve en mi mano!
—Tengo
miedo —afirmé, tanto con el tono de mi voz como con las
palabras.
—Entonces ven a acompañarme. ¡Yo también tengo miedo!
Me
sorprendió que algo pudiera asustar a Rim, pero bastó
pensarlo para que aumentara la velocidad. Sin embargo,
cuando llegué, parecía haber recobrado el control, aunque
aún estaba encorvado sobre el taladro y lo sostenía con
una mano que parecía crispada.
—¿Sabes lo que pienso? —susurró, mirándome desde abajo—.
¡Ahí dentro no hay espacio!
—¿Quieres decir que es completamente sólido?
—No,
no —sacudió la cabeza con exasperación—. Escucha:
¿recuerdas qué cantidad de taladro asoma por la otra
punta? ¿Y sabes cuánto metí de este lado? ¡Diez
centímetros! La punta entra aquí y reaparece al instante a
cincuenta metros. No hay distancia dentro de la nave. La
falta de distancia significa falta de espacio. El
interior de la nave está vacío de espacio.
Hubo
una larga pausa.
—Volvamos al cuartel —dije débilmente.
Rim
masculló, sacudiendo la cabeza. Pero retiró el taladro, lo
desconectó y se preparó a partir.
Y
entonces el taladro empezó a curvarse y ondular como
ningún objeto sólido puede hacerlo. Eso no era todo. El
brazo y la mano con la que Rim sostenía la herramienta
también empezaron a curvarse y ondular, a fluir,
como si fueran de humo y estuvieran siendo deformados por
corrientes de aire. Rim dejó escapar un alarido salvaje
cuando vio las contorsiones imposibles de su brazo.
En ese
momento, parte del traje espacial empezó a comportarse
del mismo modo. Era como si a Rim lo chuparan: como si lo
chuparan hacia el agujero hecho en la nave.
—¡Apártate, Rim! —grité, aunque estaba demasiado asustado
como para ayudarlo.
Por un
instante miró con fijeza, asombrado, cómo su cuerpo se
alargaba y fluía en una corriente, luego puso en marcha
los tubos de propulsión y antes de que me diera cuenta de
lo que pasaba, los dos nos habíamos lanzado hacia la nave
de investigación sin pensar en el otro. Casi cegado por
la velocidad, entré gateando a la cámara de presión, para
encontrar a Rim que ya me estaba esperando en nuestras
habitaciones.
—Rim
—jadeé—. Llegaste rápido. ¿Estás bien?
—¡Por
supuesto! —estalló, irritado—. Perfectamente bien. No era
yo lo que se deformaba, sino el espacio que yo ocupaba.
Le
miré el cuerpo de cerca pero no encontré el menor rastro
de deformación. Era el mismo tipo robusto, achacoso y
repugnante de siempre.
Arrancó la tapa de una botella de cerveza con los dientes
y empezó a tragar el contenido, dejando que una parte le
chorreara sobre el pecho. Yo también me serví una, y
estaba tan sabrosa que daban ganas de bañarse en ella,
aunque eso no quiere decir que pensara realmente en
bañarme.
—¿No
te das cuenta de lo que pasó? —dijo Rim entre un gorgoteo
y otro, dejándose caer sobre una cama—. Era espacio...
que se volcaba en el agujero. En el interior no había
espacio. Bueno, ahora lo sabemos: el espacio reacciona
como un fluido.
—Creía
que el espacio era sólo nada —contesté, también
gorgoteando.
—El
espacio tiene estructura —aseveró con solemnidad—.
Dirección: norte, sur, este, oeste, cenit, nadir. Tiene
distancia. ¡Dios mío!
Sus
ojos marrones inyectados en sangre brillaron de pronto de
emoción, saltó de la cama y conectó todas las pantallas de
visión externa.
—¡Mira! Todo el universo sideral está contenido en el
espacio. ¡Todo! Excepto...
Su voz
se apagó una vez más en un murmullo. Dejó que la botella
vacía se le cayera de la mano y tomó otra de uno de los
cajones apilados por todas partes. Se tendió otra vez
lentamente en la cama, hosco y pensativo.
—Lo
que no puedo entender —declaré en tono casual—, es por qué
esa cosa me hace pensar en un trirreme
griego.
Me
alegraba estar otra vez en nuestras cómodas habitaciones.
Las mantenemos en penumbra y es un sitio confortable, si
a uno no le importa la comida podrida desparramada por el
piso, y el olor. Me habría parecido perfecto olvidar que
alguna vez habíamos visto el cuerpo extraño: todo lo que
había logrado era echar a perder nuestra rutina.
—No
importa —dije para consolarlo—. Pasamos por una
experiencia desgarradora. Vamos, termina la botella y
sírvete otra.
Pero
Rim no se reanimó y nos fuimos hundiendo en un silencio
total mientras seguíamos bebiendo. Habíamos pasado muchos
momentos así durante el trabajo en aquel sitio, más allá
de Neptuno, sobre todo cuando meditábamos sobre recuerdos
y desgracias entre nuestros camaradas los hombres, allá
en la Tierra; pero nunca antes había visto a Rim tragar
con tanta insistencia y tal desesperación.
Unas
horas después forcejeó hasta quedar sentado, jadeando.
—¿No
te das cuenta? —articuló roncamente con palabras que
sonaban poco coherentes—. ¿No te das cuenta de lo que es
esa nave? ¡Flota en el espacio como un barco flota en el
agua! En realidad está fuera del espacio... fuera de las
dimensiones. Pero flota sobre ellas y vemos la parte que
su peso empuja bajo la línea de agua... la línea de
espacio.
—Pero
no tiene peso —objeté perezosamente. En ese momento ya
estábamos los dos bastante idos.
—Su
tipo
de peso, no el nuestro, tonto. ¡Por Dios! Si usan el
espacio como si fuera agua, ¿qué usarán como aire? y
nosotros, ¿sabes qué somos? Peces en el mar. Incapaces de
alcanzar la superficie.
Vino
hacia mí, tanteando ciegamente hasta que su mano me aferró
el hombro.
—Escucha. Nunca volverá a haber una oportunidad como ésta.
—¿Oportunidad para qué?
—Para ver cómo es donde no hay espacio. Voy a entrar en
ese barco.
—Pero no puedes hacerlo...
—¿Qué quieres decir con que no puedo? ¿Estás tratando de
decirme lo que puedo hacer? ¿A mí, al Gran Rim? Escucha,
si no fuera por mí jamás habrías conseguido este trabajo.
Seguirías dando vueltas por las cloacas de la Tierra.
Aunque
me encontraba bastante mareado, comprendí que Rim había
llegado a la etapa sensiblera, y que luego pasaría a la
etapa de la autocompasión. Yo no podía hacer nada por
evitarlo y de todos modos era como un entretenimiento.
Pero si tenía algún proyecto medio loco, bueno, eso ya
cambiaba las cosas. Era peligroso.
—Escucha —rogué—. No hay medio de meterse en ese barco. No
tiene aberturas. Si pasaras más tiempo en el
laboratorio...
—¡Aaahh!
—grandes lágrimas brotaron de los ojos de Rim—.
Apartándome de toda investigación importante. Empujándome
a aquí arriba donde creen que no llegaré a nada...
—Jamás
toleraron a los genios —lo consolé.
—¡Pero
Rim descubrirá algo que asombrará a todos! Rim averiguará
algo sobre el propio espacio. Ya verás.
—No
hay manera de entrar, viejo.
—¿Que
no hay manera? ¡Ja! Unos pocos kilogramos de explosivos
pronto abrirán un camino. Todo lo que necesito hacer es
zambullirme al interior antes de que entre todo el
espacio, y observar... observar.
La voz
se perdió en el consabido murmullo. Me puse en pie,
estupefacto. ¡Rim estaba realmente borracho!
—¿Y qué pasará con la gente, adentro?
Rim me miró con una mueca maligna que nunca había visto en
su rostro. Hasta entonces no había advertido cuán
resentido estaba por la forma en que lo había tratado la
sociedad, aunque fuera culpa de él. Ahora quería hacerse
valer, contra toda la fuerza moral que la sociedad
representaba.
—¿Gente? —rugió—. ¡Un poco de espacio no les va a hacer
nada! ¡Esto es por la ciencia!
Sacudí
la cabeza con la mayor firmeza posible.
—No
vas a ir.
—¿Le
estás diciendo a Rim lo que tiene que hacer?
Sacudió la cabeza con violencia y me plantó un puñetazo en
la nariz. Tambaleante, ignorando el dolor y tratando de
aclarar el panorama en medio de las franjas de luz que me
relampagueaban en el cerebro, tropecé con una silla. Rim
se lanzó hacia mi. Mientras rodaba de costado para
evitarlo, miré desesperado a mi alrededor, buscando algo
con qué golpearlo. ¡Una botella! Había una en el piso, a
un brazo de distancia, y la agarré mientras me levantaba.
Rim estaba medio agachado y también tenía una botella en
la mano.
—Así
que es con botellas, ¿eh? —dijo entre dientes, y rompió la
suya contra el borde de la mesa. Ninguno de los dos había
hecho algo así antes.
—¡Rim!
—grité asombrado—. ¡Nos conocemos desde siempre!
Me
aplasté contra la pared, dejando caer mi arma, de puro
estupor. Rim avanzó despacio, exhibiendo orgulloso su
vidrio dentado y moviéndolo con gestos de espadachín. Lo
abandonó a último momento y me aplicó uno de sus mejores
directos a la mandíbula.
Ahí
fue cuando cambié transitoriamente la escena de la
habitación por los climas más benignos de la
inconsciencia.
Cuando
me recobré, Rim se había puesto el traje y se había ido.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero calculé que
serían unos cinco o diez minutos.
Sin
embargo me sentía demasiado aturdido como para seguido. Me
paré con dificultad, gruñí un poco, sentí lástima por mí
mismo por un momento, después quedé otra vez boca arriba,
ahora sobre la cama. Me dolía realmente la cabeza y no
creo que haya sido sólo efecto de la cerveza.
Por
primera vez en la vida sentí una punzada de
remordimiento. No sabría explicar por qué: Rim era quien
tendría que estar pasando por ese asunto de la conciencia,
no yo. Sin embargo fui haciendo eses hasta un espejo y
contemplé largo rato, aunque tambaleante, mi horrible
aspecto.
—Eres
una ruina —acusé en tono lastimero—. Te ves tan mal como
él.
Me
consolé pensando que tal vez mi aspecto no era tan
malo como el de Rim y luego presté atención a lo que él
hacía, ajustando la pantalla visora principal para que
mostrara lo que ocurría en la extraña nave. Manipulé el
botón de amplificación de imagen y vi a mi compañero
atareado en la parte inferior de la popa del navío; pronto
retrocedió y una limpia explosión arrancó un amplio trozo
de material.
Rim se
lanzó enseguida hacia adelante y se deslizó por el
agujero. Aun en esos pocos segundos lo vi agitarse y
ondular como si lo hubiera atrapado una corriente rápida,
pero dejé de concentrarme en él un segundo después,
fascinado por completo por lo que le pasaba a la nave.
Cuando
el espacio se precipitó a su interior, empezó a hundirse.
Es decir, adquirió proporciones mayores, más
significativas, se volvió majestuosa. Mientras su masa se
sumergía, el enigma de su aspecto se iba aclarando y al
fin alcanzó un punto en que reveló su verdadera forma, a
nosotros, los peces. Ahora había una quilla, y la
curva protuberancia de una proa, las bandas de babor y la
popa. Se podía ver incluso un remo de dirección.
Lentamente, la verdadera naturaleza del navío entraba al
universo sideral mientras corrientes de espacio se
arremolinaban en su interior y a su alrededor. Y
entonces, cuando estuvo sumergido, lo vi: el puente
descubierto, los tripulantes ahogados, la gran vela
cuadrada. Entonces vi los nobles que el navío
transportaba: el joven con rostro de poeta, un collar
dorado alrededor del cuello, una daga corta como señal de
autoridad sobre el flanco, y el brazo rodeando a una
hermosa dama, vestida con una túnica suelta, ondulante,
con el cabello suntuosamente adornado, aunque los dos
rostros se relajaban ya en el descanso definitivo de los
ahogados. Por supuesto, medían alrededor de diez
metros...
En
unos minutos la nave empezó a disgregarse. Vi una silueta
pequeña que luchaba entre los pedazos en desintegración,
y automáticamente conecté el intercomunicador para oír su
respiración ronca, entrecortada. Nada anormal por ese
lado. Se apartó una corta distancia con los propuIsores y
miró desde abajo al caballero y la dama, un torpe enano
recortándose contra sus formas gentiles.
Sumergidos en el espacio, los cuerpos se esfumaban, se
desvanecían en partículas giratorias, leves fulgores y
espirales. El propio barco había empezado a ser destruido
por el agua... por el espacio, y se desmenuzaba en
fragmentos que se dispersaban hacia la inexistencia.
—Oh
—gimió la voz de Rim—. Soy un asesino.
Diez
minutos después en la pantalla sólo había espacio, espacio
negro y vacío. Rim cruzó con torpeza la cámara de presión
y me dijo con un gruñido que no había aprendido nada
acerca de cómo eran las cosas donde no había espacio.
Así
que los dos volvimos a la botella.
Todo
lo que Rim anotó en su informe científico de ese año fue:
“Encontramos un velero. Lo hundimos”. Espero que eso no
nos haga perder el trabajo; tendríamos que tener mucha
suerte para encontrar algo liviano como esto. Sea como
fuere, nos queda cerveza para tres meses más, entonces lo
sabremos.
Pensándolo bien, creo que terminaremos la cerveza en dos
meses, o hasta en uno.
Hace unos días Rim empezó a reír.
—No
puedo acostumbrarme —dijo—. ¡Criaturas para las que el
espacio es un líquido pesado! Me gustaría ver sus aviones.
—Sí —contesté—. ¿Y qué me dices del día en que se les
ocurra tener submarinos?
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