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AMBROSE BIERCE

Ambrose Gwinett Bierce
(1842/1914), escritor satírico y periodista
estadounidense, nació en Meigs County (Ohio) el 24
de junio de 1842 en un hogar de profunda fe
calvinista. Prestó sus servicios en el Ejército de
la Unión durante la Guerra Civil estadounidense
(1861/5) y dirigió una expedición militar al
oeste.
Establecido en San Francisco,
escribió ingeniosos artículos políticos y una
columna para el periódico News-Letter,
convirtiéndose en su editor (1868). Trasladado a
Londres (1872/6), bajo el seudónimo de Dod
Grile, escribió mordaces artículos y relatos
para las revistas Fun y Figaro,
luego publicados en Telarañas de una calavera
vacía (1874).
En 1871, año en que se casa con
Molly Day, publicó su primera novela. Regresó a
San Francisco (1877) y colaboró con el Argonaut,
fue editor del Wasp y escribió una columna
para el Sunday Examiner.
En su estilo sobresale un ingenio y
una fascinación por el horror y la muerte. Su
dominio del relato hizo que se le comparara con
Poe, Maupassant, Harte, Melville, Hawthorne y
Lovecraft. Este último se inspiró en él para sus
Mitos de Cthulhu.
Entre 1899/13 trabajó para Hearst y
se dedicó a revisar sus obras. En México (1913)
participó en la Revolución Mexicana y nunca más se
supo de él. Sus Obras completas se publicaron en
12 volúmenes (1909/12) e incluyen el
Diccionario del diablo, titulado
originalmente Diccionario del cínico
(1906).
Maestro de lo macabro, a él
debemos relatos como La muerte de Halpin
Frayser, La cosa maldita, Un suceso en el puente
sobre el río Owl, Un habitante de Carcosa, Un
terror sagrado, La ventana tapiada, etc.
Irónico, misántropo y pesimista fue
apodado Bitter (amargo) por sus
contemporáneos. Especialmente sus cuentos expresan
un descreimiento sobre la virtud del hombre. Según
palabras de Lovecraft en toda su obra hay una
“maleficencia sombría innegable”.
Otros títulos: Fábulas
fantásticas, Esopo enmendado (críticas
sobre la corrupción política de su país), In
the midst of life (1891), The Monk and the
Hangman's Daughter (1892), impregnado de humor
negro y Shapes of Clay (1903) versos llenos
de ingenio satírico.
Antes de su misteriosa desaparición
en México durante la revolución, escribió
humorísticamente que lo hacía por “eutanasia”. Se
conjetura que pudo haber sido asesinado en el
sitio de Ojinaga (1914)
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Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de
los más humildes caminos de la vida: mi padre era
fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño
estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se
ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron
hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a
procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia
era empleado por mi madre para eliminar los restos de su
trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba
a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los
agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de
mi madre. No eran elegidos con el deber de oponerse, ni el
asunto había sido debatido nunca políticamente:
simplemente era así. La ocupación de mi padre —hacer
aceite de perro— era naturalmente menos impopular, aunque
los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con
sospecha, que se reflejaban hasta cierto punto en mí. Mi
padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos
del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar
lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es
realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la
mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios
personales para los que sufren, y era evidente que muchos
de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar
conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una
ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar
que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su
muerte, fui el autor de desgracias que afectaron
profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre
con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi
a un policía que parecía vigilar atentamente mis
movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los
actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente,
son provocados por los motivos más reprensibles, y lo
eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral
casualmente entreabierta. Cerré enseguida y quedé a solas
con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz
del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico
y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos
reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite
giraba todavía en indolente ebullición y empujaba
ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté
a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del
niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo
corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad
me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba
al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña
herida roja de su pecho —la obra de mi querida madre— no
hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la
naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero
esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor
al agente. “Después de todo”, me dije, “no puede importar
mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca
distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas
muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable
Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán
mayor incidencia en una población que crece tan
rápidamente”. En resumen, di el primer paso en el crimen y
atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al
caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre,
frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y
a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad
nunca vista por los médicos a quienes había llevado
muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se
había logrado ese resultado: los perros habían sido
tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas
ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice,
aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto
las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre
las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres
tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi
madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la
fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus
negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos
de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir
perros a su destino: mi padre los desechó por completo,
aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del
aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber
esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto,
pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre
siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la
juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que
personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan
desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre
se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a
suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y
los caminos a recoger niños más crecidos y hasta los
adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre,
enamorado también de la calidad superior del producto,
llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas
palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro
llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una
ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas
y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también
los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora que se realizó una asamblea
pública en la que se aprobaron resoluciones que los
censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo
nuevo ataque contra la población sería enfrentado con
espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión
desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del
todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no
ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al
establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo
levantar y atisbar por una ventana de la habitación del
horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego
ardía tan vivamente como si se esperara una abundante
cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos
burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido,
como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su
energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado
en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte
soga. Por las miradas que echaba a la puerta del
dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus
propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude
hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta
del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos,
aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella
estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la
herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro
que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y
mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los
ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible.
Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el
hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios,
ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus
grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la
desgracia de observar ese desagradable ejemplo de
infelicidad doméstica, pero por fin, después de un
forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se
separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban
pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con
hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la
mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los
brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al
caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y
saltó adentro con ella! En un instante ambos
desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de
ciudadanos que había traído el día anterior la invitación
para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me
cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese
pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde
se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de
remordimiento por el acto de insensatez que provocó un
desastre comercial tan terrible.
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