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PABLO
DE SANTIS

Pablo De Santis (1963), periodista y escritor argentino, nació en
Buenos Aires, en el barrio de Caballito, el 27 de
febrero de 1963. Es Licenciado en Letras por la
Universidad Nacional de Buenos Aires.
Obtuvo el premio Fierro busca dos
manos (1984), organizado por la revista Fierro de
la que fue Jefe de Redacción. A partir de entonces
escribió guiones de historietas con el dibujante
Max Cachimba y reunidas en Rompecabezas.
También ha escrito tres ensayos
sobre el género. Coordinó la colección Enedé.
Narrativa dibujada (Ediciones Colihue), dedicada a
los clásicos de la historieta y fue jurado de
varios concursos literarios.
Junto a su labor de periodista
escribió para televisión la miniserie Bajamar, y
los textos de los programas que realizó Fabián
Polosecki: El otro lado (1993/4) y El visitante
(1985). Este mismo año publicó Espacio puro de
tormenta (cuentos).
El palacio de la noche (1987) fue
su primera novela. Luego siguieron Desde el ojo
del pez (1991), La sombra del dinosaurio (1992),
Pesadilla para hackers (1992), El último espía
(1992), Lucas Lenz y el Museo del Universo (1992),
Astronauta solo (1993), Enciclopedia en la hoguera
(1995), Las plantas carnívoras (1995) y Páginas
mezcladas (1998), entre otros, generalmente
destinados a un público joven.
Fue finalista del Premio Planeta
(1997) con La traducción (1998), y la novela
Filosofía y Letras (1999) fue publicada en España.
También escribió El teatro de la memoria (2000) y
El calígrafo de Voltaire (2001).
Actualmente dirige las colecciones
para lectores adolescentes "La movida" y
"Obsesiones", de Ediciones Colihue, y como
periodista colabora en los diarios Clarín y La
Nación.
Ha recibido el Premio al Mejor
Guionista de la Revista Fierro (1984), el Premio
Los Destacados de Alija de la Asociación
Literatura Infantil (1993) y Mención Premio
Nacional de Literatura Infantil. Sus novelas
fueron traducidas a nueve idiomas.
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Tengo una caja de cartón a la que llamo “la caja de los
tesoros”. Seguramente a nadie le podrían parecer tesoros
más que a mí. Hay un soldado de plomo del ejército
napoleónico al que le falta un brazo, un yoyo
“profesional” Russell, un cortaplumas roto, una brújula
con el cristal astillado, una figurita de El Zorro (la
única que me quedó de las miles que junté cuando era
chico) y una postal que me envió una novia desde alguna
playa. En la postal solamente se ve una ola, y nada más, y
en el reverso ella me escribió: “¿Viste alguna vez una
postal más estúpida que ésta?” Si cualquier persona se
asomara a esa caja (desde luego, ese acto sería castigado
con la pena de muerte) no podría advertir cuál es el
objeto más extraño de todos, y quizás el más precioso: un
pedacito de papel viejo, quebradizo, casi quemado,
encerrado en un sobre. En el papel no puede leerse casi
nada. Es apenas una huella.
Cuando tenía doce años empecé a dibujar historietas. En
ese momento la mayoría de los chicos leían las revistas
mexicanas de Batman, Superman, Fantomas, La Pequeña Lulú,
y las chicas Susy, Secretos del corazón; a mí me gustaban,
en cambio, las de terror. Era difícil conseguirlas, no
estaban en todos los quioscos sino en ferias de plazas o
en viejas librerías. Había dos: Doctor Tetrick y Doctor
Mortis. En una de ellas vi una página —en la revista decía
que era la única que se conservaba— de un dibujante
llamado Ashton Forbes. A partir de ahí empecé a seguir los
pasos de Forbes y pude conocer su historia, aunque de poco
me sirvió.
En una minúscula revista de historietas que publicaban
(bueno, fotocopiaban en realidad) unos amigos, puse un
aviso llamando a los interesados en Ashton Forbes. A
pesar de que la revista debía tener una venta que rara vez
superaba los treinta ejemplares, alguien me contestó. La
carta que me mandó estaba firmada sólo con unas
iniciales: L.M. Jamás hubiera imaginado que la “L” era de
Lucía.
Cuando entré en el bar vi que la única persona que tenía
la revista “Doctor Tetrick” sobre la mesa era una chica.
Me presenté, combinando un desconcertado tartamudeo con
algunos gestos con las manos, por completo
incomprensibles. (En ese tiempo uno no esperaba que las
chicas se dedicaran a las revistas de terror. Nunca supe
muy bien en qué se interesaban las chicas. Hubo un momento
en que no existían en absoluto para mí, y un tiempo
después ya eran tan importantes, que tampoco pude
detenerme a mirar qué cosas les gustaban. Existían, y eso
era suficiente.)
Lucía era terriblemente alta. Me llevaba una cabeza y
media. (Pero de eso me enteré sólo al salir del bar.) Creo
que los dos estábamos nerviosos, y si no hubiera sido por
Forbes, cada uno hubiera salido corriendo por su lado.
Teníamos pocos datos de Forbes, pero entre los dos
reconstruimos parte de su historia.
Ashton Forbes era un dibujante norteamericano que se
había venido a vivir a Buenos Aires en 1956. Es posible
que estuviera escapando de algo. Durante un año trabajó en
la ciudad dibujando historietas para la revista “El
espanto de lo cotidiano”. Después se fue a Córdoba y nada
más se supo de él. Quizá volvió a Estados Unidos, o se
murió, o puso un hotel en las sierras. También había
dibujado algunas tapas de novelas policiales de la
Editorial Tor, libros de páginas y portadas amarillas.
Aunque los dibujos no llevaban firma, me parecía
reconocer su estilo en algunas novelas de Edgar Wallace y
Gastón Leroux.
Le pregunté a Lucía si había conseguido alguna revista de
“El espanto de lo cotidiano” y se rió.
—No existe un solo ejemplar en todo el mundo.
—¿Se perdieron?
—No. Se autodestruyeron.
Lucía iba mucho más adelantada que yo en la investigación
sobre Forbes. Había logrado ubicar a un viejo guionista
que vagamente recordaba la historia de los veinte números
de “El espanto de lo cotidiano”. La publicaba la editorial
Nocturno; su dueño había tenido la mala suerte de comprar
el papel más barato que había en plaza, y que
probablemente había entrado de contrabando. Ese papel, se
supo más tarde, tenía unas características muy curiosas:
envejecía aceleradamente y era alérgico a la tinta. Apenas
las revistas salían a la venta comenzaba su lento proceso
de desintegración. Las destruía la luz. Cinco años después
del cierre de la editorial (“El espanto de lo cotidiano”
fue un fracaso total) no quedaba un solo ejemplar. Todos
se habían vuelto cenizas.
El editor murió poco después y de los originales de
Forbes nunca se supo nada. La única página publicada que
se salvó (y que yo había descubierto en Doctor Tetrick)
había sido salvada del devastador efecto de la luz porque
su dueño la había recortado, guardándola entre las
páginas de un manual de cocina. No la guardó por los
dibujos, sino porque en el reverso había una receta: “El
espanto de lo cotidiano” incluía una sección de cocina.
Platos típicos de Transilvania, qué comía Edgar Poe entre
botella y botella, especialidades de la cocina caníbal (se
podían reemplazar algunos ingredientes).
Cuando salí del bar me importaba mucho menos Ashton
Forbes y sus malditas páginas inexistentes que volver a
ver a Lucía, aunque salir con ella me trajera algunos
problemas en el cuello. Fuimos una tarde al cine de la
parroquia que quedaba a la vuelta de casa para ver
“Cuentos de ultratumba”: a mí me asustó tanto que estuve a
punto de irme de la sala, pero como ella resistía, me
llevé las manos a la cara y espiando apenas por entre las
rendijas de los dedos pude llegar hasta el final. Creo que
una semana después la invité a mi casa para ver “El
cuervo”, con Vincent Price y Peter Lorre en “Sábados de
súper acción”.
A los tres días me llamó por teléfono. Había ido a casa de
un viejo coleccionista a cambiarle unas Billiken del año
treinta que había encontrado en su casa por algunas
revistas de terror importadas. El canje no debía haber
sido muy ventajoso para Lucía, porque apenas se cerró el
trato el viejo empezó a saltar de contento. Y hasta le
confesó:
—Tengo un ejemplar de “El espanto de lo cotidiano”, donde
está la historieta “El cuarto de arriba”, de Ashton Forbes.
Es el último ejemplar que existe.
Lucía le ofreció toda su colección de historietas por la
revista, pero el viejo se negó. Al final le arrancó el
permiso para que fuéramos juntos a ver la revista. El
hombre dudó, pero finalmente aceptó: a veces los
coleccionistas se cansan de tener algo cuyo valor todos
ignoran, y quieren divulgar, aunque sea por unos
instantes, su secreto al mundo.
Un sábado a la mañana fuimos a Flores, hasta un caserón en
ruinas, cerca de la estación de tren. Cruzamos la verja
oxidada: entre los altos pastos amarillos había figuras de
piedra que parecían dibujos de Forbes. El viejo nos
recibió con pocas palabras y nos condujo al primer piso de
la casa.
Había una habitación entera destinada a “El espanto de lo
cotidiano”. El coleccionista encendió una lámpara de luz
roja, que no dañaba el papel. Vi, en el suelo, una caja de
cristal negro. El viejo la abrió: allí estaba el ejemplar
de una especie extinguida, la última huella del paso de
Forbes por el mundo. Pero no habíamos venido solamente a
mirar la revista. Eramos traidores, y habíamos organizado
todo para fotografiar las páginas. A la hora señalada el
teléfono sonó y el viejo no tuvo más remedio que dejamos
solos para hablar con uno de mis amigos, que trataría de
entretenerlo durante diez minutos, consultándolo sobre
revistas desaparecidas. Sólo el gato estaba con nosotros.
Yo suponía que los breves golpes de flash no le harían
daño a las páginas. No había notado, mientras Lucía pasaba
hoja tras hoja, que el papel se ennegrecía con cada
relámpago. No tuvimos tiempo de leer la historieta, ni
siquiera de mirar los dibujos. Cuando terminamos la
revista se había convertido en sesenta páginas
indescifrables, manchas grises contra el papel amarillo.
Ya se oían los pasos del viejo en la escalera. Escondí la
cámara, pero no podía ocultar la revista. Lucía fue más
rápida que yo: abrió la puerta, de la que llegaba la luz
implacable de una ventana, y atrapó al gato, colgándoselo
de la camisa. Cuando el viejo vio que la puerta estaba
abierta, entró corriendo, horrorizado; Lucía simulaba
defenderse del pobre gato. Dijo que la había atacado y
que casi se muere del susto. El coleccionista ni siquiera
la miró: sus ojos estaban clavados en la revista que, con
la nueva luz, ya no sólo se desdibujaba sino que comenzaba
a hacerse polvo ante nuestros ojos. En medio del caos
alcancé a guardar un papelito que se desprendió.
¿Creyó el viejo la mentira de Lucía? Nunca supimos si
quiso vengarse burdamente del animal, o sutilmente de
nosotros, porque agarró al gato, le retorció el cuello, y
lo tiró escaleras abajo. Nosotros habíamos empezado
nuestra huida apenas oímos el crack. El cuerpo del animal
cayó a mis pies.
Nunca hablamos con nadie de lo que había pasado. Ni
siquiera entre nosotros. Durante unos quince días dijimos
que éramos novios y nos besamos en las plazas vacías, pero
eran tiempos en que todo pasaba rápido y no sé muy bien
cómo pero nos alejamos (ella se mudó a otro barrio, yo
cambié de colegio, pero a lo mejor son cosas que no
tuvieron nada que ver, aunque seguramente les echamos la
culpa). Evitamos siempre hablar de ese día, pero no sé si
fue por culpa o por miedo. Porque cuando revelamos las
fotografías para hacerlas publicar, vimos que la historia
que había contado Ashton Forbes era la de unos chicos que
en busca de una revista rara visitan a un coleccionista,
y cuando están solos allá arriba, en la oscuridad, se
confiesan que todo aquello no era otra cosa que un
pacto de amor... Nunca supimos cómo terminaba la
historieta, porque a pie de página decía “continuará”, y
como ya no quedaban ejemplares en el mundo, la aventura
había sido cancelada para siempre.
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