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ANTONIO DI BENEDETTO

Antonio di Benedetto
(1922/1986), escritor argentino, nació en la
provincia de Mendoza el 2 de noviembre de 1922. En
esa ciudad interrumpió sus estudios de abogacía
para dedicarse al periodismo, llegando a ocupar la
subdirección del periódico Los Andes.
Becado en Francia para perfeccionar
su actividad profesional fue corresponsal del
diario argentino La Prensa. Encarcelado en
1976 por la dictadura militar ("Creo nunca estaré
seguro que fui encarcelado por algo que
publiqué”), fue torturado, humillado y sometido a
innumerables simulacros de fusilamiento.
Se exiló en EEUU, Francia y España,
regresando a la Argentina en 1985. A causa de las
torturas su salud y su estado anímico declinaron
(“Lo siento, pero no consigo arrancar nada de mi
cabeza”), sin doblegar su férrea dignidad.
Perteneció al grupo de escritores
que en las décadas de 1940 y 1950 reaccionó contra
el dominante realismo y derivó hacia una visión
vacua de la vida. Su obra deja ver reminiscencias
kafkianas y una fuerte influencia del pensamiento
existencialista.
Su primera publicación fue el libro
de cuentos Mundo animal (1953), continuando
en el mismo género con Grot (1957),
reeditado en como Cuentos claros (1969),
Declinación y ángel (1958) y El
cariño de los tontos (1961).
Sus obras más elogiadas son las
novelas Zama (1956) ambientada en un medio
sudamericano del siglo XVIII, sindicada como una
de las más importantes de las letras argentinas.
El silenciero(1964),
fue reeditada como El hacedor de silencio
(1982), que ha mostrado el objetivismo de la
escuela francesa (Alain Robbe-Grillet, Nathalie
Sarraute).
Otras obras: El pentágono
(1955), Los suicidas (1969) y Sombras
nada más (1985), Two stories (cuentos,
1965), Los suicidas (cuentos, 1969), El
juicio de Dios (antología de cuentos, 1975),
Absurdos (cuentos, 1978), Cuentos del
exilio (cuentos, 1983), Sombras, nada más
(novela, 1985).
Ha recibido numerosos galardones,
entre ellos el de Caballero de la Orden de
Mérito del gobierno italiano (1969),
Medalla de Oro de la Alliance Française,
miembro fundador del Club de los XIII
(1973) y la beca Guggenheim (1974).
Murió víctima de un derrame
cerebral el 10 de octubre de 1986 en Buenos Aires.
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Los
hombres dicen: “No es mi culpa; no soy culpable”. Y culpan
a la esposa, al clima, a su hígado, a Dios, al nuevo
horario.
Ellos, los
ratones, dicen: “No es culpa nuestra. El culpable es
Caín”.
No soy
Caín. Soy Abel. Ellos me llaman Caín por humillarme, por
humillar su culpa, su culpa comprada.
Me pagan,
sí; soy un pagado de los ratones. Cuando el papá sugiere
al nene que ponga el dientecito debajo de la almohada para
que los ratoncitos, en cambio, le dejen una moneda, los
ratoncitos, en cambio, se le llevan al papá todos los
billetes que escondía en el estante de los libros. Se
especializan en padres lerdos difusores de candideces.
Podrían hacerlo con cualesquiera otros, pero les divierte
burlar la historia de la moneda. A mí también me divierte
cuando me cuentan sus hazañas y cuando arrastran a mis
pies los billetes, que son mi paga.
Soy una
culpa paga: tengo un ruin y desconsolador oficio.
Es
absurdo, pero ellos sostienen ese absurdo y por su falta
de eficiencia vivo, pago los estudios de mis hijos y las
pieles, ¡Cristo, hasta pieles!, de mi mujer. Mi familia lo
ignora. Si mi esposa lo supiera no me diría, no, que
dejara de hacerlo aunque tuviese que vender sus pieles y
aunque hubiéramos de quedar sólo con las nuestras
originales. No se lo digo por su aprensión a los ratones.
Pensaría después que viste pieles de ratones y estaría
constantemente histérica e insoportable.
Es un
absurdo. Entienden que su vida es así por culpa de los
hombres, más poderosos, más numerosos, mejor armados que
ellos. Cuando los ofenden, cuando los dañan, fue el
hombre; cuando infestan una ciudad, la culpa es de la
ciudad. Se consideran inculpables y quieren tener en quien
descargar la culpa que los hombres les adjudican, y me
pagan a mí para que yo sea la culpa de ellos. Los
culpables son, según su punto de vista, todos los hombres,
y yo, que soy un solo hombre, les cuesto trabajo —un
trabajo que los regocija, he de reconocerlo— para ser
mantenido como culpable. Es absurdo. Cuando cometen una
canallada y hasta se asustan de haberla cometido, por
temor a las represalias humanas, no me exponen como
culpable ante mis congéneres. No me presentan y dicen:
“Somos inocentes. La culpa es de Caín. Descargad en él
vuestra razonable furia”. No. Tampoco les sirvo para
alegato alguno ante un orden superior. Se conforman con
saber que el culpable soy yo, aunque sepan que no lo soy.
Es estúpidamente absurdo. O quizás no lo sea. Quizás se
trate de una forma y un problema de la responsabilidad;
pero… no está a mi alcance. Quizás, para comprenderlo,
tendría que ilustrarme con algún ilustrado profesor.
Tendré que hacerlo, si procuro ser, como muy probablemente
ellos me prefieren, una culpa sosegada.
* * *
Las
guerras necesitan al asesino de Francisco José para
descargarse. Ocurrió todo en una sola casa y pudo parecer
nimio, en relación con el orden general de persecución y
muerte de ratones.
La casa
era miserable como mi puesto. La habitaba, sin corregir la
soledad de sus cinco cuartos ruinosos, un viudo avaro. La
compartían, a su modo la disfrutaban, sin descuidar el
sigilo, aunque fuese innecesario, los ratones, una
caudalosa pandilla. Pero a la muerte del viudo penetró,
con su familia y una sonrisa, una mujer pequeña,
laboriosa, afable y optimista. Optimista a pesar de los
ratones y de la relativa ineficacia de su lucha, planteada
con espanto femenino, contra ellos.
Pero la
infortunada era miope y cardíaca. Sirvió a los niños jalea
de membrillo, untada en rebanadas de pan, y ella misma
comió jalea cuidadosamente untada en el pan. Al tapar el
frasco reparó en que había algo oscuro sumergido en el
dulce, como un inesperado carozo. Escarbó con la cuchara
de mango largo; lo sacó y… Claro está, el asco, su
corazoncito tan poco dispuesto… Quedó mal, muy mal.
Después, de nuevo, con su miopía, creyó que a su pequeña
se le había caído una de las rosas rojas preparadas para
la maestra, la alzó y… Es que el gato nada más había hecho
que matarlo y destrozarlo, instintivamente, por oficio,
puesto que hambre no tenía, harto de bien alimentado por
la doméstica dueña.
La
enconada desgracia. La enconada desgracia para el nuevo
viudo, el viudo de la mujer que sonreía, la desdichada
optimista. La enconada desgracia para él, para los ratones
y para mí.
Allí hubo
de ser, porque la desgracia estaba enconada allí. Allí
hubo de brotar la peste bubónica y prender en los dos
niños, allí.
No esperó,
no, a los fumigadores de Salubridad. Instantáneo, con un
arrebato como el de la muerte sobre sus hijos, el hombre
de luto, armado de hacha, pico, un garrote, un cuchillo,
escarbó, demolió, en busca de madrigueras, sacando a la
luz los animalejos de su catástrofe, y estrellándolos en
rojo implacable. Y la casa siniestra tuvo por una vez,
efímero, un jardín de abundantes rosas rojas.
* * *
Esto
también es estúpido. Pero, creo, es la última estupidez
que cometen conmigo, la última estupidez en que me
complican.
Se han
vuelto contra su culpa. El ilustrado profesor diría que no
es posible destruirla, que las culpas permanecen y nos
sobreviven, que moralmente sólo podemos contra ellas un
acto bueno y compensador referido a la misma cuestión,
aunque no ha de extinguirlas de ninguna manera. Sólo hay
un remedio, diría él, de vestirlas de humo tolerablemente
camuflador y complaciente: el olvido voluntario, mecanismo
apaciguador para tolerar la vida ajena y la propia.
Ellos no
me olvidan, no. Se han cebado en mí para anularme,
expeditivos como una revolución triunfante, pero sádicos
como los que montan con despaciosa delectación el aparato
de la horca de los vencidos a la vista de éstos.
Me
previnieron que no debía intentar la fuga. Cubrieron el
espacio que me circunda de ratones muertos por la
bubónica. Comprendí. Menosprecié la advertencia y quise
huir. Tres de los vivientes treparon por mis piernas y
paralizaron mis movimientos con el miedo de sentirlos
sobre mi cuerpo y de ignorar qué harían de mí. Nada
hicieron, por unos minutos. Intenté dar otro paso. Se
escurrieron por mi pecho y surgieron por el cuello de la
camisa. Grité, despavorido y en demanda de socorro. Uno de
ellos se zambulló en mi boca. Me llenó de náuseas. Procuré
escupirlo y se aferró a la lengua y finalmente se me
introdujo en la garganta. Espantado, adivinando sin
esfuerzo lo que harían los otros, apreté los dientes y me
lancé a la carrera, pero sólo por unos metros. Los dos que
estaban en mi cara, para obligarme a abrir la boca, me
mordieron los labios, principiaron a comérmelos y yo grité
y ellos se suicidaron. Y otros subieron por mis piernas,
por mi pecho y por mi cuello, y me desgarraron labios,
orejas, nariz, y fueron colmando mi boca y mi garganta y
mi estómago. Comprendí. No hubo necesidad de que ninguno
más fuera devorado por su culpa, por su culpa paga.
He vuelto. Aquí estoy, sin nariz, sin
labios, con restos de orejas, vomitando, tirado en medio
del círculo de ratones muertos. Ellos, muertos, se
enfrían, y yo, con una maldita resistencia involuntaria,
no muero ni me desvanezco. Abro los ojos, abro los ojos y
veo más claro, con un horror que no puedo superar, que me
seduce. Horror de mí mismo y de verlos y de ver lo que a
mí viene. Verlos muertos, enfriándose, mientras mi sangre
se coagula. Verlos muertos, y las pulgas transmisoras del
mal que los abandonan al sentirlos fríos y que vienen, una
a una, a mi carne caliente, derrotada e inculpable.
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