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SILVINA OCAMPO

Silvina Ocampo
(1903 / 1994), poeta y escritora argentina, nació
en Buenos Aires el 28 de julio de 1903. Estudió
dibujo y pintura en París con Giorgio De Chirico,
y desde muy joven escribió, aunque su primera
publicación es tardía: Viaje Olvidado
(cuentos, 1937).
Tres años más tarde
se casa con Adolfo Bioy Casares y en colaboración
con él y Borges, aparece la Antología de la
literatura fantástica (1940).
Algunas Obras:
Enumeración de la patria (poemas, 1942),
Los que aman, odian (1945), Espacios
Métricos (1945), Premio Municipal 1954, Los
nombres (poesía, 1953), Segundo Premio
Nacional de Poesía 1953, La furia (1959),
Las invitadas (1961), Lo amargo por
dulce (1962), Primer Premio Nacional de poesía
1962 y Cornelia frente al espejo
(cuentos, 1988), Premio del Club de los XIII.
Entre 1974 y 1979
publicó cinco volúmenes de cuentos infantiles (El
Tobogán, El Caballo Alado, Canto escolar, el Cofre
volante y La naranja maravillosa).
Ha realizado
traducciones del inglés y el francés. Borges, de
quien fuera amigo, prologó una antología de sus
cuentos publicada en Francia en 1974, cuya
introducción es de Italo Calvino. También ha sido
traducida al inglés e italiano.
Silvina Ocampo se
ha transformado en un mito de la literatura
argentina, por lo escasamente leída y por el eco
de un apellido vinculado a las letras argentinas.
La crítica en
general (hay excepciones bien argumentadas), le
adjudica importancia a su obra sugerente y de
cierta premeditada confusión en la que conviven
sentimientos opuestos e inesperadas fracturas de
las convenciones. Su temática es la literatura
fantástica en la cual desliza la ironía y un humor
negro eficaz con ribetes truculentos.
Borges le reconoce
una virtud inquietante y que a él,
particularmente, le causaba “un poco de aprensión:
la clarividencia. Nos ve como si fuéramos de
cristal, nos ve y nos perdona”. Un elogio temible.
Han sido
innumerables los reportajes, entrevistas, ensayos
y comentarios hechos sobre Silvina Ocampo y su
obra. Baste recordar los de Borges, Calvino,
Martinez Estrada, Pichon Rivière, Alejandra
Pizarnik, Abelardo Castillo y Eloy Martinez entre
otros.
Falleció el 14 de
diciembre de 1993, tras una larga enfermedad.
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La
envidiaba por sus pecados con una envidia que la
carcomía, una envidia que no la dejaba descansar, y
ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo podría
resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa,
que no sufre, con todos los honores, con todas las
ceremonias. ¡Ni siquiera desfigurada! Y si lo hubiera
estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un
encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven,
nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría
la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente
pureza. Las iniciales sobre el paño negro del coche
fúnebre brillaban, y sus retratos ya se repartían entre
los amigos de la casa. No había modo de contener las
lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un
marido de treinta y esa corte ridícula de amigos que la
admiraban, aun más que antes. En los armarios, aquellos
vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con
ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su
memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se
había suicidado, tendría en cada corazón alguien que
suspiraba secretamente por su memoria.
Injusticias de la suerte,
pensaba Virginia, mientras subía las escaleras.
Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura,
yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo
de nadie. yo no me he suicidado. Nadie llora por mí.
Entró en el cuarto donde la velaban.
Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. En
la luz trémula de los cirios brillaban la frente, los
pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si
estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los
dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas
demasiado fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado,
para torturarla.
Para no verle la cara se arrodilló; para
no pensar en ella, rezó. Un zumbido de voces le llenó los
oídos. La gente hablaba, ¿de qué? Sólo de ella. Era pura,
decían, como la luz. Se puso de pie. Por suerte, nadie
advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un
ser.
Virginia se dirigió al dormitorio de la
muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de
los labios, para pintarse, buscó el perfume, para
perfumarse, y se miró en el espejo. Salió de la casa
apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de
cartas (el papel que tenía en su casa era un papel
ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus
zapatos de bruja; subió por un ascensor interminable,
abrió una puerta y entró en su cuarto. Se puso a escribir
maravillosas cartas de amor dirigidas a la muerta,
revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la
vida monstruosa, impura, que le atribuía. Al pie de la
carta firmaba con el nombre del supuesto amante. En una
noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte
cartas, cuyas fechas abarcaban toda una vida de amor.
A la mañana siguiente, al alba, hizo un
paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno
de sus camisones, las llevó a la casa mortuoria y las
depositó en el armario de la muerta.
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