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BORIS
VIAN

Boris Vian (1920 / 1959),
novelista y dramaturgo francés, nació el 10 de
marzo de 1920 en un suburbio de París. Fue,
además, poeta, músico de jazz, y traductor.
Egresado como ingeniero de la Escuela Central en
el Liceo Condorcet (1942), la influencia artística
de su entorno familiar terminó por prevalecer a
sus estudios técnicos.
De adolescente padeció serios
problemas de salud, pese a lo cual no abandonó su
gran pasión: el jazz. Su primera novela Trouble
dans les Andains y Vercoquin y el plancton
(1943), refleja su vida disipada mezclada con lo
grotesco y lo absurdo.
Escribió cuentos e hizo crítica de
jazz publicadas en Les Temps Modernes y el
periódico Combat, a instancias de Sartre y
Camus respectivamente.
Gran admirador de Alfred Jarry,
apeló a su Patafísica, o "ciencia de las
soluciones imaginarias", para una rebelión cómica
contra la filosofía positivista. Su obra polémica
ha sido tan reconocida como cuestionada.
Como Vernon Sullivan, firmó
su thriller al estilo americano, Escupiré sobre
vuestra tumba (1946), censurada por su
contenido violento y sexual, y otras tres que le
valieron un juicio de cuatro años, tras el cual
reconoció su autoría. El descrédito que le valió
el episodio alcanzó también su producción más
“seria”.
Frecuentó el existencialismo de la
época en el Club Saint Germain-des-prés y conoció
a los grandes del jazz:
Duke Ellington,
Miles Davis y
Charlie Parker y llegó a componer
la ópera El caballero de las nieves.
Sus principales obras son La
espuma de los días (1947), una impactante
historia de amor siempre vigente; El otoño en
Pekín (1947) y El arrancacorazones
(1953) de escaso éxito. Escribió diez novelas,
entre ella La hierba Roja (1950),
autobiográfica.
Se convierte en director artístico
de la compañía Phillips (1955), filma varias
películas, una de ella laureada en Cannes y se
agravan sus problemas de salud con un edema
pulmonar.
Su dramaturgia se inscribe en el
teatro del absurdo. Diálogos inconexos y conductas
incomprensibles, testimonian la naturaleza
irracional de la existencia humana.
L'équarrissage pour tous,
comedia negra, fue representada por vez primera en
1950 y Los constructores del imperio,
tragedia burlesca fue estrenada en 1959.
Apartado por la productora del
guión cinematográfico de Escupiré sobre vuestra
tumba, y quizás a causa de ello entre otras
cosas, Vian murió de un ataque al corazón el 23 de
junio de 1959. Su reconocimiento ha sido póstumo.
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I
Llegamos esta mañana y no nos recibieron
muy bien que digamos, porque en la playa no había nada más
que montones de tipos muertos o montones de pedazos de
tipos, de tanques y de camiones desbaratados. Las balas
venían un poco de todas partes, y a mí no me gusta ese
desorden por amor al arte. Saltamos al agua, pero era más
profunda de lo que parecía, y me resbalé sobre una lata
de conservas. Los confites le volaron los tres cuartos de
la cara al pibe que estaba justo a mis espaldas, y yo me
quedé con la lata de conservas de recuerdo. Puse los
pedazos de su cara en mi casco y se los di, y él se fue a
que lo curen, pero me parece que se equivocó de camino
porque entró en el agua hasta que no hizo pie, y no creo
que vea lo suficiente en el fondo para no perderse.
Luego corrí hacia donde había que correr y
llegué justo para recibir una pierna en plena cara.
Traté de insultar al tipo, pero la mina no había dejado
más que unos pedazos no muy prácticos de manejar, así que
ignoré su gesto y continué.
Diez metros más adelante me reuní con otros
tres muchachos que estaban detrás de un bloque de cemento
y que tiraban de la esquina de una pared, más arriba.
Estaban sudorosos y mojados y yo debía estar como ellos,
así que me arrodillé y tiré también. Volvió el teniente,
se agarraba la cabeza con las dos manos y salía algo rojo
de su boca. No parecía contento, y rápidamente fue a
acostarse sobre la arena, con la boca abierta y los
brazos para adelante. Seguro que ensució bastante la
arena. Era uno de los pocos lugares que quedaban limpios.
Desde esa posición nuestra lancha encallada
tenía un aspecto completamente idiota, y luego ni
siquiera tenía aspecto de lancha cuando los dos obuses le
cayeron encima. No me gustó, porque todavía quedaban dos
amigos adentro, con las balas recibidas al levantarse para
saltar. Golpeé el hombro de los tres que tiraban conmigo y
les dije: "Vengan, vamos". Por supuesto, los hice pasar
primero y tuve buen olfato, porque el primero y el
segundo fueron bajados por los otros dos que nos
rociaban, y sólo quedaba uno delante de mí, pobre viejo,
no tuvo suerte, no bien se deshizo del peor, el otro tuvo
justo el tiempo de matarlo antes de que yo me ocupara de
él.
Esos dos puercos, detrás de la esquina,
tenían una ametralladora y montones de cartuchos. La
orienté en la otra dirección y apreté, pero me detuve
enseguida porque me rompía los oídos, y además acababa de
encasquillarse. Deben estar ajustadas para no tirar del
lado que no corresponde.
Ahí estaba más o menos tranquilo. Desde lo
alto de la playa se podía aprovechar el panorama. Sobre el
mar había humo en todos lados y el agua brotaba muy alto.
También se veían los rayos de las salvas de los grandes
acorazados, y sus obuses pasaban sobre la cabeza con un
gracioso ruido sordo, como un cilindro de sonido grave
taladrado en el aire.
Llegó el capitán. Quedábamos justo once.
Dijo que no era mucho pero que se arreglaría así. Más
tarde llegaron otros. Por el momento nos hizo cavar
agujeros; para dormir, pensaba yo, pero no, hubo que
meterse adentro y seguir tirando.
Felizmente aclaraba. Ahora desembarcaban
grandes hornadas de lanchas, pero los peces se les
escapaban entre las piernas para vengarse del barullo y
la mayoría caía al agua y se volvía a levantar gritando
como perdidos. Algunos no se levantaban y se iban flotando
con las olas, y enseguida el capitán nos dijo que
neutralizáramos el nido de ametralladoras, que había
empezado a golpear otra vez, progresando detrás del
tanque.
Nos pusimos detrás del tanque. Yo último
porque no me fío mucho de los frenos de esos aparatos. De
cualquier manera es más cómodo caminar detrás de un
tanque porque no hay necesidad de enredarse en las
alambradas y las estacas caen solas. A mí no me gustaba su
manera de despachurrar los cadáveres con una especie de
ruido que hace daño recordar; al principio es bastante
característico. Al cabo de tres minutos saltó sobre una
mina y se puso a arder. Dos de los tipos no pudieron salir
y el tercero sí, pero uno de sus pies se quedó en el
tanque y no sé si se dio cuenta antes de morir. Al final,
dos de sus obuses ya habían caído en el nido de
ametralladoras rompiendo los huevos y también a los
hombrecitos. Los que desembarcaban se vieron más
aliviados, pero entonces una batería antitanque se puso a
escupir a su vez y cayeron por lo menos veinte al agua. Yo
hice cuerpo a tierra. Desde mi lugar los veía tirar
inclinándome un poco. El armazón del tanque que llameaba
me protegía un poco y apunté cuidadosamente. El tirador
cayó retorciéndose mucho, seguramente yo había golpeado
demasiado bajo, pero no pude rematarlo, primero tenía que
bajar a los otros tres. Me costó trabajo, felizmente el
ruido del tanque que llameaba me impidió oírlos berrear,
también había matado mal al tercero. Por lo demás, la cosa
seguía saltando y humeando por todos lados. Me froté los
ojos un buen rato para ver mejor porque el sudor me
impedía hacerlo, y el capitán había vuelto. Sólo utilizaba
su brazo izquierdo. "¿Puede vendarme el brazo derecho muy
apretado alrededor del cuerpo?" Dije que sí y empecé a
envolverlo con las vendas, y luego abandonó el suelo con
los dos pies a la vez y se me cayó encima porque una
granada había estallado a sus espaldas. Se puso rígido
instantáneamente, parece que eso pasa cuando se muere muy
cansado, en todo caso era más cómodo para sacármelo de
encima. Y luego debí dormirme, y cuando me desperté, el
ruido venía de más lejos y uno de esos tipos con cruces
rojas alrededor del casco me daba café.
II
Después partimos al interior y tratamos de
poner en práctica los consejos de los instructores y las
cosas que aprendimos en las maniobras. El jeep de Mike
volvió al rato. El que conducía era Fred, y Mike estaba en
dos pedazos; con Mike, habían encontrado un alambre. Están
equipando los otros coches con una hoja de acero adelante
porque hace demasiado calor para andar con el parabrisas
levantado. Todavía escupen en todos lados y hay patrulla
tras patrulla. Creo que se avanzó demasiado rápido y
cuesta trabajo conservar el contacto con el
abastecimiento. Nos barrieron por lo menos nueve tanques
esta mañana, y pasó algo curioso, la bazooka de un tipo
voló con el cohete y él se quedó enganchado detrás por la
correa. Esperó a estar a cuarenta metros y bajó en
paracaídas.
Creo que van a verse obligados a pedir
refuerzos porque acabo de oír como un gran ruido de
podadora, habrán debido cortarnos la retaguardia...
III
...Esto me recuerda hace seis meses cuando
acababan de cortarnos la retaguardia. Ahora debemos estar
completamente rodeados, pero ya no es el verano.
Felizmente, nos queda de comer y hay municiones. Hay que
relevarse cada dos horas para hacer guardia, la cosa se
vuelve cansadora. Los otros agarran los uniformes de
nuestros tipos que caen prisioneros y se ponen a vestirse
como nosotros, y hay que desconfiar. Y además, ya no hay
luz eléctrica y se reciben obuses en la cara de los
cuatro lados a la vez. Por el momento, se trata de
reanudar el contacto con la retaguardia; tienen que
mandarnos aviones, empezamos a quedarnos sin
cigarrillos. Afuera hay ruido, algo debe prepararse, ni
siquiera hay tiempo de sacarse el casco.
IV
Realmente se preparaba algo. Llegaron
cuatro tanques casi hasta aquí. Yo vi el primero al salir,
enseguida se paró. Una granada había destruido una de sus
orugas, que se desenrolló de un golpe con un espantoso
ruido a chatarra, pero el cañón del tanque no se
encasquilló por tan poca cosa. Agarramos un lanzallamas;
lo fastidioso con ese sistema es que hay que abrir la
cúpula del tanque antes de utilizar el lanzallamas, de no
ser así estalla (como las castañas) y los tipos en el
interior no se cuecen bien. Entre tres fuimos a abrir la
cúpula con una sierra para metales, pero llegaban otros
dos tanques, y hubo que hacerlo saltar sin abrirlo. El
segundo saltó también y el tercero dio media vuelta, pero
era una finta, porque había llegado marcha atrás; por eso
nos asombraba un poco verlo tirar sobre los tipos que lo
seguían. Como regalo de cumpleaños nos envió doce obuses
del 88; habrá que reconstruir la casa si queremos usarla
de nuevo, pero será más rápido agarrar otra. Finalmente
nos deshicimos de ese tercer tanque cargando una bazooka
con polvo para estornudar, y los del interior se golpearon
tanto el cráneo en el blindaje que no sacamos más que
cadáveres. Sólo el conductor vivía todavía un poco, pero
se había agarrado la cabeza en el volante sin poder
sacarla, así que antes de estropear el tanque, que no
tenía nada, se cortó la cabeza del tipo. Detrás del tanque
llegaron motociclistas con fusiles ametralladoras
haciendo un ruido del demonio, pero pudimos acabar con
ellos gracias a una vieja segadora. Mientras tanto,
también nos llegaban sobre la cabeza algunas bombas, y
hasta un avión que nuestra artillería antiaérea acababa de
derribar sin hacerlo a propósito, porque en principio
tiraba sobre los tanques. En la compañía perdimos a
Simón, Morton, Buck y P. C., Y nos quedan los demás y un
brazo de Slim.
V
Siempre rodeados. Ahora llueve sin parar
desde hace dos días. El techo no tiene más que una teja
de cada dos, pero las gotas caen justo donde deben y
realmente no nos mojamos. No sabemos cuánto tiempo va a
durar todavía esto. Siempre patrullas, pero es bastante
difícil mirar por un periscopio sin entrenamiento y es
cansador quedarse con el barro encima de la cabeza más de
un cuarto de hora. Ayer encontramos otra patrulla. No
sabíamos si eran los nuestros o los de enfrente, pero bajo
el barro no nos atrevíamos a tirar porque los fusiles
explotan enseguida. Intentamos cualquier cosa para
deshacernos del barro. Le echamos nafta encima; al arder
se seca, pero después uno se quema los pies al caminar
sobre él. La verdadera solución consiste en cavar hasta la
tierra firme, pero es mucho más difícil hacer patrullas
en la tierra firme que en el barro. Al final terminaríamos
por arreglarnos más mal que bien. Lo molesto es que había
tanto que empezó a haber marejadas. Ahora está bien, está
en la barrera, pero desdichadamente dentro de un rato
volverá a subir al primer piso, y eso es desagradable.
VI
Esta mañana me ocurrió una fea aventura.
Estaba debajo del depósito tras la barraca, preparando
una buena broma a los dos tipos que se ven bien con los
gemelos tratando de localizarnos. Tenía un pequeño mortero
del 81 y lo arreglaba en un cochecito de bebé, y Johnny
debía camuflarse de campesina para llevarlo, pero primero
el mortero se me cayó en el pie; eso no es nada más que lo
que me sucede todo el tiempo en este momento, y luego
salió el tiro mientras yo me tiraba al suelo agarrándome
el pie, y uno de esos aparatos con aletas fue a estallar
en el segundo piso, justo en el piano del capitán que
estaba tocando Jada. Hizo un ruido del demonio y el piano
se vino abajo, pero lo más molesto fue que el capitán no
tenía nada, en todo caso nada suficiente para impedirle
golpearse duro. Por suerte, inmediatamente después llegó
un 88 al mismo cuarto. No pensó que lo habían localizado
por el humo del primer tiro y me agradeció diciendo que
le había salvado la vida haciéndolo bajar; para mí, no
tenía ya ningún interés a causa de mis dos dientes rotos y
también porque todas sus botellas estaban justo bajo el
piano.
Cada vez estamos más rodeados, nos tiran
encima sin descanso. Felizmente, el tiempo comienza a
despejarse, ya no llueve más que nueve horas de cada doce,
dentro de un mes podemos contar con refuerzos por avión.
Nos quedan tres días de víveres.
VII
Los aviones empiezan a lanzarnos paquetes
por paracaídas, pero me agarro una flor de decepción al
abrir el primero, porque adentro había una caterva de
medicamentos. Se los cambié al doctor por dos barras de
chocolate con avellanas, del bueno, no esa chanchada de
raciones, y medio frasco de cognac, pero se desquitó al
arreglarme mi pie aplastado. Tuve que devolverle el
cognac, si no en este momento no tendría más que un pie.
Arriba empieza a roncar de nuevo, hay un pequeño claro y
envían más paracaídas, pero esta vez son tipos, se diría.
VIII
Sí que eran tipos. Hay dos divertidos.
Parece que se pasaron todo el trayecto haciéndose tomas de
judo, largándose castañazos, rodando bajo todos los
asientos. Saltaron al mismo tiempo y jugaron a cortarse
las cuerdas de sus paracaídas con el cuchillo.
Desdichadamente, el viento los separó, entonces se vieron
obligados a seguir a tiros. Raramente vi tan buenos
tiradores. Ahora los están enterrando porque cayeron de un
poco alto.
IX
Estamos rodeados. Nuestros tanques
volvieron y los otros no aguantaron. Yo no pude luchar
seriamente a causa de mi pie pero alenté a los amigos.
Era muy excitante. De la ventana veía bien, y los
paracaidistas llegados ayer se ajetreaban como diablos.
Ahora tengo un fular de seda de paracaídas amarillo y
verde marrón, y pega con el color de mi barba, pero mañana
voy a afeitarme para el permiso de convalecencia. Estaba
tan excitado que le tiré un ladrillo a la cabeza a Johnny,
que acababa de fallar uno, y ahora tengo dos nuevos
dientes de menos. Esta guerra no es nada buena para los
dientes.
X
El hábito embota las impresiones. Le dije
eso a Huguette —tienen esos nombres— al bailar con ella en
el Centro de la Cruz Roja, y ella replicó: "Usted es un
héroe", pero no tuve tiempo de encontrar una respuesta
fina porque Mac me golpeó en el hombro, entonces tuve que
dejársela. Los otros hablaban mal, y esa orquesta tocaba
demasiado rápido. Mi pie todavía me molesta un poco pero
dentro de quince días todo habrá terminado, nos
volvemos. Me abalancé sobre una de nuestras chicas, pero
el paño del uniforme es demasiado espeso, eso también
embota las impresiones. Hay muchas chicas aquí, y bien
que comprenden lo que se les dice; eso me hizo ruborizar,
pero no hay gran cosa que hacer con ellas. Salí y encontré
enseguida a muchas otras, no el mismo tipo, más
comprensivas, pero es quinientos francos el mínimo, y
todavía porque estoy herido. Es curioso, éstas tienen
acento alemán.
Después perdí a Mac y tomé mucho cognac.
Esta mañana me duele horriblemente la cabeza en el sitio
en que golpeó el P.M. No tengo más dinero, porque al final
compré cigarrillos franceses a un oficial francés, y bien
que me dolió. Acabo de arrojarlos, son de lo más
repugnante, hizo bien en deshacerse de ellos.
XI
Cuando uno sale de los negocios de la Cruz
Roja con una caja para poner los cigarrillos, el jabón,
las golosinas y los diarios, los ojos lo siguen a uno por
la calle, y no comprendo por qué, porque seguramente
ellos venden su cognac bastante caro para poder comprarse
cosas también, y sus mujeres tampoco se regalan. Mi pie
está casi totalmente curado. Creo que no me voy a quedar
mucho tiempo más aquí. Vendí los cigarrillos para poder
salir un poco y luego le pegué un sablazo a Mac, pero él
no los suelta fácilmente. Empiezo a aburrirme. Esta noche
voy al cine con Jacqueline, a ésta la encontré ayer a la
noche en el club, pero creo que no es inteligente porque
me saca la mano cada vez que la pongo y no se mueve nada
al bailar. Estos soldados de aquí me horrorizan, son
demasiado desaliñados, y no hay dos que lleven el mismo
uniforme. En fin, no hay nada que hacer, salvo esperar
esta noche.
XII
De nuevo aquí. De todos modos, nos
aburríamos menos que en la ciudad. Avanzamos muy
lentamente. Cada vez que se termina la preparación de
artillería se envía una patrulla, y cada vez que esto
pasa, uno de los tipos de la patrulla vuelve descalabrado
por un francotirador. Entonces se vuelve a empezar la
preparación de artillería, se envían los aviones, que
demuelen todo, y dos minutos después los francotiradores
empiezan a tirar otra vez. En este momento vuelven los
aviones, cuento setenta y dos. No son aviones muy grandes,
pero el pueblo es pequeño. De aquí se ven las bombas
cayendo en espiral, y eso hace un ruido un poco ahogado,
con lindas columnas de polvo. Se volverá al ataque, pero
primero hay que enviar una patrulla. Qué suerte, yo formo
parte. Hay que hacer más o menos un kilómetro y medio a
pie, y no me gusta caminar tanto tiempo, pero en esta
guerra nunca nos piden que escojamos. Nos apretujamos
detrás de los escombros de las primeras casas y creo que
de un extremo al otro del pueblo no queda una sola en pie.
No parece que queden muchos habitantes tampoco, y los que
vemos ponen una cara curiosa cuando la conservaron, pero
tendrían que comprender que no podemos correr el riesgo
de perder hombres para salvarlos con sus casas; las tres
cuartas partes del tiempo son casas muy viejas y sin
interés, y además, ese es el único medio que tienen de
deshacerse de los otros. Esto, por otra parte, en general
ellos lo comprenden, aunque algunos piensen que no es el
único medio. Después de todo, eso les concierne, y tal vez
tenían afecto por sus casas, pero seguramente no tanto en
el estado en que ahora están.
Continúo mi patrulla. Todavía soy el
último, es más prudente, y el primero acaba de caer en el
cráter de una bomba lleno de agua. Sale con el casco
lleno de sanguijuelas. También trajo un pescado gordo todo
atontado. Al volver, Mac le enseñó a hacerse el guapo, y
no le gusta el chewing-gum.
XIII
Acabo de recibir una carta de Jacqueline,
debió dársela a otro tipo para ponerla en el correo,
porque estaba en uno de nuestros sobres. Realmente, es
una chica extraña, pero probablemente todas las chicas
tienen ideas singulares. Ayer retrocedimos un poco, pero
mañana volvemos a avanzar. Siempre los mismos pueblos
completamente derruidos, es bastante melancólico.
Encontramos una radio nuevita. Están probándola, no sé si
realmente se puede reemplazar una lámpara por un pedazo
de vela. Pienso que sí: oigo que está tocando
Chattanooga, lo bailé con Jacqueline un poco antes de
irme de allí. Pienso que voy a responderle, si todavía
tengo tiempo. Ahora es Spike Jones; también me gusta esa
música, y me gustaría mucho que todo terminara para irme
a comprar una corbata civil con rayas azules y amarillas.
XIV
Dentro de un rato nos vamos. De nuevo
estamos muy cerca del frente y empiezan a llegar los
obuses. Llueve, no hace mucho frío, el jeep anda bien.
Vamos a bajar para seguir a pie.
Parece que se empieza a sentir el fin. No
sé en qué lo ven, pero quisiera tratar de librarme lo más
cómodamente posible. Todavía hay lugares donde la pelea es
dura. No se puede prever cómo será.
Dentro de quince días tengo un nuevo
permiso, y le escribí a Jacqueline que me esperara. Tal
vez hice mal, no hay que dejarse agarrar.
XV
Sigo parado sobre la mina. Salimos esta
mañana de patrulla y yo caminaba último como de
costumbre, todos pasaron al lado, pero yo sentí el
disparador bajo mi pie y me paré en seco. Sólo estallan
cuando se saca el pie. Lancé a los demás lo que tenía en
mis bolsillos y les dije que se fueran. Estoy solo.
Debería esperar que vuelvan, pero les dije que no
volvieran, y podría tratar de arrojarme cuerpo a tierra,
pero me horroriza vivir sin piernas... No guardé más que
mi libreta y el lápiz. Voy a lanzarlos antes de cambiar
de pierna, y es absolutamente necesario que lo haga porque
ya estoy cansado de la guerra y porque siento un
hormigueo.
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