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HONORÉ BALZAC

Honoré de Balzac (1799-1850), escritor francés, es una de
las grandes figuras de la literatura universal. Su nombre original
era Honoré Balssa y nació en Tours, el 20 de mayo de 1799. Hijo de
un campesino convertido en funcionario público, tuvo una infancia
infeliz. Obligado por su padre, estudió leyes en París entre 1818
y 1821. Sin embargo, decidió dedicarse a la escritura, pese a la
oposición paterna. Entre 1822 y 1829 vivió en la más absoluta
pobreza, escribiendo teatro trágico y novelas melodramáticas que
apenas tuvieron éxito. En 1825 probó fortuna como editor e
impresor, pero se vio obligado a abandonar el negocio en 1828 al
borde de la bancarrota y endeudado para el resto de su vida.
En 1829 escribió la novela Los chuanes, la primera que
lleva su nombre, basada en la vida de los campesinos bretones y su
papel en la insurrección monárquica de 1799, durante la Revolución
Francesa. Aunque en ella se aprecian algunas de las imperfecciones
de sus primeros escritos, es su primera obra importante y marca el
comienzo de su imparable evolución como escritor. Trabajador
infatigable, Balzac produjo cerca de 95 novelas y numerosos
relatos cortos, obras de teatro y artículos de prensa en los 20
años siguientes.
En 1832 comenzó su correspondencia con una condesa polaca, Eveline
Hanska, quien prometió casarse con Balzac tras la muerte de su
marido. Éste murió en 1841, pero Eveline y Balzac no se casaron
hasta marzo de 1850, poco antes de la muerte de Balzac ocurrida el
18 de agosto de ese año.
En 1834 concibió la idea de fundir todas sus novelas en una obra
única, La comedia humana. Su intención era ofrecer un gran
fresco de la sociedad francesa en todos sus aspectos, desde la
Revolución hasta su época. En una famosa introducción escrita en
1842 explica la filosofía de la obra, en la cual se reflejaban
algunos de los puntos de vista de los escritores naturalistas.
Balzac afirmaba que así como los diferentes entornos y la herencia
producen diversas especies de animales, las presiones sociales
generan diferencias entre los seres humanos. Se propuso de este
modo describir cada una de lo que llamaba "especies humanas". La
obra incluiría 150 novelas, divididas en tres grupos principales:
Estudios de costumbres, Estudios filosóficos y Estudios
analíticos. El primer grupo, que abarca la mayor parte de su obra
ya escrita, se subdivide a su vez en seis escenas: privadas,
provinciales, parisinas, militares, políticas y campesinas. Las
novelas incluyen unos dos mil personajes, los más importantes de
los cuales aparecen a lo largo de toda la obra. Balzac logró
completar aproximadamente dos tercios de este enorme proyecto.
Entre las novelas más conocidas de la serie figuran Papá Goriot
(1834), que narra los excesivos sacrificios de un padre con sus
ingratas hijas; Eugenia Grandet (1833), donde cuenta la
historia de un padre miserable y obsesionado por el dinero que
destruye la felicidad de su hija; La prima Bette (1846), un
relato sobre la cruel venganza de una vieja celosa y pobre;
La búsqueda del absoluto (1834), un apasionante estudio de
la monomanía, y Las ilusiones perdidas (1837-1843).
El objetivo de Balzac era ofrecer una descripción absolutamente
realista de la sociedad francesa, algo fascinante para el autor.
Sin embargo, su grandeza reside en la capacidad para trascender la
mera representación y dotar a sus novelas de una especie de
suprarrealismo. La descripción del entorno es en sus obras casi
tan importante como el desarrollo de los personajes. Balzac afirmó
en cierta ocasión que "los acontecimientos de la vida pública y
privada están íntimamente relacionados con la arquitectura", y en
consecuencia, describe las casas y las habitaciones en las que se
mueven sus personajes de tal modo que revelen sus pasiones y
deseos.
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En un suntuoso palacio de Ferrara,
agasajaba don Juan Belvídero, una noche de invierno a un
príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta
era un maravilloso espectáculo de riquezas reales del que
sólo un gran señor podía disponer. Sentadas en torno a una
mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente
siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos
blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo
y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía.
Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de
piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas
contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de
otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las
palabras ni en las ideas, el aire, una mirada, algún
gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios
libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.
Una parecía decir:
—Mi belleza sabe reanimar el corazón helado
de un hombre viejo.
Otra:
—Adoro estar recostada sobre los
almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me
adoran.
Una tercera, debutante en aquel tipo de
fiestas, parecía ruborizarse:
—En el fondo de mi corazón siento
remordimientos —decía—. Soy católica, y temo al infierno.
Pero te amo tanto ¡tanto! que podría sacrificarte la
eternidad.
La cuarta, apurando una copa de vino de
Quío, exclamaba:
—¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una
nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del
encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida
de felicidad, una vida llena de amor.
La mujer sentada junto a Belvídero lo
miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
—¡No me confiaría a unos espadachines para
matar a mi amante, si me abandonara!— después había reído;
pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro
milagrosamente esculpida.
—¿Cuándo serás Gran Duque? —preguntó la
sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en
los dientes y de delirio báquico en los ojos.
—¿Y cuándo morirá tu padre? —dijo la
séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don
Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente
jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
—¡Ah, no me hables de ello! —exclamó el
joven y hermoso don Juan Belvídero—. ¡Sólo hay un padre
eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo
quien lo tenga!
Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos
de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de
horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, la gente
de buen gusto hubiera reído ante esta ocurrencia. Pero,
tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún
demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las
voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el
vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las
mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de
los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas
y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las
últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los
corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la
embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta
las sandalias. En aquel momento de silencio se abrió una
puerta y, como en el festín de Balthazar, Dios hizo acto
de presencia y apareció bajo la forma de un viejo
sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y ceño
contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada
marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de
fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros
sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por
el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un
crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz
cavernosa estas sombrías palabras:
—Señor, su padre se está muriendo.
Don Juan se levantó haciendo a sus
invitados un gesto que bien podría traducirse por un: “Lo
siento, esto no pasa todos los días.”
¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a
menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la
vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La
muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una
cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca
engañó a nadie.
Cuando don Juan cerró la puerta de la sala
y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se
esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en
su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su
servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente
que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba
bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por
el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la
embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma
de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó
pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.
Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era
un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de
su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con
frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había
adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa
—decía— que el oro y los diamantes, que ahora ya no le
preocupaban lo más mínimo.
—Prefiero un diente a un rubí, y el poder
al saber —exclamaba a veces sonriendo.
Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar
a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono
jovial, prodigándole el oro:
—Querido hijo, haz sólo tonterías que te
diviertan.
A la edad de
sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de
paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de
este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años ese
hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. Sus
numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a ese
dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó.
Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía
raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las
habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si
aquel anacoreta
voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de
Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase;
caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en
conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven
daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el
estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el
patio y los pajes discutían jugando a los dados en las
gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía
agua.
Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un
perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del
ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de
caza y los ladridos de los perros lo sorprendían, se
limitaba a decir: ¡ah, es don Juan que vuelve! Nunca hubo
en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el
joven Belvídero, acostumbrado a tratarlo sin ceremonias,
tenía todos los defectos de un niño mimado. Vivía con
Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo
amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa,
vendiendo su buen humor, y dejándose querer.
Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus
años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería
difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo
nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras
atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a
Belvídero por haber vivido tanto tiempo. Le venían
sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón
se convierte en un hombre honrado por el posible goce de
un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías
salas que constituían los aposentos de su padre. Tras
haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda,
respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban
viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se
encontró en la antigua habitación del anciano, ante un
lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una
lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba
sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más
o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del
anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío
a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve,
azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella
escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa
de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento.
Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un
violento resplandor empujado por un golpe de viento
iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban
descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes
verdosos que la blancura de la almohada sobre la que
reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por
el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes
dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era
sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de
tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un
increíble carácter de poder. Un espíritu superior que
combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad
guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé
buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al
pie de su cama para matarlo. Aquella mirada, fija y fría,
era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía
en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados
sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por
completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los
miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo
estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su
boca tenían también algo de mecánico.
Don Juan sintió una cierta vergüenza al
llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un
ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de
la fiesta y el olor del vino.
—¡Te divertías! —exclamó el anciano cuando
vio a su hijo.
En el mismo momento, la voz fina y ligera
de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada
por los acordes de la viola con la que se acompañaba,
dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara
fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.
Bartolomé dijo:
—No te quiero aquí, hijo mío.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a
don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de
bondad.
—¡Qué remordimientos, padre! —dijo
hipócritamente.
—¡Pobre Juancito! —continuó el moribundo
con voz sorda—, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas
mi muerte?
—¡Oh! —exclamó don Juan—, ¡si fuera posible
devolverte a la vida dándote parte de la mía! (cosas así
pueden decirse siempre, pensaba el vividor, ¡es como si
ofreciera el mundo a mi amante!).
Apenas concluyó este pensamiento cuando
ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente
hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido
comprendido por el perro.
—Ya sabía, hijo mío, que podía contar
contigo —exclamó el moribundo—, viviré. Podrás estar
contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te
pertenezca.
“Delira”, se dijo a sí mismo don Juan.
Luego añadió en voz alta:
—Sí, padre querido, vivirás ciertamente,
porque tu imagen permanecerá en mi corazón.
—No se trata de esa vida —dijo el noble
anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse,
porque lo sobrecogió una de esas sospechas que sólo nacen
en la cabecera de los moribundos—. Escúchame, hijo
—continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo—,
no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de
amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.
“Estoy seguro de ello”, pensó el hijo
arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de
las manos cadavéricas de Bartolomé.
—Pero —continuó en voz alta—, padre, padre
querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.
—Dios soy yo —replicó el anciano
refunfuñando.
—No blasfemes —dijo el joven viendo el aire
amenazador que tomaban los rasgos de su padre. Guárdate de
hacerlo, has recibido la Extremaunción, y no podría hallar
consuelo viéndote morir en pecado.
—¿Quieres escucharme? —exclamó el
moribundo, cuya boca crujió.
Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio.
Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los
acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un
día naciente. El moribundo sonrió.
—Te agradezco el haber invitado a
cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta! Mujeres
jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los
placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.
—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.
—He descubierto un medio de resucitar.
Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo
apretando un resorte que hay escondido.
—Ya está, padre.
—Bien, coge un pequeño frasco de cristal de
roca.
—Aquí está.
—He empleado veinte años en... —en aquel
instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda
su energía para decir—: Tan pronto como haya exhalado el
último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con este agua,
y renaceré.
—Pues hay bastante poco —replicó el joven.
Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía
aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza
se volvió hacia don Juan con un movimiento de
escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como
el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del
escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más
grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba
muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión.
Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba
más honda que las que los hombres cavan habitualmente a
sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el
horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre
saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a
Dios.
—¡Vaya!, se acabó el buen hombre —exclamó
don Juan.
Presuroso por acercar el misterioso cristal
a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella
al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de
su padre. El perro contemplaba con la boca abierta
alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo
modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco.
La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era
profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se
estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por
la expresión rígida de sus ojos acusadores, los cerró del
mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el
viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil,
perdido en un mundo de pensamientos. De repente, un ruido
agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el
silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar
caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que
el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de
lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una
de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se
hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los
sabios de la época. El alba enrojecía ya las ventanas. Don
Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj
de pared era más fiel a su servicio que él en el
cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel
mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y
engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al
hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el
misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo
en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento
oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas,
risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el
ruido, en fin, de un alegre grupo que se recoge. La puerta
se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete
cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño
desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas
por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego
palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven
heredero el pésame de costumbre.
—¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don
Juan esta muerte en serio? —dijo el Príncipe al oído de la
de Brambilla.
—Su padre era un buen hombre —le respondió
ella.
Sin embargo, las meditaciones nocturnas de
don Juan habían impreso a sus rasgos una expresión tan
extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres
permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los
labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los
besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. Don Juan no
pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las
alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza,
el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la
muerte. Pero, en aquella adorable Italia, la vida disoluta
y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la
religión era un exceso, y los excesos una religión. El
Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan y
después todos los rostros adoptaron simultáneamente el
mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y
aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía.
Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban
las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
—Y bien, ¿quién habría creído?, don Juan,
un fanfarrón impío, ¡ama a su padre!
—¿Se han fijado en el perro negro?
—preguntó la Brambilla.
—Ya es inmensamente rico —dijo suspirando
Blanca Cavatolino.
—¡Y eso qué importa! —exclamó la orgullosa
Baronesa, aquella que había roto la bombonera.
—¿Cómo que qué importa? —exclamó el Duque—.
¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!
Don Juan, en un principio asediado por mil
pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de
haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a
la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo
egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en
adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al
día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia
capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara
vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se
detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.
—Déjenme solo aquí —dijo con voz alterada—
y no entren hasta que yo salga.
Cuando los pasos del anciano sirviente que
salió último sonaron débilmente en las losas, cerró don
Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad
exclamó:
—¡Veamos!
El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en
una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos
el horrible espectáculo de un cadáver al que una
decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un
esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana
sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza.
Aquella especie de momia yacía en el centro de la
habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las
formas, aun así duras, rígidas y heladas. El rostro tenía
ya amplias marcas violetas que mostraban la necesidad de
terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que
lo acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico
frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un
temblor estuvo a punto de obligarlo a detenerse. Pero
aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy
temprano, por las costumbres de una corte disoluta; un
pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor
que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el
diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron
en su corazón: “¡impregna un ojo!” Tomó un paño y, después
de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor,
lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver.
El ojo se abrió.
—¡Ah! ¡Ah! —dijo don Juan apretando el
frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la
que colgamos sobre un precipicio.
Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño
en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven
fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras,
brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe
en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo
resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan,
pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba,
gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en
él. Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey,
luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus
verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al
subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba
en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió
espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar
aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices.
La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de
vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que
ladraban a su alrededor.
—¡Bien podría haber vivido cien años!
—exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una
fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.
De repente, aquel párpado inteligente se
cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer
que consiente. Si una voz hubiera gritado: “¡Sí!”, don
Juan no se hubiera asustado más.
“¿Qué hacer?”, pensaba. Tuvo el valor de
intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron
vanos.
—¿Destruirlo? ¿Sería acaso un parricidio?
—se preguntaba.
—Sí —dijo el ojo con un guiño de una
sorprendente ironía.
—¡Ja! Ja! ¡Aquí hay brujería! —exclamó don
Juan, y se acercó al ojo para destruirlo. Una lágrima rodó
por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano
de Belvídero—. ¡Está ardiendo! —gritó sentándose.
Aquella lucha lo había fatigado como si
hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.
Finalmente se levantó diciendo para sí:
“¡Mientras no haya sangre...!” Luego,
reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde,
reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar.
Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre
perro de aguas expiró aullando.
“¿Sabría él el secreto?”, se preguntó don
Juan mirando al fiel animal.
Don Juan Belvídero pasó por un hijo
piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y
confió la realización de las figuras a los artistas más
célebres de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo
el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la
Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el
fondo de la cual enterró el único remordimiento que
hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio
físico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas
amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo
avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de
dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el
principio de la vida social y abrazó mejor al mundo,
puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los
hombres y las cosas para terminar de una vez con el
Pasado, representado por la Historia; con el Presente,
configurado por la Ley; con el Futuro, develado por las
Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un
crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en
DON JUAN.
Dueño de las ilusiones de la vida, se
lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo,
pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una
felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario,
con un agradable calentador de cama en invierno, una
lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre.
No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez
y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las
envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La
poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le
interesaban. No cometió el error de otros hombres
poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en
las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos
pensamientos del futuro con la moneda de nuestras ideas
vitalicias. Bien podía, como ellos, caminar con los pies
en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería
sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer
joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte,
allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo
un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y
fáciles. Amando sólo a la mujer en las mujeres, hizo de la
ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se
servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a
perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan
las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un
estudiante alemán sabe serlo. Pero decía YO cuando su
amante, loca, extasiada, decía NOSOTROS. Sabía dejarse
llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo
bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven
colegial que dice a su primera compañera de baile: “¿Te
gusta bailar?”, también sabía enrojecer a propósito, y
sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores.
Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues
siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su
marido: “Dame un séquito o me moriré enferma del pecho.”
Para los negociantes, el mundo es un fardo
o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de
los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un
hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla,
un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él.
Modelo
de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró
su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar,
sólo iba allí adonde quería ser llevado. Cuanto más vivió,
más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia
que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la
generosidad, finura; la justicia, un crimen; la
delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y,
gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las
gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y
valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los
hombres: ¡Qué broma tan absurda! —se dijo—. No procede de
un dios. Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás
se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a
los santos de piedra de las iglesias como obras de arte.
Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades
humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto
que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la
vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan
bien expresados en su escena con el señor Dimanche. Fue,
en efecto, el tipo de don Juan de Molière, del Fausto de
Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin.
Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de
Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de
Mozart ni la lira de Rossini. Terribles imágenes que el
principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del
cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este
tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en
Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio
como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como
el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en
lugar de insultar a las cosas como el mariscal de
Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las
cosas como el más célebre de nuestros embajadores.
Pero la profunda jovialidad de don Juan
Belvídero precedió a todos ellos. Se rió de todo. Su vida
era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e
ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado
familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final
de la charla le había dicho riendo:
—Si es absolutamente preciso elegir
prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder
unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio
del mal.
—Sí, pero Dios quiere que se haga
penitencia en este mundo.
—¿Siempre piensa en sus indulgencias?
—respondió Belvídero—. ¡Pues bien! tengo reservada toda
una existencia para arrepentirme de las faltas de mi
primera vida.
—¡Ah!, si es así como entiendes la vejez
—exclamó el Papa— corres el riesgo de ser canonizado.
—Después de su ascensión al papado, puede
creerse todo.
Fueron entonces a ver a los obreros que
construían la inmensa basílica consagrada a san Pedro.
—San Pedro es el hombre de genio que dejó
constituido nuestro doble poder —dijo el Papa a don Juan—,
merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso
que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a
empezar...
Don Juan y el Papa se echaron a reír, se
habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana
siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a
la deliciosa Villa Madame, pero Belvídero acudió a verlo
oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus
dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido
desdecirse y comentar el Apocalipsis.
Sin embargo, esta leyenda no tiene por
objeto el proporcionar material a aquellos que deseen
escribir sobre la vida de don Juan, sino que está
destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no
murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos
quieren hacer creer.
Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad
de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano,
se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y
como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen
esposo. Había observado que no somos tan tiernamente
amados como por las mujeres en las que nunca pensamos.
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo
más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas
de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó
que aquella joven sería del tipo de mujer que combate
largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó
poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma
seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus
días de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por
su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos
más insignificantes de su vejez para el éxito del drama
que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo,
la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los
sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con
la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia
para que le produjera intereses durante su vida, la de su
mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera
haber practicado. Pero semejante maquiavélica especulación
no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su
hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente
religioso como impío era su padre, quizá en virtud del
proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.
El abad de Sanlúcar fue elegido por don
Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero
y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo,
admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos
negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el
ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada
como son tentados todos los solitarios. Quizá esperaba el
anciano señor matar a algún monje antes de terminar su
primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan
fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque
doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que
España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a
pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin
escándalos en su casa. A veces, sentía placer si
encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes
religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones
impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin,
nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad
de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un
caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados
que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron
los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los
gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores
cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente
juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo
grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en
las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía
por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de
elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio
en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones
había retorcido como un campesino retuerce una vara de
mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz,
una molesta ciática y una gota brutal. Veía cómo sus
dientes lo abandonaban, al igual que se van, una a una,
las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el
salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron,
sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche la
apoplejía aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde
aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la
dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en
ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran
así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas
vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas
amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya
voz cascada se volvía afectuosa para decirles: “Queridos
míos, querida esposa, ¿me perdonan, verdad? Los atormento
un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner
a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera
ser su alegría, soy su calamidad.” De este modo los
encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar
meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en
que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su
gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que
resultó infinitamente mejor que el que su padre había
utilizado en otro tiempo para con él.
Por fin
llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarlo,
había que manejarlo como una falúa que entra en un canal
peligroso.
Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y
escéptico personaje de quien sólo el entendimiento
sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio
entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran
más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no
había para él una luz brillante tras el velo del porvenir?
Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él,
jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la
juventud.
Era una hermosa tarde cuando don Juan
sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era
de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire,
las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía
que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su
resurrección; un hijo piadoso y obediente lo contemplaba
con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo
con aquel cándido ser.
—Felipe —le dijo con una voz tan tierna y
afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al
joven. Jamás había pronunciado así “Felipe”, aquel padre
inflexible.
—Escúchame, hijo mío —continuó el
moribundo—. Soy un gran pecador. Durante mi vida también
he pensado en mi muerte. En otro tiempo fui amigo del gran
papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva
exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado
mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos
óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana
entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto
de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy
autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo
mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa
gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama...
El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe.
Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás
puntualmente mis órdenes.
Felipe miró a su padre. Don Juan conocía
demasiado la expresión de los sentimientos humanos como
para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada,
como su padre había muerto en la desesperanza de su propia
mirada.
—Tú merecías
otro padre —continuó don Juan—. Me atrevo a confesarte,
hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de
Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la
incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de
Dios.
—¡Oh, padre!
—Y me decía a mí mismo que, cuando Satán
haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus
partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me
persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples
mi voluntad.
—¡Oh, dímela pronto, padre!
—Tan pronto como haya cerrado los ojos
—continuó don Juan—, unos minutos después, cogerás mi
cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en
medio de la habitación. Después apagarás la luz. El
resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me
despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías
elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con
este agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza
primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo;
pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no
deberás asombrarte de nada.
Entonces, don Juan, que sintió llegar la
muerte, añadió con voz terrible:
—Coge bien el frasco —y expiró dulcemente
en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas
bañaron su rostro irónico y pálido.
Era cerca de la medianoche cuando don
Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la
mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus
grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida
por la claridad de la luna cuyos extraños reflejos
iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever
indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en
medio de la sombra. El joven impregnó un paño en el licor
que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza
sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos
indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la
brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo
derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el
cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito
desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor
se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistos
de candelabros, como si la trompeta del juicio final
hubiera sacudido el universo. En un instante la habitación
estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don
Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de
su padre, que le apretaba el cuello. Después, cosa
sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don
Juan joven y bella, una cabeza con cabellos negros, ojos
brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma
escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que
pertenecía. Un anciano servidor gritó:
—¡Milagro! —y todos los españoles
repitieron—: ¡Milagro!
Doña Elvira, demasiado piadosa como para
admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de
Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos
el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente
y como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando
enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda,
fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo
sucesivo se llamaría, dijo, San Juan-de-Lúcar. Ante estas
palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.
El gusto de los españoles por este tipo de
solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de
creer las hechicerías religiosas con que el abad de
Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan
Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del
ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección
era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más
de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba
cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de
todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas.
La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una
maravillosa edificación construida por los moros, cuyas
bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de
Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la
multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como
hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados
con sus espadas, estaban de pie alrededor de las columnas,
sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo se
doblaban allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas
dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos
de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se
encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había,
además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas
acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que
se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella
multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes,
cargada de flores, formando un suave tumulto en el
silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se
abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera,
veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena
tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas
óperas sólo podrían aproximarse débilmente. Devotos y
pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo
santo, encendieron en su honor millares de velas en
aquella amplia iglesia, resplandores interesados que
concedieron un mágico aspecto al monumento. Las negras
arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas
profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las
figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de
tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz
excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un
brasero al rojo.
Era un océano de fuego, dominado al fondo
de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el
altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de
un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas
de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes,
de las borlas, de los santos y de los ex votos palidecía
ante el relicario en que se encontraba don Juan. El cuerpo
del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales,
diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un
serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A
su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al
aire ondas llameantes. El abad de Sanlúcar, adornado con
los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de
piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba
sentado, rey del coro, en un sillón de lujo imperial, en
medio del clero compuesto por impasibles ancianos de
cabellos plateados, revestidos de albas finas y que lo
rodeaban semejantes a los santos confesores que los
pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y
los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes
insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en
el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes
a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la
hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del
campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer
grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime
grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en
éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los
hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano
no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos.
Sólo las agudas notas de la voz joven de los niños del
coro y los amplios acentos de algunos bajos, suscitaron
ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este
arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un
sentimiento de amor.
—¡Te Deum laudamus!
Aquel canto salía del seno de la catedral
negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una
luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el
silencio como por el estallido de un trueno. Las voces
ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces
velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas
de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y
melodía. En el instante en que aquella música de amor y de
reconocimiento se concentró en el altar, don Juan,
demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado
espiritual, por no decir burlón, respondió con una
espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. Pero el
diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser
tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un
Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al
que se unieron las mil voces del infierno. La tierra
bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus
antiguos cimientos.
—¡Te Deum laudamus! —decía la asamblea.
—¡Al diablo todos!, ¡son unas bestias!
¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, son unos
estúpidos con su viejo Dios!
Y un torrente de imprecaciones discurrió
como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.
—¡Deus sabaoth, sabaoth! —gritaron los
cristianos.
—¡Insultan la majestad del infierno!
—contestó don Juan con un rechinar de dientes.
Pronto pudo el brazo viviente salir por
encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de
desesperación e ironía.
—El santo nos bendice —dijeron las viejas
mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.
Así somos frecuentemente engañados en
nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los
que lo elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que
se burla en el fondo de su corazón.
Cuando el abad arrodillado ante el altar
cantaba:
—Sancte Johannes ora pro nobis —entendió
claramente—: —¡Oh, coglione!
—¿Qué pasa ahí arriba? —exclamó el deán al
ver moverse el relicario.
—El santo hace diabluras —respondió el
abad.
Entonces, aquella cabeza viviente se separó
violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el
cráneo amarillo del oficiante.
—¡Acuérdate de doña Elvira! —gritó la
cabeza devorando la del abad.
Éste profirió un horrible grito que turbó
la ceremonia.
Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a
su soberano.
–¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? —gritó
la voz en el momento en que el abad, mordido en su
cerebro, expiraba.
anacoreta.
Persona que vive en lugar solitario, entregada
enteramente a la contemplación y a la penitencia.
onza.
Medida de peso que equivale a 28,7 g., 7 onzas son
entonces 200 g.
falúa.
Embarcación ligera, alargada y estrecha, utilizada
generalmente en los puertos y en los ríos.
Viático. Aquí como sacramento
de la eucaristía, que se administra a los enfermos que
están en peligro de muerte.
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