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ALBERT CAMUS

Albert Camus
(1913/1960), escritor, dramaturgo, filósofo y
periodista francés, nació en Mondovi, Argelia, el
7 de noviembre de 1913. Hijo de padre agricultor
(murió en la guerra cuando él tenía un año) y de
madre analfabeta a quien describe como una mujer
taciturna.
En razón de la tuberculosis que padeció debió renunciar a su
primera pasión: el fútbol. Escritor prematuro, sus primeros textos
fueron publicados en la revista Sud (1932). Ya bachiller obtuvo
estudios superiores en Letras.
Publicó El derecho y el revés (1937), fundó el Teatro del Pueblo y
retirado del Partido Comunista comenzó a trabajar en el Diario del
Frente Popular precipitando el cierre del mismo por el gobierno
argelino obligándolo a emigrar.
Ya en París fue secretario de redacción del París-Soir, colaboró
con la editorial Gallimard y fue director de Combate publicación
clandestina durante la resistencia.
En 1952 se distancia de Sartre quien le reprocha que su revuelta
sea estética. En Argel lanzó la “Llamada a la tregua civil”
distanciándose de toda corriente ideológica (marxismo,
existencialismo, cristianismo) por considerarlas causa del
alejamiento del hombre de lo humano. Con un estilo claro y firme
despliega su Filosofía del absurdo cuya expresión primaria es la
rebelión.
Recibió el Premio Nobel de Literatura (1957) por el humanismo que
ha trasuntado su obra inspirada en lo absurdo de la condición
humana. Su vida ha sido de una coherencia inobjetable entre idea y
acción. Más que escritor y filósofo ha sido un pensador notable de
la talla de Voltaire y Rousseau.
La influencia de su pensamiento alcanza a nuestros días
extendiéndose en otras expresiones artísticas; el grupo inglés The
Cure se inspiró en una escena de El Extranjero para componer la
letra de Killing an Arab.
Obra: El revés y el derecho (1937), Bodas (1939),
El mito de Sísifo (1942), El extranjero (1942),
Calígula (1944), El malentendido (1944), La peste
(1947), Estado de sitio (1948), Cartas a un amigo alemán
(1948), Los justos (1950), El hombre rebelde (1951),
La caída (1956), El exilio y el reino (1957), El
primer hombre (inconcluso, publicado por su hija en 1994).
Murió en Petit Villeblevin, Francia, el 4 de enero de 1960 en un
accidente automovilístico tan absurdo como el principio que
sustentaba su propuesta intelectual. |
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Parte I
Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.
Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre.
Entierro mañana. Sentidas condolencias.” Pero no quiere
decir nada. Quizá haya sido ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a
ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y
llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y
regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a
mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante.
Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: “No es culpa
mía.” No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle
dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme.
Más bien le correspondía a él presentarme las
condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando
me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no
estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario,
será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto
más oficial.
Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho
calor. Comí en el restaurante de Celeste como de
costumbre. Todos se condolieron mucho de mí, y Celeste me
dijo: “Madre hay una sola.” Cuando partí, me acompañaron
hasta la puerta. Me sentía un poco aturdido pues fue
necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para
pedirle prestados una corbata negra y un brazal. Él perdió
a su tío hace unos meses.
Corrí para alcanzar el autobús. Me sentí
adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a
los barquinazos, al olor a gasolina y a la reverberación
del camino y del cielo. Dormí casi todo el trayecto. Y
cuando desperté, estaba apoyado contra un militar que me
sonrió y me preguntó si venía de lejos. Dije “sí” para no
tener que hablar más.
El asilo está a dos kilómetros del pueblo.
Hice el camino a pie. Quise ver a mamá en seguida. Pero el
portero me dijo que era necesario ver antes al director.
Como estaba ocupado, esperé un poco. Mientras tanto, el
portero me estuvo hablando, y en seguida vi al director.
Me recibió en su despacho. Era un viejecito condecorado
con la Legión de Honor. Me miró con sus ojos claros.
Después me estrechó la mano y la retuvo tanto tiempo que
yo no sabía cómo retirarla. Consultó un legajo y me dijo:
“La señora de Meursault entró aquí hace tres años. Usted
era su único sostén.” Creí que me reprochaba alguna cosa y
empecé a darle explicaciones. Pero me interrumpió: “No
tiene usted por qué justificarse, hijo mío. He leído el
legajo de su madre. Usted no podía subvenir a sus
necesidades. Ella necesitaba una enfermera. Su salario es
modesto. Y, al fin de cuentas, era más feliz aquí.” Dije:
“Sí, señor director.” El agregó: “Sabe usted, aquí tenía
amigos, personas de su edad. Podía compartir recuerdos de
otros tiempos. Usted es joven y ella debía de aburrirse
con usted.”
Era verdad. Cuando mamá estaba en casa
pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada.
Durante los primeros días que estuvo en el asilo lloraba a
menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de
unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del
asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por
eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque
me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta
el autobús, tomar los billetes y hacer dos horas de
camino.
El director me habló aún. Pero casi no le
escuchaba. Luego me dijo: “Supongo que usted quiere ver a
su madre.” Me levanté sin decir nada, y salió delante de
mí. En la escalera me explicó: “La hemos llevado a nuestro
pequeño depósito. Para no impresionar a los otros. Cada
vez que un pensionista muere, los otros se sienten
nerviosos durante dos o tres días. Y dificulta el
servicio.” Atravesamos un patio en donde había muchos
ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban cuando
pasábamos. Y reanudaban las conversaciones detrás de
nosotros. Hubiérase dicho un sordo parloteo de cotorras.
En la puerta de un pequeño edificio el director me
abandonó: “Le dejo a usted, señor Meursault. Estoy a su
disposición en mi despacho. En principio, el entierro está
fijado para las diez de la mañana. Hemos pensado que así
podría usted velar a la difunta. Una última palabra: según
parece, su madre expresó a menudo a sus compañeros el
deseo de ser enterrada religiosamente. He tomado a mi
cargo hacer lo necesario. Pero quería informar a usted.”
Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás había pensado
en la religión mientras vivió.
Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a
la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con sillas y
caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos
caballetes sostenían un féretro cerrado con la tapa. Sólo
se veían los tornillos relucientes, hundidos apenas,
destacándose sobre las tapas pintadas de nogalina. Junto
al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y
un pañuelo de color vivo en la cabeza.
En ese momento el portero entró por detrás
de mí. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco: “La
hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que
usted pueda verla.” Se aproximaba al féretro cuando lo
paré. Me dijo: “¿No quiere usted?” Respondí: “No.” Se
detuvo, y yo estaba molesto porque sentía que no debí
haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me
preguntó: “¿Por qué?”, pero sin reproche, como si
estuviera informándose. Dije: “No sé.” Entonces,
retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme:
“Comprendo.” Tenía ojos hermosos, azul claro, y la tez un
poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a
mis espaldas. La enfermera se levantó y se dirigió hacia
la salida. El portero me dijo: “Tiene un chancro.” Como no
comprendía, miré a la enfermera y vi que llevaba, por
debajo de los ojos, una venda que le rodeaba la cabeza. A
la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro
sólo se veía la blancura del vendaje.
Cuando hubo salido, el portero habló: “Lo
voy a dejar solo.” No sé qué ademán hice, pero se quedó,
de pie detrás de mí. Su presencia a mis espaldas me
molestaba. Llenaba la habitación una hermosa luz de media
tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y
sentía que el sueño se apoderaba de mí. Sin volverme hacia
él, dije al portero: “¿Hace mucho tiempo que está usted
aquí?” Inmediatamente respondió: “Cinco años”, como si
hubiese estado esperando mi pregunta.
Charló mucho en seguida. Se habría quedado
muy asombrado si alguien le hubiera dicho que acabaría de
portero en el asilo de Marengo. Tenía sesenta y cuatro
años y era parisiense. Le interrumpí en ese momento: “¡Ah!
¿Usted no es de aquí?” Luego recordé que antes de llevarme
a ver al director me había hablado de mamá. Me había dicho
que era necesario enterrarla cuanto antes porque en la
llanura hacía calor, sobre todo en esta región. Entonces
me había informado que había vivido en París y que le
costaba mucho olvidarlo. En París se retiene al muerto
tres, a veces cuatro días. Aquí no hay tiempo; todavía no
se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir corriendo
detrás del coche fúnebre. Su mujer le había dicho:
“Cállate, no son cosas para contarle al señor.” El viejo
había enrojecido y había pedido disculpas. Yo intervine
para decir: “Pero no, pero no...” Me pareció que lo que
contaba era apropiado e interesante.
En el pequeño depósito me informó que había
ingresado en el asilo como indigente. Como se sentía
válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le
hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me
dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que
tenía de decir: “ellos”, “los otros” y, más raramente,
“los viejos”, al hablar de los pensionistas, algunos de
los cuales no tenían más edad que él. Pero, naturalmente,
no era la misma cosa. El era portero y, en cierta medida,
tenía derechos sobre ellos.
La enfermera entró en ese momento. La tarde
había caído bruscamente. La noche habíase espesado muy
rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió
el conmutador y quedé cegado por el repentino resplandor
de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar.
Pero no tenía hambre. Me ofreció entonces traerme una taza
de café con leche. Como me gusta mucho el café con leche,
acepté, y un momento después regresó con una bandeja.
Bebí. Tuve deseos de fumar. Pero dudé, porque no sabía si
podía hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tenía
importancia alguna. Ofrecí un cigarrillo al portero y
fumamos.
En un momento dado, me dijo: “Sabe usted,
los amigos de su señora madre van a venir a velarla
también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y
café negro.” Le pregunté si se podía apagar una de las
lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes
blancas me fatigaba. Me dijo que no era posible. La
instalación estaba hecha así: o todo o nada. Después no le
presté mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas.
Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una cafetera.
Luego se sentó enfrente de mí, del otro lado de mamá.
También estaba la enfermera, en el fondo, vuelta de
espaldas. Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento
de los brazos me pareció que tejía. La temperatura era
agradable, el café me había recalentado y por la puerta
abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo
que dormité un poco.
Me despertó un roce. Como había tenido los
ojos cerrados, la habitación me pareció aún más
deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más
mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las
curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En
ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena
en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella
luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla.
Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle
de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin
embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad.
Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que
les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados
vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener
vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran
flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no
ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor
sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se
hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la
cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca
desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se
trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí
en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados
enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve
la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.
Poco después una de las mujeres se echó a
llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus
compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños
gritos, regularmente; me parecía que no se detendría
jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos,
tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus
bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más.
La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque
no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo,
no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia
ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y
continuó llorando con la misma regularidad. El portero
vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después
de un rato bastante largo me informó sin mirarme: “Estaba
muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga
aquí y que ahora ya no le queda nadie”.
Quedamos un largo rato así. Los suspiros y
los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía
mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me
sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba
penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en
cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué
era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los
ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban
escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus
pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de
que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no
significaba nada ante sus ojos Pero creo ahora que era una
impresión falsa.
Todos tomamos café, servido por el portero.
Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto
momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían
amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la
barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al
bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví
a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía más la
cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco
después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho.
Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las
escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los
demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se
levantaron. La incómoda velada les había dejado los
rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío,
todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la
cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra
intimidad.
Estaba fatigado. El portero me condujo a su
habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche,
que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de
día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el
cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se
preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo
y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no
haber sido por mamá.
Pero esperé en el patio, debajo de un
plátano. Aspiraba el olor de la tierra fresca y no tenía
más sueño. Pensé en los compañeros de oficina. A esta hora
se levantaban para ir al trabajo; para mí era siempre la
hora más difícil. Reflexioné un momento sobre esas cosas,
pero me distrajo una campana que sonaba en el interior de
los edificios. Hubo movimientos detrás de las ventanas:
luego, todo quedó en calma. El sol estaba algo más alto en
el cielo; comenzaba a calentarme los pies. El portero
cruzó el patio y me dijo que el director me llamaba. Fui a
su despacho. Me hizo firmar cierta cantidad de documentos.
Vi que estaba vestido de negro con pantalón a rayas. Tomó
el teléfono y me interpeló: “Los empleados de pompas
fúnebres han llegado hace un momento. Voy a pedirles que
vengan a cerrar el féretro. ¿Quiere usted ver antes a su
madre por última vez?” Dije que no. Ordenó por teléfono,
bajando la voz: “Figeac, diga usted a los hombres que
pueden ir.”
En seguida me dijo que asistiría al
entierro y le di las gracias. Se sentó ante el escritorio
y cruzó las pequeñas piernas. Me advirtió que yo y él
estaríamos solos, con la enfermera de servicio. En
principio los pensionistas no debían de asistir a los
entierros.
El sólo les permitía velar. “Es cuestión de
humanidad”, señaló. Pero en este caso había autorizado a
seguir el cortejo a un viejo amigo de mamá: “Tomás Pérez”.
Aquí el director sonrió. Me dijo: “Comprende usted, es un
sentimiento un poco pueril. Pero él y su madre casi no se
separaban. En el asilo les hacían bromas; le decían a
Pérez: 'Es su novia.' Pérez reía. Aquello les complacía.
La muerte de la señora de Meursault le ha afectado mucho.
Creí que no debía de negarle la autorización. Pero le
prohibí velarla ayer, por consejo del médico visitador.”
Quedamos silenciosos bastante tiempo. El
director se levantó y miró por la ventana del despacho.
Después de un momento observó:
“Ahí está el cura de Marengo. Viene antes
de la hora.” Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora
de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla
en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban
el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el
incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para
regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos,
el sacerdote se incorporó. Me llamó "hijo mío" y me dijo
algunas palabras. Entró; yo le seguí.
Vi de una ojeada que los tornillos del
féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros
en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme
que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar
las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló
muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro
con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director
y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que
no conocía. “El señor Meursault”, dijo el director. No oí
el nombre de la señora y comprendí solamente que era la
enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro
huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el
cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos
del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso,
oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices.
A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo
de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido.
Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa
redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó
por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre
los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño
para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le
temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los
cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas
curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo
sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El
hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El
sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de
él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y,
cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.
El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a
pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No
sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de
ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro. El
viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el
sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le
miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a
menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta
el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a
mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que
aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza
y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas,
comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de
ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante
que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y
deprimente.
Nos pusimos en marcha. En ese momento noté
que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche
tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los
hombres que rodeaban el coche también se había dejado
pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la
rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que
hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los
insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por
las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el
pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces
algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con
un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que
con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije:
“¿Cómo?” Repitió señalando al cielo: “Está sofocante.”
Dije: “Sí.” Poco después me preguntó: “¿Es su madre la que
va ahí?” Otra vez dije: “Sí.” “¿Era vieja?” Respondí: “Más
o menos”, pues no sabía la edad exacta. En seguida se
calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta
metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el
sombrero al vaivén del brazo Mire también al director.
Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas
gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.
Me pareció que el cortejo marchaba un poco
más de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo
campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era
insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del
camino que había sido arreglada recientemente: El sol
había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en
el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del
coche, la galera reluciente del cochero parecía haber sido
amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido
entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos
colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco
de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol,
el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz
y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me
turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez
me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego,
no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había
dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé
también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que
Pérez, que conocía la región, cortaba campo para
alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego
lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias
veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.
Todo ocurrió en seguida con tanta
precipitación, certidumbre y naturalidad, que no recuerdo
nada más. Sólo una cosa: a la entrada del pueblo la
enfermera delegada me habló. Tenía una voz singular, que
no correspondía a su rostro; una voz melodiosa y trémula.
Me dijo: “Si uno anda despacio, corre el riesgo de una
insolación. Pero si anda demasiado aprisa, transpira y, en
la iglesia, pesca un resfriado.” Tenía razón. No había
escapatoria. Todavía retengo algunas imágenes de aquel
día: por ejemplo, el rostro de Pérez cuando se nos reunió
cerca del pueblo por última vez. Gruesas lágrimas de
nerviosidad y de pena le chorreaban por las mejillas. Pero
las arrugas no las dejaban caer. Se extendían, se juntaban
y formaban un barniz de agua sobre el rostro marchito.
Hubo también la iglesia y los aldeanos en las aceras, los
geranios rojos en las tumbas del cementerio, el
desvanecimiento de Pérez (habríase dicho un títere
dislocado), la tierra color de sangre que rodaba sobre el
féretro de mamá, la carne blanca de las raíces que se
mezclaban, gente aún, voces, el pueblo, la espera delante
de un café, el incesante ronquido del motor, y mi alegría
cuando el autobús entró en el nido de luces de Argel y
pensé que iba a acostarme y a dormir durante doce horas.
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