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ANGELA CARTER

Angela Olive Stalker —Angela
Carter— (1940/1992), escritora y periodista
británica, nació en Eastbourne, Sussex, el 7 de
mayo de 1940. Estudió en la Universidad de Bristol
donde luego ejercería como profesora de inglés.
Se
inició en el mundo de las letras en 1959 como periodista en el
Croydon Advertiser. En 1960 se casó con Paul Carter
divorciándose en 1972. Su residencia de dos años en Tokio dio
lugar a una serie de ensayos publicados bajo el título Nada
sagrado (1972).
Viajó luego por Europa, Asia y EEUU, experiencias que más tarde
influirían notoriamente en sus obras.
Fue
docente de Escritura creativa en la Universidad de Sheffield
(1976/78). Dictó clases en la Universidad de Brown de Rhode Island,
EEUU (1980/1)) y visitó la Universidad de Adelaida, Australia
(1984). Sus artículos fueron recogidos por diversos periódicos
como The Guardian, The Independent y New
Statesman.
A
su primera novela Danza de sombras (1965), siguieron La
juguetería mágica (1967), Varias percepciones (1968),
Héroes y villanos (1970),
El doctor
Hoffmann y las infernales máquinas del deseo (1972),
La pasión de la Nueva Eva (1977), Noches en el circo
(1984) Niños sabios (1993).
También sus trabajos han sido recogidos en las siguientes
antologías de relatos breves: Fuegos de artificio (1973),
La cámara
sangrienta y otros cuentos (1979), Venus Negra
(1985),
Fantasmas de América y maravillas del Viejo Mundo
(1993). Prohibidos los tacos es una colección de
ensayos publicados póstumamente (1994).
Entre sus obras, dos de ellas fueron llevadas al cine: en 1987 la
novela La juguetería mágica (1967) y el relato En
compañía de lobos, en 1984.
Su
literatura de corte fantástico, se integra a la corriente del
realismo mágico y tiene un impulso renovador que la vincula al
postmodernismo anglosajón. En ella se reconocen conceptos del
feminismo.
Murió de cáncer el 16 de febrero de 1992.
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IMPRESIONES: LA MAGDALENA DE WIUGHTSMAN |
Para que una mujer sea virgen y madre, se
necesita un milagro; cuando una mujer no es virgen, ni
tampoco es madre, nadie habla de milagros. María, la
madre de Jesús, junto con la otra María, la madre de san
Juan, y la María Magdalena, la prostituta arrepentida,
descendieron hasta la orilla del mar; una mujer llamada
Fátima, una criada, iba con ellas. Subieron a una barca,
arrojaron al agua el timón y dejaron que el mar las
llevara a su antojo. Las dejó sobre una playa cerca de
Marsella.
No se apresuren a imaginar que el sur de
Francia era una opción favorable comparada con los
desiertos de Siria o Egipto, o los yermos de Capadocia,
donde otros santos primitivos, igualmente impulsados por
la imperiosa necesidad de soledad, sólo encontraban
grietas áridas, inhóspitas, donde contemplar lo inefable.
Había ciudades romanas pulcras, bien trazadas, blancas
por toda la costa del Mediterráneo, en todas partes
excepto en el paraje en que las tres Marías desembarcaron
con su criada. Desembarcaron en el centro de una ciénaga
palúdica, la Camarga. No era un sitio hospitalario. El
desierto hubiera sido más saludable.
Pero las dos austeras madres y Fátima —no
se olviden de Fátima— levantaron una capilla, en el lugar
que ahora llamamos Saintes-Maries-de-la-Mer y allí se
establecieron. Pero la otra María, la Magdalena, la no
madre, no pudo detenerse. Impelida por el demonio de la
soledad, siguió andando a través de la Camarga; cruzó
colina tras colina de piedra caliza. Las aristas de
pedernal le laceraban las plantas de los pies, el sol le
calcinaba la piel. Como una perfecta maniquea, se
alimentaba de los frutos que caían por propia iniciativa
de los árboles. Comía las bayas que recogía del suelo.
Flaca como la hambruna, hirsuta como un perro, la mujer
palestina de tez aceitunada caminaba en silencio.
Caminó hasta que llegó al bosque del Saint-Baume.
Caminó hasta que llegó a la parte más remota del bosque.
Allí encontró una cueva. Allí se detuvo. Allí oró. No
habló con otro ser humano, no vio otro ser humano, durante
treinta y tres años. Para entonces, era una vieja.
María Magdalena, la Venus vestida de
arpillera. El cuadro de Georges de LaTour no muestra una
mujer vestida de arpillera, pero su camisa es rústica y lo
bastante sencilla de corte para ser el vestido de una
penitente o, por lo menos, la clase de prenda que revela
que una no ha pensado en el ornato personal al ponérsela.
Aunque la camisa se abre profundamente sobre el pecho, no
parece mostrar carne como tal, sino una carne que se
asemeja más a la cera de la vela encendida, a la forma en
que, irradiada por su propia llama, la vela brilla
tenuemente. Se podría decir entonces que de la cintura
para arriba esta María Magdalena se encuentra, sí, en la
senda de la penitencia, pero de la cintura para abajo,
que es siempre la parte más problemática, está la cuestión
de su larga falda roja.
¿Un lujo que le quedaba de antaño? ¿Era tal
vez el único vestido que tenía, el que se ponía cuando
salía a ejercer la prostitución, el que llevaba puesto
cuando se arrepintió, con el que finalmente se hizo a la
mar? ¿Haría todo el largo camino hasta el Saint-Baume con
esa falda roja? No parece que se le hubiera ensuciado
durante la travesía, ni se la ve rota o deslucida. Es una
falda lujuriosa, incluso escandalosa. Un vestido
escarlata para una mujer escarlata.
La Virgen María viste de azul. Su
preferencia ha santificado los colores. Nosotros pensamos
en un azul “celeste”. Pero María Magdalena viste de rojo,
el color de la pasión. Las dos mujeres son paradojas
gemelas. Una no es lo que la otra es. Una es virgen y
madre; la otra es una no virgen y no ha tenido hijos.
Nótese que en la lengua común no hay una palabra
específica para describir a una mujer que es adulta,
sexualmente madura y que no es madre, a no ser que
esa mujer esté usando su sexualidad como profesión.
Porque es una mujer, y una mujer sin hijos,
María Magdalena sigue andando y se adentra en el
desierto. Las otras, las madres, se quedan donde están y
fundan una iglesia, a donde la gente acude.
Pero ¿por qué ha llevado consigo su collar
de perlas? Véanlo ahí, en el suelo, delante del espejo. Y
sus largos cabellos han sido cepillados con esmero.
¿Está, todavía, plenamente arrepentida?
En la pintura de Georges de LaTour la
cabellera de la Magdalena está cepillada y peinada con
primor. Algunas veces los cabellos de la Magdalena son una
pelambre hirsuta como la de un rastafari. Otras veces le
cuelgan inextricablemente confundidos con sus pieles.
María Magdalena es más fácil de leer cuando está
desgreñada, cuando, en el desierto, viste el rústico sayo
de sus propios deseos, como si los deseos de su vida
pasada se hubieran trocado en la hirsuta camisa que
atormenta su carne ahora penitente.
A veces, su única vestidura es el pelo; una
pelambre larga y enmarañada, sucia, que nunca ha visto un
peine, que le cuelga hasta las rodillas. Se la ciñe
alrededor de la cintura con la cuerda que utiliza cada
noche para flagelarse, convirtiéndola así en una túnica
burda. En tales ocasiones, la transformación de la joven,
la bella, la voluptuosa María Magdalena, la no virgen
feliz, la muchacha de vida alegre, la mujer sorprendida en
adulterio, en tales ocasiones, la transformación es
completa. Se ha transformado en una criatura salvaje y
extraña, en una versión femenina de Juan el Bautista, una
anacoreta peluda, prácticamente en cueros, trascendido el
género, obliterado el sexo, irrelevante la desnudez.
Ahora está a la par de esos santos que
vivían sobre columnas como Simeón el Estilita y otros
cavernícolas solitarios que hacían vida en común con las
bestias, como san Jerónimo. Se alimenta de hierbas, bebe
el agua de los charcos; ha llegado a parecer una
encarnación más primitiva aún que san Juan Bautista del
“salvaje hombre de los bosques”. Ahora parece el hirsuto
Enkidu, el de la epopeya babilónica de Gilgamesh. La mujer
que en otros tiempos, con su esplendente vestido rojo,
fuera el vicio personificado, se ha retirado ahora a una
situación existencial en la que el vicio es simplemente
imposible. Ha alcanzado la impecabilidad radiante,
iluminada de los animales. En su animalidad nueva,
resplandeciente, está más allá de toda opción. Ahora no
le queda otro camino que la virtud.
Pero hay otra forma de mirar las cosas.
Pensemos en la Magdalena de Donatello, en Florencia: está
reseca, consumida por los soles del desierto, castigada
por el viento y las lluvias, anoréxica, desdentada, un
cuerpo enteramente aniquilado por el alma. Se puede casi
sentir el fétido olor a santidad que exhala: es asqueroso,
es repulsivo, es horrible. Por el ardor con que ha
abrazado el riguroso ascetismo de la penitencia, puede
verse cuánto ha aborrecido su vida anterior de supuesto
“placer”. La mortificación de la carne es natural en ella.
El enteramos de que la intención de Donatello era que la
escultura no fuese negra sino dorada, no la alegra en modo
alguno.
Sin embargo, puede comprenderse lo que
doscientos años atrás proclamó en la Grand Tour algún
anónimo hombre de la Ilustración: que la María Magdalena
de Donatello “le hacía sentir asco de la penitencia”.
La penitencia se transforma en
sadomasoquismo. El autocastigo es su propia recompensa.
Pero también puede transformarse en kitsch.
Consideremos la historia apócrifa de María de Egipto. Que
era una hermosa prostituta hasta que se arrepintió y pasó
los cuarenta y siete restantes años de su vida como
penitente en el desierto, vestida sólo con su larga
cabellera. Había llevado consigo tres hogazas y comía un
bocado de pan cada día, por las mañanas; las hogazas
duraban y duraban. La María de Egipto es limpia y lozana.
Su rostro se conserva milagrosamente terso. Permanece tan
intocada por la acción del tiempo como su hogaza de pan
por la de su apetito. Sentada sobre una roca en el
desierto, se peina la larga cabellera, como una lorelei
cuyas aguas se hubieran trocado en arenas. Podemos
imaginar cómo sonríe. Tal vez entona una pequeña canción.
La María Magdalena de Georges de LaTour no
ha llegado aún, es evidente, al éxtasis del
arrepentimiento. Tal vez, en verdad, la ha pintado en el
momento preciso en que va a arrepentirse: antes,
ciertamente, de su viaje por mar, aunque yo preferiría
pensar que ese ámbito desnudo, lóbrego, sólo amueblado por
el espejo es el de su caverna en los bosques. Pero ésta es
una mujer que todavía cuida de su persona. El largo pelo
negro, liso y bruñido como el de una mujer japonesa en una
estampa pintada sobre pergamino, acaba de cepillárselo,
sin duda, recordándonos que es la santa patrona de los
peinadores. Su cabello es un producto de la cultura, no
dejado al albur de la naturaleza. Su cabello revela que
acaba de usar el espejo como instrumento de la vanidad
mundana. Su cabello demuestra que, si bien medita a la
lumbre de una vela, este mundo todavía de algún
modo la reclama.
A no ser que estemos observándola en el
momento mismo en que su alma se adentra en la llama de la
vela.
En los Evangelios, encontramos a María
Magdalena haciendo algo extraordinario con los cabellos.
Después de masajear los pies de Jesús con el precioso
ungüento de su pote, los seca frotándolos con sus
cabellos, una imagen tan asombrosa y tan eróticamente
precisa que es sorprendente que tan raras veces aparezca
representada en el arte, sobre todo en el arte del siglo
XVII, cuando la exaltación religiosa y el erotismo iban
tan a menudo de la mano. Magdalena usando su cabellera, la
hermosa red con la que solía atrapar a los hombres como...
bueno, como un estropajo, un paño de cocina, una toalla. Y
hay en la actitud, además, un algo de perverso. En suma,
la clase de gesto llamativo que obviamente
haría una prostituta arrepentida.
Se ha cepillado el cabello, quizá por
última vez, se ha quitado el collar de perlas, también
por última vez. Ahora está mirando absorta la llama de la
vela, que se duplica en el espejo. En otros tiempos, ese
espejo era la herramienta de su oficio; era en el fondo
del espejo donde ella reunía todos los elementos de la
femineidad que conjuntamente ofrecía en venta. Pero ahora,
en vez de reflejar su rostro, duplica la pura llama.
Cuando yo estaba de parto, pensaba en la
llama de una vela. Estuve en trabajo de parto durante
diecinueve horas. Al principio, los dolores venían
espaciados y eran relativamente leves; resultaba fácil
controlarlos. Pero cuando comenzaron a ser más frecuentes
y a hacerse más y más intensos, empecé a concentrar la
mente en la imaginaria llama de una vela.
Imaginé la llama de la vela como si fuera
la única cosa que existe en el mundo. Qué blanca es, qué
serena. En el corazón de la llama blanca hay un cono
transparente de aire azul; es ese cono de aire azul lo que
hay que mirar, es en él donde hay que concentrarse. Cuando
los dolores se volvieron agudos y continuos, concentré en
ella, en esa ausencia azul del corazón de la llama, toda
mi atención; como si ella fuera el secreto de la llama, y
si yo me concentraba en ella lo suficiente, fuera a
convertirse también en mi secreto.
Pronto no hubo tiempo para pensar en
ninguna otra cosa. Para entonces, yo estaba enteramente
sumida en el espacio azul. Aunque ellos tijereteaban y
cortajeaban mi cuerpo, por allá abajo, para finalmente
permitir que el bebé hallara el camino más expedito, toda
mi atención estaba concentrada en el corazón de la llama.
Una vez que la llama de la vela hubo
concluido su trabajo, se apagó sola, de un soplo;
envolvieron a mi bebé en una mantilla y me lo entregaron.
María Magdalena medita sobre la llama de la
vela. Se adentra en el corazón azul, en la ausencia azul.
Se transforma en algo que ya ha dejado de ser ella.
El silencio de la escena, porque no he
visto jamás una pintura más silenciosa que ésta, emana no
de la oscuridad que hay detrás de la vela que se duplica
en el espejo, sino de las dos velas, la vela real y la
refleja. Las dos velas diseminan, entrambas, luz y
silencio. Y han transportado a la mujer al éxtasis de la
iluminación. Ella ya no habla, no puede hablar. En el
desierto, gruñirá tal vez pero renunciará al lenguaje
humano después de esto, después de haber meditado sobre
la llama de la vela y el espejo. Del mismo modo en que ha
abandonado el collar de perlas y dejado a un lado el sayo
escarlata, renunciará al lenguaje. El nuevo ser, la santa,
está gestándose en este acoplamiento con la llama de la
vela.
Pero ya algo ha nacido de este acoplamiento
con la llama de la vela. Mirad. Allí donde llevaría su
bebé, si fuese una madre virgen y no una prostituta
sagrada, no lleva un niño vivo sino un memento mori,
una calavera.
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