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MEMPO GIARDINELLI

Mempo Giardinelli (1947),
escritor y periodista argentino nació en la ciudad de Resistencia,
Chaco en 1947. Hijo de un panadero, compensó la prematura orfandad
temprana con una hermana doce años mayor que ofició de madre
sustituta y lo influyó notablemente.
A principios de los 70 se inicia en el periodismo en Editorial
Abril donde se vincula con Osvaldo Soriano, Eloy Martínez,
Rozenmacher, Olga Orozco y Juan Gelman. Colaboró en Crónica, Siete
Días y la revista Mengano.
Regresa a su ciudad natal en 1990 luego de una ausencia que
incluyó su exilio en México durante la dictadura militar argentina
(1976/83) que prohibiera su novela ¿Por qué prohibieron el
circo? Regresado a su país luego de reinstalarse la
democracia, funda la revista Puro Cuento (1986),
dirigiéndola hasta 1992.
Recibió el
Premio Rómulo
Gallegos (1993)
por Santo Oficio de la memoria, el Premio Nacional de
Novela en México (1983) por Luna caliente y el Premio
Grandes Viajeros 2000 por Final de novela en Patagonia.
En
1996
dona su biblioteca personal de 10.000 volúmenes creando la
fundación que lleva su nombre con sede en Resistencia. Esta
fundación desarrolla el fomento del libro y la lectura y la
docencia e investigación en pedagogía de la lectura, mediante
programas culturales, educativos y solidarios.
Su novelística incluye La revolución en
bicicleta (1980), El cielo con las manos (1981),
¿Por qué prohibieron el circo? (1983),
Luna Caliente
(1983),
Qué solos se quedan los muertos (1985), Santo Oficio de
la Memoria (1991), Imposible equilibrio (1995) y El
décimo infierno (1999).
Ensayos: El país de las maravillas (1998), una
esclarecedora indagación sobre la argentinidad, México: el
exilio que hemos vivido, en colaboración con Jorge Luis
Bernetti (2003) y Los argentinos y sus intelectuales,
(2004).
Sus cuentos integran cuatro volúmenes: Vidas ejemplares
(1982), El castigo de Dios (1993), Gente rara (2005)
y Estación Coghlan y otros cuentos (2005). Poesía:
Invasión (1973) y Concierto de poesía a dos voces, en
colaboración con Fernando Operé (2004). Ha sido traducido a varios
idiomas.
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(De El castigo de Dios, 1993)
Para H.
S.
Digamos
que el protagonista de esta historia es el general
Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, dice el
Toto Spinetto la noche que llega a Resistencia después de
salir de la cana. Ha estado ocho años adentro, lo pasearon
por todas las cárceles del país, y ahora está con nosotros
como si nada hubiera pasado, en la misma mesa de "La
Estrella".
Digamos
también que el nombre del protagonista es una designación
ficticia, que sin embargo, creo yo, conserva la virtud de
representar nombres que son muy caros a los miembros de
la comunidad castrense, agrega el Toto en su estilo
florido, esa retórica de abogado que le jode todo lo que
dice y escribe y que —parece mentira— sigue intacta.
Estamos a
finales de 1976, en Córdoba, y este general González
comanda unidades de batalla en esa provincia mediterránea.
Se trata de un hombre de convicciones firmes, una especie
de cruzado que siente, en verdad, una asombrosa mística
guerrera y un definido furor antisubversivo. No se destaca
solamente por la eficacia de sus métodos represivos —que
le han dado renombre dentro y sobre todo fuera de las
filas de la institución armada— sino también porque,
ideológicamente, es uno de los ejemplares más
representativos de la especie simia que se cierne sobre la
sociedad civil en ese momento —dice el Toto mirándonos por
sobre los bifocales que ahora usa— es decir una época
diametralmente opuesta a la democrática que estamos
viviendo incipientemente, o sea, digo, dice, un tiempo
que es un contrario sensu perfecto.
Hijo y
nieto de militares, está casado en primeras y únicas
nupcias con una dama de la sociedad cordobesa y su
descendencia se compone de cuatro varones de entre tres y
quince años. Es uno de los más jóvenes generales de la
nación (lo que no es poco decir si se recuerda que a la
sazón, como ahora mismo, hay casi un centenar en
actividad) y la prensa internacional lo califica, con todo
acierto, como el tácito líder del llamado sector "duro" de
las fuerzas armadas.
Católico
fervoroso, amigo del obispo cordobés y de los amigos del
obispo cordobés, es un miembro conspicuo de la
aristocracia local, quiero decir de la Docta, que es el
sitio donde transcurre esta historia y en cuya unidad
carcelaria está alojado el suscripto, ya blanqueada su
situación luego de un período que ustedes disculparán
pero, por pudor, prefiero obviar y además no viene al caso
de lo narrado, termina su frase el Toto haciéndole una
seña a don Terada que consiste en bajar el índice derecho
un par de veces sobre su vaso vacío, lo que quiere decir
que se le acabó la ginebra.
Mientras
el viejo se separa de la banderita con el Sol Naciente, y
agarra la botella de "Llave" y camina lentamente hacia
nuestra mesa, el Toto dispara otra andanada verborrágica y
dice que en más de una oportunidad el general González,
destinado por la Junta Militar para comandar unidades del
Tercer Cuerpo de Ejército sito en la capital mediterránea,
ha debido presentar excusas a la curia de esa provincia
por la brutalidad de los métodos que aplican sus
subordinados, lo cual no ha sido óbice para que se lo
admire, respete y tema.
Hombre
político, extrañamente hábil dada su condición castrense,
un ex senador por el radicalismo le ha contado al
infrascrito —dice el Toto, que a esta altura ya me está
hinchando las pelotas— que a este militar deben atribuirse
las siguientes palabras, pronunciadas ante varios ex
legisladores de su partido durante una discreta reunión
que por supuesto no se permitió que la prensa divulgara:
"Estamos en una guerra sucia, señores, y yo como general
de la nación sólo sé que debo ganarla; y si para ello
tengo que matar a mil inocentes con tal de encontrar a un
guerrillero, lo haré porque me va en ello el compromiso de
pacificar el país".
Ideólogo
de sus pares, estudioso de la historia nacional y de los
casus belli de la universal, cultor de la vida
hogareña y amigo del buen beber, el general Pompeyo
Argentino del Corazón de Jesús González es, a finales del
76, un ascético soldado que acumula méritos en combate,
cuyo nombre suena como el de un eventual presidente de la
nación y al que los sacrificios de su profesión parecen
prometerle un brillante futuro personal a poco que se
observen su implacabilidad antiguerrillera y los triunfos
que semana a semana cosecha en el aniquilamiento de su
enemigo, al que irresistiblemente va sumiendo en la
parálisis y el desconcierto.
Pero de
repente —dice el Toto encendiendo un pucho con mi
encendedor mientras todos lo miramos atentamente, la
mayoría fascinados y yo evaluando las gambas de la mujer
de Docabo— con la infalibilidad de ciertos hechos de la
vida, un equis día de ese para todos aciago año de 1976
una circunstancia desgraciada se cruza en el camino de
nuestro severo general: su hijo menor —digamos, dice, para
ponerle un nombre, Juan Manuel— enferma súbitamente. Una
gravísima deficiencia cardíaca pone su existencia al borde
de la muerte.
Tras los
primeros síntomas, el pediatra de cabecera dictamina,
alarmado y sin eufemismos, que es indispensable operar al
niño con la mayor premura. Una junta médica determina que
el paciente —internado ya en el Hospital Militar de
Córdoba— debe ser intervenido quirúrgicamente esa misma
noche. Con la venia de su padre (quien está acompañado por
algunos de sus pares, los rezos de su esposa y restantes
hijos, y por la reconfortante presencia de la jerarquía
eclesiástica) el pequeño Juan Manuel es introducido en el
quirófano cuando ya avanza la madrugada —sigue el Tato
mientras yo veo cómo la mujer de Docabo se da cuenta de
que le juno las gambas y nerviosamente se estira la
pollera hasta las rodillas, pero sin mirarme a los ojos.
Casi tres horas después el coronel médico que ha dirigido
el equipo sale de la sala de operaciones con el rostro
demudado, perlada la frente, y le explica al general
González que su capacidad profesional y la de los colegas
que lo han asistido ha llegado al límite de sus
posibilidades.
—No
seguimos adelante porque no podemos garantizar el éxito de
nuestros esfuerzos, mi general —dice, ceremonioso, grave,
cuenta el Tato agravando su voz y como imitando al coronel
médico—. Acá en Córdoba hay un solo especialista que
podría salvar a su hijo, si llevara a cabo una operación
sumamente delicada. Ni en Buenos Aires hay alguien más
idóneo para realizarla: me refiero al doctor Murúa. Como
usted sabe, una eminencia en cardiocirugía.
—Llámelo,
doctor —ordena, conmovido, el general. Y luego añade, con
una humildad que revela su consecuente práctica
cristiana—: Por favor, que salve a mi hijo, si Dios así lo
quiere.
—Mi
general: he estado llamando a Murúa toda la tarde y no he
podido dar con él. Sólo puedo prometerle que seguiremos
haciendo todo lo que esté a nuestro alcance, pero no
garantizo nada, más allá de la media mañana. En ese lapso,
sería conveniente que sus fuerzas colaboraran para ubicar
a Murúa.
En este
punto —dice el Tato mandándose al garguero la ginebra y
haciéndole otra seña a don Terada, que siempre está bajo
su banderita leyendo esos periódicos de signos
indescifrables—, en este punto el general González llama a
su asistente y le ordena que una comisión se dirija al
domicilio del doctor Esteban Murúa (y es obvio —aclara el
Toto— que como ustedes ya habrán advertido se trata de un
nombre y un apellido tan ficticios y arbitrarios como el
del personaje central de esta narración), a quien deberán
explicarle la gravedad y urgencia del caso, y
transportarlo al hospital sin demora.
El
asistente se cuadra ante su superior, duda un segundo y
dice:
—Hay un
problema, mi general.
González
mira al subordinado, digamos, dice el Toto, un teniente
primero, con la misma y exacta mirada que dirigimos a un
imbécil que acaba de hacer una broma de mal gusto, y con
el ceño fruncido y un leve cabeceo lo incita a que
prosiga.
—Los dos
hijos de Murúa son subversivos, mi general —despacha el
teniente primero, compungido pero con firmeza—. Uno de
ellos fue detenido hace tres semanas, en Villa María, y la
hija menor está prófuga...
—Continúe, m'hijo —urge González, inconmovible, pétreo
ante la duda del oficial subalterno.
—El doctor
Murúa también está prófugo, mi general. Su casa fue
allanada después del procedimiento de Villa María y no se
encontró a nadie.
—¿Ha
salido de Córdoba?
—No nos
consta, mi general.
—Bueno:
informe al servicio de inteligencia y a las policías
federal y de la provincia. Que lo busquen entre familiares
y amigos, y que se le den todo tipo de garantías. Ordene
que, como misión prioritaria, se encuentre a este cirujano
antes de las nueve de la mañana. Y dije con todas las
garantías.
Naturalmente, el hermetismo en que vive un general del
ejército argentino nos impide conocer —a civiles como
nosotros— los pequeños detalles de su vida familiar, dice
el Toto resoplando por la tensión que le produce su propio
relato. Pero no nos resulta demasiado difícil imaginar las
horas de angustia y la angustia de esas horas que pasa el
general González. Son presumibles la congoja de todos
quienes lo acompañan, la desolación de su mujer y la
inocente impavidez de sus demás hijos.
El Toto va
haciendo pausas a medida que habla, invitándonos a
imaginar lo que él imagina en "ese estilo medido y
retórico que tanto me hincha las pelotas, pero la verdad
es que tiene al auditorio agarrado de los huevos: la mina
del Docabo con los ojos como el dos de oro; Spencer con el
labio inferior extendido y cabeceando una rítmica
afirmación; y así todos. En todas las mesas de "La
Estrella" pareciera que ya nadie respira mientras el Toto
sigue y dice que puede, sin embargo, suponerse que en la
soledad de su alcoba, o en la recolección de su
escritorio, el general González se está preguntando acerca
de los juegos macabros del destino —él ha de Ilamarlos
voluntad de Dios— y, quizás, acerca de las limitaciones
de su poder. Es presumible, por otra parte, que si acaso
atribuye a algo o a alguien su presente zozobra y el
infortunio de su hijo menor, es su guerra la destinataria
de sus denostaciones, así como el accionar de los rebeldes
la causa primera de que él se encuentre en tan inesperada,
irresoluble situación.
El Toto
hace silencio después del último punto y aparte, como para
que todos en la mesa nos hagamos las mismas preguntas. Con
el mismo índice derecho con que llamó al japonés ahora
revuelve los hielos que navegan en su vaso. Después tose,
prende otro faso, y continúa diciendo que presunciones de
lado, a la mañana siguiente la respuesta terminantemente
negativa de todos los informes que llegan a su despacho
domiciliario, acaba por despedazar las últimas esperanzas
del general Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús
González, y a esto lo pronuncia el Toto con una pompa y
circunstancia digna de Händel.
Los
médicos le explican, crudamente, que su hijo necesita un
trasplante de urgencia pero que no resistirá un viaje a
Buenos Aires. Acaso tampoco una segunda intervención, la
cual de todos modos tendría un altísimo porcentaje de
riesgo. Y destacan una paradoja, que como toda paradoja es
cruel: esa misma madrugada un desdichado accidente
automovilístico ha arrojado como saldo un niño
descerebrado y en coma cuatro, cuyo corazón está sano y
podría serIe implantado a Juan Manuel. Le informan que a
cada minuto que pasa es menor la resistencia del niño,
cuyo herido corazón está minado por la deficiencia. Y
declaran que sólo un milagro puede salvarlo, pues el
doctor Murúa es el único cardiocirujano en todo Córdoba
capaz de realizar con éxito tan compleja operación.
Escuchado
lo cual, y sacando fuerzas de su fe religiosa y su
templanza de soldado, con toda la grave responsabilidad
que le impone su trayectoria de militar invicto, el
general González, con la voz apenas firme, pregunta:
—¿La
alternativa es dejarlo morir o que ustedes intenten un
trasplante sin ninguna garantía, verdad?
La
respuesta que cosechan sus palabras es un prodigioso,
brutal silencio afirmativo, define el Toto. Segundos
después, el general ordena:
—Inténtenlo igual.
Aquí es el
Toto el que hace un silencio más largo. Sorbe otro trago,
se pasa una mano por la frente sembrada de gotitas de
sudor, y nos mira a todos, uno por uno, como pidiéndonos
disculpas por la ansiedad que nos ha venido provocando.
Luego alza las cejas, suspira largo y dice que como era
previsible, el niño murió durante la operación. Al
mediodía, la infausta nueva circuló por la ciudad
mediterránea como reguero de pólvora, dice, junto con
aquella otra sobrecogedora noticia que todos ustedes
recordarán y que recorrió todo el país: la de que esa
misma noche en el Chaco, aquí cerca, en Margarita Belén,
el ejército había fusilado a una veintena de prisioneros
aplicándoles la ley de fuga.
Dice esto
con la voz mucha más ronca, el Toto, y subrayando el punto
y aparte. Todos nosotros mantenemos el silencio como si
fuera una nube de plomo que hay que sostener en el aire, y
yo me fijo en la mujer de Docabo que ahora tiene los ojos
redondos y la boca abierta como un pescado muerto. Y en el
mismo preciso instante empiezan a escucharse los bombos de
un acto proselitista de los liberales, que hablan pestes
de Alfonsín y de los perucas, en la plaza, y a mí se me
hace que el golpeteo de esos bombos es como el bombeo de
un corazón secreto, en algún lado.
En cuanto
se difundió la noticia del deceso del hijo del general
Pompeyo Argentino del Corazón de Jesús González, concluye
el Toto Spinetto recalzándose los bifocales sobre la nariz
y sin aflojar en ese estilo florido que tiene, esa
retórica de abogado que le jode todo lo que dice y escribe
y que —parece mentira— sigue intacta a pesar de tantos
años en cana, dos comentarios se generalizaron en la
prisión: por un lado, que el suceso había sacudido tanto
al jefe de la guarnición cordobesa que acaso nunca
volvería a ser el mismo (lo cual no se sabía si era bueno
o peor); y por el otro, que le había tocado merecer uno de
los más ejemplares y coherentes castigos de Dios.
Como luego
pude comprobar fehacientemente, dice el Toto Spinetto
antes de levantarse de la silla y haciéndole una seña a
don Terada para pagarle, ese domingo, en todas las
cárceles del país, hubo más misas y con mayor número de
asistentes que de costumbre.
México,
diciembre 77 . Resistencia,
diciembre 84.
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