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OSVALDO SORIANO

Osvaldo Soriano (1943/1997), escritor y periodista
argentino, nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943. Durante
la niñez varió permanentemente de residencia siguiendo el destino
familiar. El desarraigo lo marcó.
Ganó sus primeros pesos jugando al fútbol y nunca terminó el ciclo
secundario. Muy joven escribió sus primeros cuentos. Luego
ejercería el periodismo en El Eco de Tandil, Primera Plana,
Panorama, La Opinión y El Cronista.
En 1969 se instala en Buenos Aires. Triste, solitario y final
(1973), primera novela, fue traducida al inglés, francés,
italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego,
polaco, húngaro, checo, hebreo, danés y ruso, junto a otros
títulos importantes.
En 1976 viajó a Bélgica y luego residió en París hasta su regreso
a Buenos Aires (1984). No habrá más penas ni olvido (1983),
fue llevada al cine por Héctor Olivera ganando el Oso de Plata en
el festival de cine de Berlín.
Cuarteles de Invierno,
tuvo seis ediciones en 1983, y dos años antes ya había sido
considerada en Italia mejor novela extranjera y adaptada al cine
en dos oportunidades.
Artistas, locos y criminales
(1984) y Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), son dos
colecciones de textos e historias de vida, y A sus plantas
rendido un león (1988) se convirtió en un gran suceso
editorial. Fue corresponsal de Il Manifesto de Italia.
Una sombra ya pronto serás
(1990) fue llevada al cine en 1994, nuevamente por Héctor Olivera.
Ya había aparecido su volumen Cuentos de los años felices,
recopilación de cuentos publicados por el diario Página 12 donde
colaboraba.
Su desaparición motivó artículos y notas que trasuntaron gran
congoja. Osvaldo Soriano fue un hombre querido y respetado en
todos los círculos que frecuentaba, aún en medios internacionales.
Aunque él desestimara sus propios logros, ha vendido más de un
millón de ejemplares y ha sido reconocido internacionalmente por
su producción literaria. Su último libro fue La hora sin sombra
(1995).
Premios: Raymond Chandler Award (1994) que antes había ganado
Graham Greene. La revista "Análisis" de Santiago de Chile, le
otorgó el premio Carrasco Tapia.
En Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela
Martín.
Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires.
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El hijo de Butch Cassidy
fue publicado originalmente en el diario Página/12, forma
parte de "Cuentos de los años felices", Editorial
Sudamericana, 1993
El Mundial de 1942 no figura en ningún
libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina
sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas
tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día
y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el
temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos
sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de
cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final
y años más tarde escribió unas memorias fantásticas,
llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora
irremediables por falta de mejores testigos.
La guerra en Europa había interrumpido los
mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había
ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que
construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y
las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para
siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol
también había indios mapuches conocidos por sus artes de
ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la
guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de
comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos,
franceses, algunos ingleses que alargaban los
ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del
Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana
Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había
llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible
mundo donde habían nacido.
Hacia abril, cuando bajó el calor y se
calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los
electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera
línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos
traían una punta del cable que inauguraba la era de las
comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula
automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego
de mostrarla en el patio del corralón para admiración de
todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido
internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que
venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la
nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos
que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas
de la Cordillera de los Andes.
El atrevimiento fue catastrófico para los
argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de
William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del
cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en
Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia
con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.
No bien advirtieron la diversidad de países
y razas representados en ese rincón de la tierra, los
alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que
debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso
civilizador por aquellos confines del planeta. El primer
problema para los organizadores fue que los italianos
antifascistas se negaban a poner en juego su condición de
campeones porque eso implicaba reconocer los títulos
conseguidos por los profesionales del régimen de
Mussolini.
Algunos irresponsables, ganados por la
curiosidad de patear una pelota completamente redonda y
sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la
caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por
la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de
almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por
7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados
guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al
borde del río Limay.
Nadie recordaba bien las reglas del juego
ni cuánto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del
terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la
pelota con las manos y golpear en la cabeza a los
jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para
juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así
fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron
famosos y respetables hasta que por fin llegó el teléfono.
Hubo un momento en que la posición
principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo
seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera
reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les
pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y
las bromas de los visitantes que los acusaban de no
atreverse a jugar por temor a la humillación?
En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el
capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la
arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier
parte y que los enviados del Fuhrer , que ya
probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza,
no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra
los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego
sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses
que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles
a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron
que había que guardar la pelota para que no se perdiera
entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores
del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a
2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a
favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del
arco.
Una noche de juerga en el prostíbulo de
Zapala, mientras un ingeniero de Baden—Baden trataba de
captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la
señora Fanny—La—Joly, un anarquista genovés de nombre
Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a
vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los
pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran
invencibles. En el lugar no había ningún ruso que pudiera
darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto,
levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo,
que estaba en una habitación vecina con los pantalones
puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938
empezara a alejarse para siempre de Italia.
A la madrugada, mientras regresaban a Barda
del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron
jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera
posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de
ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el
anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio
de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota
pegada a los pies.
Al día siguiente la noticia corrió por
todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones
del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches
no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía
los secretos de los blancos que los habían diezmado en las
guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus
enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel
torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los
sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto
tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada
alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el
petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores
del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres
que conocieran una pelota de fútbol. También formaron
equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales
franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no
eran suficientes y para completar los once pidieron
autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.
Los alemanes insistieron en que todo se
hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían
recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en
los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a
Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en
que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver
para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los
jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados
de cuchillos, se aprobó la iniciativa.
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de
cien metros y como nadie recordaba las medidas de los
arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura.
No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy
como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se
manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la
pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.
El sorteo de las sedes y los partidos se
hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración,
en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el
aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río,
en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y
argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del
prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.
En todos los partidos hubo incidentes de
arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse
por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el
campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los
guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay.
En las otras canchas salieron vencedores los alemanes
contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por
delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por
cinco o seis goles de diferencia.
Los dos primeros heridos fueron guaraníes
que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo
que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a
favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo
que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la
pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco
hacia el arco británico en el segundo partido de la serie.
Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la
zona porque los británicos se empecinaron en un fair play
digno de los terrenos de Cambridge.
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal
vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta
que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches
sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta
que las otras durante todo el campeonato sobre las obras
del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas
de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los
alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión
de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero
cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se
acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban
todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de
cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes
detrás de cada arco y al final de los enfrentamientos, una
vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras
que quedaban dentro del terreno.
En la semifinal ocurrieron algunas
anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes
se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y
algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar
en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema
fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha
escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a
los ojos de sus adversarios.
Cassidy quiso darle relieve al
acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro,
pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y
ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó
de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por
las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del
corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los
rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue
expulsado de la cancha por rebelión y lecturas
contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy
lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar
el fútbol con la política y después se retiró a mirar el
partido desde un montículo de arena, a un costado de la
cancha.
Como no tenía silbato y las cosas se
presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina
revólver en mano para apartar a los jugadores que se
trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque
algunos espectadores escondidos entre los matorrales le
respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío
asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje
digno de la memoria de su padre.
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo
porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo
de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el
anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los
defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que
Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a
1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a
Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por
lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch
Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en
orden.
En un corner, Mancini fue a buscar la
pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el
cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a
protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo
expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los
italianos usaban pimienta colorada para alejar a los
delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres
penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo,
furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el
arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero
Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie.
Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado
todo el partido recitando el Eclesiastés, se puso los
anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado
sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles.
Enseguida el hijo de Butch Cassidy dio por terminado el
partido y así se le escapó a Italia la Copa que había
ganado en 1934 y 1938.
Los alemanes se fueron a festejar al
prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches
bajados de los Andes pudieran ganarles la final como
ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la
historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a
funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la
primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a
la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro
traído por los alemanes. Un regimiento basado en la
frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los
himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches
no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron
una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota
en su memoria que a poco de comenzado el partido
aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de
pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer
granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy
pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían
anunciado la victoria por teléfono y se negaron a
postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió
en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse
irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta,
los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar
hasta la hora de la cena ya no había dónde convertir los
goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy
detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la
situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres
que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro
otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero
nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida
del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de
ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque
Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había
pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión
que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.
A la salida del sol el teléfono sonó en
medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar.
El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego
por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían
corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía
hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos
pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono
y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un
discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se
movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió
por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de
las comunicaciones.
En ese momento de quietud uno de los arcos
apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de
todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una
de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al
encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier
parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida
frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía
a carcajadas la empujara derecho al gol.
William Brett Cassidy anuló la jugada a
balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol
como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el
nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.
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