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JEANNE
MARIE LEPRINCE

Jeanne Marie Leprince
(1711/1780),
escritora francesa, nació en Ruán en 1711. Hermana del
pintor Jean-Baptiste Leprince, tempranamente sintió
inclinación por las letras.
Es
recomendada como institutriz en la corte de Lorena, en Lunéville,
donde será dama de compañía y profesora de música, impartiendo
también clases a los más pequeños.
La
anulación de su matrimonio con M. de Beaumont la llevó a radicarse
en Londres (1750) dejando a su hija interna en un colegio. Trabaja
como institutriz de acaudaladas familias inglesas, alternando la
enseñanza con la literatura, y funda Le Nouveau Magasín
Français, un periódico científico literario para jóvenes.
Mediante su segundo matrimonio con Tomás Pichon, espía
británico de origen francés, adquiere nacionalidad inglesa bajo el
apellido Tyrrel, alias de su marido al que abandonará para
regresar a Francia.
Durante su estadía en Inglaterra escribe una serie de cuentos que
constituyen un tratado de educación compuesto de tres volúmenes y
publicado bajo el nombre Magasín des enfants (1756),
Magasín des adolescents (1760) y Magasín des pauvres
(1768).
De
regreso a Francia (1776), la aristocracia la requiere para educar
a sus hijos pero se retira de la actividad y adquiere una
propiedad en Annecy (1763). Luego se traslada a Avallon (1770)
donde vive con su hija y sus seis nietos.
Produjo en total más de setenta libros de cuentos, muchos de ellos
actualizados o inspirados en otros más antiguos, entre los que
destaca La bella y la bestia, incluido en Magasín des
enfants (1756).
También incursionó en la novela con El triunfo de la verdad o
Memorias de Madame de la Villette (1748), su primera obra
publicada. Su afán de lograr una literatura agradable e
instructiva seduce y a la vez genera polémicas con pensadores como
Rousseau.
Sus
trabajos no se limitaron al relato sino que incursionó en ensayos
de diversas disciplinas: moral, historia, gramática y hasta
teología. Sin embargo su obra trasciende por un cuento que
condensa su fuerza en la profunda simpleza de una sola frase: “la
belleza está en el corazón”.
Murió en Chavanod en 1780.
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Había una vez un mercader muy rico que
tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era
hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en
gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de
maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más
joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la
apodaban “la bella niña”, de modo que por fin se le quedó
este nombre para envidia de sus hermanas.
No sólo era la menor mucho más bonita que
las otras, sino también más bondadosa. Las dos hermanas
mayores ostentaban con desprecio sus riquezas ante quienes
tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se
negaban a que las visitasen las hijas de los demás
mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran
dignas de hacerles compañía. Se lo pasaban en todos los
bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la
menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la
lectura de buenos libros.
Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras
de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por
muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los
despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían
con un noble: por lo menos un duque o conde.
La Bella —pues así era como la conocían y
llamaban todos a la menor— agradecía muy cortésmente el
interés de quienes querían tomarla por esposa, y los
atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba
que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más
en compañía de su padre.
De un solo golpe perdió el mercader todos
sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de
campo a buena distancia de la ciudad.
Totalmente destrozado, lleno de pena su
corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso
trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida
tendrían que trabajar como campesinos.
Sus dos hijas mayores respondieron con la
altivez que siempre demostraban en toda ocasión, que de
ningún modo abandonarían la ciudad, pues no les faltaban
enamorados que se sentirían felices de casarse con ellas,
no obstante su fortuna perdida. En esto se engañaban las
buenas señoritas: sus enamorados perdieron totalmente el
interés en ellas en cuanto fueron pobres.
Puesto que debido a su soberbia nadie
simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros
mercaderes y sus familias comentaban:
—No merecen que les tengamos compasión. Al
contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo.
¡Que se hagan las grandes damas con las ovejas!
Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía:
—¡Qué pena, qué dolor nos da la desgracia
de la Bella! ¡Esta sí que es una buena hija! ¡Con qué
cortesía le habla a los pobres! ¡Es tan dulce, tan
honesta!…
No faltaron caballeros dispuestos a casarse
con ella, aunque no tuviese un centavo; mas la joven
agradecía pero respondía que le era imposible abandonar a
su padre en desgracia, y que lo seguiría a la campiña para
consolarlo y ayudarlo en sus trabajos. La pobre Bella no
dejaba de afligirse por la pérdida de su fortuna, pero se
decía a sí misma:
—Nada obtendré por mucho que llore. Es
preciso tratar de ser feliz en la pobreza.
No bien llegaron y se establecieron en la
casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de
labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra. La
Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ocupaba
en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al
principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no
tenía costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses
más adelante se fue sintiendo acostumbrada a ese ritmo y
comenzó a sentirse mejor y a disfrutar de sus afanes.
Cuando terminaba sus quehaceres se ponía a leer, a tocar
el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o
realizaba alguna otra labor. Sus dos hermanas, en cambio,
se aburrían mortalmente; se levantaban a las diez de la
mañana, paseaban el día entero y su única diversión era
lamentarse de sus perdidas galas y visitas.
—Mira a nuestra hermana menor —se decían
entre sí—, tiene un alma tan vulgar, y es tan estúpida,
que se contenta con su miseria.
El buen labrador, el padre, en cambio,
sabía que la Bella era trabajadora, constante, paciente y
tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio
sus hermanas... Admiraba las virtudes de su hija menor, y
sobre todo su paciencia, ya que las otras no se
contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa,
sino que además se burlaban de ella.
Hacía ya un año que la familia vivía en
aquellas soledades cuando el mercader recibió una carta en
la cual le anunciaban que cierto navío acababa de arribar,
felizmente, con una carga de mercancías para él. Esta
noticia trastornó por completo a sus dos hijas mayores,
pues imaginaron que por fin podrían abandonar aquellos
campos donde tanto se aburrían y además lo único que se
les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua
vida de fiestas y teatros; por lo que, no bien vieron a su
padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera
vestidos, chalinas, peinetas y toda suerte de bagatelas.
La Bella no dijo una palabra, pensando para sí que todo el
oro de las mercancías no iba a bastar para los encargos de
sus hermanas.
—¿No vas tú a pedirme algo? —le preguntó su
padre.
—Ya que tienes la bondad de pensar en mí
—respondió ella—, te ruego que me traigas una rosa, pues
por aquí no las he visto.
Partió, pues, el buen mercader; pero cuando
llegó a la ciudad supo que había un pleito andando en
torno a sus mercaderías, y luego de muchos trabajos y
penas se halló tan pobre como antes. Y así emprendió
nuevamente el camino hacia su vivienda. No tenía que
recorrer más de treinta millas para llegar a su casa, y ya
se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas;
pero erró el camino al atravesar un gran bosque, y se
perdió dentro de él, en medio de una tormenta de viento y
nieve que comenzó a desatarse.
Nevaba fuertemente; el viento era tan
impetuoso que por dos veces lo derribó del caballo; y
cuando cerró la noche llegó a temer que moriría de hambre
o de frío; o que lo devorarían los lobos, a los que oía
aullar muy cerca de sí. De repente, tendió la vista por
entre dos largas hileras de árboles y vio una brillante
luz a gran distancia.
Se encaminó hacia aquel sitio y al
acercarse observó que la luz salía de un gran palacio todo
iluminado. Se apresuró a refugiarse allí; pero su sorpresa
fue considerable cuando no encontró a persona alguna en
los patios. Su caballo, que lo seguía, entró en una vasta
caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y
avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se puso a
comer ávidamente. Después de dejarlo atado, el mercader
pasó al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin
llegó a una gran sala en que había un buen fuego y una
mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizás
pecaría de atrevido, pero se dirigió hacia allí. La
tentación fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo
habían calado hasta los huesos; se arrimó al fuego para
secarse, diciéndose a sí mismo: “El dueño de esta casa y
sus sirvientes, que no tardarán en dejarse ver, sin duda
me perdonarán la libertad que me he tomado.”
Se quedó aún esperando un rato largo,
observaba hacia los otros recintos para tratar de ubicar a
algún habitante en la mansión, pero cuando sonaron once
campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya
resistir el hambre, y apoderándose de un pollo se lo comió
con dos bocados a pesar de sus temblores. Bebió también
algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandonó la
sala y recorrió varios espaciosos aposentos,
magníficamente amueblados. En uno de ellos encontró una
cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se
sentía rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la
aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidió
cerrar la puerta y acostarse a dormir.
Eran las diez de la mañana cuando se
levantó al día siguiente, y no fue pequeña su sorpresa al
encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus
viejas y gastadas ropas. “Sin duda”, se dijo, “o no he
despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que
se ha apiadado de mí.”
Miró por la ventana y no vio el menor
rastro de nieve, sino de un jardín cuyos floridos canteros
encantaban la vista. Entró luego en la estancia donde
cenara la víspera, y halló que sobre una mesita lo
aguardaba una taza de chocolate.
—Le doy las gracias, señora hada —dijo en
alta voz—, por haber tenido la bondad de albergarme en
noche tan inhóspita y de pensar en mi desayuno.
El buen hombre, después de tomar el
chocolate, salió en busca de su caballo, y al pasar por un
sector lleno de rosas blancas recordó la petición de la
Bella y cortó una para llevársela. En el mismo momento se
escuchó un gran estruendo y vio que se dirigía hacia él
una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer
desmayado.
—¡Ah, ingrato! —le dijo la Bestia con voz
terrible—. Yo te salvé la vida al recibirte y darte cobijo
en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, tú me
arrebatas mis rosas, ¡a las que amo sobre todo cuanto hay
en el mundo! Será preciso que mueras, a fin de reparar
esta falta.
El mercader se arrojó a sus pies, juntó las
manos y rogó a la Bestia:
—Monseñor, perdóname, pues no creía
ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que
me la había pedido.
—Yo no me llamo Monseñor —respondió el
monstruo— sino la Bestia. No me gustan los halagos, y sí
que los hombres digan lo que sienten; no esperes
conmoverme con tus lisonjas. Mas tú me has dicho que
tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la
condición de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo.
No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas
rehúsan morir por ti, júrame que regresarás dentro de tres
meses.
No pensaba el buen hombre sacrificar una de
sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: “Al menos
me queda el consuelo de darles un último abrazo”. Juró,
pues, que regresaría, y la Bestia le dijo que podía partir
cuando quisiera.
—Pero no quiero que te marches con las
manos vacías —añadió—. Vuelve a la estancia donde pasaste
la noche: allí encontrarás un gran cofre en el que pondrás
cuanto te plazca, y yo lo haré conducir a tu casa.
Dicho esto se retiró la Bestia, y el hombre
se dijo:
“Si es preciso que muera, tendré al menos
el consuelo de que mis hijas no pasen hambre.”
Volvió, pues, a la estancia donde había
dormido, y halló una gran cantidad de monedas de oro con
las que llenó el cofre de que le hablara la Bestia, lo
cerró, fue a las caballerizas en busca de su caballo y
abandonó aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la
alegría con que entrara en él la noche antes en busca de
albergue. Su caballo tomó por sí mismo una de las veredas
que había en el bosque, y en unas pocas horas se halló de
regreso en su pequeña granja.
Se juntaron sus hijas en torno suyo y,
lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se
echó a llorar angustiado mirándolas. Traía en la mano el
ramo de rosas que había cortado para la Bella, y al
entregárselo le dijo:
—Bella, toma estas rosas, que bien caro
costaron a tu desventurado padre.
Y enseguida contó a su familia la funesta
aventura que acababa de sucederle. Al oírlo, sus dos hijas
mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a
la Bella, que no había derramado una lágrima.
—Miren a lo que conduce el orgullo de esta
pequeña criatura —gritaban—. ¿Por qué no pidió adornos
como nosotras? ¡Ah, no, la señorita tenía que ser
distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y
sin embargo ni siquiera llora.
—Mi llanto sería inútil —respondió la
Bella—. ¿Por qué voy a llorar a nuestro padre si no es
necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien
aceptar a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia y
me consideraré muy dichosa, pues habré tenido la
oportunidad de salvar a mi padre y demostrarle a ustedes y
a él mi ternura.
—No, hermana —dijeron sus tres hermanos—,
tampoco es necesario que tú mueras; nosotros buscaremos a
ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes.
—No hay que soñar, hijos míos —dijo el
mercader—. El poderío de esa Bestia es tal que no tengo
ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón
de Bella, pero jamás la expondré a la muerte. Soy viejo,
me queda poco tiempo de vida; sólo perderé unos cuantos
años, de los que únicamente por ustedes siento
desprenderme, mis hijos queridos.
—Te aseguro, padre mío —le dijo la Bella—,
que no irás sin mí a ese palacio; tú no puedes impedirme
que te siga. En parte fui responsable de tu desventura.
Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y
prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y
el remordimiento que me daría tu pérdida.
Por más que razonaron con ella no hubo
forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas,
porque las virtudes de la joven les habían inspirado
siempre unos celos irresistibles. Al mercader lo abrumaba
tanto el dolor de perder a su hija, que olvidó el cofre
repleto de oro; pero al retirarse a su habitación para
dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la
cama. Decidió no decir una palabra a sus hijos de aquellas
nuevas y grandes riquezas, ya que habrían querido retornar
a la ciudad y él estaba resuelto a morir en el campo; pero
reveló el secreto a la Bella, quien a su vez le confió que
en su ausencia habían venido de visita algunos caballeros,
y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó que les
permitiera casarse, pues era tan buena que las seguía
queriendo y las perdonaba de todo corazón, a pesar del mal
que le habían hecho.
El día en que partieron la Bella y su
padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos
con cebolla para tener lágrimas con que llorarlos; sus
hermanos, en cambio, lloraron de veras, como también el
mercader, y en toda la casa la única que no lloró fue la
Bella, pues no quería aumentar el dolor de los otros.
Echó a andar el caballo hacia el palacio, y
al caer la tarde apareció éste todo iluminado como la
primera vez. El caballo se fue por sí solo a la
caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran
salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida
en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo
para probar bocado, pero la Bella, esforzándose por
parecer tranquila, se sentó a la mesa y le sirvió, aunque
pensaba para sí:
“La Bestia quiere que engorde antes de
comerme, puesto que me recibe de modo tan espléndido.”
En cuanto terminaron de cenar se escuchó un
gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre
hija que se acercaba la Bestia. No pudo la Bella evitar un
estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque
procuró disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo
sobre si la habían obligado o si venía por su propia
voluntad, ella le respondió que sí, temblando, que era
decisión propia.
—Eres muy buena —dijo la Bestia—, y te lo
agradezco mucho. Tú, buen hombre, partirás por la mañana y
no sueñes jamás con regresar aquí. Nunca. Adiós, Bella.
—Adiós, señor —respondió la muchacha.
Y enseguida se retiró la Bestia.
—¡Ah, hija mía —dijo el mercader abrazando
a la Bella— yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y
deja que me quede en tu sitio.
—No, padre mío —le respondió la Bella con
firmeza—, tú partirás por la mañana.
Fueron después a acostarse, creyendo que no
dormirían en toda la noche; mas sus ojos se cerraron
apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dormía
vio la Bella a una dama que le dijo:
—Tu buen corazón me hace muy feliz, Bella.
No ha de quedar sin recompensa esta buena acción de
arriesgar tu vida por salvar la de tu padre.
Le contó el sueño al buen hombre la Bella
al despertarse; y aunque le sirvió un tanto de consuelo,
no alcanzó a evitar que se lamentara con grandes sollozos
al momento de separarse de su querida hija.
En cuanto se hubo marchado se dirigió la
Bella a la gran sala y se echó a llorar; pero, como tenía
sobrado coraje, resolvió no apesadumbrarse durante el poco
tiempo que le quedase de vida, pues tenía el
convencimiento que el monstruo la devoraría aquella misma
tarde. Mientras esperaba decidió recorrer el espléndido
castillo, ya que a pesar de todo no podía evitar que su
belleza la conmoviese. Su asombro fue aún mayor cuando
halló escrito sobre una puerta:
Aposento de la Bella
La abrió precipitadamente y quedó
deslumbrada por la magnificencia que allí reinaba; pero lo
que más llamó su atención fue una bien provista
biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de música,
lo que reunía todo lo que a ella le hacía la vida
placentera.
—No quiere que esté triste —se dijo en voz
baja, y añadió de inmediato—: para un solo día no me
habría reunido tantas cosas.
Este pensamiento reanimó su valor, y poco
después, revisando la biblioteca, encontró un libro en que
aparecía la siguiente inscripción en letras de oro:
Disponga, ordene, aquí es usted la reina y
señora.
—¡Ay de mí —suspiró ella—, nada deseo sino
ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo ahora!
Había dicho estas palabras para sí misma:
¡cuál no sería su asombro al volver los ojos a un gran
espejo y ver allí su casa, adonde llegaba entonces su
padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas
mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los
aspavientos que hacían para aparecer afligidas, se les
reflejaba en el rostro la satisfacción que sentían por la
pérdida de su hermana, por haberse desprendido de la
hermana que les hacía sombra con su belleza y bondad.
Desapareció todo en un momento, y la Bella no pudo dejar
de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada
tenía que temer de su parte.
Al mediodía halló la mesa servida, y
mientras comía escuchó un exquisito concierto, aunque no
vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a
la mesa, oyó el estruendo que hacía la Bestia al
acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento.
—Bella —le dijo el monstruo—, ¿permitirías
que te mirase mientras comes?
—Tú eres el dueño de esta casa —respondió
la Bella, temblando.
—No —dijo la Bestia—, no hay aquí otra
dueña que tú. Si te molestara no tendrías más que pedirme
que me fuese, y me marcharía enseguida. Pero dime: ¿no es
cierto que me encuentras muy feo?
—Así es —dijo la Bella—, pues no sé mentir;
pero en cambio creo que eres muy bueno.
—Tienes razón —dijo el monstruo—, aun
cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que
una bestia.
—No se es una bestia —respondió la Bella—
cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los
necios no lo admitirían.
—Come, pues —le dijo el monstruo—, y trata
de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aquí te
pertenece, y me apenaría mucho que no estuvieses contenta.
—Eres muy bondadoso —respondió la Bella—.
Te aseguro que tu buen corazón me hace feliz. Cuando
pienso en ello no me pareces tan feo.
—¡Oh, señora —dijo la Bestia—, tengo un
buen corazón, pero no soy más que una bestia!
—Hay muchos hombres más bestiales que tú
—dijo la Bella—, y mejor te quiero con tu figura, que a
otros que tienen figura de hombre y un corazón corrupto,
ingrato, burlón y falso.
La Bella, que ya apenas le tenía miedo,
comió con buen apetito; pero creyó morirse de pavor cuando
el monstruo le dijo:
—Bella, ¿querrías ser mi esposa?
Largo rato permaneció la muchacha sin
responderle, ya que temía despertar su cólera si rehusaba,
y por último le dijo, estremeciéndose:
—No, Bestia.
Quiso suspirar al oírla el pobre monstruo,
pero de su pecho no salió más que un silbido tan
espantoso, que hizo temblar el palacio entero; sin
embargo, la Bella se tranquilizó enseguida, pues la Bestia
le dijo tristemente:
—Adiós, entonces, Bella —y salió de la sala
volviéndose varias veces a mirarla por última vez.
Al quedarse sola, la Bella sintió una gran
compasión por esta pobre Bestia.
“¡Ah, qué pena”, se dijo, “que siendo tan
bueno, sea tan feo!”
Tres apacibles meses pasó la Bella en el
castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la
entretenía y observaba mientras comía, con su conversación
llena de buen sentido, pero jamás de aquello que en el
mundo llaman ingenio. Cada día la Bella encontraba en el
monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había
habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer el
momento de su visita, miraba con frecuencia el reloj para
ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de
presentarse a esa hora. Sólo había una cosa que la
apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de
retirarse, le preguntaba cada noche si quería ser su
esposa, y cuando ella rehusaba parecía traspasado de
dolor. Un día le dijo:
—Mucha pena me das, Bestia. Bien querría
complacerte, pero soy demasiado sincera para permitirte
creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser tu
amiga: trata de contentarte con esto.
—Forzoso me será —dijo la Bestia—. Sé que
en justicia soy horrible, pero mi amor es grande.
Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer
aquí. Prométeme que no me abandonarás nunca.
La Bella enrojeció al escuchar estas
palabras. Había visto en el espejo que su padre estaba
enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a
ver.
—Yo podría prometerte —dijo a la Bestia—
que no te abandonaré nunca, si no fuese porque tengo
tantas ansias de ver a mi padre, que me moriré de dolor si
me niegas ese gusto.
—Antes prefiero yo morirme —dijo el
monstruo— que causarte el pesar más pequeño. Te enviaré a
casa de tu padre, y mientras estés allí morirá tu Bestia
de pena.
—¡Oh, no —respondió la Bella, llorando—, te
quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro
de ocho días. Me has hecho ver que mis hermanas están
casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se ha
quedado solo. Permíteme que pase una semana en su
compañía.
—Mañana estarás con él —dijo la Bestia—,
pero acuérdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no
tienes más que poner tu sortija sobre la mesa a la hora
del sueño. Adiós, Bella.
La Bestia suspiró, según su costumbre, al
decir estas palabras, y la Bella se acostó con la tristeza
de verlo tan apesadumbrado. Cuando despertó a la mañana
siguiente se hallaba en casa de su padre. Sonó a poco una
campanilla que estaba junto a la cama y apareció la
sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudió
rápidamente a sus voces el buen padre, y creyó morir de
alegría porque recobraba a su querida hija, con la cual
estuvo abrazado más de un cuarto de hora.
Luego de estas primeras efusiones, la Bella
recordó que no tenía ropas con que vestirse, pero la
sirvienta le dijo que en la vecina habitación había
encontrado un cofre lleno de magníficos vestidos con
adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de
la Bestia, pidió la Bella que le trajesen el más modesto
de aquellos vestidos y que guardasen los otros para
regalárselos a sus hermanas; pero apenas había dado esta
orden desapareció el cofre. Su padre comentó que sin duda
la Bestia quería que conservase para sí los regalos, y al
instante reapareció el cofre donde estuviera antes.
Se vistió la Bella, y entretanto avisaron a
las hermanas, que acudieron en compañía de sus esposos.
Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la
primera se había casado con un gentilhombre tan hermoso
como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura,
a la que dedicaba todos sus desvelos de la mañana a la
noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda,
en cambio, tenía por marido a un hombre cuyo gran talento
no servía más que para mortificar a todo el mundo,
empezando por su esposa.
Cuando vieron a la Bella ataviada como una
princesa, y más hermosa que la luz del día, las dos
creyeron morir de dolor. Aunque la Bella les hizo mil
caricias no les pudo aplacar los celos, que recrudecieron
cuando les contó lo feliz que se sentía. Bajaron las dos
al jardín para llorar allí a sus anchas.
—¿Por qué es tan dichosa esa pequeña
criatura? ¿No somos nosotras más dignas de la felicidad
que ella?
—Hermana —dijo la mayor—, se me ocurre una
idea. Tratemos de retenerla aquí más de ocho días: esa
estúpida Bestia pensará entonces que ha roto su palabra, y
quizás la devore.
—Tienes razón, hermana mía —respondió la
otra—. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos.
Y tomada esta resolución, volvieron a subir
y dieron a su hermana tantas pruebas de cariño, que la
Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo
comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales
muestras de aflicción por su partida, que les prometió
quedarse otros ocho días.
Sin embargo, la Bella se reprochaba el
pesar que así causaba a su pobre monstruo, a quien amaba
de todo corazón, y se entristecía de no verlo. La décima
noche que estuvo en casa de su padre, soñó que se hallaba
en el jardín del castillo, y que veía cómo la Bestia,
inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvenía
por sus ingratitudes. Despertó sobresaltada, con los ojos
llenos de lágrimas.
“¿No soy yo bien perversa”, se dijo, “pues
le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? ¿Tiene
acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia?
Su buen corazón importa más que todo lo otro. ¿Por qué no
he de casarme con él? Seré mucho más feliz que mis
hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia
hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la
bondad de carácter, la virtud y el deseo de agradar; y la
Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, sí le
tengo estimación y amistad. ¿Por qué he de ser la causa de
su desdicha, si luego me reprocharía mi ingratitud toda la
vida?”
Con estas palabras la Bella se levantó,
puso su sortija sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas
se tendió sobre la cama se quedó dormida, y al despertarse
a la mañana siguiente vio con alegría que se hallaba en el
castillo de la Bestia. Se vistió con todo esplendor por
darle gusto, y creyó morir de impaciencia en espera de que
fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareció
al dar el reloj la hora. Creyó entonces que le habría
causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto
de desesperarse, recorrió la Bella el castillo entero,
buscando inútilmente por todas partes. Recordó entonces su
sueño y corrió por el jardín hacia el estanque junto al
cual lo viera en sueños. Allí encontró a la pobre Bestia
sobre la hierba, perdido el conocimiento, y pensó que
había muerto. Sin el menor asomo de horror se dejó caer a
su lado, y al sentir que aún le latía el corazón, tomó un
poco de agua del estanque y le roció la cabeza. Abrió la
Bestia los ojos y dijo a la Bella:
—Olvidaste tu promesa, y el dolor de
haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre. Pero
ahora moriré contento, pues tuve la dicha de verte una vez
más.
—No, mi Bestia querida, no vas a morirte
—le dijo la Bella—, sino que vivirás para ser mi esposo.
Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no
perteneceré a nadie sino a ti. ¡Ah, yo creía que sólo te
tenía amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho
ver que no podría vivir sin verte!
Apenas había pronunciado estas palabras la
Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces
resplandecientes: los fuegos artificiales, la música, todo
era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas
bellezas logró distraerla, y se volvió hacia su querido
monstruo, cuyo peligro la hacía estremecerse. ¡Cuál no
sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido y en su
lugar había un príncipe más hermoso que el Amor, que le
daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento.
Aunque este príncipe mereciese toda su atención, no pudo
dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia.
—Aquí, a tus pies —le dijo el príncipe—.
Cierta maligna hada me ordenó permanecer bajo esa figura,
privándome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que
alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo
el mundo tú sola has sido capaz de conmoverte con la
bondad de mi corazón; ni aun ofreciéndote mi corona podría
demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podré pagar
la deuda que he contraído contigo.
La Bella, agradablemente sorprendida,
tendió su mano al hermoso príncipe para que se levantase.
Se encaminaron después al castillo, y la joven creyó morir
de dicha cuando encontró en el gran salón a su padre y a
toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en
sueños había traído hasta allí.
—Bella —le dijo esta dama, que era un hada
poderosa—, ven a recibir el premio de tu buena elección:
has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia,
y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas
en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero
que tus virtudes no se desvanecerán en el trono. Y en
cuanto a ustedes, señoras —agregó el hada, dirigiéndose a
sus hermanas—, conozco sus corazones y toda la malicia que
encierran. Conviértanse en estatuas, pero conserven la
razón adentro de la piedra que va a envolverlas. Estarán a
la puerta del palacio de la Bella, y no les pongo otra
pena que la de ser testigos de su felicidad. No podrán
volver a su primer estado hasta que reconozcan sus faltas;
pero me temo mucho que no dejarán jamás de ser estatuas.
Pues uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula
y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija
un corazón maligno y envidioso.
En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una
varita y transportó a cuantos estaban en la sala al reino
del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con júbilo, y a
poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivió
junto a él muy largos años en una felicidad perfecta, pues
estaba fundada en la virtud.
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