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PÉREZ ECHEGARAY

Osvaldo Perez Echegaray (1948/...) nació en
Buenos Aires, el 3 de julio de 1948. Completó el
ciclo secundario en la Escuela Nacional de
Comercio “Hipólito Vieytes” y estudió Derecho en
la Universidad de Buenos Aires y Economía en la
UADE.
Es padre de tres hijos, producto de dos
matrimonios y reside en Buenos Aires donde ha
desarrollado actividades vinculadas a la docencia.
Fundó el Colegio Aulanueva Day School cuya
dirección ejerció hasta 2001.
A partir de 2002 se dedica íntegramente a la
literatura, vocación que desde temprana edad
postergó en favor de otras responsabilidades.
Desde muy joven ha escrito cuentos y novelas que
han comenzado a ser publicados a partir del 2000.
El ensayo La palabra escrita (1999)
considera la importancia del libro de texto en la
educación a partir del origen de la lengua desde
una perspectiva de ficción.
Loyola
(2005), primera novela publicada, fue escrita hace
treinta años. En ella aborda la imprecisa frontera
entre realidad y fantasía, un ámbito que sacude la
pacífica vida del protagonista. Las luces y las
sombras, lo sensible y lo fantástico proponen el
interrogante: ¿qué es la realidad?
Colabora en el semanario Cultura BA como
autor de la columna El Ángel, un etéreo
personaje de ficción que husmea sitios y lugares
de Buenos Aires descubriendo la esencia de “su”
ciudad y en Letrópolis.
Es autor de las novelas El cóndor de San
Jacinto, El tercer vagón y Los
Moscardálagos, y varios cuentos:
Confesiones de un Asesino, La mano
invisible, Un cliente especial, Las
espuelas y El retrato, entre otros.
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Las manos
nerviosas levantaron el sobre y buscaron la carta con
ansiedad, como si la premura pudiera cambiar en algo las
cosas.
Querida
mamá:
Confío en volver pronto, aunque
también creí al principio que era una cuestión de días y
ya van para dos meses. Trato de no pensar. Lo recomendó el
médico cuando consulté por esta tos que apareció la semana
pasada. Dijo que no me preocupara, mientras no hubiera
ataques nada malo iba a pasar. Hasta bromeó con los
síntomas de ciudad como él llamó a la tos. Le creo mamá,
porque necesito creer y porque vos me enseñaste a hacerlo.
A creer en la vida, en las personas, en los sentimientos,
en la palabra, en Dios. Por eso confío en que sea una
cuestión de días. Me cuidaré de todos modos porque la fe
es responsable y buena amiga de la voluntad. Así me lo
enseñaste.
Aquí el
frío es intenso. Anoche cayó una nevada y sentí los
bronquios más cerrados. Mientras tanto disfruto de las
cosas que tengo delante, aquí y ahora, eso me ayuda a no
extrañar, a no sentir dolor por las cosas que no tengo;
hasta cuando vuelva, claro. Disfruto por ejemplo del
paisaje: por las mañanas, no bien abro los ojos, veo las
colinas cayendo con un suave declive sobre el mar, el
verde intenso de la parte alta va empalideciéndose
mientras busca la playa. Es hermoso. Quisiera que
estuvieras aquí para que lo veas. Mentiras mamá, quisiera
que estuvieras aquí para verte, para besarte, para
abrazarte, eso también me hace olvidar el frío, y la tos,
y el miedo que de pronto me invade.
Yo no sé
lo que es un ataque, no me lo imagino siquiera. ¿Qué puede
enviar el cielo que no sea la tibieza del sol o el fulgor
diáfano de las estrellas? Por las noches, cuando no puedo
dormir, miro el cielo y todo me parece un sueño que el
miedo convierte en pesadilla. Entonces busco la medallita,
la beso y con ella en la boca me duermo mansamente.
Pero no
quiero ponerme melancólico, prefiero pensar que en unos
días más estaremos juntos otra vez. Ayudando a papá en el
negocio, acompañando a Rodrigo a la escuela, junto a
Leticia retomando la facultad y los sueños que venimos
soñando.
Por
momentos pienso que todo esto es un juego. Me acuerdo
cuando en el fondo de casa, después de mirar “Combate”
hacíamos un pozo con Carlitos o Julián, o el camarada de
turno, para atrincherarnos como el Sargento Sanders, ¿te
acordás?, y me vienen a la memoria las cosas simples mamá,
esas que uno deja pasar todos los días sin darse cuenta
qué necesarias son: “Uno vuelve siempre a los viejos
sitios donde amó la vida y entonces comprende como están
de ausentes las cosas queridas”. ¡Tan cierta la Canción de
las Simples Cosas! ¿Porqué es necesario perder las cosas
simples para sentirlas importantes? Son como el aire mamá,
el ahogo nos muestra el valor de un puñado de oxígeno.
Espero
estar cuanto antes de regreso y recuperar mi vida, mis
cosas. A la distancia me sostiene el amor de todos
ustedes. Y esa fuerza me empuja a volver pronto para
devorar los ravioles del domingo, para rabiar por los
goles que me pierdo sobre la hora, para quejarme por tener
dos finales juntos, para renegar por esas zapatillas que
no puedo comprar y esas vacaciones que siempre postergo.
Otra vez
la tos mamá, pero despreocupate, ahora tengo toda mi
atención en los ataques y de eso me cuido mucho. No me voy
a perder el regreso, te lo prometo, te lo juro. Mi lugar
es ese, entre ustedes y ahí voy a estar; rezo como nunca
para que así sea. El destino me puso aquí y no me quejo.
También me enseñaste a aceptar con paciencia los
obstáculos que aparezcan en el camino y aquí estoy
esperando sin desesperar, sin desfallecer, como vos y papá
me enseñaron. ¡Gracias por haberme dado tantas cosas, no
saben cuánto me sirven!
Siento
como un zumbido, mamá. Te dejo, por un rato nada más,
tengo que tomar las pastillas que me indicaron y estar
atento a los ataques.
El zumbido
crece, lo siento cada vez más cerca y no sé porqué me
viene esta inquietud. El frío se está haciendo más intenso
y la temperatura no ha bajado. Todos aquí están nerviosos.
No deben tener esta pastilla de amor colgada al cuello. En
cuanto beso la medallita y la guardo en la boca me invade
la paz, es como tenerlos conmigo.
El zumbido
es cada vez más intenso. ¿Será el ataque? El miedo crece
pero también crece la confianza. Ahora todo es quietud y
detrás de ella, una tensión que el silencio hace
intolerable. Solo se escucha el zumbido cada vez más
penetrante, por momentos parece un solo de trombón
resonando en el cielo como un trueno que avanza desde
lejos. Al principio se oía tenue y sostenido, ahora más
poderoso y amenazante. Tenía razón el doctor, la tos era
solo un síntoma de ciudad que de pronto desapareció, en
cambio el ataque, el temible y desconocido ataque está
llegando, se huele en el aire convertido en ventisca
nerviosa, ahora me parece descubrir al sonido
envolviéndome en una orquesta de oboes armónicos. La
medallita en la boca es como un bálsamo. Cierro los ojos y
prefiero imaginar una bandada de golondrinas, porque eso
parecen los oboes volando hacia nosotros, ya están aquí.
Debo cuidarme, mamá. Abro los ojos y los veo sobrevolando,
los aviones ya están aquí.
Dios nos
ampare y me permita volver a reunirme con ustedes. Los
amo, un beso para todos.
Las manos
nerviosas que habían levantado el sobre con la carta ya no
temblaron, una de ellas mantuvo el papel mientras la otra
se quitó la mochila, acostó el fusil y buscó entre los
caídos; cuando halló el cadáver con una medalla
aprisionada en la boca se arrodilló junto a él, lo volvió
de cara al cielo y guardó en la chaqueta del soldado la
carta fechada el 2 de junio de 1982.
El viento
y la llovizna cesaron, el sol tenue de un nuevo día dejaba
ver a lo lejos las colinas verdes que descendían hacia el
mar con un declive suave.
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