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LUIS
TEDESCO

Luis Tedesco
(1941)
—seguramente
uno de los más importantes poetas argentinos vivos—, nació
en Buenos Aires.
Es
autor de los libros de poemas: Los objetos del miedo
(Juárez Editor, 1970), Cuerpo (Cuarto poder, 1975),
Paisajes (Torres Agüero Editor, 1970), Reino
Sentimental (Torres Agüero Editor, 1985), Vida
privada (GEL,1995), La dama de mi mente (GEL,
1998), En la maleza (GEL, 2000), Aquel corazón
descamisado (GEL, 2002) y Lomas del Mirador
(Corregidor 2006).
Participa activamente en la vida literaria del país
como jefe de publicaciones y editor, actividades que desempeñó en
Ediciones Librerías Fausto, Editorial de la Universidad de
Belgrano, ECA (Ediciones Culturales Argentinas), EUDEBA, Torres
Agüero Editor y Corregidor. Actualmente es el Director de
Nuevohacer – Grupo Editor Latinoamericano, casa editorial que
edita la revista semestral Hablar de Poesía, con
dirección de Ricardo H. Herrera.
Tal como él mismo declara se dedicó siempre a la
fabricación de libros. Se inició en 1963 en Omeba como corrector
de estilo, luego diagramador y jefe de producción. Continúa en
Librerías Fausto donde traba una sólida amistad con Lucho Torres
Agüero.
Distanciado del medio literario, sus primeras obras
estuvieron rodeadas de silencio, salvo una nota de Ubaldo Michi en
Clarín que señalaba a Los objetos del Miedo (1970)
como el mejor libro publicado en los últimos veinte años.
Cuerpos
(1975), aunque lleva sello editorial, es prácticamente una edición
de autor que no circula en librerías.
Paisajes
(1970) y Reino Sentimental (1985), este último editado por
Grupo Editor Latinoamericano, sello de su propiedad, fueron
presentados por Enrique Pezzoni, quien impulsó la difusión de su
obra.
Como editor de la Universidad de Belgrano promovió
nombres como Laiseca, Aira, Gorostiza, Granata y Blaisten entre
otros. Finalmente debió renunciar: algunos consideraban que la
literatura publicada por él era subversiva.
Además de su producción poética ha estado siempre
vinculado a las letras como editor o jefe de publicaciones en
diversas editoriales:
Librerías Fausto, Universidad de Belgrano, ECA
(Ediciones Culturales Argentinas), EUDEBA, Torres Agüero Editor y
Corregidor.
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NATURALEZA MUERTA
Hay un horizonte básico, hay explanadas de
cielo y líneas radiantes, inconclusas, márgenes dentados
sobre los techos del caserío, hay árboles lejanos y
árboles cercanos, unos y otros rígidamente doblegados por
el volumen perpendicular de las alturas, hay parvas,
molinos, hay moderadas lagunas ramificadas en zanjones,
coágulos de barro blando en los terrenos bajos, blanco
barro sepulcral en los cauces atormentados por la seca,
hay alambrados, púas, vértices trenzados de la demarcación
diabólica, hay caballos, hay jinetes jactanciosos, hay
jinetes postrados sobre el anca partida del destierro, hay
gente violada, gente simplemente asesinada, hay vacas
gordas como nubes, como quietísimas nubes vaporosas, hay
perros, perros de dientes deslumbrantes, hay carne de
perro ya negra, carne abombada, hay también carne
irreconocible, carne de cualquier cosa, carne incluso no
carne de seres fabulosos, hay neblinas, la neblina
frenética de algún dios, hay basura, hay ceniza de basura,
gasas, vendas encaramadas en el humo que asciende hacia el
sol del mediodía, hay maleza quemada, hay maleza briosa
sobre el paredón momificado de la fábrica, hay aves,
cientos de aves, aves en promiscuidad libertaria, acoples
feroces de masa voladora, hay el ruido inmenso de la
copulación natural, hay aves cautivas, aves martirizadas
por el orden, aves cuyo único canto estalla en el único
silencio del patio que fue mío.
ALEGRÍA
Voy desde Ella hacia mí, es Ella la que
viene, voy desde mí hacia Ella, es Ella la que está,
regresada de mí, que sigo en Ella, recorrida en el cuerpo
de ambos, en esmerada propagación que viene y va, que
recorre en Ella lo que en mí retiene su cavidad que llega,
soy Ella en el cuerpo que la toma, soy yo en su
estremecimiento, en la alegría que nos lleva a ser cada
uno el cuerpo del otro, más y más sumergidos, más y más
penetrados por la gran cavidad que nos alaba, somos
continuamente llamados, continuamente incluidos, somos un
único recorrido y su alabanza, la tensa expansión de los
gerundios, no hay empeño, no hay comienzo ni fin, no hay
ninguna posibilidad para lo imposible, hay la unidad
amante, yo sobre mí en Ella sobre mí, Ella sobre sí en lo
mismo de mí que la contiene, no hay recuerdo, no hay
postrimerías, no hay presente ni pasado, nada se aleja en
pose de descanso, no hay combate, es el único suceso en la
actualidad de su único suceder, vos en mí, yo en vos, cada
uno en pos de sí en el otro que posee, sólo apariencia,
interior de la apariencia , profundidad de la apariencia,
vos y yo en nuestro único suceder de límite apetente, más
y más demorado a medida que su celeridad avanza, más y más
denodado a medida que nuestra apariencia crece.
CERCOS
La posesión real de un terreno, su trazado
en la extensión que lo contiene, exige de usted una firme
escisión entre vida propia y vida circundante. No se mira
el terreno propio como se mira el de los demás. Hay
zozobra, recelo, y una alegría nerviosa que ante la menor
contrariedad se convierte en angustiosa introspección. No
se preocupe, a todos nos ocurre algo parecido. En los días
calmos y felices, cuando la veleidad amorosa hace pie en
las zanjas de Libido, la superficie irá hacia usted,
prodigará sobre sus ojos la imagen cautiva que necesita
para proyectar muros cariñosos de robusta certidumbre. Ya
no tendrá paz: si antes de ser propietario no tenía donde
caerse muerto, ahora, en su pequeño predio bonaerense,
conocerá el vacío emboscado en el pastito neurológico. Sea
cauto, su terreno acumula milenios de murmullo
intraducible, y es, también, recinto poseído por el rugir
de animales fabulosos y el temporal que desvanece la
materia en ráfagas de aire feneciente. Tomar posesión, ser
voz de mando, activar en usted la presencia del demonio
patronal es hoy su activo prometeico. Hay varias opciones,
ninguna desdeñable. Está el cerco tradicional: tres tiras
de alambre común sostenidas por postes erguidos metro y
medio sobre la demarcación asignada. Hay quienes prefieren
el alambre de púa; en este caso suelen achicar la
distancia entre los postes, elevándolos según la
postración del vértigo prisionero. Está el ligustrino, el
cerco de tilos, y toda la variedad vegetal que sugiere el
encanto progresista para proteger los latidos del
entierro. La solución más efectiva, sin embargo, es la
ominosa: cuatro paredes altas, algo así como un cajón de
muerto con vidrios amurados sobre el perímetro silente de
la subjetividad. De este modo, cualquier intromisión de
vida circundante, antes de posarse en su dominios, dejará
rastros de la herida en los ángulos filosos de la
demarcación. No se asuste si en los días de lluvia la
sangre lavada se desliza sobre el revoque de los muros, si
un cuerpo cae y otro lo persigue, si la estructura del
acontecer lo fastidia con sus quistes desolados. Usted es
el dueño y la ley lo protege, la Máscara, tan violenta
como su miedo, tan astuta como su deseo de ser alguien.
DEUDA
A tu viejo le pasó lo que al mío: la deuda
lo estragó, le partió el mate, le demacró su única
sonrisa, esa de andar en casa, entre las nimiedades
cariñosas de su casa, como soberano del aire construido.
Nunca se perdonaron. Para ellos, si uno debe, uno no es,
uno es una lacra, un pedazo de carne invadido por la plata
que no tiene, tomado por la voz que dice y dice, por el
síncope, por el terror de despertar. Tu viejo no fue un
malhechor, tu viejo, como el mío, no se patinaban el
sueldo en farras de champán. Tuvieron sus quimeras —la
parra, la tranquilidad del patio, el fondito, la parrilla,
sembrar unas verduras—, todo se lo llevó el pagaré, la
hipoteca, la parca grúa de la deuda. Miralos, se les
torció la boca, se les agusanó el idioma, el pronunciado
nombre de las cosas. La deuda es así, te da lo que no
tenés pero te mella el paladar, te quita el aliento, la
masticación, el sosiego natal del alimento. Miralos, tan
adentro del silencio, apocados, encorvados, trizados por
el torno de la vida, tan adentro de la rabia, y sus
piernas, que alguna vez driblearon en el potrero de los
goles majestuosos, sus piernas escalantes, bienhechoras,
fuertes en el azul de los andamios, tan compradres, tan
proclives a la altura, miralos, si es para no creer, para
no decir, para callar y callar, para nunca más dejar en
las palabras el revuelo de los hechos. A tu viejo le pasó
lo que al mío, a vos te pasa lo que a mí: cada cual vive
en una casa cercada por la deuda, cada cual ocupa un
cuerpo tironeado por la zarpa del trabajo. No hay sentido
para esto, no hay significado que nos llame, todo es
escozor y grieta, lastimadura, infinito desdén de lo
posible. Nos prestan, somos prestados, no importa para
qué, ellos nos prestan, ellos están para eso, para
tomarnos con el peso de la deuda, para dejar en nosotros
el monto enajenado de la que ya no somos. A vos te pasa lo
que a mí, tenés ganas de matar, matar, sí ¿pero a quién?
No tienen cara ni voz reconocibles, tienen papeles,
edificios, constancias del Imposible Lacerado. No hay modo
de escabullirse, no hay modo de atacar, nuestra fuerza se
agota en el merodeo de su propia corpulencia, nos
adecuamos, nuestra deformación no cesa, nos carcome la
celeridad de los días, el anuncio fatal del vencimiento. A
vos te pasa lo que a mí: el manoseo del orden nos da risa,
nos tiramos a reír en la cama del espanto.
LUZ
Es domingo, las seis de la tarde de un
domingo de invierno. Las cosas se añaden entre sí,
vagamente tumultuosas, luego se apagan. No les debo trazo
de imagen, pero nada hago para salir del letargo de la
casa. Veo sobre la sombra lo que la sombra ve. Muchísimo
tabaco y muchísimo café se agregan al grave licor
concedido a la quietud de mi cuerpo. Todo está donde debe
estar, todo cayó en el lugar dispuesto por la hegemonía
del Maniatar Sucesivo. Esa es la norma: preservar lo
constante, restañar lo desasido de su forma. Es domingo,
es una fría tardecita de invierno y anochece. Crezco y
decrezco en claroscuro silencio, sin extensión, sin
vorágine de lucha la encarnación que soy, esfumado
contorno de alguna consistencia. Me prefiero así:
impreciso, postergado, desprovisto de lámpara, lejos, por
ahora, el simulacro de luz que retiene lo constante.
APARIENCIA
Se lo digo por su bien y por el bien de los
suyos, no se le ocurra, paisano, meterse con esa patraña
de la casa ideal. Una casa es como es, lo que se pudo
hacer y aquello que, fayando y fayando, quedó
trunco en el terreno que le fue dado. Las mejoras, si está
en condiciones de hacerles frente, vienen de la necesidad
o las gesta el oprobio, pero están ahí, cerquita y a la
vista. Dese por hecho con la forma que ve, no sufra
por la falta que el contubernio filosófico alaba como
desasosiego permanente. Disfrute y atienda lo entrañable
del límite privado: su refugio, el abrigo familiar, las
noches plebeyas en el cuerpo de su reina. Usted quiere
más, es cierto, siempre quiso más, los planos prolijamente
guardados en el cajoncito de la mesa así lo demuestran,
pero no se abandone, no deje que las formas invisibles
invadan su casa, no la torture con el desestar del
paradigma. Lo digo por su bien, una casa es tal como
aparece, es eso que está ahí, no lo que pudo o debió haber
sido, pero si usté quiere más, escuche, paisano, lo que
viá decirle, si usté quiere más, entonces métale al
frenesí de la materia, déjese ir a lomo de las flotaciones
azarosas, abróchese a sus ligamentos maniatados. La
apariencia, paisano, no requiere el ceremonial adusto de
la trascendencia, es intensa, abigarrada, lleva sobre sí
la herida, la rajadura que piensa y da batalla. Ah, las
esencias, pura patraña religiosa, gárgara menesterosa de
curitas. Lo digo por su bien: entre su casa, la visible,
la imperfecta, la inacabada, y la otra, la tomada por el
suero tentacular de la melancolía, habitan los dioses.
Mírelos convivir, son plaga, peste cerebral, alucinaciones
del Imposible Lacerado. ¿Ve esa luz mala que a veces se le
aparece como migración del infortunio celestial?, bueno,
son los cojones de algún dios. Ignórelos. Vienen por usté,
ignórelos. Recuerde la tristísima experiencia de don
Rogelio, convertido en figura tiesa, encorvada y
sibilante, luego de intentar defender a su hija de las
garras virtuales de la violación divina. Los dioses,
paisano, con su olor a muerto, su olor a repasador viciado
por las bacterias sepulcrales, vienen sobre nosotros, caen
sobre nosotros como buitres de la pesadumbre abstracta,
quieren nuestra apariencia, quieren nuestras casas,
quieren someternos con la radicación fantasmal de nuestra
falta. Ignórelos, quédese por aquí, en el aire de aquí,
mírela a su china, ha colocado flores silvestres y
frasquitos desiguales en la cocina que nunca descansa.
Ella lo espera, ella está a gusto en la casa sencilla.
Métale frenesí a la materia, y si el bizcocho lo acompaña,
si aún no bizquea demasiado, dele su porongazo, si suave y
demorante mejor, la plenitud no transa con el reptil de
las esencias.
HERENCIA
Situados aquí, en lo límpido de aquí, en
los estuarios del papel inmenso, seres que en la razón
arrastran el límite de las grandes construcciones,
desasidos ya de furor, de manía, de cualquier
enardecimiento motivado por la sensación de falta,
situados aquí, en lo barrido de aquí, en la vereda
ensangrentada de los barrios, ciudadanos autónomos en el
paraje democrático, con la dignidad sinuosa del habitante
de sí mismo, ni alegres ni melancólicos, tan
insignificantes en su voracidad de laicos embotados,
situados aquí, ante el papel inmenso, ante el blanco del
íntimo silencio, lejos ya de las cavernas, del tempestuoso
mar, del pájaro agorero, del juego tenebroso de los
dioses, situados aquí, seres en el vértigo del yo, con sus
palabras ardidas para nada quemándose entre sí, como la
mítica basura que humea en el territorio de sus casas.
ESPÍRITU
Mírese bien, mírese hasta ocultarse, mírese
en detalle, parte por parte, observe lo no sucedido de
usted, eso que le reclaman, eso que debió haber hecho y
que lamentablemente no hizo, córrase de su yo, del polvito
autónomo de sus actos, usted necesita implantes,
alucinaciones migratorias, temporales de otros mundos en
el mundo conocido, mírese sin recurrir al espejo, el
espejo es más de lo mismo, ingrese salvajemente en usted,
en las constelaciones diminutas de su cerebro, en la
espina dorsal, en el pabellón destinado a las cuestiones
idiomáticas, lo nombrado es cosa, le reclaman, responda,
hágase cargo, lo nombrado no llegó todavía, gire la cabeza
y vea, le duele la cabeza, vea el porqué, analice el
porqué, algo no ocurre, algo no ocurrió, algo no ocurrirá
jamás, algo será siempre aquello que se espera, algo
distanciado para siempre, obsérvese hasta estallar, sus
latidos laten en lugar infructuoso, deje en paz al
corazón, aquí no dirimimos la probidad de su vida
sentimental, entiéndalo de una vez, la escena crucial del
pensamiento, esa es la meta, el detonador de la imagen, el
lugar de la mezcla, la embriaguez mestiza de la voz
acumulada, esa palabra de lo que no está, de lo que no
sucede como las cosas suceden, esa palabra, espíritu, el
murmurante masticador invisible de la duración, mírese
bien, actívelo, suplántese unos segundos, tírese detrás, a
la espera, oculte todo lo que pueda la trabazón maniatada
de su mente, déjese iluminar por la no-causa, por la
no-resolución, por el simple jugueteo de la luz en la luz
perfecta de lo que no será.
FATIGA
Mírese, compadre, algo le falta, no tiene
que ver con lo explícito de su aparecer. Cierta cosa no
hay en usted, o ha menguado, más y más descascarada,
quizás, como se dice que ocurría en Grecia con la masa
fálica de los esclavos moribundos.
No crea que está solo en esto, me pasa a mí, les pasa a
todos, vivimos, como dice la calle, con un par de
jugadores menos. Algo nos falta, compadre, y a veces
pienso que la manca fue de nacimiento. Ese
poquitismo
mental de nuestra corpulencia lucha
y se desangra con la desmesura triunfal de nuestra
angustia. Yo lo miro a usted, y usted me mira a mí. Nos
vejamos mutuamente, estamos taponados por aquí y
agujereados por allá, todo lo retiene y todo lo mana el
orificio, aspiramos y respiramos oblicuamente
interceptados por la simultaneidad faltante. Mire a su
alrededor: todos cansados, doblados, enroscados, cada uno
perseguido por el chillido acuoso de la tráquea, cada uno
sobre sí, chupándose, chapaleándose... Nuestra fatiga,
compadre, es diligente, aplicada, laboriosa, viene de muy
lejos, es nuestro jinete, nuestra flota pulmonar
desplegada sobre la cosa que no hay, sobre el lugar herido
de la cosa que no hay, que no hubo nunca, o, si la hubo,
fue menguando, descascarándose, hasta ser esa nada
raquítica que silba buscando compañía.
HUMEDAD
“Lo que nace ya es lo que muere.
Entre lo que llamamos nacer y morir
sólo hay el hay.”
Oscar del Barco,
Exceso y donación
Un claro, busco un claro en la casa, un
claro en las paredes de la casa, un ángulo no tomado, una
superficie de revoque limpio, no brotado, no dispar, no
rugoso ni empastado por el musgo corrosivo, una base de
columna, un dintel, alguna celosía, algún plano inferior
de muro no demacrado por la fermentación maligna, no se
puede vivir así, encogido, abroquelado, sin vallas que
oponer al avance sarmentoso de la mancha, sin recursos
para destruir la hinchazón, los pliegues de la vieja
pintura, el tiempo engorda las cosas, las somete, las
pudre, el polvillo diario se pega en lo mojado y su
relieve tortuoso se descascara, cae sobre mí, seguramente
no hice bien lo que debía hacer, seguramente la carga de
ceresita no fue la correcta, seguramente me distraje al
calcular las proporciones de la mezcla, no es fácil
planificar cuando la cognición constructiva lleva sobre sí
el oprobio de la carencia, cuando el peso de la deuda, el
gasto adicional y la necesidad imprevisible impiden
cumplir con los ajustes que demanda la consolidación de la
estructura, hago lo que puedo, hice lo que podía hacer, lo
desconocido, el veneno de lo desconocido, ataca en el
momento menos pensado, hay que tapar, hay que resistir,
una cosa tapa la otra, uno quiere acabar, como sea, como
lo posible quiere que se determine su forma final, pero
acabar de una vez con el esqueleto raído que demarca la
desnudez del terreno, y mirar, tener finalmente ante sí,
ante el sí de uno sentado en el sillón predilecto, en el
rincón consagrado a la contemplación, ese algo que hay,
la sincera razón de su inmanencia, una cosa tapa la
otra, ese es el pecado, el transcurso, la puesta en obra,
la meditación criminal que se chupa cualquier acontecer,
que chupa y chupa cada centímetro de vorágine benigna, de
envión entusiasta, de disipación espiritual sobre las
ramificaciones del vacío, un claro, busco un claro en las
paredes de la casa, un lugar sin humedad, no tomado ni tan
desprevenido, no tan domesticado por el error y la culpa,
por la sensación de falta, un lugar en lo que hice, en lo
que haré, un claro para el claro de mí que reconstruye.
TRABAJO
Todo lo que ves, Musulmán, desde el portón de tu casa, es
obra de plebe, cabecitas, sangre que sobra. La zanja, la
calle de barro y la otra asfaltada, la vereda, el umbral
reluciente de la casa vecina, el árbol de sombra nudosa,
los postes, los cables combados en arcos pasivos, eso que
ves, Musulmán, te fue dado, la luz de tu pieza, la mesa,
el vidrio radiante y las plantas del patio, la sábana
yerta sobre la cama sin Ella, todo es trabajo, brazos
partidos en los terrenos del mundo. Es bueno que lo
aceptes, tus dominios son obra de sangre sumisa. Cal,
arena, cemento, ladrillos, la unción vertical de la
plomada, vinieron de lejos, y las simetrías adversas del
aire fueron vencidas por multitudes sin nada. No lo dudes:
el dolor, el deseo, aquellas alegrías, tienen cobijo en la
materia inaudita, que los hombres oscuros laboran con
rencor extenuado. No dejes tu voz a merced del eterno:
allí, sobre la mesa, el poderoso vino, su sabor cosechado,
busca en tu mente el temporar que acorrala, el murmullo
roedor, el lóbulo de dicción implacable. Si te vieras, si
dieras con vos en el cuerpo de otro, el peón de los
confines agrarios, sentirías rugir tu indolencia en los
sembrados del lucro: frutas, verduras, carnes y especias,
el pan ancestral, cualquier alimento, sea con gula o
desdén tu masticar necesario, el agua, la ternura del
hábito en el café matinal, el tabaco, el humo que tiende
arabescos de imagen, todo lo mezcla el trabajo, lo sufre,
lo paga, diagrama en tus gestos contornos mellados. El
amor no es igual para todos. Así lo justo y lo
injusto, la perfección del acontecer y la pena del mundo,
los dueños que gozan y el sudor que fabrica, todo gira y
se empasta bajo el trillo gigante. Eso que ves, Musulmán,
desde el portón de tu casa, la extensión impasible, el
orden intenso clavado en la mieses, arados, azadas,
rastrillos, la lenta carreta y el temblor de la yegua en
las lomas del alba, todo se instala en la espina remota,
en el hierro, en el arma, en el hambre que mata y devora,
mientras hiede la luz y tus manos esperan la noche, el
papel, el desvarío gramatical, el dictado perdido de la
lengua que estalla.
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