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EL AMOR
ES UN NÚMERO IMAGINARIO |
Hubieran
debido saber que no podían tenerme confinado eternamente.
Probablemente lo sabían, y por eso siempre estaba Stella.
Permanecía
tendido allí mirándola, con un brazo extendido por encima
de su cabeza, masas de enredado pelo rubio enmarcando su
rostro dormido. Era más que una esposa para mí: era mi
guardiana. ¡Qué ciego había sido no dándome cuenta antes!
Pero por
otra parte, ¿qué otra cosa me habían hecho?
Me habían
hecho olvidar lo que era.
Porque yo
era como ellos pero no de ellos, me habían confinado a
este tiempo y a este lugar. Me habían hecho olvidar.
Me habían
inmovilizado con el amor.
Me puse en
pie y las últimas cadenas cayeron.
Un solo haz
de luz lunar se reflejaba en el suelo del dormitorio. Lo
crucé hasta donde estaban colgadas mis ropas.
Se oía una
débil música en la distancia. Era eso lo que lo había
conseguido. Había pasado tanto tiempo desde que había oído
esa música...
¿Cómo me
habían atrapado?
Aquel
pequeño reino, hacía eras, en algún Otro, donde yo había
introducido la pólvora... ¡Sí! ¡Ese era el lugar! Me
habían atrapado allí con mi capucha de monje hecha en el
Otro y mi latín clásico.
Luego un
buen batido de cerebro y el confinamiento a este
Otrocuándo.
Reí
quedamente mientras terminaba de vestirme. ¿Cuánto tiempo
había vivido en este lugar? Cuarenta y cinco años de
memoria..., ¿pero cuántos de ellos espurios?
El espejo
me mostró como un hombre de mediana edad, ligeramente
obeso, de pelo menguante, que llevaba una camisa deportiva
roja y unos pantalones negros.
La música
se iba haciendo más fuerte, la música que sólo yo podía
oír: guitarras y el firme tump de un tambor de
cuero.
¡Mi
distintivo tamborilero, siempre! ¡Únanme con un ángel y
todavía no harán de mí un santo, camaradas!
Me hice
joven y fuerte de nuevo.
Luego
descendí al living, me dirigí al bar, me serví una copa de
vino, lo bebí lentamente hasta que la música alcanzó toda
su intensidad, luego engullí el resto y lancé la copa al
suelo. ¡Estaba libre!
Me volví
para irme y entonces hubo un sonido sobre mi cabeza.
Stella se
había despertado.
Sonó el
teléfono. Estaba colgado allí en la pared y sonaba y
sonaba hasta que no lo pude soportar más.
Alcé el
receptor.
—Lo has
hecho de nuevo —dijo aquella voz vieja, familiar.
—No seas
duro con la mujer —dije—. No puede estarme vigilando
siempre.
—Será mejor
que te quedes donde estás —dijo la voz—. Nos ahorrará a
ambos muchos problemas.
—Buenas
noches —dije, y colgué.
El receptor
restalló alrededor de mi muñeca y el cordón se convirtió
en una cadena unida a una anilla en la pared. ¡Qué
infantil!
Oí a Stella
vestirse arriba. Avancé dieciocho pasos hacia un lado
desde Aquí, hasta el lugar donde mi escamoso miembro se
deslizó fácilmente fuera de las lianas enrolladas a su
alrededor.
Luego, de
vuelta en el living y fuera por la puerta principal.
Necesitaba una montura.
Saqué el
convertible del garaje. Era el más rápido de los dos
coches. Luego a la carretera nocturna, y luego un sonido
como de trueno sobre mi cabeza.
Era una
Piper Club, volando bajo, fuera de control. Di una patada
al freno y siguió su camino, rozando las copas de los
árboles y haciendo restallar los cables telefónicos, para
estrellarse en medio de la calle a media manzana por
delante de mí. Di un brusco giro a la izquierda al
interior de un callejón, y luego a la calle siguiente
paralela a la anterior.
Si deseaban
jugar de aquel modo, bien..., no carezco exactamente de
recursos a lo largo de esa línea. Me alegró de todos modos
que ellos hubieran dado el primer paso.
Me encaminé
a campo abierto, donde podría desenvolverme mucho mejor.
En mi
espejo retrovisor aparecieron unas luces.
¿Ellos?
Demasiado
pronto.
O era
simplemente otro coche que seguía mi mismo camino, o era
Stella.
La
prudencia, como dice el coro griego, es mejor que la
imprudencia.
Cambié, no
de marchas.
Conducía un
coche más aerodinámico y más potente.
Cambié de
nuevo.
Conducía en
el lado equivocado del vehículo y avanzaba por el lado
equivocado de la carretera.
De nuevo.
Nada de
ruedas. Mi coche aceleró sobre un cojín de aire por encima
de una maltratada carretera. Todos los edificios que
pasaba eran de metal. Ni madera ni piedra ni ladrillo
habían intervenido en la construcción de nada de lo que
veía.
Un par de
faros aparecieron en la larga curva a mis espaldas.
Apagué mis
propios faros y cambié, de nuevo y de nuevo, y de nuevo
otra vez.
Atravesé el
aire, muy por encima de una gran zona pantanosa,
ensartando bums sónicos como cuentas a lo largo del hilo
de mi rastro. Luego otro cambio, y volé bajo sobre la
humeante tierra donde grandes reptiles alzaban la cabeza
como tallos de judías desde sus revolcaderos. El sol
estaba alto en este mundo, como una antorcha de acetileno
en el cielo. Mantuve el vibrante vehículo en una sola
pieza con un acto de voluntad y aguardé la persecución. No
hubo ninguna.
Cambié de
nuevo...
Había un
negro bosque que llegaba hasta casi el pie de la alta
colina sobre la que se alzaba el antiguo castillo. Yo iba
montado sobre un hipogrifo, volando, e iba vestido a la
manera de un guerreromago. Conduje mi montura a un
aterrizaje en el bosque.
—Conviértete en caballo —ordené, con la palabra-guía
apropiada.
Y me
encontré montado sobre un garañón negro, trotando a lo
largo del sendero que serpenteaba a través del oscuro
bosque.
¿Debía
quedarme aquí y luchar contra ellos con la magia, o seguir
adelante y enfrentarme a ellos en un mundo donde
prevaleciera la ciencia?
¿O debía
tomar una ruta sinuosa desde aquí a algún distante Otro,
con la esperanza de eludirlos por completo?
Mis
preguntas se respondieron por sí mismas.
Hubo un
resonar de cascos a mi espalda, y apareció un caballero:
iba montado en un alto y orgulloso corcel; llevaba una
bruñida armadura; sobre su escudo había dibujada una cruz
en rojo.
—Has
llegado bastante lejos —dijo—. ¡Tira de las riendas!
La hoja que
esgrimía alzada era un arma perversa y reluciente hasta
que se transformó en una serpiente. Entonces la dejó caer,
y se deslizó culebreando por entre la maleza.
—¿Decías...?
—¿Por qué
no renuncias? —preguntó—. ¿Porqué no te unes a nosotros, o
dejas de intentarlo?
—¿Por qué
no renuncias tú? ¿Por qué no los abandonas y te
unes a mí? Podríamos cambiar muchos tiempos y lugares
juntos. Tú tienes la habilidad y el adiestramiento...
Por aquel
entonces él estaba lo suficientemente cerca como para
arremeter, en un intento de descabalgarme con el borde de
su escudo.
Hice un
gesto y su caballo tropezó y lo arrojó al suelo.
—¡Allá
donde vayas, epidemias y guerras te pisarán los talones!
—jadeó.
—Todo
progreso exige un pago. Ésos son los crecientes dolores de
los que hablas, no los resultados finales.
—¡Loco! ¡No
existe el progreso! ¡No tal como tú lo ves! ¿De qué sirven
todas las máquinas e ideas que liberas en sus culturas, si
no cambias a los propios hombres?
—El
pensamiento y los mecanismos avanzan; los hombres siguen
más lentamente —dije, y desmonté y me situé a su lado—.
Todo lo que buscan ustedes es una perpetua Edad Oscura en
todos los planos de existencia. De todos modos, lamento lo
que debo hacer.
Desenfundé
el cuchillo que llevaba al cinto y lo deslicé a través de
su visor, pero el yelmo estaba vacío. Había escapado a
otro Lugar, enseñándome una vez más la futilidad de
discutir con un evolucionista ético.
Volví a
montar y seguí cabalgando.
Al cabo de
un tiempo me llegó de nuevo el sonido de cascos a mi
espalda.
Pronuncié
otra palabra, que me montó sobre un hermoso unicornio,
para avanzar a velocidad cegadora a través del oscuro
bosque. La persecución, sin embargo, continuó.
Finalmente
llegué a un pequeño claro, con un alto mojón de piedras en
su centro. Lo reconocí como un lugar de energía, así que
desmonté y liberé al unicornio, que no tardó en
desaparecer.
Subí al
mojón de piedras y me senté encima. Encendí un cigarrillo
y aguardé. No había esperado ser localizado tan pronto, y
eso me irritó. Me enfrentaría a este perseguidor allí.
Una ágil
yegua gris entró en el claro.
—¡Stella!
—¡Baja de
aquí! —exclamó—. ¡Están preparando desencadenar un ataque
en cualquier momento!
—Amén
—dije—. Estoy preparado para ello.
—¡Te
superan en número! ¡Siempre lo han hecho! Perderás ante
ellos de nuevo, y de nuevo y de nuevo, mientras persistas
en seguir luchando. Baja y ven conmigo. ¡Puede que todavía
no sea demasiado tarde!
—¿Yo,
retirarme? —pregunté—. Soy una institución. Pronto
estarían ahí fuera en plenas cruzadas sin mí. Piensa en el
aburrimiento...
Un rayo en
bola cayó del cielo, pero se desvió de mi mojón de piedras
y frió un árbol cercano.
—¡Ya han
empezado!
—Entonces
sal de ahí, muchacha. Ésta no es tu lucha.
—¡Tú eres
mío!
—¡Yo soy
sólo mío! ¡No soy de nadie más! ¡No lo olvides!
—¡Te
quiero!
—¡Me
traicionaste!
—No. Tú
dices que amas a la humanidad...
—Y es
cierto.
—¡No te
creo! ¡No puedes amarla, después de todo lo que le has
hecho!
Alcé la
mano.
—Te barro
de este Ahora y Aquí —dije, y estuve solo de nuevo.
Cayeron más
rayos, abrasando el suelo a mi alrededor.
Agité el
puño.
—¿Nunca
abandonan? ¡Denme un siglo de paz para trabajar con ellos,
y les mostraré un mundo que no creerán que pueda existir!
—exclamé.
El suelo
empezó a temblar como respuesta.
Luché
contra ellos. Lancé sus rayos de vuelta a sus rostros.
Cuando empezaron los vientos, los doblé del revés. Pero la
tierra siguió estremeciéndose, y aparecieron grietas a los
pies del mojón de piedras.
—¡Muéstrense! —grité—. ¡Vengan hasta mí uno a uno, y les
mostraré el poder que esgrimo!
Pero el
suelo se abrió y las piedras se desmoronaron.
Caí a la
oscuridad.
Estaba
corriendo. Había cambiado tres veces, y ahora era una
criatura peluda con una manada aullando a mis talones, los
ojos como feroces focos, los colmillos como espadas.
Me
deslizaba por entre las oscuras raíces del baniano, y los
aullantes seres de largos picos los hacían chasquear tras
mi escamoso cuerpo...
Volaba en
las alas de un colibrí y oía el grito de un halcón...
Nadaba a
través de la oscuridad y de pronto aparecía un
tentáculo...
Irradié en
todas direcciones, ascendiendo y perforando las altas
frecuencias.
Sólo
encontré estática.
Caía, y
estaban todos a mi alrededor.
Me habían
tomado como un pez en una red. Estaba atrapado,
confinado...
La oí
llorar en alguna parte.
—¿Por qué
lo intentas, una y otra vez? —preguntó—. ¿Por qué no
puedes contentarte conmigo, con una vida de paz y
tranquilidad? ¿No recuerdas lo que te han hecho en el
pasado? ¿No fueron tus días conmigo infinitamente mejores?
—¡No!
—grité.
—Te quiero
—dijo.
—Este amor
es un número imaginario —le respondí, y fui alzado de
donde estaba tendido y llevado lejos.
Ella me
siguió, llorando.
—Les
supliqué que te dieran una posibilidad de vivir en paz,
pero tú me arrojaste este regalo a la cara.
—La paz del
eunuco; la paz de la lobotomía, del loto y la thorazina
—dije—. No, mejor que ejerzan su voluntad sobre mí y dejar
que su verdad proclame su mentira tal como hacen.
—¿Puedes
decir realmente eso y creer en ello? —preguntó—. ¿Has
olvidado ya el sol del Cáucaso..., el buitre desgarrando
tu costado, día tras ardiente y rojo día?
—Yo no
olvido —dije—, pero los maldigo. Me opondré a ellos hasta
el final del Cuándo y el Dónde, y algún día venceré.
—Te quiero
—dijo.
—¿Cómo
puedes decir eso y creer en ello?
—¡Loco!
—brotó un coro de voces, mientras era depositado sobre
esta roca en esta caverna y encadenado.
Durante
todo el día una serpiente confinada conmigo escupe veneno
a mi rostro, y ella sostiene un cuenco y lo recoge. Es
sólo cuando la mujer que me traicionó debe vaciar ese
cuenco que la serpiente escupe dentro de mis ojos y yo
grito.
Pero
me liberaré de nuevo, para ayudar a la por largo
tiempo sufriente humanidad con mis muchos dones, y habrá
un terrible temblor en las alturas aquel día en que
termine mi cautiverio. Hasta entonces, sólo puedo observar
los delicados, intolerables barrotes de sus dedos en el
fondo de ese cuenco, y gritar cada vez que los retira.
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