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HEINRICH BÖLL

Heinrich
Theodor Böll (1917 / 1985), escritor alemán, nació en
Colonia, (Renania del Norte, Westfalia) el 21 de diciembre
de 1917. Asistió a la escuela elemental de Köln Raderthal
(1924/28) y cursó luego el
secundario en Colonia (1928/37).
Trabajando en
una tienda de libros y objetos de arte tomó contacto con la
literatura y un año después se lanza a escribir. A punto de
ingresar en la universidad para estudiar
Filología es reclutado en el ejército alemán,
pese a no comulgar con las ideas
nazis, participa en el frente francés y en el del este.
Se casa
durante un permiso (1942) y es tomado prisionero por el ejército
aliado (1945). Durante su cautiverio en Francia y Bélgica
(1942/45) muere su primer hijo. Regresa con su esposa a Colonia y
vuelve a escribir mientras reconstruye su casa destruida por los
bombardeos.
En 1949
publica su primer libro, Der Zug war pünktlich. Se integra
en el Grupo 47. Traba amistad con Hans Werner Richter y Alfred
Andersch.
Obras: El
tren llegó puntual (1949), ¿Dónde estabas, Adan?
(1951), Y no dijo una palabra (1953), Las piedras nuevas (1953), La casa sin amo (1954), El pan de los años
jóvenes (1955), Billar a las nueve y media (1960),
Opiniones de un payaso (1963), Alejamiento (1964),
Retrato de grupo con señora (1971) y
El honor perdido de Katharina Blum (1974)
Dueño de un
estilo vital, critica duramente el militarismo y la Alemania de
posguerra. A través de su obra se advierte el crudo reflejo de la
realidad alemana, adquiriendo su máxima expresión en Retrato
de grupo con señora.
Siendo de
religión católica no ha ahorrado críticas a la iglesia en favor de
los marginados, empleando un lenguaje claro e irónico. En 1972
recibió el Premio Nobel de Literatura.
Murió en
Colonia el 16 de julio de 1985. |
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Hacía mucho frío en Odessa aquellos días.
Cada mañana íbamos al aeropuerto en grandes y ruidosos
camiones, por la carretera mal adoquinada. Allí
esperábamos, muertos de frío, a los grandes pájaros grises
que rodaban por el campo de aterrizaje. Pero los dos
primeros días, cuando estábamos a punto de subir a bordo,
llegó una orden en sentido contrario, porque sobre el mar
Negro había una niebla muy densa, o bien demasiadas nubes,
y volvimos a subir a los grandes y ruidosos camiones y
regresamos al cuartel por la carretera empedrada. El
cuartel era muy grande. Estaba sucio y lleno de piojos.
Pasábamos el rato sentados en el suelo o bien nos
acodábamos en las mugrientas mesas y jugábamos a las
cartas, o cantábamos. Siempre esperábamos una ocasión para
saltar el muro y hacer una escapada. En el cuartel había
muchos soldados que esperaban para entrar en combate, y no
se nos permitía ir a la ciudad. Los dos primeros días
habíamos intentado escabullirnos, pero nos atraparon, y
como castigo nos hicieron transportar las grandes
cafeteras llenas de café hirviente y descargar panes.
Mientras descargábamos los panes nos vigilaba el contador,
que llevaba un magnífico abrigo de pieles, el cual, sin
duda, estaba destinado al frente. El contador contaba los
panes para que no desapareciese ninguno. El cielo de
Odessa estaba siempre nublado y oscuro, y los centinelas
paseaban arriba y abajo, a lo largo de los negros y sucios
muros del cuartel.
El tercer día esperamos a que hubiera
oscurecido del todo y nos dirigimos simplemente a la
entrada principal. Cuando el centinela nos dio el alto,
gritamos "comando Seltscbáni", y nos dejó pasar. Éramos
tres, Kurt, Erich y yo. Caminábamos muy despacio. Sólo
eran las cuatro y ya estaba oscuro. Lo único que habíamos
ansiado era salir de aquellos altos, negros y sucios
muros, y ahora que estábamos fuera casi habríamos
preferido estar dentro otra vez. Sólo hacía ocho semanas
que nos habían movilizado y teníamos mucho miedo. Pero nos
dábamos cuenta de que, si hubiéramos estado otra vez en el
cuartel, habríamos querido salir a toda costa, y entonces
habría sido imposible. Eran sólo las cuatro, no podíamos
dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también
porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la
mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos
llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente
moriríamos.
No queríamos morir, no queríamos ir a
Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo
día tirados en aquel cuartel sucio y negro que olía a café
de malta, donde siempre descargaban panes destinados al
frente y donde siempre había un contador con abrigo de
pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba
y contaba los panes para que no desapareciese ninguno. En
realidad, no sé lo que queríamos. Avanzábamos lentamente
por aquella callejuela del suburbio, oscura y llena de
hoyos. Entre las casitas, donde no se veía una sola luz,
la noche estaba cercada por unas cuantas estacas de madera
podrida, y más allá, en algún lugar, debía de haber
tierras baldías, como en nuestro país, donde siempre dicen
que se va a construir una carretera y abren zanjas y van
de aquí para allá con varas de medir, y después no se
habla más de la carretera y echan en las zanjas escombros,
cenizas y basura, y vuelve a crecer la hierba, mala hierba
áspera, indómita y exuberante, hasta que el letrero
“Prohibido tirar escombros” queda cubierto por los
escombros...
Caminábamos muy despacio porque aún era muy
pronto. En la oscuridad nos cruzamos con otros soldados
que iban al cuartel, y otros que venían del cuartel nos
adelantaban. Teníamos miedo de las patrullas y habríamos
preferido volver, pero sabíamos también que si nos
hallásemos otra vez en el cuartel estaríamos desesperados,
y era mejor tener miedo que sentir sólo desesperación
entre los negros y sucios muros del cuartel, donde siempre
había que llevar café de aquí para allá y descargar panes
para el frente, siempre panes para el frente, y donde
vigilaban los contadores con sus magníficos abrigos,
mientras nosotros nos moríamos de frío.
De vez en cuando, a uno y otro lado de la
callejuela, veíamos una casa en cuyas ventanas brillaba
una mortecina luz amarilla, y oíamos el murmullo de unas
voces claras, extranjeras e inquietantes. Y después
encontramos, en medio de la oscuridad, una ventana muy
iluminada de la que salía mucho ruido, y oímos voces de
soldados que cantaban El sol de México.
Abrimos la puerta y entramos. La habitación
estaba caliente y llena de humo. Había en ella un grupo de
soldados, ocho o diez, algunos de los cuales tenían
mujeres con ellos. Bebían y cantaban, y uno de ellos se
rió muy fuerte cuando entramos nosotros. Éramos muy
jóvenes, los más jóvenes de toda la compañía. Nuestros
uniformes eran completamente nuevos, y la fibra de madera
nos pinchaba los brazos y las piernas; las camisetas y
calzoncillos nos producían un terrible picor. También los
jerseys eran nuevos y ásperos.
Kurt, el más joven, pasó delante y eligió
una mesa. Kurt era aprendiz en una fábrica de cuero, y nos
había contado de dónde procedían las pieles, aunque la
cosa se consideraba secreto industrial. Nos había
explicado incluso los beneficios que se obtenían con ello,
aunque eso era también un secreto industrial muy
celosamente guardado. Nos sentamos los tres.
De detrás del mostrador vino hacia nosotros
una mujer gorda, de cabello oscuro y cara bondadosa, y nos
preguntó qué queríamos beber. Preguntamos primero cuánto
costaba el vino, pues habíamos oído decir que en Odessa
todo era muy caro. Nos dijo que eran cinco marcos la
botella, y pedimos tres botellas. Habíamos perdido mucho
dinero jugando a las cartas y nos habíamos repartido el
resto: teníamos diez marcos cada uno. Algunos de los
soldados comían carne asada, que humeaba aún, con
rebanadas de pan blanco, y unas salchichas que olían a
ajo, y entonces nos dimos cuenta por primera vez de que
teníamos hambre. Cuando la mujer trajo el vino le
preguntamos cuánto costaba la comida. Nos dijo que las
salchichas costaban cinco marcos y la carne con pan, ocho.
Dijo que la carne era de cerdo y fresca, pero nosotros le
pedimos salchichas. Los soldados besaban a las mujeres y
las abrazaban sin disimulo, y nosotros no sabíamos a dónde
mirar. Las salchichas eran grasas y calientes, y el vino
era muy seco. Cuando nos hubimos comido las salchichas, no
supimos qué hacer. No teníamos ya nada que decirnos, pues
nos habíamos pasado dos semanas echados en el mismo vagón
del tren y nos lo habíamos contado todo. Kurt había
trabajado en una fábrica de cuero, Erich en una granja y
yo estaba en la escuela. Todavía teníamos miedo, pero se
nos había quitado el frío.
Los soldados que habían estado besando a
las mujeres se pusieron ahora los cinturones y salieron
con ellas afuera. Eran tres chicas; sus caras eran
redondas y bonitas; reían y bromeaban, pero se iban con
seis soldados, creo que eran seis, o, por lo menos, cinco.
Quedaron en la sala sólo los borrachos, los que antes
cantaban El sol de México. Uno que estaba junto al
mostrador, cabo primero, alto y rubio, se volvió hacia
nosotros y se echó a reír otra vez; creo que nuestro
aspecto hacía pensar que estábamos en alguna clase del
cuartel, allí sentados a la mesa muy silenciosos y
correctos, con las manos en las rodillas. El cabo le dijo
algo a la mujer y ésta nos trajo tres vasos bastante
grandes de aguardiente blanco.
—Hemos de brindar a su salud —dijo Erich,
golpeándonos con la rodilla. Yo llamé varias veces al cabo
hasta que él se fijó en mí; Erich nos hizo otra vez una
señal con las rodillas, y nos pusimos en pie diciendo al
unísono: —A su salud, cabo...
Los otros soldados se echaron a reír a
carcajadas, pero el cabo levantó su vaso y nos respondió:
—A su salud, soldados...
El aguardiente era fuerte y amargo, pero
nos calentó, y nos habríamos tomado otro vaso.
El cabo le hizo una seña a Kurt para que se
acercase. Kurt lo hizo, habló unas palabras con él y nos
hizo una seña a nosotros. El hombre nos dijo que estábamos
locos, que no teníamos dinero y que teníamos que vender
algo. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde estábamos
destinados. Le dijimos que estábamos en el cuartel
esperando que nos llevasen a Crimea. Se puso muy serio y
no dijo nada. Yo le pregunté qué podíamos vender, y él me
respondió que cualquier cosa: abrigos, gorras, ropa
interior, relojes, plumas estilográficas... Ninguno de
nosotros quería vender su abrigo. Estaba prohibido y
teníamos miedo, y además en Odessa hacía mucho frío. Nos
vaciamos los bolsillos: Kurt tenía una pluma
estilográfica, yo un reloj y Erich un portamonedas nuevo,
de cuero, que había ganado en una rifa del cuartel. El
cabo tomó los tres objetos y le preguntó a la mujer cuánto
daba por ellos. Ella los examinó detenidamente, dijo que
eran cosas malas y nos ofreció doscientos cincuenta
marcos, ciento ochenta sólo por el reloj.
El cabo nos dijo que doscientos cincuenta
era poco, pero que estaba seguro de que no nos daría más y
que aceptásemos, porque quizás a la mañana siguiente nos
llevarían a Crimea y entonces todo daría igual.
Dos de los soldados que cantaban antes El
sol de México se levantaron de sus mesas y le dieron al
cabo unas palmadas en el hombro; el cabo nos saludó y
salió con ellos.
La mujer me había dado a mí todo el dinero,
y yo le pedí dos trozos de carne con pan para cada uno y
un vaso grande de aguardiente. Después nos comimos aún
cada uno un trozo más de carne y nos bebimos otro vaso de
aguardiente. La carne estaba muy caliente, era fresca,
grasa y casi dulce, y el pan estaba todo empapado de
grasa. Después nos tomamos otro aguardiente. Entonces nos
dijo la mujer que ya no le quedaba carne, sólo salchichas,
y comimos salchichas acompañadas de cerveza, una cerveza
oscura y espesa. Después nos tomamos cada uno otro vaso de
aguardiente y nos hicimos traer pasteles, unos pasteles
planos y secos de nuez molida. Después bebimos aún más
aguardiente, pero no estábamos borrachos en absoluto;
teníamos calor y nos sentíamos bien, y no pensábamos en el
picor de las fibras de madera de nuestra ropa. Llegaron
otros soldados y cantamos todos juntos El sol de México...
A las seis, nos habíamos gastado todo el
dinero y seguíamos sin estar borrachos. Como no teníamos
nada más que vender, regresamos al cuartel. En la oscura
calle llena de hoyos no se veía ya ninguna luz y, cuando
llegamos, el centinela nos dijo que nos presentásemos en
el puesto de guardia. Allí se estaba caliente y no había
humedad, estaba sucio y olía a tabaco. El sargento nos
echó una bronca y nos dijo que debíamos atenernos a las
consecuencias. Pero aquella noche dormimos muy bien. A la
mañana siguiente fuimos al aeropuerto en los ruidosos
camiones por la carretera empedrada. Hacia frío en Odessa.
El tiempo era magnífico; el cielo estaba despejado.
Subimos por fin a los aviones, y, cuando despegábamos, nos
dimos cuenta de pronto de que no volveríamos nunca,
nunca...
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