Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la
Ciudad de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la
vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes
que todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.
Como no había llegado nunca a Londres, ni a
Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las quince
ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de
gourmet por las capitales de Europa.
Pero la noche había llegado frecuentemente
a Los Ángeles.
Precipitando su huida, obligando a la
precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible
hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser
arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto
peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de los hijos de la
noche.
Pero Los Ángeles había quedado atrás, y
todos los titulares de los periódicos acerca del
carnicero loco, del destripador, de las
terribles muertes. Todo quedaba atrás... y también
Londres, Bucarest, Estocolmo. Quince maravillosos salones
de banquetes.
Ahora estaba en París por primera vez, y la
noche se acercaba, con toda su luz y toda su promesa.
En el Hotel des Saints Perès se bañó
meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba
antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la
pasión.
Se había quedado sorprendida al descubrir
que los hoteles en Francia no proporcionaban manoplas de
baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado
dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la
recepción, la chica que respondió al teléfono no pudo
comprender de qué le estaba hablando. El inglés de la
recepcionista no era bueno, y el francés era casi
incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los
Ángeles, pero eso no le servía de nada en París. Era una
suerte que el idioma no fuera también una barrera para
Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello
no tenía ningún problema en absoluto.
Durante diez minutos estuvieron lanzándose
mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la
recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.
—¡Ah! Gui, mademoiselle —dijo
la recepcionista—.
¡Le
gant de toilette!
Instantáneamente, Claire supo que había
dado en el clavo.
—Sí, eso es.... gui. Gant..., gant
lo que sea... Gui. Una manopla de baño.
Después de otros diez minutos comprendió
que los franceses pensaban que la manopla con la que uno
se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para
dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses
llevaban consigo sus propios gants de toilette
cuando viajaban.
Se sintió sorprendida. Y ligeramente
complacida. Aquello era indicio de una distinta forma de
vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones,
posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes
de éxtasis. En la noche. A la brillante luz de la
oscuridad.
Se entretuvo largo tiempo en el baño,
utilizando la ducha para lavar a conciencia su largo
cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño
por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos,
la cascada de agua caliente cayendo a chorro sobre ella,
alivió la tensión del vuelo desde Zurich, eliminó los
primeros signos de claustrofobia de los aviones que había
estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la
bañera y dejó que el agua fluyera sobre su cuerpo.
Renacimiento. Rejuvenecimiento.
Y se sentía ferozmente hambrienta.
Pero París es conocida mundialmente por su
cocina.
Se sentó en la terraza de Les Deux Magots,
el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vian, Sartre
y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y
cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces
escribir sus palabras de soledad existencialista.
Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían
llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el
universo. Claire se sentó y pensó en su inminente unidad
con una parte selecta de la humanidad... Y el universo no
le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad
había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los
huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la
soledad existencial no era una teoría abstracta, era su
forma de vida. Desde su primer momento de conciencia.
Se había vestido para impresionar aquella
noche, con el vestido de seda azul celeste, con un escote
muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la
acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier
avec citrón ante ella. No había ordenado pâté o
terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes
de dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado
picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la
temblorosa frontera del hambre.
Y el festín movedizo pasó ante ella.
Tendría unos cuarenta y pocos años, de
aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el mariscal
Foch en el libro de historia de Francia que había
comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de
línea pomposa para disimular el hecho de que la calidad no
era demasiado buena.
El hombre —en quien Claire pensaba ahora
como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella, captó un
destello de nylon cuando ella cruzó las piernas en su
honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos
verdes y tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre
lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como
si bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta
que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando
una obscenidad para sí misma.
Claire se echó a reír alegre, cálida y
cautivadoramente.
El mariscal Foch pareció turbado.
—Las viejas siempre tienen codos afilados
—le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada día con
piedra pómez.
Él se la quedó mirando, y la expresión que
pasó por su rostro la convenció de que lo había atrapado.
—¿Habla usted mi idioma?
Él se tomó un buen rato para cambiar sus
engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella. Asintió.
—Sí, en efecto. Lo hablo.
Su voz era profunda, pero mesurada: la voz
de un hombre que miraba la acera cuando caminaba para
asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con
excrementos de perros.
—Lamento no hablar francés —dijo ella, e
inspiró profundamente de modo que el vestido azul celeste
se entreabriera sobre su seno.
Asegurándose de que el gesto no había
pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina
mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo
disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos.
Atrapado. Oh, sí, atrapado.
—¿Es usted norteamericana?
—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?
—Sí, por supuesto. He estado varias veces
en América. Asuntos de trabajo.
—¿A qué se dedica?
Él permanecía de pie ante la mesa, el
maletín colgando de su mano izquierda, el pecho hinchado
para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los
años habían puesto sobre su estómago.
—¿Puedo sentarme?
—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más.
Siéntese, por favor.
Él apartó la silla metálica que había junto
a ella, colocó el maletín debajo y se sentó. Cruzó sus
piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el
mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus
pantalones estaban rectas. Metió su estómago y dijo:
—Comercio con obras de arte. Excelentes
trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos... Viajo
mucho por el mundo.
No
a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ
Express, en barcos elegantes que sólo llevan a una docena
de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un
centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.
—Eso parece maravilloso —dijo Claire.
Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas
abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con
elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el
amanecer del mundo..., arañas y moscas.
—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo
orgullosamente.
No dijo creo, sino que pronunció
cgeo.
Ella le miró. Él se hundió y se hundió en
las verdes aguas de sus fríos ojos.
La invitó a una copa, ella le dijo que ya
estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de
copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que
ya estaba bebiendo, gracias. Así le daba a entender bien
claro que no era una prostituta. Siempre ocurría lo mismo,
en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.
Confiaba en que él no oyera los gruñidos de
su estómago.
—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.
Él no respondió inmediatamente.
Ah, tienes una esposa e hijos esperándote,
aguardándote para empezar a cenar. Quizá en Neuilly. Eso
está bien, sucio hombrecito maduro.
Entonces él dijo:
—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada
telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le
importaría cenar conmigo?
—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con
un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso que
realzaba sus excelentes pómulos.
Antes de acabar su frase, él ya se había
levantado de su silla y se dirigía a las cabines
téléphoniques.
Ella permaneció sentada, sorbiendo su
Perrier y aguardando a que regresara su cena.
Ha sido rápido,
pensó al ver que él regresaba apresuradamente.
Déjame adivinar lo que has dicho, querido:
ha surgido algo importante... Un comprador de la cadena
Doubleday en América está interesado en las reproducciones
de Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que
quedarme en la ciudad hasta tan tarde, pero es preciso...
Oh, no, Françoise, no seas así... Di a los niños que les
traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré
tan pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso...
discutir contigo... Adiós. Au revoir, salut, à bientôt...
Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada...
Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.
Y pensó algo más: Espero que no te
guarden la cena caliente.
Él le sonrió, pero los rasgos de su rostro
estaban tensos. No es fácil para un rostro disimular la
tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto
de la llamada telefónica.
—¿Nos vamos?
Ella se puso lentamente en pie, dejando que
las dos partes de su falda se unieran del modo más
artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más
tentadora. Oh, sí: atrapado.
Empezaron a caminar. Ella ya había dado un
paseo por la zona. Prepárate, que suena la marcha de las
chicas exploradoras.
Le condujo hacia la Rue St. Benoit,
creyendo que allí podría cenar sin atraer a una multitud.
Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París
florece por las calles hasta bastante después de las dos
de la madrugada, y cenar al fresco era casi imposible. A
Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.
Había dos restaurantes al final de la Rue
St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos. Ella negó
encantadoramente con la cabeza y dijo:
—¿Por qué no paseamos un poco más? Me
gustaría algo más... romántico.
Él no discutió. Siguieron bajando por la
Rue St. Benoit.
A la izquierda, hacia la Rue Jacob.
Demasiado concurrida.
A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères.
También demasiado concurrida. Pero, directamente al
frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.
—¿Podemos ir hasta el río?
Él pareció confuso.
—Deseas cenar, ¿verdad?
—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero
caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan
encantador por la noche, y ésta es la primera vez que
vengo a París. Es tan romántico...
Él no discutió.
A su derecha, la enorme masa de un gran
edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró, y
más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como
un mensaje de advertencia.
Cenar bajo la luna llena era siempre
delicioso.
—Este edificio es L'École des Beaux-Arts
—dijo él—. Muy famosa.
Pronunció fau-mosa. Ella se rió.
Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena
cruzando los cielos. Una cena cálida aguardando. Y allí
estaba, un puente cruzando el negro río. Y una escaleras
bajando hacia la orilla. Ah.
—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch,
señalando el puente—. Muy fau-moso.
Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo,
por las escaleras. En la orilla, dos metros por encima del
lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e
izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de
puntillas y le besó. Él hundió su estómago, pero no era
para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le
condujo hacia el Pont Royal.
—Bajo el puente —dijo.
El sonido de la respiración de él.
El sonido de los tacones altos de ella en
las antiguas piedras.
El sonido de la ciudad sobre ellos.
El sonido de la luna llena brillando dorada
y haciéndose grande en el cielo.
Y allí, bajo el puente, envueltos en
oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su
gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su
boca contra la de él y dejó que su dulce aroma lo
impregnara. Lo besó durante un largo rato, mordiéndole los
labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como
un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por
delante de él: su pasión ya se había despertado.
Y Claire se esfumó para ser reemplazada por
algo distinto.
Un hijo de la noche.
Hijo de la soledad.
Con la última parpadeante conciencia de su
evanescente humanidad, ella percibió el instante de saber
que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el
hijo de la noche.
Fue el instante en que cambió.
Pero ese instante fue demasiado corto para
que él pudiera liberarse. Ahora la espina dorsal de ella
se había curvado, ahora su boca se había llenado de
colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el
cuerpo bajo el vestido azul celeste se había llenado de
pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba
encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y
la carne de él, ahora una renegrida garra abría un tajo en
la garganta de él para que no pudiera gritar. Ahora había
llegado la hora de la cena.
Tenía que hacerse de manera cuidadosa y
rápida.
Él estaba en plena erección, su pene
hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía desnudo
y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él
entró en ella mientras su vida se le escapaba a
borbotones. Ella cabalgó, agitándose y sudando, mientras
la boca de él trabajaba de manera fútil y sus ojos se
desorbitaban y brillaban a la luz de la luna.
El orgasmo de ella fue acompañado por un
aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió en el
cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se
lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.
Abajo, en la oscuridad, satisfecha su
pasión, ella cenó elegantemente.
La comida en Berlín había sido demasiado
fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida y no
consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era
demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en
Zurich fue tan grasa que la puso enferma. Nada comparable
con las excelencias de Los Ángeles.
Nada era comparable con la comida de
casa... hasta París.
Los franceses eran justamente famosos por
su cuisine.
De modo que salió a cenar cada noche.
Fue una excelente semana su primera semana
en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco
engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La
peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie
de mono de color púrpura fluorescente y botas de cowboy,
del color rojo de una manzana acaramelada. Un estudiante
de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y
que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta
el final en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros.
Empezó a temer que su línea se echara a perder.
Y de nuevo era sábado. Samedi.
Había sentido deseos de bailar. Era una
buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el
momento adecuado. Uno de sus menúes le había indicado que
la bôite más interesante en aquel momento era una especie
de bar-restaurante combinado con una discoteca: Les Bains-Douches,
que podía traducirse como «los baños y duchas», puesto que
había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.
De modo que se dirigió a la Rue du Bourg
l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la
pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del
cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes
no. En París, cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera
del club, más deseos siente de entrar.
El hombre y la mujer la miraron, y ambos
alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía cuál
era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los
hombres como para las mujeres. En ningún momento se había
preocupado por la posibilidad de que no la admitieran.
Entró.
Ahora, a su alrededor, la excitación, el
color y la carne joven y fuerte de París se movía con
majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.
Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.
Pero no mucho tiempo.
Llevaba una camiseta muy ajustada, con la
inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no era
norteamericano ni inglés. Era francés, y sus tejanos, como
su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de
motorista, con pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su
pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus
hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus
ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el
rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia
ella.
Por algunos momentos ella no se dio cuenta
de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a que se
hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una
elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado
de la pista de baile, y él se mantuvo allí de pie,
inmóvil, observándola sin interferencias.
Pero cuando ella alzó la mirada y él no
apartó la suya, cuando los ojos de él no se entrecerraron
ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su
personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era
probable que gozara de la mejor cena que hubiera
disfrutado nunca.
Su nombre era Patrick y era un buen
bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó
contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido
había tenido nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante
aquel pensamiento, porque no serían desconocidos por mucho
rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy
íntimos. Eternamente íntimos.
Y cuando abandonaron el club, él sugirió su
apartamento en Le Marais.
Cruzaron hasta la parte vieja de la ciudad,
ahora muy de moda. Él vivía en un ático, pero no era rico.
Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.
Allí, él encendió una suave luz azul y otra
que estaba alojada en la pared, detrás de una larga
jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables
plantas.
Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus
brazos para tomar la cabeza de él entre sus manos. Él
también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió
y dijo, en un francés que ella pudo comprender:
—¿Quieres comer algo?
Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.
Él se dirigió a la cocina y regresó con una
bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y rábanos.
Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor
parte del tiempo, en un francés que no presentaba ninguna
dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan
rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro
francés, pero cuando los otros le hablaban, en el hotel,
en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en
cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al
cabo de un momento dejó de preocuparse por ello y,
simplemente, le dejó hablar.
Y cuando se inclinó hacia él, finalmente,
para besarle en la boca, él adelantó su brazo, puso la
mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y
atrajo su rostro hacia el suyo.
A través de la ventana, ella podía ver la
luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no
precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso
era donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas
eran correctas en cuanto a las balas de plata. La plata en
cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón por la
cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto
que esa era otra leyenda. No había vampiros.
Únicamente hijos de la noche que habían sido mal
observados.) Debido a que Jesús fue traicionado por Judas
por treinta monedas de plata, aquel metal se había
convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde
entonces, investido con el poder de alejar el mal: no era
el espejo el que no arrojaba el reflejo de los
hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba
detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo de
acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el río y ver
su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso plateado...
Como el que había sobre la chimenea, justo
delante del sofá donde estaba sentada con Patrick.
Un frisson de advertencia la
recorrió.
Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá
de ella.
Al espejo.
Donde él permanecía sentado, abrazando la
nada.
Y Claire empezó a levantarse, para ser
reemplazada por el hijo de la noche.
Veloz. Se movió a gran velocidad.
El lomo curvándose, el pelaje
enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes
afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era
una mano se alzó mientras le empujaba, apartándolo de
ella, y rasgaba su garganta con una garra que era como una
navaja.
La garganta del hombre se abrió.
Y la savia verde fluyó. Por un momento.
Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios volvieron
a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que
luego también se desvaneció.
Él la miró mientras ella contemplaba la
cicatriz curándose.
Por primera vez en su vida, Claire tuvo
miedo.
—¿Te gustaría que pusiera un poco de
música? —preguntó él.
Pero no habló. Su boca no se había movido.
Y ella comprendió entonces por qué su
francés no había resultado incomprensible para ella. Le
hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.
No pudo responder.
—Si no quieres música, quizá te apetezca
algo de comer —dijo él, y sonrió.
Las manos de ella se movieron de una forma
vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión la
dominaban. Él pareció comprender.
—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El
espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas formas. Tú
crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos
como nosotros, uno de cada, el último de nuestra especie
quizá, y cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño
emerge, y al cabo de un tiempo el viejo muere, dejando al
último de los niños huérfano de madre y padre.
Ella no tenía ni idea de lo que él estaba
diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así eran
las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o
de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que
la mataría si supiera de su existencia.
—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que
hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie,
entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer
tus necesidades, debe terminar.
—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido.
Siempre he sabido que eso podía ocurrir. Sencillamente,
hazlo rápido, extraño hijo de puta.
Él había leído sus pensamientos.
—No seas estúpida. Sé que es difícil no
volverse paranoico, que toda tu vida has estado
programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si
puedes. No hay posibilidades de supervivencia en la
estupidez, por eso han desaparecido tantos de los últimos
de tu especie.
—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.
Él sonrió y le ofreció la bandeja de
vegetales.
—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita
zanahoria! —gritó ella.
—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—.
Pero soy de una madre y de un padre distintos a los tuyos;
de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que
hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y
ninguno de nosotros dos morirá.
—¿Por qué deseas protegerme?
—Los últimos salvan a los últimos. Es muy
sencillo.
—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?
—Para ti misma... Para mí...
Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la
azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido, sin el
color que el maquillaje facial había puesto en su rostro;
pero tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono
verde surgiendo débilmente bajo la firme y dura piel.
En todos los demás aspectos era humano, y
soberbiamente constituido. Ella sintió que su propio
cuerpo respondía a aquella desnudez.
Él avanzó hacia ella, y con cuidado,
lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando
las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire,
no el velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a
cambiar?
Todo estaba ocurriendo sin su control.
Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se
encontró abandonada a sus propios recursos, siempre lo
había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes
encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y
no le importaba obtener o no el control de él. El miedo
había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había
reemplazado.
Cuando ambos estuvieron desnudos, él la
tendió en la alfombra y empezó a hacerle el amor, lenta y
cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había
sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de
aquellas nutritivas cosas verdes estremeciéndose
ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacia la energía
que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo
ritual y a la vez completamente nuevo, pues la suya era la
unión de lo no familiar, aunque fuera tan antigua como la
luna.
Y cuando la sombra de la pasión se cerró en
torno a ella, Claire le oyó susurrar:
—Hay muchas cosas para comer...
Por primera vez en su vida, ella no pudo
oír el eco de las pisadas siguiéndola.
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