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ROBERTO FONTANARROSA

Roberto
Fontanarrosa (1944), humorista, guionista y narrador
argentino, nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944,
iniciándose en el periodismo como dibujante humorístico
con chistes “sueltos” y luego en las historietas (Boogie,
el aceitoso e Inodoro Pereyra).
Las dos tiras le otorgan gran notoriedad en la revista
Hortensia y en Satiricón. Ediciones de la Flor recoge
sus primeros tomos humorísticos cuyos temas principales son el
fútbol, el sexo y la cultura.
Desde 1973 colabora en el diario Clarín y a
partir de 1980 participa en los guiones del grupo humorístico
Les Luthiers. A partir de 1984
colabora en la revista Fierro con su personaje Sperman y la
serie Semblanzas deportivas.
Los trenes matan a los autos
fue su primer libro de cuentos que la crítica “perdona”, y mucho
tiempo después apareció la novela Best Seller (1981). Más
tarde publicó un nuevo volumen de cuentos: El mundo ha vivido
equivocado (1982).
Con mayor regularidad luego, llegan sus novelas:
El área 18 (1982), La
Gansada y los libros de cuentos No sé si he sido claro,
Nada del otro mundo, El mayor de mis defectos, Uno nunca sabe
y La mesa de los galanes.
La notoriedad no ha cambiado sus hábitos de vida. Sigue
frecuentando el bar El Cairo donde ambientó algunas de sus
historias y aunque se presenta como dibujante y su trayectoria lo
enrola en el periodismo, él se define como un narrador.
Ha recibido el Diploma al Mérito Konex en Letras (2004), Konex de
Platino en Letras (1994), Diploma al Mérito Konex en Letras
(1994), Konex Artes Visuales (1992) y ha sido jurado en este mismo
premio en 2002.
Roberto Fontanarrosa se
ha convertido en referente de la literatura
argentina actual,
integrando la aguda observación, la profundidad del pensamiento y
el humor popular. En el malabarismo del idioma, su piedad cambia
una sonrisa por una lágrima en el dolor de Inodoro
Pereyra: “Estoy comprometido con mi tierra, casado con sus
problemas y divorciado de sus riquezas”.
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PLEBSTER
Y
ORSY, DEL PLANETA PROCYON |
Plebster estaba mirando por la ventanilla
frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos.
Como todos los dermolinfomas del planeta Procyon, el
pequeño Plebster experimentaba una inusual melancolía a la
vista de aquellos inmensos pedazos de roca que surcaban
el espacio, ya que le recordaban a Vendelinus, la segunda
luna de Procyon, estallada tempranamente. Esa melancolía
no llegaba a ser tristeza, pues la tristeza, en su
planeta, era un líquido.
Más allá, abstraído en la conducción de la
nave, se hallaba Orsi, su compañero de vuelo. Orsi era
extrañamente inquieto para ser un nativo de Procyon y
hallaba interés aun en las cosas más mundanas y rutinarias
del espacio. Plebster, en cambio, acusaba ya el cansancio
de la larga misión que les fuera asignada y su leve piel
casi traslúcida había comenzado a tomar el tinte
ceniciento del hastío. No deseaba otra cosa que volver a
la exultante atmósfera de Procyon y reunirse con Enif.
—Oye, Plebster —dijo Orsi, de pronto—.
Hemos tenido que desviarnos bastante de la ruta.
Plebster no le contestó. Empezaba a
molestarle, incluso, el acento apagado de la voz de su
compañero.
—Pero es que aún subsiste la lluvia de
meteoros —explicó Orsi.
—Apenas termine, regresemos a nuestra
elipse —bufó Plebster.
—No es eso. No es eso lo que quería
decirte. Ocurre que nuestro desvío nos ha llevado al área
de influencia de un planeta muerto, el viejo Maurolycus.
Plebster volvió a resoplar y la expulsión
del aire hizo que su cobertura dérmica se arrugara con
leves crujidos. El imbécil de Orsi había encontrado un
nuevo motivo de curiosidad para su espíritu simple. Tiempo
atrás había perseguido durante seis días la cola de un
cometa, subyugado por el destello cambiante de la luz
solar sobre las partículas en suspenso.
—No sé si recuerdas —continuó Orsi— que
Maurolycus era un planeta habitado. Y que sus habitantes
lo llamaban "Tierra". ¿Recuerdas?
Plebster aprobó con la bamboleante cabeza
experimentando el consabido hormigueo en su zona motriz.
La memoria era una función fisiológica en los naturales
de Procyon, que se incentivaba con la inmovilidad.
—Decía mi padre —continuó Orsi,
entusiasmado— que la atmósfera de la Tierra debió haber
sido bastante similar a la nuestra. Y, por lo tanto, sus
habitantes parecidos a nosotros.
—No sigas, Orsi. Ya se adónde quieres
llegar.
—Te explico, solamente.
—No. Lo que tú quieres es bajar en ese puto
planeta.
Orsi se mantuvo unos instantes en silencio.
Le molestaba grandemente cuando Plebster hacía uso de
malas palabras. Plebster lo sabía y abundaba en ellas
cuando deseaba incomodar a Orsi.
—Te explico, solamente —repitió.
—Te conozco, Orsi. Se te ha metido esa
insana idea en tu centro de reflexiones y no habrá poder
en el universo que te la quite.
Orsi no contestó pero, como corroborando lo
dicho por Plebster, buscó algo frenéticamente en la
consola de informes. Tomó entonces uno de los compendios
de conocimiento y lo introdujo en la memoria de la
pantalla.
Pronto, una sucesión de caracteres pobló el
recuadro luminoso.
—Mira, Plebster —anunció—. Algo raro
ocurrió, luego, en ese planeta. Combatieron entre ellos
mismos. Se elevó una enorme nube de polvo que lo cubrió
todo y ya fue imposible observarlo desde afuera...
—Se cansaron, Orsi. Se cansaron de que los
espiáramos —gruñó Plebster.
—No. Nada de eso. Fue una guerra total. No
quedó nada vivo...
—Se cansaron de que criaturas como tú se la
pasaran espiando qué era lo que ellos hacían o dejaban de
hacer...
—Dos sensores que enviamos hace mucho
tiempo no detectaron ni actividad humana ni vegetación.
Sólo desiertos arrasados y secos.
—Se hartaron de tipos como tú y su puta
curiosidad.
Otra vez aquella fea palabra, absolutamente
prohibida en el ámbito de Procyon, pero tolerada en el
espacio abierto, en las naves expedicionarias, en los
navegantes. Orsi procuró dominarse.
—Pero... Mira lo que dice acá... —señaló la
pantalla—. Hay versiones que sostienen que pueden haber
quedado terráqueos vivos en refugios subterráneos,
blindados, preparados para soportar una guerra nuclear...
¿No sería eso maravilloso?
—Oh, Orsi —gruñó Plebster—. No jodas.
—¡Vamos allí a comprobarlo, Plebster!
Plebster lo miró largamente. Sabía que era
totalmente inútil luchar. Orsi no poseía la clásica
indolencia de los dermolinfomas y toda iniciativa se
enraizaba en él como una planta trepadora.
—Oye, Orsi. Quiero volver a casa.
—Y volveremos, Plebster, ¿ quién dice que
no? —Orsi ya había tomado aquella plañidera petición de su
compañero como una afirmativa y manipulaba ahora los
mandos con velocidad y precisión. —Será sólo una visita.
¿No tienes interés por conocer la Tierra?
Plebster volvió a observar, silencioso, el
paso raudo de los meteoritos. Sus mayores, mucho tiempo
atrás, cuando aún existía Vendelinus, le habían hablado
acerca de aquel planeta cubierto de agua. Meme Plebster
Jacobi, incluso, le había descripto un terráqueo con el
que había mantenido relación, al comienzo de los tiempos,
en una luna de Mercurio.
—Dicen que los terráqueos no serían
demasiado diferentes de nosotros —exclamó Orsi, excitado,
como si le estuviese leyendo el pensamiento.
—No tengo ningún interés en encontrarme con
seres parecidos a ti.
—Será rápido, Plebster. Si no los hallamos
enseguida, subimos de nuevo a la nave y regresamos a casa.
—Me tienes harto, Orsi.
—Ya verás. Mira... comienza a cambiar el
entorno.
Plebster lo había percibido. El espacio,
por los visores de la nave, se observaba más azul y
mórbido y casi habían desaparecido los meteoritos.
Las redondeadas extremidades inferiores,
aptas para insertarse en la poceada superficie de Procyon,
no eran, sin embargo, las ideales para desplazarse sobre
la corteza terrestre. Con la torpeza propia de los
forasteros, Orsi y Plebster se movían en aquel terreno,
explorando las adyacencias de la nave. Todo era
desolación. En la bruñida transparencia de sus
escafandras rebotaban apenas los débiles rayos del sol que
acertaban a pasar entre las densas nubes de polvo. Cada
tanto, ráfagas de viento levantaban toneladas de cenizas,
pedregullos y residuos metálicos que castigaban a los dos
investigadores espaciales. El paisaje era gris y achatado.
—Buena idea la tuya —dijo Plebster, dejando
de caminar. Orsi no contestó. Se había parado sobre uno
de los tantos montículos de rocas y giraba su cabezota con
expresión de desencanto.
—Busquemos un poco más —dijo al fin—. Es
lógico que si estaban refugiados bajo tierra no podríamos
verlos a simple vista.
—Nos llevaría una eternidad hallarlos. Por
otra parte, no olvides que el compendio de conocimientos
decía que también solían detectarse explosiones nucleares
subterráneas...
—Algunas de sus tribus estaban muy
preparadas para subsistir, Plebster. Habían esperado esa
guerra por siglos. Tenían de todo allí abajo.
Plebster empezó a caminar hacia la nave. El
peso de su ropaje aislante comenzaba a fatigarlo.
—Han pasado ya cientos de años de aquella
guerra —gritó, sin darse vuelta—. Por mejor preparados que
estuvieran, ya hubiesen muerto de hambre o por las
enfermedades. No jodas, Orsi.
—Espera. Espera un poco, Plebster —Orsi
depositó todo el peso de su cuerpo sobre una suerte de
viga que asomaba del suelo—. Me fatigo. Esto no es
Procyon.
—¿Te fatigas, eh? ¿No se te ocurre alguna
otra buena idea como ésta? Con la de Petavium ya son dos.
En el segmento más abierto de la elipse
programada, Orsi había insistido en descender en la
estrella Petavium, argumentando que allí había mica. Pero
la pulposa Petavium estaba podrida. Atravesado el
interior de su masa por infinitos canales que conducían
jugos minerales, el desmedido calor del sol la había
hecho entrar en putrefacción y el olor que despedía la
macilenta estrella era insoportable. Una semana tuvo que
estar luego Plebster, aspirando aroma de cristales de sal
para restablecer el funcionamiento de sus papilas.
—Ya voy, Plebster. Aguarda un poco —pidió
Orsi. Plebster giró y regresó para ayudar a su compañero.
—Vamos —dijo, sosteniéndolo por debajo del
primer par de extremidades superiores—. De pronto Plebster
advirtió que el cuerpo de Orsi se envaraba. —¿Qué pasa?
—preguntó.
Los dos sensores ópticos de Orsi se habían
fruncido, atentos, y meneaba espasmódicamente la cabeza,
como buscando.
—¿Qué pasa? —se alarmó Plebster, girando a
su vez la suya. Habían dejado las armas en la nave y tanto
la valentía como la cobardía, eran condiciones
desconocidas en Procyon. Es más, la audacia consistía en
una fruta pequeña, agridulce, que brotaba en la estación
del fosfato.
—¿Oyes eso? —preguntó Orsi.
—¿Qué?
—Escucha bien.
Orsi tenía razón. En el aire se diluía una
especie de música, una melodía que llegaba y se marchaba
con la brisa.
—¡Música! —se exaltó Orsi—. ¡Es música!
Es sólo el viento, Orsi.
—¡Es música! —Orsi se desembarazó de las
extremidades superiores de Plebster y giró sobre sí mismo
varias veces, como una antena, deslumbrado por la
recepción de aquel idioma universal. Ahora la melodía
llegaba más nítida, con cadencias extrañas y desconocidas
para la percepción de los dos expedicionarios.
—¿De dónde viene? —se sumó Plebster a la
inquietud.
—No sé si es una música fuerte que nos
llega desde muy lejos... O es una música muy débil que se
origina muy cerca de nosotros —dudó Orsi, lo que preocupó
a Plebster, ya que la duda antecedía a la constipación
bronquial en los dermolinfomas.
—¿Cerca de nosotros? —dijo Plebster,
abarcando con sus órganos ópticos los alrededores
inmediatos.
—¡Aquí! ¡Aquí! —dijeron los dos, casi al
unísono, aferrando un oxidado tubo metálico que
sobresalía entre un montículo de escombros— ¡La música
viene por este tubo!
Orsi apretó la escafandra sobre la boca del
tubo, procurando escuchar mejor. En tanto, Plebster se
había sentido inopinadamente melancólico, como algunas
veces en que escuchaba historias relatadas por Meme
Plebster Jacobi. Pero Orsi no le dio tiempo para bucear
en sus sentimientos.
—¡Cavemos! ¡Cavemos por acá, Plebster!
—gritó, escarbando con su bastón de titanio entre los
escombros—. ¡Esta música nos llega desde abajo! ¡De alguno
de esos refugios que mencioné antes, Plebster!
Plebster olvidó por un momento su
indolencia, su desinterés y sus ganas de regresar a casa,
y con un trozo de chapa ennegrecida comenzó también a
apartar rocas y cascotes. Poco después, y ante la febril
atención de ambos investigadores, una superficie de
madera se hizo visible ante ellos. Continuaron removiendo
con más ahínco y apareció entonces una puerta, de doble
hoja, prácticamente horizontal, que cubría una boca de
acceso. Plebster y Orsi se miraron. La puerta mostraba
una superficie descascarada, aún con restos de pintura y
por las junturas de su madera llegaba, ahora sí,
claramente, la cadencia de la extraña música.
—¿Vamos por las armas? —vaciló Orsi.
Plebster encogió el ensamblamiento de sus extremidades
superiores, las prensiles.
—¿Te parece?
—Yo digo...
—No creo —dijo Plebster, decidido, y se
lanzó sobre la puerta, la que abrió de un tirón. Una
bocanada melódica los envolvió y, luego, también una
serie de sonidos breves, como módicos estallidos,
desacompasados. Después, el silencio, Plebster y Orsi se
miraron. Tal vez habían sido descubiertos y ahora, al
fondo de ese túnel oscuro y profundo que se abría ante
ellos, los aguardaba el temor agresivo de los nativos.
Con infinita cautela Orsi adelantó uno de sus miembros
locomotores y lo depositó sobre el primer peldaño de la
escalera descendente. De pronto volvió la música, y esto
tranquilizó a ambos dermolinfomas, que cerraron la puerta
detrás de ellos, sin hacer ruido. Por un momento quedaron
sumidos en una oscuridad absoluta, pero pronto advirtieron
que, muy abajo y al fondo, se veía una luz. Una luz
rojiza. Ganados por la ansiedad, Plebster y Orsi
continuaron el descenso. Un par de veces se detuvieron
ante el eco de aquellos extraños sonidos inarmónicos,
cortos golpes de superficies ahuecadas, que les llegaban
desde el fondo. Por último se detuvieron ante una abertura
cubierta por un cortinado de tela que, al tacto de Orsi,
se reveló como levemente afelpado y de cierto peso. Ya se
escuchaba, con más nitidez, una voz humana metálica y
altisonante. Orsi corrió la cortina y ambos visitantes se
hallaron ante un recinto poco iluminado. Una veintena de
seres humanos se encontraban diseminados en pequeñas
mesas redondas, distribuidas en torno de una tarima de
madera. Los humanos eran, al menos, de dos sexos
diferentes, calculó Plebster. Bebían extraños tragos,
hablaban poco entre ellos y no parecían demasiado
jóvenes. Sobre la tarima, un terráqueo con la cabeza
cubierta por un cabello oscuro y engrasado, de pie frente
a un adminículo de metal que ampliaba el sonido de su voz,
los observó de una ojeada. También hicieron lo propio
otros nativos de los que estaban sentados.
—¡Y sigue llegando gente a nuestra Peña
Tanguera "El Sótano del Dos por Cuatro", mis queridos
amigos! —anunció el terráqueo del cabello lustroso—. ¡Y es
porque vienen a escuchar a Angelito Delfino, "El Ruiseñor
de Floresta", que ahora nos va a regalar, de Esteban
Celedonio Flores y Ciriaco Ortiz, "Atenti Pebeta"!
Los humanos de las mesas golpetearon unas
contra otras sus extremidades superiores y allí supo Orsi
que, de esa acción impensada, provenían los breves
estallidos que habían oído en la escalera.
—¡Y esta canción, señores —continuó el
anunciador— es para los nuevos amigos de la noche de
Buenos Aires...! —y luego, dirigiéndose a Plebster y Orsi,
preguntó—: ¿De dónde son, muchachos?
—De Procyon —gritó Orsi, complacido.
—¡Para los amigos de Procyon, entonces...
Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta" y "Atenti
Pebeta", de Flores y Ciriaco Ortiz!
Hubo nuevos aplausos. Dichos gestos eran,
al parecer, de aprobación, ya que un humano rechoncho y
bajito que acababa de subir a la tarima agradecía con
leves reverencias y sonrisas. El humano que había hecho
la presentación en la tarima caminó entre las mesas, con
aire cansado, hasta Plebster y Orsi. Éstos, para no
sentirse demasiado ajenos al ambiente, se habían
depositado sobre sendas sillas, en una mesa vacía. Dos
terráqueos, con la misma expresión desmayada y ausente
que los demás, comenzaron a extraer de sus instrumentos
una música arrastrada y sinuosa. El humano regordete y
oscuro de arriba de la tarima comenzó con lo suyo.
—"Cuando estés en la vereda y te fiche un
bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés, que
no manye que estás lista al primer tiro de lazo y que por
un par de lompas bien planchados, te perdés..."
El terráqueo que oficiaba de anunciador
llegó hasta la mesa de Plebster y Orsi. Se inclinó hacia
ellos y los observó por un instante. Plebster detectó,
con la particular sensibilidad que los dermolinfomas
tienen para los matices, que el cabello del humano, en la
parte superior de su cabeza, mostraba una coloración
diferente de la que lucía sobre los costados. Se veía más
rojizo y rebelde que el resto. Aquella misma anomalía
había detectado también en varios de los presentes, pese
a la luz escasa y al humo que invadía el local.
—¿Qué van a tomar, muchachos? —preguntó el
anfitrión.
—Ehhh... —vaciló Orsi—. Antes queríamos
hacerle una pregunta.
—No se preocupen —desestimó el anunciador.
Y bajando la voz, agregó: —No se preocupen por el precio.
La casa invita.
—No. No —dijo Orsi—. Queríamos preguntarle
otra cosa... ¿ Cómo hicieron para sobrevivir?
El humano enarcó las cejas y se tomó un
instante para contestar.
—"Cuando vengas para el centro" —seguía el
cantor— "caminá junando el suelo, arrastrando los
fanguyos y arrimada a la pared."
—¿Cómo hicimos para sobrevivir? —repitió,
teatral, el anunciador—. Bajando los precios, hermano.
Cuidando la clientela y ofreciendo calidad. No hay otra.
De lo contrario, hubiésemos tenido que cerrar...
—Pero... digo yo... —vaciló Orsi—. ¿Cómo
pudieron sobrellevar la gran tragedia?
El anunciador había apoyado las dos manos
sobre la mesa y sus ojos se cubrieron con una pátina
húmeda.
—Fue tremendo... Tremendo... Lo de Medellín
fue tremendo... Pero hay que seguir adelante, hermano. No
queda otra. Por el Zorzal mismo. Yo sé que Carlitos no
hubiese querido que aflojáramos...
Plebster miró al hombre y vio que una
milimétrica esfera de líquido se desprendía de uno de sus
ojos. Recordó que en Procyon, la tristeza era un líquido.
Y el recuerdo de su planeta, y la música aquella que
escapaba de un extraño instrumento que parecía respirar,
lo hizo sentirse invadido por una pegajosa melancolía.
—¿Vamos, Orsi? —preguntó.
—Espera. Espera a que termine esto —dijo
Orsi mostrando una copa translúcida llena de un líquido
rojizo que les había traído el anunciador. Se quedaron un
poco más y cuando terminaron de beber se levantaron y se
marcharon hacia la puerta. Con un bamboleo de sus cabezas
se despidieron del anunciador, que estaba sentado a otra
mesa, cerca de la tarima. El anunciador levantó una mano
y deletreó en el aire "Chau, querido. Vuelvan cuando
quieran". Plebster y Orsi salieron a la superficie y se
encaminaron hacia la nave. Por un rato los siguió la
música y la voz del cantor bajo y regordete.
—“Tomá leche con vainilla y chocolate con
churro, aunque estés en el momento propiamente del vermut..."
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