WILLIAM BRITTAIN
 

 

William Brittain es un maestro de escuela que escribe cuentos policiales como pasatiempo desde mediados de la década del sesenta. En los últimos años también ha escrito varias novelas para adolescentes que le valieron prestigiosos premios.

Acerca de El hombre que había leído a John Dickson Carr escribe: "Sinceramente no creo que haya escrito otro cuento que siquiera se le asemeje. Quizás The Man Who Read Arthur Conan Doyle tenga una leve conexión con aquél pero, como gira en torno a un juego de palabras, no podría traducirse en absoluto. La historia se me ocurrió mientras leía un ensayo de Carr sobre asesinatos en habitaciones bajo llave, en donde descartaba la idea de escapar por la chimenea por considerarlo demasiado sucio. Escrito a los saltos en la mesa de la cocina durante dos noches, fue el segundo cuento que me publicaron en mi vida y el primero que apareció en el Ellery Queen's Mystery Magazine. Pero más importante que el hecho de su publicación fue que, gracias a ese cuento, me puse en contacto con Frederic Dannay, cuyos consejos acerca del arte de escribir me han sido invalorables."

 

 EL HOMBRE QUE HABÍA LEÍDO A JOHN DICKSON CARR

Aunque Edgar Gault no lo supo en ese momento, su vida empezó a tener sentido a los doce años, cuando eligió al pasar un ejem­plar de Hasta que la muerte nos separe, de John Dickson Carr, en la biblioteca pública de su vecindario. Esa noche, después de cenar, se sentó con el libro y leyó hasta la hora de ir a la cama. Entonces, llevó el libro a escondidas al dormitorio y lo termi­nó a la luz de una linterna debajo de las sábanas.

Volvió a la biblioteca al día siguiente a buscar otro libro de Carr, El crimen de las figuras de cera que tardó dos días en leer (la gobernanta de Edgar le había confiscado la linterna). En una semana había devorado todos los libros de misterio de John Dickson Carr que había en la biblioteca. La tristeza que sintió el día que terminó de leer el último se transformó en júbilo al enterarse de que su autor favorito también escri­bía bajo el seudónimo de Carter Dickson.

En el transcurso de los diez años siguientes, Edgar acompañó al doctor Gideon Fell, Sir Henry Merrivale y colaboradores a través de cada una de las habitaciones cerradas con llave del repertorio Carr Dickson. Se sintió muy feliz el día en que, gracias a sus vagos conocimientos sobre física, pudo resolver el misterio de El hombre endurecido antes de que el autor consi­derara adecuado dar la explicación. Quizá fue en ese momen­to que Edgar tomó la decisión trascendental.

Algún día, se dijo, llevaría a cabo un asesinato en una habitación cerrada con llave que dejaría perplejo a su mismo maes­tro.

Como era huérfano, Edgar vivía con su tío en un caserón de una zona alejada en Vermont. La casa contaba con un cuarto de lectura —la bendición de los escritores de misterio y algo que pocas casas modernas poseen— con rejas en las ven­tanas y una puerta de roble de cinco centímetros de espesor que sólo podía cerrarse si se colocaba desde adentro una pesada barra de madera en dos sostenes de hierro firmemente asegu­rados en la pared a ambos lados de la puerta. No había pasadizos secretos. En resumidas cuentas, el cuarto hubiera sido del agrado de cualquiera de los detectives de Carr y se ajustaba perfecta­mente a los planes de Edgar.

La víctima sería, por supuesto, el tío de Edgar, Daniel. No sólo estaba fácilmente disponible sino que era un admirador de la teoría de la confianza en sí mismo de Ralph Waldo Emer­son y, para ayudar a Edgar a alcanzar ese feliz estado, había decidido redactar un nuevo testamento en un futuro cercano, excluyendo al joven de él.

Puesto que Edgar se consideraba perfectamente preparado para disfrutar de la fortuna de su tío por el resto de su vida, debía despachar al viejo antes de que cambiara el testamento.

Todo esto sirve para explicar por qué estaba Edgar, una soleada mañana de comienzos de primavera, de pie dentro de la chimenea del cuarto de lectura, cubierto de hollín y fregan­do el interior hasta sacarle brillo.

La chimenea, por supuesto, era por donde Edgar iba a escapar del cuarto. Era lo suficientemente espaciosa como para dar cabida al cuerpo delgado de Edgar y tenía unas barras de hierro que subían por el interior para facilitar la tarea del deshollinador. La necesidad de escapar por la chimenea desilu­sionaba un poco a Edgar ya que el doctor Gideon Fell había descartado esa posibilidad durante su famosa conferencia sobre habitaciones bajo llave en Los tres ataúdes. Pero era la única salida disponible y Edgar había inventado un sistema para poder usarla que, estaba seguro, inclusive John Dickson aprobaría. En el futuro quizás haría escribir un libro sobre su crimen, como The Murder of Sir Edmund Godfrey por Carr.

Edgar no debió preocuparse de que quienes lo rodeaban sospecharan de él. Nadie vio sus preparativos: el tío Daniel había salido en viaje de negocios y el cocinero y el jardinero estaban de vacaciones. Y, para cuando se cometiera el crimen, Edgar tendría dos testigos indiscutibles para probar que ni él ni ningún otro ser humano podría haber sido el asesino.

Una vez que terminó de fregar, Edgar llevó el balde de agua a la cocina y lo vació. Después, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín del cuerpo, fue al armario de la ropa blanca sacó una sábana recién lavada y regresó al cuarto de lec­tura. Envolviéndose en la sábana, entró nuevamente en la chime­nea y comenzó a subir la escalera de hierro. Fue hasta arriba y volvió a bajar, frotando a propósito la sábana contra las piedras a intervalos frecuentes.

Salió de la chimenea y caminó hasta una ventana, se sacó la sábana de encima de los hombros y la sometió a la luz. Aunque estaba arrugada, mantenía su color inmaculado. Edgar sonrió mientras colocaba la sábana en un canasto. Después, al subir las escaleras, abrió la ventana de una despensa detrás de la cual se erigía la chimenea. Luego, en su cuarto, se vistió con ropas especialmente elegidas para el crimen: camisa blan­ca, pantalones blancos y zapatillas de tenis blancas. Por último, descolgó un sable largo de caballería de la pared, lo llevó a la biblioteca y lo colocó en un rincón oscuro.

Sus preparativos estaban casi listos.

Esa noche, desde la silla en que estaba sentado en el cuarto de música, Edgar supo que su tío estaba de vuelta.

—¿Edgar? ¿Estás ahí? —el sonido nasal estilo Nueva Ingla­terra de la voz del tío Daniel revelaba dos siglos ininterrumpidos de linaje de Vermont.

—Estoy aquí, tío Daniel... en el cuarto de música.

—¡Ah! —dijo Daniel, asomándose a la puerta—. Ese es el problema contigo, muchacho. Piensas más en tocar la guitarra que en prosperar en el mundo. Los negocios primero, muchacho, ésa es la clave para el éxito.

—Pero, tío, estuve casi todo el día arreglando un negocio, hace apenas una hora que terminé.

—Hablaba en serio con respecto a mi testamento, Edgar —continuó el tío Daniel—. De hecho, voy a hablar con Stoper sobre eso esta noche cuando venga a jugar a las cartas.

La partida semanal de bridge, en la que, por lo general, Edgar era el cuarto compañero a regañadientes del tío Daniel, Lemuel Stoper y el doctor Harold Crowley, era parte del plan. Hasta el crimen perfecto requiere testigos para alcanzar la perfección.

Más tarde, mientras Edgar acomodaba el último de los tres leños en la chimenea de la biblioteca y agregaba a la leña un frasquito que sacó del bolsillo, oyó el pesado llamador de la puerta de entrada golpear tres veces. Aprovechó para poner su reloj en hora. Exactamente las diecinueve.

—Acompaña a los caballeros al cuarto de música y haz que se pongan cómodos —le dijo el tío Daniel—. Dales un trago y prepara la mesa de cartas. Yo iré enseguida.

—¿Por qué siempre tienen que esperarte, tío? —preguntó Edgar, su simulado enojo convertido en una semisonrisa afec­tada.

—Esperarán eternamente por mí y lo disfrutarán, si eso es lo que quiero. Saben perfectamente de dónde viene la mayor parte de sus ganancias. —Un nuevo detalle del plan de Edgar encajó con precisión en su lugar.

Al entrar en la vieja casa, Lemuel Stoper demostraba, como siempre, una actitud desdeñosa hacia todo lo que no estu­viera directamente conectado con la abultada fortuna del tío Daniel.

—Blanco, blanco y más blanco —dijo con desprecio mirando la ropa de Edgar—. Pareces un mozo de restaurante.

—No dejes que te intimide, muchacho —dijo otra voz—. Te ves muy bien. ¿Estuviste jugando al tenis? —El doctor Crowley, que hacía acordar a Edgar a un enorme trozo de gela­tina transparente, entró con su andar de pato y sonrisa bon­dadosa.

—No hace falta que lo elogies más —dijo Stoper—. Daniel va a cambiar su testamento esta noche.

—¡Ah! —dijo Crowley, sorprendido—. Ésas son muy malas noticias, muchacho, es decir, Edgar.

—Sí, mi tío ya me informó de su decisión —dijo Edgar—. Estoy totalmente de acuerdo con él. —No tenía sentido arries­garse demasiado hablando de más.

Como una pequeña pero importante alteración de la ruti­na habitual, Edgar hizo que los señores pasaran por la puerta del cuarto de lectura camino del cuarto de música.

—Tío —dijo—, el doctor Crowley y el señor Stoper han llegado.

—Ya lo sé —gruñó Daniel—. Que esperen en el cuarto de mú­sica. Iré en unos minutos.

Los dos señores habían visto vivo y saludable al tío Daniel. Todo estaba listo.

En el cuarto de música, Edgar sirvió los tragos y armó la mesa de cartas. En eso, chasqueó los dedos y levantó las ce­jas; el retrato perfecto de un hombre que acaba de recordar al­go.

—Debo de haber dejado las cartas arriba —dijo—. Voy a ir a buscarlas. —Y antes de que los invitados pudieran con­testar, salió del cuarto.

Una vez que traspuso la puerta, Edgar apuró el paso. Lle­gó a la puerta del cuarto de lectura ocho segundos más tarde. Sin prestar atención a la expresión de sorpresa de su tío, Edgar tomó el sable del rincón y caminó con pasos grandes hasta el escritorio donde estaba sentado Daniel con el periódico aún en la mano.

—Edgar, ¿qué sign...? —Sin decir palabra, Edgar dirigió violentamente el sable en dirección a su tío. La punta de acero penetró en el cuello barbudo de Daniel, justo debajo del men­tón, traspasó el cuello hasta el respaldo del asiento y clavó al viejo en su sitio. Edgar rió entre dientes, recordando una es­cena similar en La novia de Newgate de Carr.

Mantuvo la espada en el lugar por varios segundos.

Después, le tomó el pulso con cuidado. Nada. El asesinato se había perpetrado exactamente como había planeado: en setenta segundos.

Se acercó prestamente a la chimenea y tomó el frasquito que había dejado allí antes. Después, arrastrando los pies entre la leña, colocó la pantalla de la chimenea en su lugar y comenzó a subir. Al llegar a la punta, echó un vistazo a su reloj. Habían pasado dos minutos desde que dejara a Stoper y a Crowley.

De pie en el techo junto a la chimenea Edgar extrajo varios pedacitos de papel blanco del frasco. Él mismo había preparado el papel a base de una fórmula de un libro sobre operaciones de sabotaje durante la Segunda Guerra Mundial. Esas "tarjetas de visita" ardían al poco tiempo de estar en con­tacto con el aire. Durante la guerra, las habían arrojado desde lo aviones para provocar incendios en los campos cultivados del enemigo. Edgar sabía que los pedazos de papel iniciarían rápidamente el fuego en la chimenea del cuarto de lectura.

Arrojó los papeles por la chimenea, esperó unos segundos y, por último, se vio recompensado con una bocanada de aire caliente que subía por la abertura. Tres minutos y diez segun­dos. Justo a horario.

Edgar avanzó por el techo inclinado hasta un frontón decorativo de gran tamaño debajo del cual se encontraba la ventana de la despensa. Moviéndose lentamente por el borde del techo, levantó la ventana y trepó al interior, haciendo lo posible por no mancharse la ropa.

Se dirigió a su cuarto, tomó un mazo nuevo de cartas que había dejado allí antes y bajó ruidosamente las escaleras hasta el cuarto de música. Se reunió con los dos invitados apenas cinco minutos después de haberlos dejado; exactamente como lo había planeado.

Edgar se disculpó por la breve tardanza, regocijándose interiormente con malicia por la impecable blancura de su ropa. Nadie sospecharía siquiera que había estado subiendo por el interior de la chimenea de donde ahora salía un humo espeso y negruzco.

Al poco tiempo, Stoper se puso nervioso.

—¿Por qué tarda tanto Daniel? —refunfuñó.

—Quizás sea mejor ir a buscarlo —dijo Crowley.

Mientras se ponían de pie, Edgar quiso bostezar pero el corazón le latía aceleradamente.

—Creo que esperaré aquí —dijo, intentando mostrarse indiferente.

"John Dickson Carr estaría orgulloso de mí", pensó Ed­gar, al tiempo que Stoper y Crowley salían del cuarto. Es­peraba que la investigación de su crimen no incluyera teorías conectadas con lo sobrenatural. Aún recordaba la desilusión que sintió al terminar El reloj de la muerte, con esas horribles alusiones a brujerías.

"Qué extraño", pensó, "que no se oigan gritos". Tampoco oyó el estrépito con que los dos viejos deberían tratar de derri­bar la pesada puerta del cuarto de lectura. Pero no había por qué preocuparse. El plan era perfecto, infalible. Era...

En la puerta del cuarto de música apareció la figura de Lamuel Stoper, con expresión cansada, exhausta. En la mano llevaba el revólver del escritorio del tío Daniel.

—¿Tanto te importaba su dinero, muchacho? —preguntó con la voz temblando de furia—. ¿Por eso lo hiciste?

Por un instante Edgar se preguntó cómo había podido el señor entrar tan rápido en la biblioteca. Entonces compren­dió repentinamente. Nadie iba a valorar el crimen perfecto que él había planeado. ¿Qué pensaría el doctor Fell de él? ¿Qué pensaría S. M.? ¿Qué pensaría John Dickson Carr?

¿Qué pensaría cualquiera de un asesinato perpetrado en una habitación bajo llave en el que el asesino olvidó cerrar la puerta con llave?

No pudo decir ni una palabra.

 

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