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EL HOMBRE QUE HABÍA
LEÍDO A JOHN DICKSON CARR |
Aunque
Edgar Gault no lo supo en ese momento, su vida empezó a
tener sentido a los doce años, cuando eligió al pasar un
ejemplar de Hasta que la muerte nos separe, de John
Dickson Carr, en la biblioteca pública de su vecindario.
Esa noche, después de cenar, se sentó con el libro y leyó
hasta la hora de ir a la cama. Entonces, llevó el libro a
escondidas al dormitorio y lo terminó a la luz de una
linterna debajo de las sábanas.
Volvió a
la biblioteca al día siguiente a buscar otro libro de Carr,
El crimen de las figuras de cera que tardó dos días en
leer (la gobernanta de Edgar le había confiscado la
linterna). En una semana había devorado todos los libros
de misterio de John Dickson Carr que había en la
biblioteca. La tristeza que sintió el día que terminó de
leer el último se transformó en júbilo al enterarse de que
su autor favorito también escribía bajo el seudónimo de
Carter Dickson.
En el
transcurso de los diez años siguientes, Edgar acompañó al
doctor Gideon Fell, Sir Henry Merrivale y colaboradores a
través de cada una de las habitaciones cerradas con llave
del repertorio Carr Dickson. Se sintió muy feliz el día en
que, gracias a sus vagos conocimientos sobre física, pudo
resolver el misterio de El hombre endurecido antes de que
el autor considerara adecuado dar la explicación. Quizá
fue en ese momento que Edgar tomó la decisión
trascendental.
Algún día,
se dijo, llevaría a cabo un asesinato en una habitación
cerrada con llave que dejaría perplejo a su mismo
maestro.
Como era
huérfano, Edgar vivía con su tío en un caserón de una zona
alejada en Vermont. La casa contaba con un cuarto de
lectura —la bendición de los escritores de misterio y algo
que pocas casas modernas poseen— con rejas en las
ventanas y una puerta de roble de cinco centímetros de
espesor que sólo podía cerrarse si se colocaba desde
adentro una pesada barra de madera en dos sostenes de
hierro firmemente asegurados en la pared a ambos lados de
la puerta. No había pasadizos secretos. En resumidas
cuentas, el cuarto hubiera sido del agrado de cualquiera
de los detectives de Carr y se ajustaba perfectamente a
los planes de Edgar.
La víctima
sería, por supuesto, el tío de Edgar, Daniel. No sólo
estaba fácilmente disponible sino que era un admirador de
la teoría de la confianza en sí mismo de Ralph Waldo
Emerson y, para ayudar a Edgar a alcanzar ese feliz
estado, había decidido redactar un nuevo testamento en un
futuro cercano, excluyendo al joven de él.
Puesto que
Edgar se consideraba perfectamente preparado para
disfrutar de la fortuna de su tío por el resto de su vida,
debía despachar al viejo antes de que cambiara el
testamento.
Todo esto
sirve para explicar por qué estaba Edgar, una soleada
mañana de comienzos de primavera, de pie dentro de la
chimenea del cuarto de lectura, cubierto de hollín y
fregando el interior hasta sacarle brillo.
La
chimenea, por supuesto, era por donde Edgar iba a escapar
del cuarto. Era lo suficientemente espaciosa como para dar
cabida al cuerpo delgado de Edgar y tenía unas barras de
hierro que subían por el interior para facilitar la tarea
del deshollinador. La necesidad de escapar por la chimenea
desilusionaba un poco a Edgar ya que el doctor Gideon
Fell había descartado esa posibilidad durante su famosa
conferencia sobre habitaciones bajo llave en Los tres
ataúdes. Pero era la única salida disponible y Edgar había
inventado un sistema para poder usarla que, estaba seguro,
inclusive John Dickson aprobaría. En el futuro quizás
haría escribir un libro sobre su crimen, como The Murder
of Sir Edmund Godfrey por Carr.
Edgar no
debió preocuparse de que quienes lo rodeaban sospecharan
de él. Nadie vio sus preparativos: el tío Daniel había
salido en viaje de negocios y el cocinero y el jardinero
estaban de vacaciones. Y, para cuando se cometiera el
crimen, Edgar tendría dos testigos indiscutibles para
probar que ni él ni ningún otro ser humano podría haber
sido el asesino.
Una vez
que terminó de fregar, Edgar llevó el balde de agua a la
cocina y lo vació. Después, luego de darse una buena ducha
para sacarse el hollín del cuerpo, fue al armario de la
ropa blanca sacó una sábana recién lavada y regresó al
cuarto de lectura. Envolviéndose en la sábana, entró
nuevamente en la chimenea y comenzó a subir la escalera
de hierro. Fue hasta arriba y volvió a bajar, frotando a
propósito la sábana contra las piedras a intervalos
frecuentes.
Salió de
la chimenea y caminó hasta una ventana, se sacó la sábana
de encima de los hombros y la sometió a la luz. Aunque
estaba arrugada, mantenía su color inmaculado. Edgar
sonrió mientras colocaba la sábana en un canasto. Después,
al subir las escaleras, abrió la ventana de una despensa
detrás de la cual se erigía la chimenea. Luego, en su
cuarto, se vistió con ropas especialmente elegidas para el
crimen: camisa blanca, pantalones blancos y zapatillas de
tenis blancas. Por último, descolgó un sable largo de
caballería de la pared, lo llevó a la biblioteca y lo
colocó en un rincón oscuro.
Sus
preparativos estaban casi listos.
Esa noche,
desde la silla en que estaba sentado en el cuarto de
música, Edgar supo que su tío estaba de vuelta.
—¿Edgar?
¿Estás ahí? —el sonido nasal estilo Nueva Inglaterra de
la voz del tío Daniel revelaba dos siglos ininterrumpidos
de linaje de Vermont.
—Estoy
aquí, tío Daniel... en el cuarto de música.
—¡Ah!
—dijo Daniel, asomándose a la puerta—. Ese es el problema
contigo, muchacho. Piensas más en tocar la guitarra que en
prosperar en el mundo. Los negocios primero, muchacho, ésa
es la clave para el éxito.
—Pero,
tío, estuve casi todo el día arreglando un negocio, hace
apenas una hora que terminé.
—Hablaba
en serio con respecto a mi testamento, Edgar —continuó el
tío Daniel—. De hecho, voy a hablar con Stoper sobre eso
esta noche cuando venga a jugar a las cartas.
La partida
semanal de bridge, en la que, por lo general, Edgar era el
cuarto compañero a regañadientes del tío Daniel, Lemuel
Stoper y el doctor Harold Crowley, era parte del plan.
Hasta el crimen perfecto requiere testigos para alcanzar
la perfección.
Más tarde,
mientras Edgar acomodaba el último de los tres leños en la
chimenea de la biblioteca y agregaba a la leña un
frasquito que sacó del bolsillo, oyó el pesado llamador de
la puerta de entrada golpear tres veces. Aprovechó para
poner su reloj en hora. Exactamente las diecinueve.
—Acompaña
a los caballeros al cuarto de música y haz que se pongan
cómodos —le dijo el tío Daniel—. Dales un trago y prepara
la mesa de cartas. Yo iré enseguida.
—¿Por qué
siempre tienen que esperarte, tío? —preguntó Edgar, su
simulado enojo convertido en una semisonrisa afectada.
—Esperarán
eternamente por mí y lo disfrutarán, si eso es lo que
quiero. Saben perfectamente de dónde viene la mayor parte
de sus ganancias. —Un nuevo detalle del plan de Edgar
encajó con precisión en su lugar.
Al entrar
en la vieja casa, Lemuel Stoper demostraba, como siempre,
una actitud desdeñosa hacia todo lo que no estuviera
directamente conectado con la abultada fortuna del tío
Daniel.
—Blanco,
blanco y más blanco —dijo con desprecio mirando la ropa de
Edgar—. Pareces un mozo de restaurante.
—No dejes
que te intimide, muchacho —dijo otra voz—. Te ves muy
bien. ¿Estuviste jugando al tenis? —El doctor Crowley, que
hacía acordar a Edgar a un enorme trozo de gelatina
transparente, entró con su andar de pato y sonrisa
bondadosa.
—No hace
falta que lo elogies más —dijo Stoper—. Daniel va a
cambiar su testamento esta noche.
—¡Ah!
—dijo Crowley, sorprendido—. Ésas son muy malas noticias,
muchacho, es decir, Edgar.
—Sí, mi
tío ya me informó de su decisión —dijo Edgar—. Estoy
totalmente de acuerdo con él. —No tenía sentido
arriesgarse demasiado hablando de más.
Como una
pequeña pero importante alteración de la rutina habitual,
Edgar hizo que los señores pasaran por la puerta del
cuarto de lectura camino del cuarto de música.
—Tío
—dijo—, el doctor Crowley y el señor Stoper han llegado.
—Ya lo sé
—gruñó Daniel—. Que esperen en el cuarto de música. Iré
en unos minutos.
Los dos
señores habían visto vivo y saludable al tío Daniel. Todo
estaba listo.
En el
cuarto de música, Edgar sirvió los tragos y armó la mesa
de cartas. En eso, chasqueó los dedos y levantó las
cejas; el retrato perfecto de un hombre que acaba de
recordar algo.
—Debo de
haber dejado las cartas arriba —dijo—. Voy a ir a
buscarlas. —Y antes de que los invitados pudieran
contestar, salió del cuarto.
Una vez
que traspuso la puerta, Edgar apuró el paso. Llegó a la
puerta del cuarto de lectura ocho segundos más tarde. Sin
prestar atención a la expresión de sorpresa de su tío,
Edgar tomó el sable del rincón y caminó con pasos grandes
hasta el escritorio donde estaba sentado Daniel con el
periódico aún en la mano.
—Edgar,
¿qué sign...? —Sin decir palabra, Edgar dirigió
violentamente el sable en dirección a su tío. La punta de
acero penetró en el cuello barbudo de Daniel, justo debajo
del mentón, traspasó el cuello hasta el respaldo del
asiento y clavó al viejo en su sitio. Edgar rió entre
dientes, recordando una escena similar en La novia de
Newgate de Carr.
Mantuvo la
espada en el lugar por varios segundos.
Después,
le tomó el pulso con cuidado. Nada. El asesinato se había
perpetrado exactamente como había planeado: en setenta
segundos.
Se acercó
prestamente a la chimenea y tomó el frasquito que había
dejado allí antes. Después, arrastrando los pies entre la
leña, colocó la pantalla de la chimenea en su lugar y
comenzó a subir. Al llegar a la punta, echó un vistazo a
su reloj. Habían pasado dos minutos desde que dejara a
Stoper y a Crowley.
De pie en
el techo junto a la chimenea Edgar extrajo varios
pedacitos de papel blanco del frasco. Él mismo había
preparado el papel a base de una fórmula de un libro sobre
operaciones de sabotaje durante la Segunda Guerra Mundial.
Esas "tarjetas de visita" ardían al poco tiempo de estar
en contacto con el aire. Durante la guerra, las habían
arrojado desde lo aviones para provocar incendios en los
campos cultivados del enemigo. Edgar sabía que los pedazos
de papel iniciarían rápidamente el fuego en la chimenea
del cuarto de lectura.
Arrojó los
papeles por la chimenea, esperó unos segundos y, por
último, se vio recompensado con una bocanada de aire
caliente que subía por la abertura. Tres minutos y diez
segundos. Justo a horario.
Edgar
avanzó por el techo inclinado hasta un frontón decorativo
de gran tamaño debajo del cual se encontraba la ventana de
la despensa. Moviéndose lentamente por el borde del techo,
levantó la ventana y trepó al interior, haciendo lo
posible por no mancharse la ropa.
Se dirigió
a su cuarto, tomó un mazo nuevo de cartas que había dejado
allí antes y bajó ruidosamente las escaleras hasta el
cuarto de música. Se reunió con los dos invitados apenas
cinco minutos después de haberlos dejado; exactamente como
lo había planeado.
Edgar se
disculpó por la breve tardanza, regocijándose
interiormente con malicia por la impecable blancura de su
ropa. Nadie sospecharía siquiera que había estado subiendo
por el interior de la chimenea de donde ahora salía un
humo espeso y negruzco.
Al poco
tiempo, Stoper se puso nervioso.
—¿Por qué
tarda tanto Daniel? —refunfuñó.
—Quizás
sea mejor ir a buscarlo —dijo Crowley.
Mientras
se ponían de pie, Edgar quiso bostezar pero el corazón le
latía aceleradamente.
—Creo que
esperaré aquí —dijo, intentando mostrarse indiferente.
"John
Dickson Carr estaría orgulloso de mí", pensó Edgar, al
tiempo que Stoper y Crowley salían del cuarto. Esperaba
que la investigación de su crimen no incluyera teorías
conectadas con lo sobrenatural. Aún recordaba la
desilusión que sintió al terminar El reloj de la muerte,
con esas horribles alusiones a brujerías.
"Qué
extraño", pensó, "que no se oigan gritos". Tampoco oyó el
estrépito con que los dos viejos deberían tratar de
derribar la pesada puerta del cuarto de lectura. Pero no
había por qué preocuparse. El plan era perfecto,
infalible. Era...
En la
puerta del cuarto de música apareció la figura de Lamuel
Stoper, con expresión cansada, exhausta. En la mano
llevaba el revólver del escritorio del tío Daniel.
—¿Tanto te
importaba su dinero, muchacho? —preguntó con la voz
temblando de furia—. ¿Por eso lo hiciste?
Por un
instante Edgar se preguntó cómo había podido el señor
entrar tan rápido en la biblioteca. Entonces comprendió
repentinamente. Nadie iba a valorar el crimen perfecto que
él había planeado. ¿Qué pensaría el doctor Fell de él?
¿Qué pensaría S. M.? ¿Qué pensaría John Dickson Carr?
¿Qué
pensaría cualquiera de un asesinato perpetrado en una
habitación bajo llave en el que el asesino olvidó cerrar
la puerta con llave?
No pudo
decir ni una palabra.
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