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ANA MARÍA MATUTE

Ana María
Matute (1926), escritora española, nació en Barcelona
en una familia pequeño-burguesa. Es la segunda de cinco
hermanos.
Su infancia y
juventud estuvieron marcadas por la guerra civil y su obra recoge
el estupor que le produjo. Los Abel (1948), Los hijos
muertos (1958), Premio Nacional de Literatura, y Los
soldados lloran de noche (1963), son algunos ejemplos de esa
influencia.
Matute trabaja una
mirada ingenua sobre una realidad traumática, una tensión que no
puede conciliar razón y sentimiento. El tono poético deviene un
realismo crudo, tal vez el mismo cambio que la guerra operó sobre
su propia naturaleza.
Obtuvo el Premio
Nacional de Literatura Infantil con la obra Solo un pie
descalzo (1984). En 1996 publicó Olvidado Rey Gudú, y
fue elegida académica de número de la Real Academia Española. Fue,
entonces, la tercera mujer integrante de la Academia en sus tres
siglos de vida, le correspondió el sillón de la letra K.
Otras novelas:
Fiesta al Noroeste (1952), Premio Café Gijón, Pequeño
teatro (1954), Premio Planeta, Los niños tontos (1956),
En esta tierra (1958), Premio de la Crítica, Primera
memoria (1959), Premio Nadal, La trampa (1970), La
torre vigía (1971), El río (1973), Luciérnaga
(1993).
Relatos cortos y
cuentos infantiles: Paulina, el mundo y las estrellas
(1956), El país de la pizarra (1956), Caballito loco
(1961), El polizón del Ulises (1965), Sólo un pie
descalzo (1984), El saltamontes verde (1986), La
Virgen de Antioquía y otros relatos (1990).
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Asistí
durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en
la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo
retrasó mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo frío y
estaban los suelos embarrados y no se veía rastro de
muchachos, me aburría dentro de la casa, y pedí al abuelo
asistir a la escuela. El abuelo consintió, y acudí a
aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado
pajizo y requemado por el sol y las nieves, a las afueras
del pueblo.
La
señorita Leocadia era alta y gruesa, tenía el carácter más
bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la
obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases
en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en
los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta
persiguiéndose alrededor de la bombilla, tenían su
atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho de unos
diez años, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era
un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba
ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de
la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el
don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo
momento. No es que fuera ni inteligente ni gracioso, y,
sin embargo, había algo en él, en su voz quizás, en las
cosas que contaba, que conseguía cautivar a quien le
escuchase. También la señorita Leocadia se dejaba prender
de aquella red de plata que Ivo tendía a cuantos atendían
sus enrevesadas conversaciones, y —yo creo que muchas
veces contra su voluntad— la señorita Leocadia le confiaba
a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que
merecían alumnos más estudiosos y aplicados.
Quizá lo
que más se envidiaba de Ivo era la posesión de la
codiciada llave de la torrecita. Ésta era, en efecto, una
pequeña torre situada en un ángulo de la escuela, en cuyo
interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba
Ivo a buscarlos, y allí volvía a dejarlos, al terminar la
clase. La señorita Leocadia se lo encomendó a él, nadie
sabía en realidad por qué. Ivo estaba muy orgulloso de
esta distinción, y por nada del mundo la hubiera cedido.
Un día, Mateo Heredia, el más aplicado y estudioso de la
escuela, pidió encargarse de la tarea —a todos nos
fascinaba el misterioso interior de la torrecita, donde no
entramos nunca—, y la señorita Leocadia pareció acceder.
Pero Ivo se levantó, y acercándose a la maestra empezó a
hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo
mucho las manos, como tenía por costumbre. La maestra dudó
un poco, y al fin dijo:
—Quede
todo como estaba. Que siga encargándose Ivo de la
torrecita.
A la
salida de la escuela le pregunté:
—¿Qué le
has dicho a la maestra?
Ivo me
miró de través y vi relampaguear sus ojos azules.
—Le hablé
del árbol de oro.
Sentí una
gran curiosidad.
—¿Qué
árbol?
Hacía frío
y el camino estaba húmedo, con grandes charcos que
brillaban al sol pálido de la tarde. Ivo empezó a
chapotear en ellos, sonriendo con misterio.
—Si no se
lo cuentas a nadie...
—Te lo
juro, que a nadie se lo diré.
Entonces
Ivo me explicó:
—Veo un
árbol de oro. Un árbol completamente de oro: ramas,
tronco, hojas... ¿sabes? Las hojas no se caen nunca. En
verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto,
que tengo que cerrar los ojos para que no me duelan.
—¡Qué
embustero eres! —dije, aunque con algo de zozobra. Ivo me
miró con desprecio.
—No te lo
creas —contestó—. Me es completamente igual que te lo
creas o no... ¡Nadie entrará nunca en la torrecita, y a
nadie dejaré ver mi árbol de oro! ¡Es mío! La señorita
Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo
Heredia, ni a nadie... ¡Mientras yo viva, nadie podrá
entrar allí y ver mi árbol!
Lo dijo de
tal forma que no pude evitar el preguntarle:
—¿Y cómo
lo ves...?
—¡Ah, no
es fácil —dijo, con aire misterioso—. Cualquiera no podría
verlo. Yo sé la rendija exacta.
—¿Rendija?...
—Sí, una
rendija de la pared. Una que hay corriendo el cajón de la
derecha: me agacho y me paso horas y horas... ¡Cómo brilla
el árbol! ¡Cómo brilla! Fíjate que si algún pájaro se le
pone encima también se vuelve de oro. Eso me digo yo: si
me subiera a una rama, ¿me volvería acaso de oro también?
No supe
qué decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el
árbol creció de tal forma que me desasosegaba. Todos los
días, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al
cajón de la maestra, sacaba la llave y se dirigía a la
torrecita. Cuando volvía, le preguntaba:
—¿Lo has
visto?
—Sí —me
contestaba. Y, a veces, explicaba alguna novedad:
—Le han
salido unas flores raras. Mira: así de grandes, como mi
mano lo menos, y con los pétalos alargados. Me parece que
esa flor es parecida al arzadú.
—¡La flor
del frío! —decía yo, con asombro—. ¡Pero el arzadú es
encarnado!
—Muy bien
—asentía él, con gesto de paciencia—. Pero en mi árbol es
oro puro.
—Además,
el arzadú crece al borde de los caminos... y no es un
árbol.
No se
podía discutir con él. Siempre tenía razón, o por lo menos
lo parecía.
Ocurrió
entonces algo que secretamente yo deseaba; me avergonzaba
sentirlo, pero así era: Ivo enfermó, y la señorita
Leocadia encargó a otro la llave de la torrecita.
Primeramente, la disfrutó Mateo Heredia. Yo espié su
regreso, el primer día, y le dije:
—¿Has
visto un árbol de oro?
—¿Qué
andas graznando? —me contestó de malos modos, porque no
era simpático, y menos conmigo. Quise dárselo a entender,
pero no me hizo caso.
Unos días
después, me dijo:
—Si me das
algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el
recreo. Nadie te verá...
Vacié mi
hucha, y, por fin, conseguí la codiciada llave. Mis manos
temblaban de emoción cuando entré en el cuartito de la
torre. Allí estaba el cajón. Lo aparté y vi brillar la
rendija en la oscuridad. Me agaché y miré.
Cuando la
luz dejó de cegarme, mi ojo derecho sólo descubrió una
cosa: la seca tierra de la llanura alargándose hacia el
cielo.
Nada más.
Lo mismo que se veía desde las ventanas altas. La tierra
desnuda y yerma, y nada más que la tierra. Tuve una gran
decepción y la seguridad de que me habían estafado. No
sabía cómo ni de qué manera, pero me habían estafado.
Olvidé la
llave y el árbol de oro. Antes de que llegaran las nieves
regresé a la ciudad.
Dos
veranos más tarde volví a las montañas. Un día, pasando
por el cementerio —era ya tarde y se anunciaba la noche en
el cielo: el sol, como una bola roja, caía a lo lejos,
hacia la carrera terrible y sosegada de la llanura— vi
algo extraño. De la tierra grasienta y pedregosa, entre
las cruces caídas, nacía un árbol grande y hermoso, con
las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo él,
cegador. Algo me vino a la memoria, como un sueño, y
pensé: “Es un árbol de oro”. Busqué al pie del árbol, y no
tardé en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa
por la lluvia. Mientras la enderezaba, leí:
IVO
MÁRQUEZ, DE DIEZ AÑOS DE EDAD.
Y no daba
tristeza alguna, sino, tal vez, una extraña y muy grande
alegría.
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