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GUY DE MAUPASSANT

Henry-René Albert Guy de Maupassant (1850/1893),
escritor francés, nació en Fécamp (hay otras versiones),
el 5 de agosto de 1850.
Su madre, dueña de
un patológico delirio de grandeza, sostenía que había sucedido en
el castillo de Miromesnil. De su padre, un
donjuán incurable, hereda la sífilis que lo llevaría a la locura.
Ambas vertientes forman una personalidad instintiva, libertina e
intelectual. Estudió en el liceo de Rouén.
Admirador de Gustave
Flaubert, amigo de sus padres, se convierte en su discípulo. Luego
de la guerra franco-prusiana (1870), viaja a París y trabaja como
empleado público hasta la publicación de Bola de Sebo
(1880), incluido en un volumen preparado por Emile Zola: Las
veladas de Médan.
Ya reconocido,
continúa su obra hasta completar alrededor de trecientos relatos
que versan sobre el amor y la locura. La Casa Tellier
(1881), Los cuentos de la tonta (1883) y El Horla
(1887), muestran los primeros síntomas de sus perturbaciones
mentales.
Con sus cuentos de
terror alcanza la altura de Poe, entre ellos ¿Quién sabe? y
Fuerte como la muerte (1889). En ellos trasunta sus fobias
y su aversión a la muerte y lo sobrenatural.
También ha publicado
novelas: Una vida (1883), Bel-Ami (1885) y Un día
de Campo. Ha empleado distinto seudónimos: Joseph Prunier
(1875), Guy de Valmont (1878) y Maufrigneuse (1881/5).
Otras obras: A
las aguas negras (1883), Abandonado (1884), Claro de
Luna (1883), Cuentos del día y de la noche (1885),
El buque abandonado (1886), El ermitaño (1886), El
padre se Simón (1879), La belleza inútil (1890), La
dote (1884), La mano izquierda (1889), La señorita
Fifí (1882), Miss Harriet (1884), Mont-Oriol
(1887), ¡Mozo, un bock! (1884), Musotte (1890),
Nuestro corazón (1890), La pequeña Roque (1886),
Pierre y Jean (1888), El junco de madame Husson (1888),
Toine (1886).
Afectado de disturbios nerviosos a cauda de la sífilis, intenta
suicidarse el 1º de enero de 1892, e ingresa a la clínica parisina
del Doctor Blanche, Passy, donde muere el 6 de julio de 1893. Está
enterrado en el cementerio de Montparnasse, París.
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Querido
doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mí lo que
guste.
Voy a
decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y
juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún
tiempo en una casa de salud, en vez de dejarme presa de
las alucinaciones y sufrimientos que me atormentan.
Ésta es la
historia, larga y exacta, de la singular enfermedad de mi
alma.
Vivía yo
como todo el mundo, mirando la vida con los ojos abiertos
y ciegos del hombre, sin sorprenderme ni comprender. Vivía
como viven las bestias, como vivimos todos, cumpliendo
todas las funciones de la existencia, analizando y
creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo que me
rodea, cuando un día me di cuenta de que todo es falso.
Fue una
frase de Montesquieu la que súbitamente iluminó mi
pensamiento. Es ésta: “Un órgano de más o de menos en
nuestra máquina nos hubiera dado una inteligencia
distinta. En una palabra, todas las leyes asentadas sobre
el hecho de que nuestra máquina es de una determinada
forma serían diferentes si nuestra máquina no fuera de esa
forma.”
He pensado
en esto durante meses, meses y meses, y poco a poco ha
penetrado en mí una extraña claridad, y esa claridad ha
creado ahí la oscuridad.
En efecto,
nuestros órganos son los únicos intermediarios entre el
mundo exterior y nosotros. Es decir, que el ser interior
que constituye el yo se halla en contacto, mediante
algunos hilillos nerviosos, con el ser exterior que
constituye el mundo.
Pero,
además de que ese ser exterior se nos escapa por sus
proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e
impenetrables, sus orígenes, su futuro o sus fines, sus
formas lejanas y sus manifestaciones infinitas, nuestros
órganos, sobre la parcela que de él podemos conocer, no
nos suministran otra cosa que informes tan inseguros como
poco numerosos.
Inseguros,
porque únicamente son las propiedades de nuestros órganos
las que determinan para nosotros las propiedades aparentes
de la materia.
Poco
numerosos, porque al no ser nuestros sentidos más que
cinco, el campo de sus investigaciones y la naturaleza de
sus revelaciones se hallan necesariamente muy
restringidos.
Me
explico: la vista nos indica las dimensiones, las formas y
los colores. Nos engaña en esos tres puntos.
No puede
revelarnos otra cosa que los objetos y seres de dimensión
media, proporcionados a la estatura humana, lo cual nos
lleva a aplicar la palabra grande a determinadas cosas y
la palabra pequeño a otras, sólo porque su debilidad no le
permite conocer lo que es demasiado vasto o demasiado
menudo para él. De ahí resulta que no se sabe ni se ve
casi nada, que el universo casi entero le queda oculto, la
estrella que habita el espacio y el animal que habita la
gota de agua.
Incluso,
aunque tuviera cien millones de veces su potencia normal,
aunque viese en el aire que respiramos todas las especies
de seres invisibles, así como los habitantes de los
planetas próximos, todavía quedarían numerosos infinitos
de especies de animales más pequeños y mundos tan lejanos
que jamás alcanzaría.
Así pues,
todas nuestras ideas de proporción son falsas porque no
hay límite posible en la magnitud ni en la pequeñez.
Nuestra
apreciación sobre las dimensiones y las formas no tiene
ningún absoluto al venir determinada únicamente por la
potencia de un órgano y por una comparación constante con
nosotros mismos.
Hemos de
añadir que la vista todavía es incapaz de ver lo
transparente. Un cristal sin defecto la engaña, la
confunde con el aire que tampoco ve.
Pasemos al
color.
El color
existe porque nuestra vista está hecha de modo que
transmite al cerebro, en forma de color, las diversas
formas en que los cuerpos absorben y descomponen,
siguiendo su constitución química, los rayos luminosos que
dan en ellos.
Todas las
proporciones de esa absorción y de esa descomposición
constituyen matices.
Así pues,
este órgano impone a la inteligencia su modo de ver, mejor
dicho, su forma arbitraria de constatar las dimensiones y
de apreciar las relaciones de la luz y la materia.
Analicemos
el oído.
Somos
juguetes y víctimas, más todavía que en el caso de la
vista, de ese órgano fantasioso.
Dos
cuerpos, al chocar, producen cierta vibración de la
atmósfera. Ese movimiento hace estremecerse en nuestra
oreja cierta pielecilla que trueca inmediatamente en ruido
lo que en realidad no es otra cosa que una vibración.
La
naturaleza es muda. Pero el tímpano posee la propiedad
milagrosa de transmitirnos en forma de sentidos, y de
sentidos diferentes según el número de vibraciones, todos
los estremecimientos de las ondas invisibles del espacio.
Esa
metamorfosis realizada por el nervio auditivo en el breve
trayecto de la oreja al cerebro nos ha permitido crear un
arte extraño, la música, la más poética y precisa de las
artes, vaga como un sueño y exacta como el álgebra.
¿Qué decir
del gusto y del olfato? ¿Conoceríamos los perfumes y la
calidad de los alimentos sin las propiedades peregrinas de
nuestra nariz y nuestro paladar?
Sin
embargo, la humanidad podría existir sin oído, sin gusto y
sin olfato, es decir, sin ninguna noción del ruido, del
sabor y del olor.
Así pues,
si tuviéramos algunos órganos menos, desconoceríamos cosas
admirables y singulares, pero si tuviéramos algunos más,
descubriríamos a nuestro alrededor una infinidad de otras
cosas que nunca supondremos por falta de medio para
constatarlas.
Por lo
tanto, nos equivocamos cuando juzgamos lo Conocido, y
estamos rodeados de Desconocido inexplorado.
Por lo
tanto, todo es inseguro, y puede apreciarse de diferentes
maneras.
Todo es
falso, todo es posible, todo es dudoso.
Formulemos
esta certidumbre sirviéndonos del viejo proverbio: “Verdad
a este lado de los Pirineos, error al otro lado.”
Y decimos:
verdad en nuestro órgano, error en el de al lado.
Dos y dos
no deben ser cuatro fuera de nuestra atmósfera.
Verdad en
la tierra, error más lejos, de donde deduzco que los
misterios vislumbrados como la electricidad, el sueño
hipnótico, la transmisión de la voluntad, la sugestión y
todos los fenómenos magnéticos sólo siguen ocultos para
nosotros porque la naturaleza no nos ha proporcionado el
órgano o los órganos necesarios para comprenderlos.
Después de
haberme convencido de que todo lo que me revelan mis
sentidos sólo existe para mí tal como yo lo percibo, y de
que sería totalmente diferente para otro ser organizado de
otro modo, después de haber llegado a la conclusión de que
una humanidad hecha de otra forma tendría sobre el mundo,
sobre la vida y sobre todo ideas absolutamente opuestas a
las nuestras, porque el acuerdo de las creencias sólo
deriva de la similitud de los órganos humanos, y las
divergencias de opiniones provienen únicamente de ligeras
diferencias de funcionamiento de nuestros hilillos
nerviosos, he hecho un esfuerzo de pensamiento sobrehumano
para suponer lo impenetrable que me rodea.
¿Me he
vuelto loco?
Me he
dicho: “Estoy rodeado de cosas desconocidas.” He supuesto
al hombre desprovisto de orejas y he supuesto el sonido
como suponemos tantos misterios ocultos; el hombre
constata fenómenos acústicos cuya naturaleza y procedencia
no podría determinar. Y he tenido miedo de todo lo que me
rodea, miedo del aire, miedo de la oscuridad. Desde el
momento en que no podemos conocer casi nada, y desde el
momento en que todo es ilimitado, ¿qué es el resto? ¿No es
el vacío? ¿Qué hay en el vacío aparente?
Y ese
terror confuso de lo sobrenatural que acosa al hombre
desde el nacimiento del mundo es legítimo, porque lo
sobrenatural no es otra cosa que lo que permanece velado
para nosotros.
Entonces
he comprendido el espanto. Me ha parecido que rozaba
constantemente el descubrimiento de un secreto del
universo.
He
intentado aguzar mis órganos, excitarlos, hacerles
percibir por momentos lo invisible.
Me he
dicho: “Todo es un ser. El grito que pasa en el aire es un
ser comparable a la bestia, puesto que nace, produce un
movimiento y se transforma incluso para morir. Por lo
tanto, el espíritu pusilánime que cree en seres
incorpóreos no se equivoca. ¿Quiénes son?”
¡Cuántos
hombres los presienten, se estremecen cuando se acercan,
tiemblan con su imperceptible contacto! Uno los siente a
su lado, alrededor, pero es imposible distinguirlos,
porque no tenemos los ojos que los verían, o mejor dicho
el órgano desconocido que podría descubrirlos.
Así pues,
sentía en mí, más que nadie, a esos transeúntes
sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé acaso? No
podría decir lo que son, pero siempre podría señalar su
presencia. Y he visto —he visto un ser invisible— hasta
donde puede verse a esos seres.
Permanecía
noches enteras inmóvil, sentado ante mi mesa, con la
cabeza entre las manos y pensando en esto, pensando en
ellos. De pronto creí que una mano intangible, o más bien
un cuerpo inasequible, rozaba ligeramente mi pelo. No me
tocaba, por no ser de esencia carnal, sino de esencia
imponderable, incognoscible.
Pero una
noche oí crujir el entarimado a mis espaldas. Crujió de un
modo singular. Me estremecí. Me volví. No vi nada. Y no
volví a pensar en ello.
Pero al
día siguiente, a la misma hora, se produjo el mismo ruido.
Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, completamente
seguro de que no estaba solo en mi cuarto. No se veía nada
sin embargo. El aire estaba límpido y transparente en
todas partes. Mis dos lámparas iluminaban todos los
rincones.
El ruido
no se repitió y fui calmándome poco a poco; sin embargo,
permanecía inquieto y me volvía a menudo.
Al día
siguiente me encerré a hora temprana, buscando la forma en
que podría conseguir ver lo Invisible que me visitaba.
Y lo vi.
Estuve a punto de morir de terror.
Había
encendido todas las bujías de mi chimenea. La habitación
estaba iluminada como para una fiesta. Sobre la mesa
ardían mis dos lámparas.
Frente a
mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas. A la
derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el
cerrojo echado. A mi espalda, un grandísimo armario de
luna. Me miré en él. Tenía unos ojos extraños y las
pupilas muy dilatadas.
Luego me
senté como todos los días.
La víspera
y la antevíspera el ruido se había producido a las nueve y
veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento
preciso, percibí una sensación indescriptible, como si un
fluido, un fluido irresistible hubiera penetrado en mí por
todas las parcelas de mi carne, sumiendo mi alma en un
espanto atroz. Y se produjo el crujido, justo a mi lado.
Me
incorporé volviéndome tan deprisa que estuve a punto de
caerme. Se veía como en pleno día, ¡pero yo no me vi en el
espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba
dentro, y sin embargo me hallaba enfrente. Lo miré con
ojos enloquecidos. No me atrevía a avanzar hacia él,
sintiendo que entre nosotros se interponía él, lo
Invisible, que me tapaba.
¡Qué miedo
pasé! Y he aquí que empecé a verlo envuelto en bruma en el
fondo del espejo, en una bruma como a través del agua; y
me parecía que aquella agua fluía de izquierda a derecha,
lentamente, volviéndome más preciso segundo a segundo. Era
como el final de un eclipse. Lo que me tapaba no tenía
contornos, sino una especie de transparencia opaca que iba
aclarándose poco a poco.
Y
finalmente pude verme con claridad, como hago todos los
días cuando me miro.
¡Lo había
visto!
Y no he
vuelto a verlo.
Pero lo
espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en
esa espera.
Permanezco
horas, noches, días y semanas delante del espejo
esperándolo. ¡Ya no viene!
Ha
comprendido que yo lo he visto. Mas yo sé que lo esperaré
siempre, hasta la muerte, que lo esperaré sin descanso,
delante de ese espejo, como un cazador al acecho.
Y en ese
espejo empiezo a ver imágenes locas, monstruos, cadáveres
horribles, toda clase de bestias espantosas, de seres
atroces, todas las visiones inverosímiles que deben acosar
la mente de los locos.
Ésta es mi
confesión, querido doctor. Dígame qué debo hacer.
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