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LOS GATOS DE PÈRE
LACHAISE |
Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía
irritado después de haber perdido media mañana intentando
convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear.
Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére
Lachaise, se sentía más irritado aún por tener que abrirse
camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol en
los amplios escalones. Al llegar casi arriba, cansado de
mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una
cola. El maullido fue lo suficientemente fuerte como para
despertar a los muertos, pensó divertido. Pero los gatos
no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello,
arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una
nerviosa mirada por encima del hombro hacia los gatos,
Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.
Se entretuvo un momento en la puerta del
hall de entrada. Pierre estaba sentado en medio del
pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a
la puerta del homo funerario. A Bateman le recordó aquella
vez en que había observado la sala del tribunal durante el
divorcio de Pierre y Alicia, hacía doce años. Ahora
vaciló, preparando una explicación para la ausencia de
Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una
buena excusa, por supuesto, o quizá que ella estuviese
resfriada. Se decidió por el resfrío. Aunque primero
mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de
reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera
culpable.
La puerta del homo crematorio estaba
alzándose para revelar el resplandor rojo en su interior.
Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd
de pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de
Pierre y su hermana. La puerta descendió. Eso era todo.
Mientras el grupo se levantaba con un suspiro colectivo.
Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la
decepción de Pierre al no ver a Alicia a su lado. Bateman
dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.
Pierre respondió casi rudamente con una
mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su hermana que
se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo.
El grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del
crematorio y caminaron cruzando la gran plaza pavimentada.
Osear, el difunto, era el cuñado de Pierre.
Podía decirse que había muerto a causa de la bebida, pero
de una forma más bien macabra. Osear se había ahogado tras
perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf,
durante una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel
a su alrededor. La policía lo encontró allí, sin ningún
documento de identidad. Tomaron sus huellas dactilares,
pero Osear había nacido en Toulouse. Antes de que la
familia se enterara de su muerte, el cuerpo había sido
llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el famoso
cementerio en el 20° arrondissement. Lo más
sencillo era seguir adelante con el funeral de los pobres.
—Hemos tenido suerte de que lo incineren
solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las cremaciones
de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.
Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no
dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo de uno de los
senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las
manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable
atardecer, y las hojas de los viejos árboles se agitaban
sobre sus cabezas.
—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre,
refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que
no estaba más seguro de los sentimientos de ella que de
los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía
mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un
bebé cuando Alicia se divorció de él.
Pierre era un hombre adusto y silencioso
por naturaleza, pero hoy parecía estar buscando una forma
de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él,
consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su
timidez y cortedad. Pero Bateman tampoco se sentía tan
comunicativo como de costumbre.
Su camino se vio entonces cruzado por uno
de los grandes gatos que residían en el cementerio.
Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde
detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas.
Eran enormes, y Bateman supuso que se alimentaban de
ratones de campo y de otros roedores.
—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son
enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que
era capaz de predecir cualquier cosa que Pierre fuera a
decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero,
pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real.
Bateman podía mirar al frente y captar los más notables
detalles de los caminos del cementerio. Mientras pasaban
junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada
uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación,
no por vez primera, de la diferencia de sus caracteres.
Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo obvio, de
actuar como si las condiciones reales de la vida y las
exigencias de los convencionalismos simplemente no
existieran.
Alicia también era así. Cuando se había
iniciado su aventura en una pequeña galería de arte de la
Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en
el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la
posición de Pierre en la fábrica de ladrillos y tejas de
su suegro se convirtieron en algo secundario ante la
supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo
amor.
Bateman se hallaba en viaje de compras,
añadiendo nuevas propiedades a la colección de arte de un
hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva
York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados
a las líneas telefónicas que unían París y Nueva York. Él
gastó sus ahorros en viajes aéreos. Finalmente, Bateman
convenció al rico neoyorquino de que lo enviara
permanentemente a París. Pocos años más tarde, Bateman
abría su propia galería. Pero el período anterior al
divorcio fue doloroso para todos ellos.
Pierre permaneció junto a Alicia durante
todo ese tiempo por el bien de Janine, preparando
biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia
prosiguió a la vez su floreciente carrera como artista y
su amor con el norteamericano, y de algún modo halló entre
ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.
Bateman imaginó que Pierre hubiese
preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el amor de
Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca
encontró a otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio
del cual Bateman no hubiera sido capaz. Debido a ello,
Janine creció como una niña feliz.
Durante aquel año, Bateman y Alicia
escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo su
aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al
apartamento de él o a la galería, aunque a veces también
la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la llamaba desde
Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se
pusiera al aparato. Las primeras veces que esto ocurrió,
Bateman colgaba, pero a medida que iba acostumbrándose a
la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a
dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de
protesta.
Bateman miró a Pierre, reflexionando que
probablemente esa misma reprimida y poco imaginativa
cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel
tenso período, por no mencionar los últimos doce
solitarios años. Detrás de un árbol vio cómo desaparecía
la cola de un gato.
—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—.
¿Crees que hay alguien que les da de comer?
Pierre se echó a reír de aquella forma
ahogada tan característica, una especie de agitación de la
cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas
salía sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su
eterna expresión de tristeza, pero por una vez hubo como
una chispa de animación. Dijo:
—Hablé con uno de los hombres que trabajan
en el crematorio antes de que tú llegaras. Le pregunté por
los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente
los revestimientos internos de ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y
el nombre de la compañía de su padre, para la cual seguía
trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados
cada cuatro años o así. No es mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo
Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.
Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo
ése me contó una curiosa historia acerca de los gatos. No
sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman
con la expresión maníaca que adoptan cuando están
hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que
alcanzan los mil doscientos grados —dijo Pierre—. Pero el
gas es tan caro estos días que intentan economizarlo
reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los
hornos no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que
retirar los cadáveres antes. A menudo, cuando se trata de
un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido
congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se
hallan completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen
entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con
la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan
los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El
cráneo y el cerebro constituyen un problema mayor.
—¿El cerebro?
—Sí. Se halla encerrado, rodeado de
líquido, y es muy difícil de quemar. Además, ya sabes, en
verano los cuerpos deben mantenerse a una temperatura muy
cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo
para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un
principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se
interrumpió mientras doblaban una esquina.
Habían llegado a una sección de las tumbas
cubierta con pintadas, muchas de ellas obscenas. “Quiero
joderte, Jim.” “La Serpiente.” “Patrick, Harley Davidson,
1984.” Y finalmente, pintada con spray en brillantes
colores sobre una losa de granito sin labrar, la
explicación: “Jim Morrison, The Doors”.
Se detuvieron a contemplar los centenares
de inscripciones garabateadas con tiza o pintura. Algunas
llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para
Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les
importara nada. Se sintió avergonzado por ellos, incluso
después de todo aquel tiempo transcurrido.
Había un pequeño grupo de ciclistas
descansando en la curva del camino. La bicicleta era una
estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran
lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear
entre las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas
encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las
tumbas cubiertas de hierba. Bateman y Pierre podían oír
sus risas mientras examinaban las anticuadas
inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos
hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando
directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el
sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. El
sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las
cinco y media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco
sendero abajo, procurando no ver las profanaciones
practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock
norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los
nombres y comentarios. Minutos más tarde, Bateman miró
hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las
bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda
acerca de sus máquinas.
Bateman podía ver la plaza del crematorio y
al otro lado el columbario, donde instalaban las urnas
conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una
extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro
pastor alemán permanecía de pie, inmóvil. Incluso a
aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y la
cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había
una docena de enormes gatos. Uno de ellos avanzó hacia el
perro, y el anillo de gatos se contrajo en tomo al animal.
El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro, como si
estuvieran a punto de atacarlo, cuando, procedente del
crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo
hacia los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al
hombre mientras tiraba del perro, alejándolo.
Hubo sonido de risas y una especie de
forcejeo entre los chicos y chicas en el recodo del
sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre
todavía seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que
contenía los restos de Víctor Hugo estaba en algún lugar
por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de
Rothschild y Gertrude Stein.
Las tumbas eran pintorescas. Algunas
estaban amuebladas con una especie de silla baja de
respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y
rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en
las paredes para colgar coronas. Aunque la mayoría de las
criptas estaban cerradas con llave, algunas permanecían
abiertas. Miró hacia una que había sido utilizada como
refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la
cantidad de botellas de vidrio verde esparcidas por el
suelo. Enrollado en el acolchado asiento del antiguo
prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.
¿Era su imaginación, o aquel gato le
observaba con una mirada particularmente salvaje? Nunca le
habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus
bocas, mostrando la punta de sus lenguas y sus ojos
vidriosos, fijos en un inimaginable éxtasis felino, los
encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de
aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis!
Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar
a Pierre, y se encontró ante su rostro. Disimuló su
impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que
te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le
dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar. —Por un
momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya
era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me
refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también
tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo
siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos
brillando repentinamente.
Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le
cogía por sorpresa. Era la primera vez que veía a Pierre
mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de
metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.
En un tenso silencio, caminaron por un
atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y denso
follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió
incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie
de picor en su cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que
Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna
especie de venganza física? Nunca había dicho una palabra
en contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono,
nunca había dejado de transmitir uno de sus mensajes. Como
cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como
era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel
pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se
merecía su simpatía, su ayuda, no su desprecio.
—Antes me estabas contando algo —dijo
Bateman, dándose la vuelta.
Pierre andaba con la mirada baja, las manos
unidas a su espalda, y Bateman se sintió más avergonzado
aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista.
Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún
monólogo interior.
—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo.
Aunque supongo que sería interesante conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo
consiguen estar tan gordos. Tú piensas que deberían estar
muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón
—dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de comer.
Aunque el hombre del crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos.
Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú?
—preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte
lo que comen los gatos.
Habían salido, por la parte de atrás, al
columbario. No era más que una pared de nichos, en los
cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una
placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban
vacíos y señalados con un “Réservée”. Cruzaron el
amplio patio que daba frente al crematorio, con el
imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.
Abandonaron la plaza y continuaron hacia la
salida a través de una sección de viejas tumbas, formando
terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de “bajo
alquiler”, con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy
pocas espléndidas y bien cuidadas.
—Dijo que lo había puesto en algún lugar
por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente para
alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que
bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó con
enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.
—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El
tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas
casi oculta de la sección principal. Allí había un pequeño
grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro
oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado
reclinatorio de una de las criptas, examinando el
contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente
fuera de la pequeña estructura de piedra.
—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado,
hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.
Había no menos de veinticinco grandes gatos
congregados en torno a la puerta de otra tumba. Se
estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando
descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de
cerámica. No sentía ningún deseo de ensuciarse los
pantalones en aquel suelo.
—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—.
Está demasiado oscuro ahí dentro.
Bateman dio un paso hacia la angosta
oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de
plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que
arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada
a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente.
No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con
sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había
visto un cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente
consumido. Por los gatos, supuso.
Sufrió un violento sobresalto cuando una
araña reptó por su mano. La aplastó contra la pared de
piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo
ruido y el crujido de hojas sobre él, como si algo
aterrizara en el techo; un enorme gato, sin lugar a dudas.
Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. Empezó a
alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido
y sintió que la puerta de la tumba se cerraba contra la
suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente. Se
volvió en redondo, dificultado por el angosto espacio.
Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo
de un robusto candado con cerradura de combinación, de los
usados en las cadenas para bicicletas. Tenía que haber
sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.
—¡Abre, Pierre! —gritó.
No hubo respuesta. Estaba seguro de que
Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó arrodillado con
los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de
que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en
su mano.
“Meaouuu”, oyó, junto con el ahogado sonido
de varios pares de almohadilladas patas. El enorme rostro
de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus
malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.
Lanzó todo su peso contra la verja de
hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al primer
golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era
inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar
impulso. El gato de la ventana saltó al interior, a su
lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.
El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a
su tobillo, inclinando la cabeza como si sintiera
curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo
dolor y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y
bufó, sonando muy fuerte en el reducido espacio. ¿Qué
ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado a
punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de
ellos en aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover
brazos y piernas.
—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!
Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres
gatos aparecieron repentinamente en el suelo, junto a él.
Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él
y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata
delantera trazaba surcos junto a su ojo derecho. Con toda
su fuerza, ignorando las uñas afiladas como cuchillos,
arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras
pateaba a los otros, que habían empezado a atacar sus
piernas.
—¡Que alguien me ayude! —gritó.
Entonces vio a Pierre, a unos metros de
distancia de la verja, exhibiendo en su rostro la misma
expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba
histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor,
abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no
sé la combinación.
Había el asomo de una sonrisa aflorando a
sus labios, aunque su mirada seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la
pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de dolor.
Pierre había dado media vuelta y empezaba a
andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—.
¡Piensa en Alicia!
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar
reconsiderando la situación.
Bateman se aferró a los oxidados barrotes
de su jaula mientras Pierre desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré
que llegarás tarde para cenar.
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