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AUGUSTO ROA BASTOS

Augusto
Roa Bastos (1917/2005), escritor paraguayo, nació en
Iturbe, el 13 de junio de 1917. Hijo de padres burgueses,
recibió una doble influencia: la cultura aborigen guaraní
que teñiría su obra con algunos giros y una formación
académica.
Ya en Asunción
lee a clásicos franceses y a Faulkner gracias a su tío el obispo
Hermenegildo Roca, con quien vivía. Enfermero durante la guerra
del Chaco (1932), a partir de allí fue un ferviente defensor de la
paz.
Hizo sus
primeros viajes a Europa como periodista de El País. Escribió
teatro e integró el grupo Vy’a Raity (Nido de alegría, en guaraní)
en 1944, impulsando junto a Josefina Plá y Hérib Campos Cervera la
renovación literaria en su tierra. Como corresponsal de El país
entrevistó a De Gaulle (1945), luego fue a Francia y finalmente
asistió al juicio de Nüremberg. Amenazado en esta ciudad se exilió
en Argentina. Empleado en una compañía de seguros, en esa etapa
publicó la mayor parte de su obra.
Algunas obras.
Teatro: La carcajada (1930), La residenta y El niño del rocío
(1942) y Mientras llegue el día (1946). Poesía: El ruiseñor de la
aurora (1942), El naranjal ardiente (1947), Nocturno paraguayo
(1960) y El génesis de los Apapokuva (1970). Cuento: El trueno
entre las hojas (1953), El baldío (1966), Los Congresos (1974),
Los juegos (1979). Novela: Hijo de hombre (1960), Yo, el Supremo
(1974), Vigilia del Almirante (1992). Guiones: Shunko (1960),
Alias Gardelito (1960).
Con la
dictadura genocida argentina (1976-1982) se traslada a Francia y
trabaja como profesor de literatura y guaraní en la Universidad de
Toulouse. En 1982 se le retira la ciudadanía paraguaya, pero
regresa a su país tras el derrocamiento de Stroessner en 1989.
Desde entonces y hasta su muerte, escribió una columna de opinión
en el diario Noticias de Asunción.
La temática de
su obra nunca se apartó del eje principal: la lucha contra el
poder y el autoritarismo en cualquiera de sus formas. Galardonado
con el Premio Cervantes (1989), ha sido traducido a 25 idiomas,
tal el alcance logrado. Murió en Asunción el 26 de abril de 2005.
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El primer
desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a
sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante.
Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las
tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el
angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre
el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía
detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata
que le servía de perforador. La creciente humedad que iba
impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no
estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo
que representaba unos veinticinco días más de trabajo
hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis
presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros
diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la
capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de
desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que
fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que
entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los
rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si
bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión,
ganaban también unos cuantos centímetros más de “bodega”
para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra
civil había concluido seis meses atrás. La perforación del
túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por
diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los
ochenta y nueve presos políticos que se hallaban
amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete,
ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían
entrado nunca más de ocho o diez presos comunes.
De los
diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia
de morirse, a nueve se habían llevado distintas
enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a
cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a
dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se
habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de
la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde
afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para
la apertura del túnel.
Esta
estadística era la que regía la vida de esos desgraciados.
Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún
sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su
odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas
mariposas de aceite que a pocos metros de allí —tal vez
solamente un centenar— brillaban en la Catedral delante de
las imágenes.
La única
respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato,
que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos
hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la
libertad, un soplo fresco y brillante entre los
excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de
inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba
más allá de ese boquete negro.
Eso era lo
que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el
plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.
Un nuevo
desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los
riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades
atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia
de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas
puntadas en la carne, en los huesos de las piernas
enterradas. No había sido una simple veta reblandecida.
Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que
llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un
cimiento se estaba sumiendo en la falla provocada por el
desprendimiento.
No le
quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas
sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las
uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los
que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los
que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca
del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros,
unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un
topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A
medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado.
Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio
entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz.
Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante
tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía
darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que
no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio,
sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las
yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e
impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo
mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin
fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De
pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él
quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que
empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus
piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que
se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo
sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y
oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura
se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a
recordar.
Recordó
aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco,
hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba
fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos
los detalles.
En el
frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis
meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a
frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban
obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta
metros entre unos y otros.
En las
pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había
hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de
metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas
tierras.
El
altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por
la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y
castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo
voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los
grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde
el corazón de su gente también absurda y cruelmente
perseguida, las polcas y guaranias, juntándose,
hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía
desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que
gente americana siguiese muriendo, matándose, para que
ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de
estadística y mercado, de trueques y expoliaciones
correctas, con cifras y números exactos, en boletines de
la rapiña internacional.
Fue en una
de esas pausas en que en unión con otros catorce
voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen
hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos
verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir
detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en
el momento señalado entraría en erupción como el cráter de
un volcán.
En
dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación
subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en
erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de
proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las
posiciones enemigas.
Recordó en
la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había
precedido a la masacre y también el que lo había seguido,
cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos,
sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de
los astros había producido la mutación de una breve
secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa
espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo
detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje
nocturno.
Recordó,
un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos
sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían.
Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el
girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a
una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de
una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento con un túnel
idéntico pero inverso al que les estaba acercando al
exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y
flexible, esas distinciones en realidad carecían de
importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno
fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en
ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo
recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora.
Recordó que cuando la automática se le había finalmente
recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces
arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le
durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que,
mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado
recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que,
aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y
acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él
mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario
carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de
bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en
su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra
(real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación
duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos
chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel
túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido
cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había
empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había
servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo
túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de
entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a
pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como
un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que
tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad
era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella
noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres
había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño;
menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño
futuro en medio del humo de la batalla
Con el
último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir,
a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora
sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto
redondel de la salida.
Soñó
(recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción
hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a
sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos.
Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y
que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó)
la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente.
Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite
secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se
estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles
de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo
fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión.
Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había
agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que
soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla,
soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó
nítidamente al soldado enemigo a quien había abatido con
su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla.
Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su
ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se
hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño
de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un
diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La
frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada
en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.
Los presos
de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho
Rodi, a la noche siguiente encontraron inexplicablemente
descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche
siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los
pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No
enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela.
Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto.
La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada,
estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron,
salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió
en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las
ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico
escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día
siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos
cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que
pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo
mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable:
el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo.
Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la
celda. La evidencia anulaba algunos detalles
insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió
ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela
abandonada.
Poco
después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4
(Valle-í) volvió a quedar abarrotada.
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