DANIEL SORÍN

Daniel Sorín (1951), escritor argentino nacido en Buenos Aires.

Ha publicado Error de cálculo
—ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (traducida al ruso en 2002); El dandy argentino (2000), Palabras escandalosas (2003), Palacios. Un caballero socialista (2004), y —de reciente aparición— Velas para Gilda (2007), de la que hoy presentamos sus primeras páginas.

Velas para Gilda da cuenta de un tiempo extraño en el que se dejó de hablar de la muerte, como si ésta no existiera. Sin enfermedades, ni vejez y, sobre todo, sin muertos. Nadie se iba, nadie era enterrado. En esas circunstancias, un panadero, Manuel Zamán, descubre el gran negocio; usando la complicidad de policías y políticos, con métodos de la más genuina mafia, crea un monopolio ilegal pero lucrativo que soluciona ciertos “inconvenientes” a la gente.

Todo fue bien hasta que un joven obsesivo, Luis X, descubre que algo no funciona, anomalías extrañas en ciertos hábitos de comportamiento. Construye entonces una organización clandestina y celular de contrainformación que reunirá datos para combatir a un enemigo invisible pero real, el Olvido. Los miembros tendrán nombres falsos y como apellido sólo una letra.

Pero toda fuerza provoca su contraria, ante el Olvido surgen grupos que se reúnen para recordar y que serán conocidos como los Memoriosos. En ese contexto, la desaparición precoz de una cantante popular y milagrera provoca en los suburbios un culto cálido y contrario a los tiempos. Memoriosos y Gilderos tendrán un destino común e inevitable, enfrentarse con el Olvido. La aparición de una nueva y asombrosa enfermedad precipita el desenlace, el gobierno actúa como puede pero el enfrentamiento y la violencia resultan del todo inevitable.

Daniel Sorín retoma en Velas para Gilda la saga de Error de cálculoVelas es una ácida parodia del país real, de la corrupción de sus instituciones, del oscuro juego del poder y de ciertos extraños cambios de las costumbres

Daniel Sorín trabaja en la divulgación literaria y en educación a distancia.

 

 

 

 

VELAS PARA GILDA

 

Comencé la búsqueda por una intuición, hacia 1992. Estudié un cambio de conducta, una variación sutil y silenciosa; estuve atento a un comportamiento que hoy juzgamos normal, pero que no siempre fue así. Sin embargo, casi veinte años después no había logrado dilucidar las causas de la alteración, o sea que no tenía nada, porque así podamos describir un fenómeno hasta en sus más insustanciales detalles, si desconocemos las razones que lo provocan no sabemos nada, absolutamente nada sobre él.

Lo que evitó mi fracaso fue un acontecimiento imprevisto: en mayo de 2011 llegó a mis manos el libro maldito. Su existencia —supe después— era un secreto, un comentario apenas susurrado que recorría las calles de la ciudad de Buenos Aires. Algunos, muy pocos, hemos tenido la imprudencia de leerlo; han dicho con innegable lógica que, como el legendario Necronomicón, confunde los sentidos y deja oscuras incertidumbres en el alma. Fue publicado en París el 1º de febrero de 2010, llegó a Buenos Aires meses después, y yo tomé conocimiento de él —como ya dije— en mayo de 2011. Cuando lo hice descubrí algo increíble: la investigación que había hecho sobre ciertos cambios en los hábitos de comportamiento se correspondía con los acontecimientos de 1976 allí narrados. Éstos eran la causa oculta de aquéllos.

Lo que ahora me dispongo a contar es la otra historia que comienza donde su mítico autor, Ramón Carpintero, dejó la suya: el holocausto ya ha ocurrido, y ya se ha olvidado. Dicho de otra manera: un destino arbitrario ha querido que completase una historia escrita e investigada por otros de mayores y mejores méritos.

Luis X, Londres, abril de 2016.


Primera parte - El Olvido

El comienzo
 

De: Francisco T
Para: Luis X
Próximamente cambiaremos las claves, tenemos un nuevo ciclo de rotación.

 

Se había repetido infinidad de veces que no quería ser el primero en llegar, temía que el viejo le hiciera preguntas para las cuales no tenía respuestas. Hizo lo posible para llegar diez minutos pasadas las cinco de la tarde, estaba seguro de que para esa hora no estarían solos, lo que inhibiría al viejo de lanzarle incómodos dardos. Pero no pudo con el orden maniático de su inconsciente y cuando consultó su reloj al bajar del taxi, todavía faltaban seis minutos para la hora indicada. Contrariado, entró en el canal.

—Buenas tardes señor Argüello —lo saludó la joven recepcionista.

—Buenas tardes Raquel, ¿ha llegado alguien?

—Por supuesto, están todos.

Entraron en un raro recinto de seis metros de ancho y treinta de largo, totalmente ocupado por escritorios. Hacía unos años había estado separado de un patio semicubierto por una doble pared de vidrio que, como un invernadero, alma­cenaba plantas y tubos fluorescentes. En aquel patio siempre esperaba una infinidad de personas. Incluso alguna vez, durante su adolescencia, había hecho una larga cola con sus compañeros de escuela para entrar en el Estudio 1; ese día había conocido al famoso Roberto Galán.

La secretaria lo guió por pasillos que él ya conocía muy bien; caminó sobre alfombras rojas, entre paredes con magníficas reproducciones, sabía de memoria que esperaban colgados dos Degas, un Monet, un Gauguin y dos Toulouse-Lautrec. Raquel le abrió la puerta y él confirmó que, efectivamente, estaban todos. La amplia sala de reuniones tenía el clima desordenado del trabajo.

Notó que no había ninguna silla desocupada.

—Bien señores, eso es todo —les dijo el viejo a los ejecutivos.

Con terror se dio cuenta de que la reunión había terminado. Sintió que las piernas le temblaban, mientras los músculos de su cara quedaban petrificados en una mueca que pretendía semejar una sonrisa.

—Argüello, te felicito, muy bueno lo de ustedes.

El imbécil de Estévez le tendía la mano, burlándose de las desventuras futboleras de su equipo.

Se la estrechó, confuso.

—Gracias —dijo, por decir.

Aturdido por la sorpresa, conservó colgada en su cara una estúpida sonrisa y la sensación que una bomba estaba a punto de estallar en su interior. ¿Y si Estévez se estaba burlando de otra cosa? ¿Si el "te felicito" significaba "la reunión ya terminó, y vos quedaste afuera"? La sonrisa se le borró del rostro, metamorfosis que fue visible para todos, breve momento en que algo dentro de él se tensó hasta un extremo insoportable.

—Argüello, mi querido Argüello...

El viejo avanzó hacia él, le pasó el brazo por encima de los hombros y se dirigió al burlador:

—...Estévez, usted sabe muy bien cuáles son las debilidades de mi gerente, no lo presione. Sepa que el amor a la camiseta es ciego.

El alma le volvió al cuerpo.

Cuando todos se fueron, después de interminables despedidas y aclaraciones de último momento, entraron en la oficina privada del viejo; allí, entre peceras y monitores, el legendario Alejandro Bravo sirvió dos whiskys.

—Argüello, no lo hice venir para la junta porque ya no era necesaria su presencia...

Hizo silencio, un terrible silencio. Bravo conservaba, pese a los años, intacta toda su fiereza. La razón por la que despertaban sus urgentes instintos sanguinarios no era ese joven que tenía delante, uno de sus mejores colaboradores, sino la necesidad de entrenamiento, de estar en forma. Aun sin proponérselo, no podía dejar de mostrar sus garras.

—...lo necesito en otro lado —aclaró.

Pese al esfuerzo por reprimirlo, Argüello dio un largo y profundo suspiro.

—Necesito que se haga cargo de otra cosa.

—Sí, dígame usted.

—De la consultora.

—¿De la consultora, señor?

Bravo tomó un sorbo de whisky.

—Tenemos un trabajo que me preocupa y usted es el hombre indicado, hay que hacerlo con tacto y mucha discreción.

—¿De qué se trata?

—Usted sabe que el Padrón Electoral se actualiza constantemente. Hay dos datos que tienen mucha importancia, uno es el de los nuevos ciudadanos, los que llegan a la mayoría de edad y están en condiciones de votar. ¿Adivina el otro?

—...

—¡Los que mueren, Argüello! Deben borrarse del padrón.

—Claro, cierto —contestó Argüello incómodo, mientras sentía que una gota de transpiración se deslizaba por su espalda.

—Por eso es obligación informar al Registro sobre los decesos y devolver los documentos. Usted sólo lo leyó en los libros, pero hace mucho tiempo, aunque le parezca mentira, los muertos votaban.

Argüello se preguntó qué tenía que ver todo eso con él.

—Un empresario a quien le debo algunos favores me pidió que le hagamos un estudio: necesita saber con exactitud la diferencia que existe entre los documentos de identidad devueltos y la cantidad de entierros.

Argüello tuvo la desgracia de estar tomando un sorbo de whisky en el momento que el viejo pronunció "entierros".

—Sí, es sorprendente ¿verdad, José Luis?

—Pero, ¿para qué necesita —buscó con premura las palabras indicadas que ocultasen sus sensaciones— ese cruzamiento de datos?

—...digamos que, por esta vez, no necesitamos saber eso.

A Argüello se le entrecortó la respiración, había dicho algo imprudente.

—Por supuesto, es que me sorprendió —dijo, disculpándose.

—Es preciso ubicar geográficamente la diferencia que hubiese —Bravo tomó otro trago y agregó—, por clase social, sexo, nivel cultural, de ingresos. En fin, lo habitual.

—Tomaré contacto con el empresario mañana mismo. A propósito, ¿quién es?

—Tampoco necesitamos saber eso, Argüello.

Hizo silencio, al director le gustaba prolongar los momentos decisivos, sabía que eran una tortura.

—Prefiere el mayor de los anonimatos, un asistente se comunicará con usted en los próximos días. Por ahora, hágase cargo de la consultora.

Argüello se fue de la amplia oficina con la sensación que una manada de búfalos había pasado encima de él. Aunque en realidad había sido sólo uno.

 

 

El informe del licenciado Fidanza decía que el aspirante tenía una notable destreza en el manejo de los números, acompañada por una extraordinaria memoria. Ampliaba informando que era poseedor de un carácter sociable y de una mente sagaz, aunque poco asociativa. Sus análisis de laboratorio, tanto el de sangre como el de orina, y la placa radiográfica de tórax eran inobjetables. Se podría decir que tenía una salud perfecta, del todo acorde con sus años. Durante la escuela secundaria sus notas habían sido más que satisfactorias, recibiéndose de perito mercantil con un promedio general de 7 puntos con 83 centésimas. Luis X era, para el licenciado Fidanza, el más firme de los cinco candidatos seleccionados para el puesto.

Carlos Argüello, que recién se había hecho cargo de su puesto directivo, recibió y leyó los informes del licenciado durante la mañana del primer martes de marzo. Tenía urgencia en comenzar el trabajo, para lo cual debía elegir sin dilación a uno de los seleccionados. Tomó la carpeta verde, la leyó, pero había algo que le molestaba.

Levantó el teléfono.

—Fidanza ¿qué significa “una mente sagaz, aunque poco asociativa”?

El licenciado hizo un prolongado mutis, más para crear un aura intelectual que para buscar las palabras precisas.

—El muchacho es inteligente, resuelve con habilidad los problemas matemáticos, pero presta poca atención a la esencia de lo que tratan.

—Amplíeme eso —exigió Argüello.

—Digamos que tiene una inteligencia obsesiva pero distraída.

Argüello, contrariado, apretó el puño de su mano izquierda, el licenciado no se la estaba haciendo fácil.

—Usted le pide que resuelva el costo de un determinado aparato electrónico para producirlo en una planta —completó Fidanza antes de que él pudiese intervenir—; le da todos los datos sobre la fabricación de las distintas piezas, los que tienen que ver con el personal, los referidos a la investigación, la administración, la publicidad y la distribución. Él hace los cálculos correctos y llega a un costo acertado, pero para ese momento ya olvidó si el costo que se le pidió era de un aparato electrónico o de cien kilos de manzanas.

—Gracias, Fidanza.

Se recostó sobre el sillón y sonrió. Levantó el informe del aspirante mientras tomaba la carpeta verde con la otra mano; dejó a ambos sobre la mesa auxiliar y pidió a su secretaria que los viniese a buscar. Había conseguido lo que estaba buscando.

 

 

Luis X tenía 18 años cuando en marzo de 1992 tuvo delante de su vista aquellos dos números. Fue una tarde de lluvia al finalizar el verano. Había terminado la secundaria y prestaba sus pocos requeridos servicios a una consultora de negocios que había sufrido un inesperado cambio en su dirección, la empresa evaluaba tendencias de mercado, factibilidades de producción y costos financieros, cosas que, por supuesto, él ignoraba absolutamente. Su labor no pasaba de colocar números en hojas de cálculo y aplicar las fórmulas mal aprendidas en los dos últimos años del comercial.

Meses después empezaría el curso de ingreso en la universidad, hacía casi seis años que esperaba ese momento. Sabía que nadie en su cercano núcleo de familiares y amigos se extrañaba por su decisión, hacía tiempo que estaban al tanto de que él quería ser contador. Durante años vio dibujada la desilusión en los ojos de quienes escuchaban por su propia boca la confirmación, sabía que la suya no era una carrera románticamente heroica, ni áridamente intelectual. No hacía falta ni genialidad ni poesía para ser contador, sólo amar el orden y el equilibrio. Lo había explicado muchas veces, no le faltaba ni convicción ni facilidad de palabra para hacerlo, pero ya había desistido de hacerles entender la necesidad insoslayable y la clara belleza del balance cero entre el debe y el haber.

Lo cierto es que la tarde del 24 de marzo de 1992, sentado frente a la computadora, observó cómo aparecía el primero de los números que cambiaría su vida.

Veintitantos años después, mientras merodeaba una puerta negra al final de una breve escalera y consumía, angustiado, los últimos minutos de una larguísima búsqueda, ya a punto de ver al mítico Ramón Carpintero, se preguntó, otra vez, cómo había comenzado aquella historia de olvidos y desencuentros. Luis X recordaría entonces perfectamente cuando el número 455.181 apareció en la pantalla de su monitor.

A la mañana siguiente, entre filas y columnas, a Luis X se le asomó el segundo número: el 80.106. Fue como resultado de una vulgar suma y no le prestó mayor atención.

Ambos, el 455.181 y el 80.106, no ocuparon, no obstante, un lugar en su conciencia y se perdieron con rapidez en el olvido. Nada los hubiese juntado. Nada, salvo la imprevisible pero segura presencia del azar, que pudo más que los test del licenciado Fidanza.

Luis X solía leer libros de historia, tenía gusto por ellos. Una semana después, la noche del 30 de marzo, estaba leyendo El Buenos Aires de fines del siglo XIX, del erudito cordobés Jacinto Leónidas Ortiz; allí decía el historiador: "...durante la terrible epidemia de fiebre amarilla de 1876 no dio abasto el Cementerio de la Recoleta, lo que hizo que se empezasen a enterrar los muertos en el predio de veraneo de los estudiantes del Colegio de San Carlos, conocido con el nombre de la Chacrita de los Estudiantes. Se creó así el Cementerio de la Chacrita, con el tiempo conocido como de la Chacarita, lo que hizo que las cifras de muertos y de enterrados volviesen a coincidir".

Levantó la vista de las hojas amarillentas, una estrella fugaz pasó por su cabeza.

Volvió a leer: "...lo que hizo que las cifras..."

Cerró los ojos y se repitió para sí: "...volviesen a coincidir."

Se levantó de la cama.

Pero ahora, un siglo después, estaban lejos, muy lejos de hacerlo. En la oscuridad de la noche un ardor, que no era otra cosa que su futura úlcera, se hizo presente.

 

 

La no correspondencia de aquellos números abrumó a Luis X que, además, se preguntó la razón, el motivo, de investigar esos temas tan increíbles. "Increíbles" fue la palabra que usó al preguntarle a su jefe; tratando de no traslucir la sensación de asco que se había apoderado de él. Pero su jefe no le ofreció ninguna respuesta satisfactoria. Le dio, eso sí, una sentencia ciertamente desconcertante:

—Los números son todos iguales —dijo.

—¿Cómo?

—Insustanciales...

—No entiendo.

—Fíjese: tres estufas y tres recuerdos. ¡Es lo mismo!

—...

—¿Entiende?

Pero Luis X no entendía.

—El número tres es igual al número tres. Es inmutable, porque los números son in-sustanciales.

Dijo, con gesto filosófico.

—El número no depende de la sustancia, no depende de a qué nos estemos refiriendo. ¡El número es una abstracción!

—Sí —dijo Luis, todavía más confundido.

—Bien, eso es todo.

Como Luis X permanecía petrificado, el jefe sintió la necesidad de una concisa aclaración.

—No nos interesan los temas. No importa si son increíbles o no, no es cosa nuestra, nosotros solamente manejamos números: entidades abstractas e insustanciales. Dicho de otra manera: el tres es tres, y punto.

Esa noche a Luis X todavía le resonaban las palabras de su jefe cuando en un viejo cine de reposiciones vio —sutil mensaje cifrado del destino— La conversación. En la película un meticuloso detective grababa desde múltiples micrófonos el diálogo entre dos personas en un parque público. No le importaba lo que hablaban, su oficio consistía en reconstruir, en armar el rompecabezas, con precisa artesanía e insuperable técnica, para después entregarlo a su cliente.

Luis X no supo pero intuyó que las conjeturas filosóficas de su jefe no eran más que una maniobra dilatoria. Efectivamente, luego de hablar con él el hombre había decidido que, a primera hora de la mañana siguiente, le anoticiaría a Argüello de la lamentable e imprudente curiosidad del nuevo contratado.

Pero no pudo hacerlo, porque esa noche sería parte involuntaria de un asalto que terminaría con su vida. Casual y definitorio suceso. Si no hubiese sido asaltado, si hubiera podido decirle a Argüello que el licenciado Fidanza había cometido un error, que la mente del joven no lucía tan disociada como predijo, sin duda la historia hubiese sido diferente o, al menos, Luis X no hubiera sido la pieza clave que fue en ella. En ese caso estas páginas no existirían, aunque serían del todo necesarias.

Pero, claro, nunca pasa lo que no ocurre.

 

 

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