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FERNANDO VALLEJO

Fernando
Vallejo (1942) nació en Medellín, Colombia. Allí
transcurre su infancia y parte de su juventud hasta que
decide trasladarse a Europa, en donde realiza estudios
cinematográficos. En 1971 fija su residencia en México.
Su vida es
registrada de manera novelística en algunos de los volúmenes de
una saga llamada El río del tiempo (2000), que reúne Los
días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de
indulgencias, El mensajero y Entre fantasmas. El
primero versa sobre su infancia en la finca de Santa Ana, en
Sabaneta, un pueblo cercano a Medellín, y luego en esta ciudad.
El fuego secreto (1987) relata su vida de adolescente y sus
primeras experiencias homosexuales en Medellín y en Bogotá. En
Los caminos a Roma (1988) y en Años de indulgencia
(1989), el escritor cuenta su paso por Nueva York y algunas
ciudades europeas. El mensajero es una biografía de
Porfirio Barba-Jacob, basada en una pormenorizada investigación.
Los volúmenes finales continúan la vida del narrador dada a
conocer en los primero libros, y que podemos identificar con
Vallejo.
Su libro más
controvertido y también más conocido es
La virgen de los sicarios (1994). A través de un lenguaje
coloquial e irreverente nos habla de su regreso a Medellín, ya
anciano. Allí conoce a un sicario homosexual con el que sostiene
una relación amorosa que le dará ocasión de penetrar el lado más
oscuro de la violencia de esta ciudad. En 2000 la obra es llevada
al cine por Barbet Schroeder.
Este autor, que se
considera el único gramatólogo vivo de Colombia, publicó en 1983
Logoi, Una gramática del lenguaje literario, obra en
la que plantea la idea de que la literatura es posible gracias a
los lugares comunes y a los clishés.
Vallejo dirigió las
películas Crónica roja (1977), En la tormenta
(1980), y Barrio de campeones (1983).
Es considerado uno
de los escritores más importantes de su país.
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LA VIRGEN DE LOS
SICARIOS |
Había en
las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible
que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí porque allí
cerca, a un lado de la carretera que venía de Envigado,
otro pueblo, a mitad de camino entre los dos pueblos, en
la finca Santa Anita de mis abuelos, a mano izquierda
viniendo, transcurrió mi infancia. Claro que lo conocí.
Estaba al final de esa carretera, en el fin del mundo. Más
allá no había nada, ahí el mundo empezaba a bajar, a
redondearse, a dar la vuelta. Y eso lo constaté la tarde
que elevamos el globo más grande que hubieran visto los
cielos de Antioquia, un rombo de ciento veinte pliegos
inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el
cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué
saben ustedes de globos! ¿Saben qué son? Son rombos o
cruces o esferas hechos de papel de china deleznable, y
por dentro llevan una candileja encendida que los llena
de humo para que suban. El humo es como quien dice su
alma, y la candileja el corazón. Cuando se llenan de humo
y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan,
soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el
corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús.
¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la
sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de
Medellín, capital de Antioquia; en la casa en donde yo
nací, en la sala entronizado o sea (porque sé que no van
a saber) bendecido un día por el cura. A él está
consagrada Colombia, mi patria. Él es Jesús y se está
señalando el pecho con el dedo, y en el pecho abierto el
corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo,
encendido, como la candileja del globo: es la sangre que
derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los
siglos amén.
¿Pero qué
les estaba diciendo del globo, de Sabaneta? Ah sí, que el
globo subió y subió y empujado por el viento, dejando
atrás y abajo los gallinazos se fue yendo hacia Sabaneta,
y nosotros que corremos al carro y ¡ran! que arrancamos, y
nos vamos siguiéndolo por la carretera en el Hudson de mi
abuelito. Ah no, no fue en el Hudson de mi abuelito, fue
en la carcacha de mi papá. Ah sí, sí fue en el Hudson. Ya
ni sé, hace tanto, ya no recuerdo... Recuerdo que íbamos
de bache en bache ¡pum! ¡pum! ¡pum! por esa carreterita
destartalada y el carro a toda desbarajustándose, como se
nos desbarajustó después Colombia, o mejor dicho, como se
"les" desbarajustó a ellos porque a mí no, yo aquí no
estaba, yo volví después, años y años, décadas, vuelto un
viejo, a morir. Cuando el globo llegó a Sabaneta dio la
vuelta a la tierra, por el otro lado, y desapareció. Quién
sabe adónde habrá ido, a China o a Marte, y si se quemó:
su papel sutil, deleznable se encendía fácil, con una
chispa de la candileja bastaba, como bastó una chispa
para que se nos incendiara después Colombia, se "les"
incendiara, una chispa que ya nadie sabe de dónde saltó.
¿Pero por qué me preocupa a mí Colombia si ya no es mía,
es ajena?
A mi
regreso a Colombia volví a Sabaneta con Alexis,
acompañándolo, en peregrinación. Alexis, ajá, así se
llama. El nombre es bonito pero no se lo puse yo, se lo
puso su mamá. Con eso de que les dio a los pobres por
ponerles a los hijos nombres de ricos, extravagantes,
extranjeros: Tayson Alexander, por ejemplo, o Fáber o Eder
o Wílfer o Rommel o Yeison o qué sé yo. No sé de dónde los
sacan o cómo los inventan. Es lo único que les pueden dar
para arrancar en esta mísera vida a sus niños, un vano,
necio nombre extranjero o inventado, ridículo, de
relumbrón. Bueno, ridículos pensaba yo cuando los oí en un
comienzo, ya no lo pienso así. Son los nombres de los
sicarios manchados de sangre. Más rotundos que un tiro
con su carga de odio.
Ustedes no
necesitan, por supuesto, que les explique qué es un
sicario. Mi abuelo sí, necesitaría, pero mi abuelo murió
hace años y años. Se murió mi pobre abuelo sin conocer el
tren elevado ni los sicarios, fumando cigarrillos
Victoria que usted, apuesto, no ha oído siquiera
mencionar. Los Victoria eran el basuco de los viejos, y el
basuco es cocaína impura fumada, que hoy fuman los
jóvenes para ver más torcida la torcida realidad, ¿o no?
Corríjame si yerro. Abuelo, por si acaso me puedes oír del
otro lado de la eternidad, te voy a decir qué es un
sicario: un muchachito, a veces un niño, que mata por
encargo. ¿Y los hombres? Los hombres por lo general no,
aquí los sicarios son niños o muchachitos, de doce,
quince, diecisiete años, como Alexis, mi amor: tenía los
ojos verdes, hondos, puros, de un verde que valía por
todos los de la sabana. Pero si Alexis tenía la pureza en
los ojos tenía dañado el corazón. Y un día, cuando más lo
quería, cuando menos lo esperaba, lo mataron, como a todos
nos van a matar. Vamos para el mismo hueco de cenizas, en
los mismos Campos de Paz.
La Virgen
de Sabaneta hoy es María Auxiliadora, pero no lo era en
mi niñez: era la Virgen del Carmen, y la parroquia la de
Santa Ana. Hasta donde entiendo yo de estas cosas (que no
es mucho), María Auxiliadora es propiedad de los
salesianos, y la parroquia de Sabaneta es de curas
laicos. ¿Cómo fue a dar María Auxiliadora allí? No sé.
Cuando regresé a Colombia allí la encontré entronizada,
presidiendo la iglesia desde el altar de la izquierda,
haciendo milagros. Un tumulto llegaba los martes a
Sabaneta de todos los barrios y rumbos de Medellín adonde
la Virgen a rogar, a pedir, a pedir, a pedir que es lo que
mejor saben hacer los pobres amén de parir hijos. Y entre
esa romería tumultuosa los muchachos de la barriada, los
sicarios. Ya para entonces Sabaneta había dejado de ser un
pueblo y se había convertido en un barrio más de
Medellín, la ciudad la había alcanzado, se la había
tragado; y Colombia, entre tanto, se nos había ido de las
manos. Eramos, y de lejos, el país más criminal de la
tierra, y Medellín la capital del odio. Pero estas cosas
no se dicen, se saben. Con perdón.
Por Alexis
volví pues a Sabaneta, acompañándolo, la mañana que
siguió a la noche en que nos conocimos. Puesto que las
peregrinaciones son los martes, nos tuvimos que conocer
un lunes: en el apartamento de mi lejano amigo José
Antonio Vásquez, sobreviviente de ese Medellín
antediluviano que se llevó el ensanche, y cuyo nombre
debería omitir aquí pero no lo omito por la elemental
razón de que no se pueden contar historias sin nombres.
¿Y sin apellido? Sin apellido no te vayan a confundir con
otro y por otras cuentas después te maten. "Aquí te
regalo esta belleza —me dijo José Antonio cuando me
presentó a Alexis—, que ya lleva como diez muertos".
Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o
mejor dicho sí. Después le dijo al muchacho: "Vaya lleve
a éste a conocer el cuarto de las mariposas". "Éste" era
yo, y "el cuarto de las mariposas" un cuartico al fondo
del apartamento que si me permiten se lo describo de
paso, de prisa, camino al cuarto, sin recargamientos
balzacianos: recargado como Balzac nunca soñó, de muebles
y relojes viejos; relojes, relojes y relojes viejos y
requete viejos, de muro, de mesa, por decenas, por
gruesas, detenidos todos a distintas horas burlándose de
la eternidad, negando el tiempo. Estaban en más desarmonía
esos relojes que los habitantes de Medellín. ¿Por qué esa
obsesión de mi amigo por los relojes? Vaya Dios a saber.
La que sí le habían curado los años era la de los
muchachos: pasaban por su apartamento y por su vida sin
tocarlos. Perfección a la que aún no he llegado yo pero de
la que ya estoy cerca: lo cerca que estoy de la muerte y
sus gusanos. En fin, por ese apartamento de José Antonio,
por entre sus relojes detenidos como fechas en las lápidas
de los cementerios, pasaban infinidad de muchachos vivos.
O sea, quiero decir, vivos hoy y mañana muertos que es la
ley del mundo, pero asesinados: jóvenes asesinos
asesinados, exentos de las ignominias de la vejez por
escandaloso puñal o compasiva bala. ¿Qué iban a hacer
allí? Por lo general nada: venían de aburrirse afuera a
aburrirse adentro. En ese apartamento nunca se tomaba ni
se fumaba: ni marihuana ni basuco ni nada de nada. Era un
templo. Y ni eso, vaya: vaya a la Catedral o Basílica
Metropolitana para que vea rufianes fumando marihuana en
las bancas de atrás. Distinga bien el olor del humo, que
no se le confunda con el incienso. Pero bueno, entre tanto
reloj callado tronaba un televisor furibundo transmitiendo
telenovelas, y entre telenovela y telenovela las
alharacosas noticias: que hoy mataron a fulanito de tal y
anoche a tantos y a tantos. Que a fulanito lo mataron dos
sicarios. Y los sicarios del apartamento muy serios. ¡Vaya
noticia! ¡Cómo andan de desactualizados los noticieros! Y
es que una ley del mundo seguirá siendo: la muerte viaja
siempre más rápido que la información.
¿Y qué se
ganaba José Antonio con ese entrar y salir de muchachos,
de criminales, por su casa? ¿Que le robaran? ¿Que lo
mataran? ¿O es que acaso era su apartamento un burdel?
Dios libre y guarde. José Antonio es el personaje más
generoso que he conocido. Y digo personaje y no persona o
ser humano porque eso es lo que es, un personaje, como
sacado de una novela y no encontrado en la realidad, pues
en efecto, ¿a quién sino a él le da por regalar muchachos
que es lo más valioso? "Los muchachos no son de nadie
—dice él—, son de quien los necesita". Eso, enunciado así,
es comunismo; pero como él lo ponía en práctica era obra
de misericordia, la decimoquinta que le faltó al
catecismo, la más grande, la más noble, más que darle de
beber al sediento o ayudarle a bien morir al moribundo.
"Vaya
lleve a éste a conocer el cuarto de las mariposas", le
dijo a Alexis, y Alexis me llevó riéndose. El cuarto es un
cuartico minúsculo con baño y una cama entre cuatro
paredes que han visto quietas lo que no he visto yo
andando por todo el mundo. Lo que sí no han visto esas
cuatro paredes son las mariposas porque en el cuarto así
llamado no las hay. Alexis empezó a desvestirme y yo a
él; él con una espontaneidad candorosa, como si me
conociera desde siempre, como si fuera mi ángel de la
guarda. Les evito toda descripción pornográfica y
sigamos. Sigamos hacia Sabaneta en el taxi en que íbamos,
por la misma carreterita destartalada de hace cien años,
de bache en bache: es que Colombia cambia pero sigue
igual, son nuevas caras de un viejo desastre. ¿Es que
estos cerdos del gobierno no son capaces de asfaltar una
carretera tan esencial, que corta por en medio mi vida?
¡Gonorreas! (Gonorrea es el insulto máximo en las
barriadas de las comunas, y comunas después explico qué
son.)
Algo
insólito noté en la carretera: que entre los nuevos
barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas,
algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y
el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay, que
tenía a un lado una bomba de gasolina o sea una
gasolinera. La bomba ya no estaba, pero la cantina sí, con
los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias
encaladas. Los muebles eran de ahora pero qué importa, su
alma seguía encerrada allí y la comparé con mi recuerdo y
era la misma, Bombay era la misma como yo siempre he sido
yo: niño, joven, hombre, viejo, el mismo rencor cansado
que olvida todos los agravios: por pereza de recordar.
No sé si
entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la
del pesebre, o sea, quiero decir, la del pesebre más
hermoso que hayan hecho los hombres desde que se
estableció la costumbre de armar en diciembre
nacimientos o belenes para conmemorar la llegada a esta
mísera tierra a un establo, a una pesebrera, del Niño
Dios. Todas las casitas campesinas de la carretera, desde
que salíamos caminando de Santa Anita hacia Sabaneta
tenían pesebre, y abrían las ventanas de los cuarticos
que daban al corredor delantero para que lo viéramos. Pero
ningún pesebre más hermoso que el de la casita que digo
yo: ocupaba dos cuartos, el primero y el del fondo, llenos
de maravillas: lagos con patos, rebaños, pastores,
vaquitas, casitas, carreteritas, un tigre, y arriba de la
montaña, en lo más alto, la pesebrera en la que el
veinticuatro de diciembre iba a nacer el Niño Dios. Pero
estábamos apenas a dieciséis, en que empezaba la novena y
en que hacíamos los pesebres, y faltaban exactamente ocho
días para el día, la noche, más feliz. Ocho días de una
dicha interminable en espera. Mira Alexis, tú tienes una
ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a
morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la
felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir
en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y
rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se
sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós
adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay
esperanzas. Dan grima, dan lástima, dan ganas de darle a
la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el
rodadero de la eternidad, y de que desocupen la tierra y
no vuelvan más.
Pero no me
hagas caso que te estoy hablando de cosas bellas, de
diciembre, de Santa Anita, de los pesebres, de Sabaneta.
El pesebre de la casita que te digo era inmenso, la vista
de uno se perdía entre sus mil detalles sin saber por
dónde empezar, por dónde seguir, por dónde acabar. Las
casitas a la orilla de la carretera en el pesebre eran
como las casitas a la orilla de la carretera de Sabaneta,
casitas campesinas con techitos de teja y corredor. O sea,
era como si la realidad de adentro contuviera la realidad
de afuera y no viceversa, que en la carretera a Sabaneta
había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a
Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente
más alucinante que cualquier sueño de basuco. El basuco
entorpece el alma, no la abre a nada. El basuco empendeja.
Mira
Alexis: Yo tenía entonces ocho años y parado en el
corredor de esa casita, ante la ventana de barrotes,
viendo el pesebre, me vi de viejo y vi entera mi vida. Y
fue tanto mi terror que sacudí la cabeza y me alejé. No
pude soportar de golpe, de una, la caída en el abismo.
Pero dejemos esto, sigamos por esa noche de caminata hacia
Sabaneta. Íbamos todos, mis padres, mis tíos, mis primos,
mis hermanos y la noche era tibia, y en la tibieza de la
noche parpadeaban las estrellas incrédulas: no podían
creer lo que veían, que aquí abajo, por una simple
carretera, pudiera haber tanta felicidad.
El taxi
pasó frente a Bombay, esquivó un bache, otro, otro, y
llegó a Sabaneta. Un tropel entre un carrerío llenaba el
pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota,
insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta
manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. Me avergüenzo
de esta raza limosnera. En el oleaje de la multitud, entre
un chisporroteo de veladoras y rezos en susurros entramos
al templo. El murmullo de las oraciones subía al cielo
como un zumbar de colmena. La luz de afuera se filtraba
por los vitrales para ofrecernos, en imágenes
multicolores, el espectáculo perverso de la pasión: Cristo
azotado, Cristo caído, Cristo crucificado. Entre la
multitud anodina de viejos y viejas busqué a los
muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban. Esta
devoción repentina de la juventud me causaba asombro. Y yo
pensando que la Iglesia andaba en más bancarrota que el
comunismo... Qué va, está viva, respira. La humanidad
necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad
escueta se pega un tiro. Por eso, Alexis, no te recojo el
revólver que se te ha caído mientras te desvestías, al
quitarte los pantalones. Si lo recojo me lo llevo al
corazón y disparo. Y no voy a apagar la chispa de
esperanza que me has encendido tú. Prendámosle esta
veladora a la Virgen y oremos, roguemos que es a lo que
vinimos: "Virgencita niña, María Auxiliadora que te
conozco desde mi infancia, desde el colegio de los
salesianos donde estudié; que eres más mía que de esta
multitud novelera, hazme un favor: Que este niño que ves
rezándote, ante ti, a mi lado, que sea mi último y
definitivo amor; que no lo traicione, que no me traicione,
amén". ¿Qué le pediría Alexis a la Virgen? Dicen los
sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora
que no les vaya a fallar, que les afine la puntería
cuando disparen y que les salga bien el negocio. ¿Y cómo
lo supieron? ¿Acaso son Dostoievsky o Dios padre para
meterse en la mente de otros? ¡No sabe uno lo que uno está
pensando va a saber lo que piensan los demás! En la
iglesita de Sabaneta hay a la entrada un Señor Caído; en
el altar del centro está Santa Ana con San Joaquín y la
Virgen de niña; y en el de la derecha Nuestra Señora del
Carmen, la antigua reina de la parroquia. Pero todas las
flores, todos los rezos, todas las veladoras, todas las
súplicas, todas las miradas, todos los corazones están
puestos en el altar de la izquierda, el de María
Auxiliadora, que la remplazó. Por obra y gracia suya esta
iglesita de Sabaneta antaño apagada hoy está alegre y
florecida de flores y milagros. María Auxiliadora, la
virgen mía, de mi niñez, la que más quiero los está
haciendo. "Virgencita niña que me conoces desde hace
tanto: Que mi vida acabe como empezó, con la felicidad
que no lo sabe". Entre el susurro de las voces dispares mi
alma se fue yendo hacia lo alto como un globo encendido,
sin amarras, subiendo, subiendo hacia el infinito de Dios,
lejos de esta mísera tierra.
Le quité
la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones,
se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres
escapularios, que son los que llevan los sicarios: uno en
el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son:
para que les den el negocio, para que no les falle la
puntería y para que les paguen. Eso según los sociólogos,
que andan averiguando. Yo no pregunto. Sé lo que veo y
olvido. Lo que sí no puedo olvidar son los ojos, el verde
de sus ojos tras el cual trataba de adivinarle el alma.
"Toma", le
dije cuando terminamos y le di un billete. Lo recibió, se
lo guardó y siguió vistiéndose. Salí del cuarto y lo dejé
vistiéndose, y dejé también de paso mi billetera en mi
saco y el saco en la cama para que se llevara lo que
quisiera: "Todo lo mío es tuyo, corazón —pensé—. Hasta mis
papeles de identidad". Después, más tarde, conté los
billetes y estaban los que había dejado. Entonces entendí
que Alexis no respondía a las leyes de este mundo; y yo
que desde hacía tiempos no creía en Dios dejé de creer en
la ley de la gravedad. Al día siguiente nos fuimos a
Sabaneta y en adelante siguió conmigo hasta el final. Y al
final dejó el horror de esta vida para entrar en el
horror de la muerte. "A la final", como dicen en las
comunas.
Hombre,
fíjese usted, que me viniera a dar el destino acabando lo
que me negó en la juventud, ¿no era un disparate? Alexis
debió llegarme cuando yo tenía veinte años, no ahora: en
mi ayer remoto. Pero estaba programado que nos
encontráramos ahí, en ese apartamento, entre relojes
quietos, esa noche, tantísimos años después. Después de lo
debido, quiero decir. La trama de mi vida es la de un
libro absurdo en el que lo que debería ir primero va
luego. Es que este libro mío yo no lo escribí, ya estaba
escrito: simplemente lo he ido cumpliendo página por
página sin decidir. Sueño con escribir la última por lo
menos, de un tiro, por mano propia, pero los sueños sueños
son y a lo mejor ni eso.
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