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JORGE ASÍS

Jorge
Cayetano Zaín Asís (1946), escritor argentino, nacido
en Avellaneda, en el conurbano de
Buenos Aires.
Su obra más
celebrada, Flores robadas en los jardines de Quilmes, fue
best seller de los ochenta y llevada al cine en 1985.
Fue representante
de la Argentina
en la Unesco, Secretario
de Cultura de la Nación y embajador de la Argentina en Portugal
durante los noventa.
Ha colaborado
con diversas publicaciones con artículos de política y actualidad
empleando un estilo sarcástico.
Obra: Don
Abdel Zalim, El burlador de Domínico (1972), La familia
tipo (1974), Los reventados (1974), Flores robadas
en los jardines de Quilmes (1980), Carne Picada (1981),
El Buenos Aires de Oberdán Rocamora (1981), La calle de
los caballos muertos (1982), Canguros (1983), Diario
de la Argentina (1984), El pretexto de París (1986),
Partes de inteligencia (1987), El cineasta y la partera (y
el sociólogo marxista que murió de amor) (1989), La línea
de Hamlet o la ética de la traición (1995), Lesca, el
fascista irreductible (2000), Excelencias de la
nada (2001), Cuentos Completos
(2005), La Marroquinería Política (2006).
En poesía:
Señorita vida (1970). Y en relatos
breves: La manifestación (1971),
Fe de ratas (1976). |
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a Edmundo
Eichelbaum
Predispuesto, Marinelli caminaba por Callao; elegante,
había bajado del subte en Congreso, en blanco, con
absolutamente nada en la cabeza, contento por haberse
escapado de Alabama, mejor dicho contento por haber dejado
con las ganas al Profesor Acuña, ganas de proseguir
indefinidamente discutiendo acerca de la cosmogonía, la
frivolidad, el peronismo, la masonería y el tango.
Marinelli recordaba el triunfo de la noche anterior, en
Alabama: el Profesor Acuña se había ido derrotado, con una
bronca muy poco disimulable, interpretando sin equivocarse
que su derrota provocaría una abundancia feroz de
comentarios adversos. Y además lo peor. Los muchachos
elegirían, en adelante, sentarse en la mesa de Marinelli.
Limpio, en
blanco, trajeado, Marinelli caminaba por Callao;
predispuesto, dudando si el cine, algún café, o
sencillamente caminar. Era viernes, y la noche, fresca y
estrellada, prometía cosas. Victorioso, caminaba con su
traje negro, nuevo (bah, recién sacado de la tintorería),
la corbata bordó, el chaleco, los zapatos como lagos, que
le daban a su grueso bigote un aire particular, artístico.
Además, como no llevaba ningún libro en la mano, se sentía
vacío; como decía él: predispuesto. Sabía que en Alabama
estaría esperándolo el Profesor Acuña, con graves deseos
de revancha, de continuar la polémica, o armar otra.
Pensaba entonces en el Profesor, ahora. Mejor, se dijo, es
dejarlo calentito, deseando, así, dándole ventajas: que
converse primero él con los muchachos. Cuando Marinelli
llegara, lo derrotaría, otra vez; pobre Profesor, lo
volvería loco, tendría que irse de Alabama, parar en otro
café. Imaginaba que en esos momentos, mientras caminaba en
blanco y predispuesto, el Profesor estaría hablando a los
muchachos del derrocamiento de Yrigoyen, los viejos
métodos de falsificación, atentados anarquistas, la década
futbolística del cuarenta, la segunda guerra mundial,
Perón o Braden. Pobre Profesor: hoy también lo
estropearía, le saldría con otro tema, el buda, el
ocultismo, protocolos de los sabios de Sión, trigonometría
y yoga, petrogrifos de La Rioja o diversas noblezas
europeas características del siglo XVII. Sería brillante,
lúcido e irónico; triunfaría.
Había
encendido un cigarrillo Marinelli; se disponía a tomar
Corrientes cuando un cabecita negra desarreglado,
despeinado y sucio y con zapatos rotos, lo detuvo para
decirle:
—Me
permite, señor.
Dio otra
pitada Marinelli; lo miró fijo, a los ojos, sin
responderle. Sin embargo se quedó parado, predispuesto.
—Hace dos
días y medio que no como.
Siguió
contemplándolo Marinelli; fumaba. Lo miró como diciéndole:
y qué más. Sin embargo no le dijo nada; los ojos fijos,
penetrantes a los ojos del negrito que aparentaba poco más
de veinte años.
—Me daría
unos pesos.
Otra
pitada; le miró, ahora, desfachatadamente la bragueta; con
lentitud, retornó a los ojos.
—Ando
juntando plata pa comprarme un sánguche, me da.
Con la
cara, Marinelli dijo que no; viajó nuevamente desde los
ojos hasta la bragueta del negrito. Al volver a los ojos,
contempló su rabia.
—Disculpe.
Ya miraba
a otro lado el negrito; es decir, ya estaba por dirigirse
resueltamente hacia otro tipo, cuando Marinelli:
—Joven.
El negrito
se dio vuelta, hacia él.
—Yo no soy
quién para humillarlo, dándole a usted dinero —expulsando
humo Marinelli—. Pero si lo desea, puedo invitarlo a
cenar. Claro, si no le incomoda.
El negrito
se quedó mirándolo.
—No soy un
ciudadano que acostumbra repetir las invitaciones. Si lo
desea, gustoso gozaré de su amable compañía. Casualmente,
iba a cenar a Pichín. No sé si a usted le agradarán las
tiras de asado de Pichín. Lo que es a mí, amigo, me
fascinan.
Varios
comensales levantaron la cabeza del plato cuando Marinelli
entró a Pichín, acompañado del cabecita negra, despeinado,
roto, mientras que él con su traje, la corbata bordó, los
zapatos como lagos. Y por si no bastara, ese bigotazo,
desgarrador, crepitante. Los ojos de Marinelli estaban muy
abiertos, como para mirarlo todo. Se ubicaron en una mesa
del medio, ante las miradas.
—Como le
dije, joven. A mí siempre me fascinaron las tiras de asado
de Pichín. ¿Qué va a comer usted?
El negrito
—Marinelli lo notó enseguida— temblaba.
—Y... un
plato de fideos... con tuco.
Con la
cara, Marinelli dijo que no.
—Pero cómo
va a comer fideos en mi mesa. No tolero una insolencia
semejante. Por favor. Pídase, no sé si le agradará... a
ver, a ver.
Se fijó en
la lista Marinelli.
—Arroz con
mariscos pídase. Aquí sale bien, abundante.
—Bueno —y
no sabía hacia dónde mirar el negrito.
Marinelli
se dio vuelta para buscar al mozo.
—Mozo
—aplaudió, despacito, pero para que todos sintieran.
Probablemente intrigado, el mozo se acercó.
—Si es
amable, haga marchar para mi joven un arroz con mariscos.
Y para mí, una tira de asado, con papas fritas, ensalada
mixta, de lechuga, tomate y cebolla, ¿entendió? Y para
tomar... un segundito, mozo que lo consultaré con mi
joven.
El mozo se
fue.
—¿Gusta
del vino? —le preguntó al negrito.
—Sí.
—¿Qué
prefiere tomar entonces? ¿Vino?
—Y...
sí... un litro —mirando hacia cualquier costado el
negrito—. Tinto —agregó, muy molesto por los penetrantes
ojos de Marinelli, por su bigote.
Con la
cara, Marinelli dijo que no.
—No, un
litro no —moviendo los labios Marinelli, mucho—. Yo
pediría una botella de tres cuartos, pero reserva, qué le
parece. ¿Cuál prefiere usted?, ¿un Pont L’Évêque, algún
Escorihuela?, por ejemplo podría ser un Santa Silvia. ¿O
acaso un Filippini?
Nervioso,
el negrito intentaba inútilmente decir que era lo mismo;
esa manera de mover los labios, el bigote.
—El Santa
Silvia prefiero yo. Pero no el tinto, de ninguna manera.
Es... cómo decirle, vulgarote. Mejor es el rosé, ¿no le
parece?
Con la
cara, el negrito dijo que sí.
Mientras
aguardaban, mirándolo a los ojos, Marinelli untaba manteca
en un pan. Curiosos, algunos comensales contemplaban la
mesa; probablemente alguno notaba los nervios del negrito,
la tranquilidad trágica de Marinelli que, untando
prolijamente el pan, comprendía que el negrito no
soportaba más, ni sus ojos, ni su bigote, en ese instante
ni sus manos que, con ostentosa finura, untaban un pan con
manteca.
—Sírvase
—alcanzándole el pan con manteca Marinelli—. A propósito,
¿cuál es su gracia?
—No hay de
qué —temeroso, mientras llevaba el pan a su boca el
negrito.
—Ja —y
movió los labios, el bigote—, qué histriónico, joven mío.
Anhelo con desventura saber su nombre.
—Torres
—secamente el negrito, ya a punto de estallar.
A la mesa,
llegó el vino; con una ancha sonrisa, mirándolo
permanentemente fijo, Marinelli sirvió.
—Brindemos, señor Torres, por nuestro encuentro. Chinchín.
Bebieron;
movió de nuevo los labios, por supuesto también el bigote,
sonrió, abrió más los ojos.
—Mirá,
viejo —cuando estalló Torres—, si yo tengo que hacerme un
culo... —con cierto aire de resignación, dispuesto, pero
Marinelli repentinamente lo interrumpió:
—¡Cómo
dice! No puedo de ninguna manera tolerar una insolencia
por el estilo. Con quién supone que está dialogando. Por
quién me ha tomado —poniéndose serio Marinelli—. No
esperaba una reacción semejante, imperdonable de su parte,
no creo merecerla.
—Perdone,
señor... es que...
—Es que
nada. Es una insolencia injustificada —como un caballero
honesto, herido por una deshonra.
—Perdone
—repitió el negrito, justo cuando a Marinelli le traían la
tira de asado, las papas fritas, la ensalada.
Comía
precipitadamente ahora Marinelli, mientras que el negrito
le miraba el plato, las papas, la carne, lo miraba
masticar, limpiarse de cuando en cuando la boca. Parecía a
punto de desmayarse el negrito. Enojado, insuperablemente
serio, Marinelli no le ofreció siquiera una papa frita al
negrito que, desesperado, aguardaba su arroz con mariscos
que, todavía, tardaría unos minutos. Masticando, Marinelli
le preguntó:
—¿Qué
razón perversa ha tenido usted, señor Torres, hombre en
quien deposité toda mi confianza, para pensar algo
semejante respecto de mi noble persona?
—Perdone
—repetía el negrito, muerto de hambre.
—No es
fácil de perdonar una presunción por el estilo, señor
Torres, no es fácil.
Marinelli
llevaba a su boca una papa frita, tomate, lechuga,
cebolla, carne y pan.
—Tchu,
tchu tchu, no es fácil de perdonar —y se limpiaba la boca.
Concluyó
su comida Marinelli justo cuando al negrito le traían el
arroz con mariscos.
—No es
fácil el perdón, de ninguna manera, no es nada fácil. Con
su permiso, señor Torres, iré al baño, a llorar en
silencio su falsa presunción.
Desesperadamente, el negrito comenzó a devorar su arroz
con mariscos mientras Marinelli fingía dirigirse al baño;
pero no, en primer lugar se dirigió hacia el teléfono
público, que estaba ubicado muy cerca de la puerta. Simuló
cierta impaciencia, como si no pudiera comunicarse, en el
primer descuido, colgó el teléfono y abrió la puerta:
salió lentamente hacia la calle, pero al cruzarla, comenzó
a apurarse. Detuvo un taxi.
—Rapidísimo —ordenó al taxista Marinelli—. Hasta Rivadavia
y Urquiza, al bar Alabama, no sé si lo conoce, mi amigo.
Predispuesto, mientras el taxista le decía que sí, que
conocía, cómo no iba a conocer, Marinelli pensaba en el
Profesor Acuña, en otro triunfo; ahora en Alabama lo
reventaría.
—Qué lindo
es un cigarrillo después de cenar —le comentó al taxista,
después de pedirle fuego.
Con la
cara, el taxista dijo que sí, y con palabras, un
cigarrillo y un café.
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